NÚMERO 15 | Marzo, 2017

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Arte de Psicoanalistas | María Elizabeth de Lara

Trabajo presentado en la Mesa: «Arte de psicoanalistas: la experiencia creativa», septiembre 2016. Actividad previa al Congreso Anual: «Experiencias en psicoanálisis: consideraciones metapsicológicas y clínicas», octubre 2016.

Hablar de arte es tan subjetivo y discutible que me apropié de una de las definiciones más abarcativa y democrática: «medio de expresión humano de carácter creativo». Suficiente motivo para convocar al psicoanálisis porque es una respuesta del hombre a estímulos internos y externos. Más más interesante aún será esta síntesis, si el arte y la creatividad están en el psicoanalista.

Es que cuando la creatividad mete las narices en cualquier área de la vida, será ilimitada la posibilidad de transformación. Con ella, siempre podremos retomar, modificar y enriquecer cualquier proceso, es decir, nada se conocerá acabadamente mientras exista como patrimonio de la humanidad o de los que se animen a usarla, los creativos. Cualquier proceso creativo es subjetivante porque es una aventura sobre nosotros mismos, es atravesar la complejidad.

Elegí contar una experiencia porque, luego de transitarla con soltura, puse en tela de juicio algunas de mis intervenciones y me pregunté: ¿Qué hice? ¿Desde dónde? ¿Inconsistencia o solvencia profesional? ¿Cuánto influyó el ser provinciana?

Desde ya, estos interrogantes chicanean a los puntos ciegos y a los inevitables atravesamientos que conforman nuestra implicación. La que no es buena ni mala, existe, pero pide ser analizada para evitar caer, en furor curandis, mala praxis o en sometimientos inadvertidos.

Sucedió en un Geriátrico o «Residencia para mayores»

  • Quiero aclarar que al momento de esa experiencia contaba:
  • Con una cálida transferencia y recíproca contra-transferencia
  • Con una libre y sensible atención flotante
  • Con experiencia profesional con adultos mayores
  • Con la convicción de que el psiquismo está en permanente estado de construcción
  • abierto a lo nuevo, a los otros y con otros.
  • Segura que a la estructura deseante de cada sujeto no la perdería de vista, ni en los sujetos con demencias extremas.
  • Por suerte llevo en mi inseparable maletín el Dispositivo psicoanalítico, especie de caja multifuncional, con las herramientas necesarias, para el «caso por caso».

Experiencia

Prejuicios arraigados mediante, sobre la vejez y los geriátricos, al ingresar por primera vez, sentí que Tánatos, además de abrir la puerta, era el anfitrión y Eros parecía un tímido invitado. Con la ayuda de una oportuna disociación instrumental, pude salir del efecto «mundos superpuesto» que se nos impone en esos lugares. Me propuse agasajar a Eros para hacerlo sentir como en su casa, hasta el último minuto de su estadía.

Un miércoles, llegué como siempre después de la merienda, se encontraban en Planta Baja solo Delia, Coca, Panchita, Amalia, Antonio, Doqui y Claudio, cada uno en una mesa para dar espacio a las posibles visitas de familiares o amigos.

Refugiados en el individualismo o en encerronas narcisistas, hacía que la comunicación entre ellos fuera muy limitada, solo se dirigían a mí aparentando ignorarse entre ellos.

Delia cursaba una demencia y no hablaba con nadie, pero cuando lo hacía no se le escuchaba. Esa tarde estaba sentada frente a un gran ventanal que daba a la calle con la mirada perdida en el piso. Se me ocurre decirle: —Si un ladrón la está por robar y hay un policía en la vereda de enfrente, ¿cómo pediría ayuda?—.

Primera ocurrencia o ¿disparate? (dejo librado a sus interpretaciones).

D: dice muy bajito —Policía. La estímulo para que lo diga más fuerte.

Hizo tímidos intentos hasta que inesperadamente se escucha una voz clara, firme y en alto volumen: —SOCORRO POLICIAAAA.

Gran sorpresa para todos, tanta, que los compañeros sonreían, aplaudían, festejaban.

Le expreso mi asombro por la fuerza de su voz y ella contó que de joven actuaba en obras de teatro. Otro dato llamativo fue que, al recordar, recuperó la capacidad y potencia de su voz, supuestamente perdida.

