NÚMERO 16 | Agosto, 2017

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Género y Psicoanálisis | Osvaldo Maltz

El trabajo del magister Osvaldo Maltz propone que desde el comienzo del psicoanálisis se planteó la cuestión de la sexualidad. Presenta que la idea de género no puede eclipsar otros matices de la construcción de la identidad sexual; que es importante incluir en la identidad del sujeto y su sexuación el concepto de goce desarrollado por Lacan; y presenta que lo más propio del sujeto es la posición desde la que goza.

La cuestión de la sexualidad se planteó desde los comienzos del psicoanálisis cuando Freud dio con la histérica y su bisexualidad.

Desde entonces se han intentado dilucidar los factores que se conjugan en las posiciones sexuadas y su causalidad.

En su trabajo de 1920 «Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina», Freud consigue resumir las tres variables que se conjugan en la sexualidad humana. Las categorías que se combinan entre sí son: 1)los caracteres sexuales so-máticos; 2)los caracteres sexuales psíquicos (lo que ahora llamamos género) y 3) la elección de objeto. Estos tres factores varían con cierta independencia unos de otros y aparecen en todo individuo diversamente combinados.

Para Judith Butler, cuya obra es considerada la más influyente en el concepto de género e identidad sexual en las últimas décadas, el género no es exactamente una construcción del sujeto, sino algo que se elabora como resultado del contexto cultural.

Según la autora, el género no se fijaría, sino que sería una expresión viva que iría definiendo al sujeto de forma constante.

Esta visión de work in progress que introduce un grado de libertad en la concepción del sujeto y una flexibilidad en la definición de las identidades resultó novedosa y constituye el aporte de Butler a la Teoría Queer.

Considero que el éxito innegable de la definición que Butler hace del género da cuenta de la necesidad de incorporar esta perspectiva por su dimensión política.

En la Revista Viva del diario Clarín del 19/03/17 es publicada una nota titulada: «Mi nombre es Luana» que da cuenta de la dimensión que pretendo subrayar.

Al recién nacido se le asigna un nombre y, con ese nombre, una vida. Pero si los extremos están marcados por los cisgénero —mujeres con vagina y hombres con pene, heterosexuales— en el medio hay diversidad. Y todavía más en la diversidad hay diversidad. (De Masi, 2013)

La identidad de género plantea una demanda social de inclusión de la diversidad y la reivindicación de derechos humanos legítimos como el trato digno, la promoción de la indistinción de género en las escuelas, el freno a la violencia discriminatoria, en tanto la identidad es un valor, la diversidad sexual es un derecho básico.

Ahora bien, considero que esta mirada necesaria como propulsora de la libertad, de la reivindicación de la diversidad como un derecho humano básico y el justo reclamo de un espíritu más flexible en la definición de las identidades sexuales, puede soslayar otros aspectos importantes que quisiera debatir.

Por un lado, el hallazgo que supone la idea de género no puede eclipsar otros matices de la construcción de la identidad sexual. Es importante incluir en la identidad del sujeto y su sexuación el concepto de goce, ese empuje a un disfrute inconciente que puede causar tanto nuestro bien como nuestro mal.

El gran hallazgo de Lacan es no teorizar la sexualidad en términos de género, sino de goce. Un sujeto puede ignorar cómo se denomina el territorio que pisa o puede transitar de un lugar a otro dentro de la difícil cartografía que dibuja el mapa de la identidad sexual, pero sabrá donde está su norte si atiende a su goce.

El goce nunca miente y la posición desde la que se goza revela lo más propio del sujeto (por ejemplo: el tormento de las ratas por el ano en el «Hombre de las Ratas»).

Es decir, una diferencia importante entre las teorías de género y el psicoanálisis, es que las primeras hacen una lectura de las prácticas sexuales no normativas como formas de resistencia simbólica y política, no como posiciones subjetivas de origen psicológico ni como estructuras del deseo como plantea el psiconálisis.

Esta dimensión puede quedar excluida y, una consecuencia observable, es una postura a favor de la despatologización de la transexualidad.

En pos de la defensa del alma sexual «verdadera» del sujeto, puede dejar de considerarse el proceso psicodinámico esencial en la psicogénesis de la transexualidad que apunta a la excesiva identificación con la madre o, más aún, el deseo de ser una niña del transexual varón, puede responder a la inducción del deseo inconciente materno respecto a que su hijo fuera una niña.

Stoller entiende que la patología primaria en estos casos es el retraso en permitir a los niños varones liberarse del cuerpo de sus madres. Madres estragantes que, en posición de poder absoluto, son la clave para entender la identificación que se produce hacia lo femenino y el niño deviene un objeto a feminizar, es el falo feminizado de su madre, tal es el lugar de ese hijo en su deseo.

