NÚMERO 16 | Agosto, 2017

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Psicoanálisis y neurociencias. Puentes desde la experiencia | Carlos F. Weisse

Trabajo presentado en la Mesa: «Psicoanálisis y neurociencias. Puente desde la experiencia» perteneciente al Ciclo Científico 2016: «La experiencia en Psicoanálisis»,  octubre 2016.

Entre el psicoanálisis y las neurociencias existen puentes y abismos. Si nos referimos primero a los abismos, debemos enumerar en primer lugar al método de investigación y a su epistemología. El método de investigación en neurociencias sigue la dirección del método cuantitativo de las ciencias, con resultados demostrables, cuyo criterio de verdad es la correspondencia de la proposición a la cosa y que se mantiene según un punto de vista falsacionista. Dicho método es experimental, debiendo ser demostrado con distintos mecanismos de evidencia, sus resultados son universales, y deben poder se repetidos cuantas veces sea necesario.

En este sentido el abismo que lo separa del psicoanálisis es muy grande, el método psicoanalítico es el de la observación clínica del caso por caso, los datos que maneja son cualitativos, no pasibles de ser medidos, pues la sustancia sobre la que trabaja es el lenguaje, más específicamente los tropiezos o las fallas del lenguaje consciente, que son los momentos de emergencia del inconsciente a través de significantes (formaciones del inconsciente). Este es el mecanismo de formación del síntoma neurótico que se relaciona con el fantasma inconsciente que determina la repetición, es decir, la manera de la falla del paciente en cuanto al objeto que causa su deseo. Es decir, la propuesta del psicoanálisis es alcanzar la verdad del sujeto. Esta verdad, a diferencia del criterio de correspondencia científico, no es universal, sino estrictamente singular para cada sujeto y está constituida por el fantasma fundamental en tanto núcleo del inconsciente.

El principal instrumento psicoanalítico es la transferencia, mediante la cual la neurosis particular del paciente se convierte en neurosis de transferencia, es decir, que está centrada en la persona del analista con quien repite toda su historia de sus relaciones amorosas para poder ser resueltas mediante la interpretación, las construcciones y los actos analíticos.

Otro abismo, pero que en el futuro se podrá tender un puente, corresponde al hecho de que el psicoanálisis aborda los niveles más complejos del ser humano; una prueba de ello es que muchos trabajos teóricos freudianos tienen como objetivo el estudio de la cultura y sus más complejas dimensiones: el arte, la literatura, la religión, la mitología, los fenómenos de interacción social y su puesta en relación con los aspectos más pulsionales, más primitivos y cómo éstos se interrelacionan en la urdimbre subjetiva y social.

Las neurociencias, en cambio, parten de la experimentación en organismos más primitivos, animales de laboratorio que, si bien en la escala mamífera comparten el cerebro emocional de la evolución filogenética, distan mucho de la inmensa complejidad telencefálica humana, sobre todo el desarrollo del neocortex.

Si examinamos en cambio los puentes o su contacto interdisciplinario y, por lo tanto, sus intentos de interconexión, deberíamos buscar entonces un nivel en que ambas teorías pudieran ponerse en contacto entre sí; este nivel común es, creemos, el de la clínica. Se hace necesario encontrar un nivel epistémico que actúe en la intersección entre psicoanálisis y neurociencia, que permita la articulación de conceptos lógicamente viables que puedan relacionarse. Y éste es, a nuestro modo de ver, el nivel clínico. Ese lugar parece estar ocupado por el síntoma, en la medida que es un observable fenoménico al cual se pueden referir ambas disciplinas.

Ahora bien ¿qué queremos decir cuando hablamos de síntoma? ¿Es realmente homologable el síntoma planteado por la neurociencia y el formalizado por el psicoanálisis? ¿Si no es así, que característica determina cada uno de esos estados?

Propongo, en el intento de despejar esos interrogantes, describir lo que se puede denominar tres estados del síntoma. Elegimos la denominación «estado» porque implica una manera circunstancial de existir, es decir, un estado pasajero sujeto a cambios. Estos tres estados pueden denominarse del siguiente modo:

El síntoma como queja y demanda de alivio

Este estado tiene como característica el intenso grado de sufrimiento y la impostergable perentoriedad; en él predomina el aspecto actual, traumático, tiene la característica de permitir su agrupación en clases típicas sujetas a generalización. Este es el síntoma reconocido por las neurociencias y la psiquiatría.