Tomo esa ocurrencia o «disparate» como un disparador de ocurrencias y, ya con todos conectados, atentos y más cerca, sentí que la función había comenzado.

—¿Quién quiere ser el ladrón?, pregunté.

Antonio se ofrece, 90 años, alto, de exquisitos modales, pero agotado. Casado con una mujer muy joven, ella, tenía al mismo tiempo internada a su madre en esa institución.

—¿Y el policía?

—Yo, dijo Doqui. Un viudo, sin hijos, fue juez, muy culto, ya no podía leer por la severa pérdida de visión. (Se casó en el geriátrico —solo para que heredara sus bienes y recibiera su pensión— con una ex alumna que se había separado con cuatro hijos).

Poco a poco y de una manera inimaginable, se armó una composición teatral.

Diseñé una pequeña historia, pero muy atenta y conciente de que debía evitar la sobreadaptación, la violencia que se puede ejercer en nombre de un lugar de supuesto saber, infantilizando a los participantes y que podía identificarme con la ideología social que cree que el bienestar en la vejez es mantenerlos ocupados, haciendo algo.

—¿Puedo participar? estaba diagnosticada como depresiva pero ese hecho, jaqueo el diagnostico, ¿estaría aburrida?, me pregunta Amanda

Titulé la obra «Por culpa de los collares de Lola». ¿Otro disparate?

Delia sería Lola, una mujer muy adinerada que se encuentra con su íntima amiga aristocrática en un salón muy extravagante para hablar de familias, amores y viajes. Cuando Lola vuelve a su casa, se encuentra con el ladrón robando sus collares; ella grita «Socorro policía». El gritará más fuerte: «CALLATEEE». Una vecina, de vida ligera, escucha los gritos y va al departamento de Lola. La ve descompuesta y llama al médico, un médico muy picaflor que, al ver a la sexy vecina, pierde de vista a la desvanecida.

Claudio sería el médico que atendería a la víctima. Un español soltero y muy simpático. Por ser tan picaflor, le faltaba una mujer sexy y seductora. ¿Quién mejor que Panchita? En ese momento tenía 97 años, solía decir que viviría hasta los 105 como su padre; murió a los 102. Muy coqueta, memoriosa. Le encantó el personaje y jugar con seguir siendo objeto de deseo para los hombres. Era la única que eligió vivir ahí.

Coca, la más tímida, dijo: —Yo no quiero actuar, eh…, pero… ¿puedo leer sentada el relato de lo que sucede en cada escena?

Se armó un espontáneo elenco con los que aparentaban ser extremadamente pasivos y poco sociables. La obra se fue enriqueciendo con y por la participación de todos.

De pronto se había transformado la impotencia en creatividad. Se autorizaron a jugar desde sus propuestas con total y absoluta libertad, dentro de la estructura que iban configurando.

Para mi sorpresa, esa ocurrencia tuvo mayor trascendencia; se lo comunicaron a todos los familiares y me pedían ensayarlo. Las mucamas contaban que en los almuerzos se escuchaban carcajadas porque se divertían mucho con los piropos que Claudio le diría a Panchita, los compañeros recordaban otros muy simpáticos. Coca quería que le agrandara la letra y pidió un micrófono. Su entusiasmo la llevo a caminar por el pasillo ida y vuelta, mil veces, mientras leía. Hacía mucho que se lo había indicado la kinesióloga para su rehabilitación de cadera y ella se negaba porque era angosto. Antonio le pidió a su joven esposa que le consiguiera un revolver de lo que fuera, se lo hizo de cartulina y hojas de revista. Amanda se tomó en serio el papel de aristocrática (ex fumadora) y con sus gestos practicaba que fumaba y tomaba champán todo el día.

A Doqui —el policía— se le ocurrió extorsionar al ladrón como final y pedirle la mitad de lo robado. Impactante y simpático cierre para un episodio nada agradable.

Tal fue la efervescencia, el clima de alegría y cordialidad, que pusimos fecha para mostrar una expresión artística que había surgido de una simple ocurrencia.