Estos niños parecen tener una relación privilegiada con su madre, marcada por un contacto corporal permanente. Presentan severos déficits en la separación porque el niño ha vivido en la órbita de una presencia materna simbiotizante. El padre no ha perturbado ese dúo, ya que casi no cuenta para la madre.

El niño transexual y su madre consumarían así el sueño de un amor perfecto al que no perturba ninguna señal de incompletud, en un goce absoluto, ilimitado, fuera de la ley.

La noción de sexualidad es inseparable de la existencia del inconciente y la complejidad de lo sexual, como uno de los misterios indescifrables y enigmáticos a los que nos enfrentamos, no puede ser reducida a un deseo conciente definido del sujeto de ser niña o varón, tratado como una verdad revelada y certera, al modo de una carta de presentación en la que el sujeto pretende poseer una identidad sexual monolítica, exenta de dudas y preguntas.

En la etiología de la transexualidad puede desestimarse la dimensión de lo inconciente y los avatares del Complejo de Edipo y de Castración en la construcción de la identidad sexual. Del mismo modo, esta desconsideración puede plantearse cuando se discute acerca de una problemática social actual como es la violencia de género.

En coordenadas de urgencia subjetiva, también pueden desestimarse los efectos del inconciente ante aquello imposible de soportar. Hago referencia a la urgencia como un punto límite donde el sujeto está en riesgo, apela y convoca a un Otro, demanda una intervención.

La violencia de género convoca a la urgencia, para que el maltrato físico-verbal pueda ser concluido y solucionado a la brevedad, dando lugar a la intervención de instancias legales para penalizar conductas sádicas y homicidas.

Quiero referirme a un obstáculo que puede plantearse en la clínica, que concierne a la posición del analista ante el fenómeno violento, y que consiste en quedar prisionero de la dialéctica víctima-victimario.

Aludo a la responsabilidad subjetiva, que difiere de la culpabilización de la víctima, con enunciados tales como: «algo habrá hecho», «ella se la buscó», que nos recuerdan los argumentos de la dictadura militar para justificar sus exterminios.

Freud apunta a esta cuestión cuando interviene con Dora en alusión a la famosa escena del lago con el Sr. K y le pregunta: «¿Y Usted qué hacía ahí en todo eso?».

Freud convoca a una responsabilidad del sujeto en la escena, una implicación, la posibilidad de instalar alguna pregunta para apuntar al sujeto, poder hacerle lugar al inconciente, a un saber no sabido por la paciente, modo de inclusión de la causalidad psíquica.

A modo de ejemplo, en una supervisión una analista presenta un caso de una paciente que sufre porque el marido le pega, conducta que reitera con sadismo y alevosía, aprovechando la ausencia de los hijos para martirizarla con su violencia.

La analista la interroga: —¿Usted no ha pensado en separarse?, le cree que el problema sería que ella pueda separarse para sepultar sus penas.

—No, porque es un buen padre, un hombre honesto, de trabajo… y el discurso comienza a tomar un cariz de imposible salida.

Podemos acordar que la denuncia al golpeador puede ser una intervención necesaria, pero la pregunta de la analista supervisada no tuvo en cuenta qué es el golpeador para la víctima. En el caso pudimos ubicar que se trataba de un fantasma histérico del padre idealizado, ella era la garante del padre para que éste no caiga.

No había posibilidad de salida, o de puesta de límites, porque resultaba necesario que pensara con relación a su elección de objeto. El marido era un sujeto perverso.

Este año nuestro Congreso Anual es acerca de la «Vigencia y eficacia del psicoanálisis. De los fundamentos a la práctica actual» y entiendo que la eficacia es un tema relevante que alude a nuestro saber hacer como analistas.

En el caso presentado, está en jaque la eficacia analítica porque la analista interviene proponiendo un corte con el victimario, le demandó un corte con el marido y era un corte sin análisis, sin trabajo elaborativo, sin poder situar cuál es el estatuto que el marido tiene para ella. Límite en la escucha, en tanto la paciente sólo queda ubicada como víctima de la perversión.

Bibliografía

De Masi. V. (2013, 19 de marzo). Mi nombre es Luana, Revista Viva.

Linietsky, J. (2013). Seminario El fenómeno violento, patología del acto. Buenos Aires.

Millot, C. (1984). Exsexo, ensayo sobre el transexualismo. Buenos Aires: Catálogos.

Perez Jiménez, J. (2013). De lo trans.Identidades de género y psicoanálisis. Buenos Aires: Grama.

Acerca del autor

Osvaldo Maltz

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