Representa un estado de goce no acotado por el sistema simbólico donde no hay inscripción significante. Tomamos aquí la oposición desarrollada por Lacan entre goce y placer, oposición caracterizada por el límite que impone al goce el principio del placer, éste se expresa en una ley: «gozar lo menos posible». La transgresión de dicha ley no se traduce en más placer sino en dolor, es un goce doloroso, en rigor, es sufrimiento. La prohibición de dicho goce es inherente a la estructura simbólica del lenguaje, en virtud de la cual «el goce está prohibido para aquel que habla, como tal». La entrada del sujeto en lo simbólico está condicionada por cierta renuncia inicial que se desarrolla en el complejo de castración, en el que, ese sujeto renuncia a la atracción incestuosa. A este goce en exceso también se lo puede denominar «pulsión de muerte», nombre que recibe la tendencia constante del sujeto hacia el exceso como una verdadera «senda hacia la muerte». Tiene relación con el concepto freudiano de libido. Implica un exceso de placer (goce) que pone en peligro la homeostasis del organismo.

Este estado del síntoma en sentido estricto es presimbólico o no simbolizado, no tiene formalización significante. Podemos inferir entonces que este fenómeno supone que el fantasma fundamental no está estructurado, o que ha colapsado o, en el mejor de los casos, oscila peligrosamente y que no hay entonces una relación al Otro, sino un puro goce de órgano, acéfalo.

Lo antedicho se expresa en la conciencia como la vivencia de un mundo que se desarma y, por este motivo, el sujeto se encuentra sin brújula ni orientación, no puede saber lo que desea, pues perdió la creencia en el deseo del Otro que lo orientaba en su mundo. Emerge entonces un estado insoportable que se expresa por un angustiado pedido de alivio de gran perentoriedad. Los significantes se encuentran desconectados de los que representan al sujeto y no puede establecer un discurso con significado que lo ubique en un lugar en el mundo.

En este sentido, el significante del síntoma no forma cadena con los del sujeto, no lo representa, es decir, lo supone, pero no lo representa, lo supone bajo el modo del significado que pone entre paréntesis la cadena significante, lo que es otro modo de decir que falta la formalización del síntoma.

Se puede asimismo describir este estado en los términos usados por Freud para la «neurosis actual». En ella se comprueba el obstáculo a la libre asociación situándose por ese motivo por fuera de las neuropsicosis de defensa, pues la angustia emergente se separa de lo psíquico, correspondiendo a una tensión sexual que, desviada de su empleo normal, compromete al cuerpo. El quantum de excitación así experimentada excede el principio de constancia y, como tal, equivale al concepto de goce anteriormente citado. En el «Manuscrito K», Freud la caracteriza como una fuente independiente de desprendimiento de placer cuyo exceso se convierte en angustia como evidencia del trauma.

El paciente se presenta a la consulta con una queja y una demanda de alivio, esta queja es a veces pasible de espera (esencial para que se instale la transferencia), pero otras veces la exigencia de alivio se hace perentoria y desesperada, si no se toma en cuenta esto se desencadena muchas veces un pasaje al acto, uno de cuyas posibilidades es el abandono del tratamiento. Es por eso que cuando el síntoma en este estado no se puede simbolizar entrando en transferencia es necesario medicar al paciente para que disminuyendo el quantum de afecto pueda ser nuevamente accesible a la dimensión simbólica de la palabra.

El síntoma propiamente dicho

Es aquel simbolizado y cifrado por el inconsciente, altamente singular (en modo alguno universalizable) y formalizado, estructurado como un lenguaje en una formación del inconsciente. Implica un enigma y una apelación al saber del Otro lo que pondría en marcha el proceso transferencial. Es el síntoma desplegado o desplegable en la palabra y, esperando un tiempo se integra en la neurosis de transferencia. Permite el comercio asociativo, la deriva significante y se integra en el circuito de la repetición.

La regla analítica de asociar libremente posibilita la determinación de la cadena significante de la cual surge el sujeto en búsqueda de la verdad; esto significa ubicar a la queja y demanda de alivio en un nuevo espacio subjetivo que implica aceptar la verdad del síntoma y el logro de una nueva subjetivación. A lo que apunta es a implicar al sujeto en su propia queja. El síntoma oculta la verdad; este ocultamiento lo es de la búsqueda de un goce, por eso se ama al síntoma como a sí mismo, por las satisfacciones que éste aporta.