Ese viernes prometí que el lunes ensayaríamos con toda la ropa y objetos acorde a los personajes, por ejemplo: el médico con guardapolvo, estetoscopio; el policía con silbato; y ni les cuento las prendas de las mujeres. Les dije que haríamos la representación el próximo miércoles y que si lo deseaban que invitaran a su gente (el público).

Por supuesto, los tiempos y plazos en un geriátrico a veces son otros. El sábado, al otro día, muere Antonio, el ladrón. Noté que a pesar de la tristeza que generó, poco hablaban. Las muertes suelen ser frecuentes, existe la vivencia de estar dentro de una ruleta rusa. Solían decir: «¿Quién será el siguiente?». Por eso no se opacó el entusiasmo que brindaba el «proyecto artístico».

Ese lunes ingresó un nuevo residente, Roberto, italiano, hipoacúsico, mal humorado, muy enojado por su internación, no soportaba nada ni a nadie. Le cuento a Roberto lo que estábamos haciendo y que necesitábamos en la obra a alguien que dijera muy fuerte «CALLATE TARADA». Lo hizo tan bien, que nuevamente apareció la sorpresa, la alegría y los aplausos, transformando su agresividad en algo importante para todos. Sonrió y, con mucho reconocimiento, se integra al grupo, a la obra y, de una manera menos traumática, a la institución. Su ira fue un poderoso combustible, pudo expresar emociones en conflicto al enfrentar su realidad, por tanto, el alivio de la descarga, pero fundamentalmente, comprobó que su agresividad no le hacía daño a nadie.

La injuria narcisista sufrida ante la internación ¿se convirtió, vía desplazamiento sublimatorio, en un modo creativo de integración?

Llegó el miércoles, fueron muy pocos familiares, pero la excitación, los nervios, el entusiasmo, la vitalidad circulando por toda la institución, compraron las entradas y llenaron las invisibles butacas. Los aplausos y fuertes latidos confirmaron la realización de la obra.

Obviamente, con simpáticos o interesantes bemoles, por ejemplo: Delia (Lola) no pidió ayuda, no gritó, no dijo «Socorro Policía» cuando vio al ladrón; le ofreció una sopa calentita. Me pregunté: ¿efecto de la demencia o de otra lógica fuera del libreto? ¿Subjetividad o sin sentido? Roberto no era ladrón era el compañero que había ingresado con mucho dolor hacía dos días.

En fin, en esa experiencia, Eros fue el protagonista, Tánatos un espectador pasivo.

Algunas de mis reflexiones

Les cuento que aun sabiendo que el sufrimiento es constitutivo e inevitable en la vida, les aseguro que en esa institución se instaló de un modo provocativo y omnipresente con sus diferentes ropajes y, no obstante, al recordar la experiencia, saltan como palabras claves: sorpresa; alegría; espontaneidad; humor; improvisación; creatividad; solidaridad; juego; libertad.

¿En cuanto a conceptos?

Atención flotante; mundos superpuestos; subjetividad; inter-subjetividad; narcisismo; sexualidad; transferencia; dispositivo psicoanalítico; implicación; sufrimiento psíquico; desamparo, intervenciones; trípode: permeabilidad; sublimación; responsabilidad; etcétera.

¿Por qué contar esta experiencia?

Porque un supuesto «disparate u ocurrencia», en transferencia, funcionó como estímulo habilitador para que sujetos posicionados de un modo pasivo, pudieran escapar de la cárcel del cuerpo biológico e hicieran uso del erógeno para reconectarse con deseos, fantasías, historia, imaginación y sensaciones que brotaban de sus propuestas (¿asociación libre?), todas espontáneas, auténticas, acordes a la situación, a su estructura psíquica y a sus posibilidades (criterio de realidad, sin manía). Volvieron a encontrarse con su responsabilidad ante la producción de cambios. Recurrieron al humor y a la creatividad. Inscribieron algo nuevo y vivificante (encuentro amoroso entre subjetividad y acontecimiento) que aportó un código compartido y un nuevo continente, lo grupal. La representación de esa ocurrencia —pienso— funcionó como rescate subjetivante (atracción libidinal). Como analista me ofrecí con disponibilidad, sin abandonar la escucha respetuosa, ingenua. Proceso activo con aportes subjetivos —si no sería literal— y participé del juego, «el que no juega pierde», el sentirse vivo, ser uno mismo.

Si esta experiencia generó un cambio conductual o hubo modificaciones intrapsiquicas, no lo sé. Solo cuento con observables:

  • Que el compartir, improvisar y representar estimuló la espontaneidad y, con ella, descubrieron vetas histriónicas y artísticas, reveladoras de capacidades que no sabían que tenían y que no se hacían notar en otras actividades grupales. Ejemplo: el día dedicado a la música solo era algo placentero. Receptores pasivos, sin compromisos subjetivos.
  • Efectos gratificantes para su autoestíma, como no podían recordar los nombres, por amnesias, lograron identificarse a través de los personajes «Hola artista» por Delia, «¡qué doctor más pícaro!”, «¡Qué mujer coqueta!», «¡qué bien estuvo el ladrón!». Siempre con una sonrisa e iluminadas miradas.
  • Sensibilidad ante las necesidades del otro. Un ejemplo fue llamativo: como me pedían que atendiera al compañero que no veían bien. Confirmó el valor del lazo social frente al trauma.
  • E insistentes pedidos sobre el deseo de repetir la obra o ¿la experiencia?

Conclusión

Considero imprescindible la presencia en nuestras vidas de algunas de las actividades más mimadas por Eros, las que defiende con todas sus fuerzas, aun en pleno ataque de celos de Tánatos, su inseparable pareja.

Son la Creatividad, el Humor, la Libertad porque nos permiten reciclarnos y disfrutar más de nuestros vínculos, de nuestros hobbies, de nuestra profesión.

La creatividad nos invita a zambullirnos en la improvisación que suele estar asociada a la música, pero en realidad es la que nos permite salir de los libretos. Muchos lo hacen espontáneamente, algunos, por la práctica de una disciplina y otros, desde su terapia, logran rescatarla de los escombros llenos de trabas, bloqueos y repeticiones.

El humor Es algo que tomo muy en serio. Por varias razones. Por algo Freud lo consideraba la operación defensiva más elevada.

  • Porque facilita la comunicación
  • Produce placer
  • Triunfa el narcisismo sin resignar la salud y la realidad.
  • Indica un Superyó protector
  • No niega lo doloroso.
  • Se puede hacer algo mejor con el estar mal
  • Canaliza la agresividad de una manera aceptable socialmente.
  • Puede transformar creativamente las quejas, sin desmentidas, etc.

Una intervención con un humor fresco, espontáneo, dentro de una alianza terapéutica sólida, podrá ser valiosa porque es facilitadora de un proceso de cambios en la percepción de uno mismo, de los demás y del ambiente.

En cuanto a la Libertad interior: es fruto de un trabajo interno que nos permite ir creciendo en responsabilidad y complejidad. Aunque, obviamente, nunca seremos dueños por completo de ella, por la multiplicidad de determinantes en juego.

Freud, con mucho sentido común, dijo que siempre existe la posibilidad de sustituir un procedimiento, por otro que pueda resultar mejor.

Como comprobarán, tomé las sugerencias de Freud y de Winnicott al pie de la letra.

Si bien no se trata de dar fórmulas en esta mesa, no puedo evitar contarles mi receta, cuyo principal condimento es una generosa cantidad de respaldo teórico, varias cucharadas colmadas de psiquismo, lo más analizado posible —si bien esto es a gusto personal— no debe faltar porque es esencial. Luego, dejar leudar y cuando la consistencia logre flexibilidad, ni muy flojita ni media rígida porque se quiebra. Espolvorear para amalgamar, con humor de buena calidad, especialmente el que crece en nuestro jardín que tiene una aroma muy agradable, no el ácido ni el amargo. El arte estará en equilibrar las proporciones de los ingredientes para que ninguno sea muy invasivo, salvo que el chef quiera jugar en libertad con la creatividad al preparar de otra manera este original, irrepetible y nutritivo manjar. Ponerlo en un recipiente de ética. Emplatarlo en responsabilidad y a saborear lentamente con quien desee probarlo.

Muchas gracias.

Acerca del autor

Elizabeth De Lara

Elizabeth De Lara

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