El síntoma como Sinthome

Es el síntoma como incurable, la vía singular, la modalidad de goce de un sujeto con la que se identifica al final de un análisis, actúa como el cuarto nudo estabilizante a la manera de un Nombre del Padre. Lejos de pedir una disolución analítica, el Sinthome es lo que permite vivir al proporcionar una organización singular del goce, de tal modo la tarea del análisis es llevar a la identificación con el mismo.

Y por fin existe lo que podríamos llamar «islotes de confluencia»; se trata de algunos aspectos que los psicoanalistas vemos en la clínica y explicamos desde la teoría psicoanalítica y los neurocientistas hacen lo mismo desde su disciplina. Por ejemplo, un concepto como angustia señal y angustia automática, es decir, el tratamiento de la angustia según actúe y el yo y sus defensas, o cuando dicho yo esté ausente. Este mismo observable es explicado por la neurociencia por una doble vía que relaciona a la amígdala cerebral ya sea cuando el estímulo llega directamente a la amígdala por una vía rápida sin pasar por el lóbulo prefrontal y desencadena automáticamente una «angustia automática-ataque de pánico». En este caso, actúa la memoria amigdalina de un hecho traumático de modo directo y entonces se desencadenan todas las expresiones somáticas de la angustia (mímica por la descarga sobre el núcleo del facial, taquicardia e hiperventilación por descarga del sistema simpático, etc.) En tanto que, si la vía pasa por el lóbulo prefrontal la descarga se regula a través de la suma de los sistemas asociativos corticales que modulan una respuesta más adecuada al estímulo.

Ahora bien, es importante no establecer una relación causa efecto de lo somático sobre lo psíquico y viceversa. Damasio ha citado a Espinosa quien, al contrario de Descartes, reconoce una sola sustancia y distintos modos. Es decir, hay una sola sustancia el cerebro (con sus extensiones) y distintos modos de expresión al mismo tiempo (un modo físico, un modo psíquico, un modo psicosocial, etc.).

Otro «islote de confluencia» que podríamos destacar es aquel que está en relación con los neurotransmisores. Los neurotransmisores tienen la máxima importancia cuando se necesita medicar a un paciente, los psicofármacos actúan a este nivel (el espacio intersináptico) para ejercer su efecto terapéutico. Es también importante indicar cuando es necesario medicar desde el punto de vista psicoanalítico (más allá del cuadro psiquiátrico). Esto es cuando la medicación puede permitir que un paciente entre en transferencia pasando desde el estado de síntoma como demanda de ayuda al síntoma formalizado en la transferencia y que plantee un enigma al sujeto (enigma que se dirige al sujeto supuesto saber). Es decir, cuando el núcleo de goce sintomático es formalizado por el significante.

Veamos algunos ejemplos de neurotransmisores: la dopamina (por ejemplo, la vía mesolímbica). Esta vía mesolímbica comienza en un núcleo que está en el área tegmental ventral en el mesencéfalo y llega a otro núcleo que se denomina accumbens. Esta vía tiene como función el sentimiento de placer, se estimula, por ejemplo, en la sexualidad, en el placer de comer, y también se estimula ampliamente en la adicción a las drogas. Promoviendo una desmesura del placer, es decir, lo que Lacan llamará goce y que, por la vía de los cambios debido a la plasticidad cerebral, promueve las conductas cada vez más compulsivas en los adictos.

Otros ejemplos de neurotransmisores serán la serotonina, importante en relación a los efectos de los antidepresivos, la dopamina en relación con los efectos de los antipsicóticos, la noradrenalina también en relación con la depresión y antidepresivos. La acetilcolina, por su intervención en los procesos de memoria, etcétera.

Los psicofármacos entonces actúan sobre los neurotransmisores regulándolos según necesidades terapéuticas, generalmente disminuyendo la intensidad del quantum del síntoma. Este factor cuantitativo del síntoma, tal como Freud lo había planteado, es lo que termina devastando lo simbólico y el ciframiento inconsciente. Su disminución, por el contrario, permite nuevamente el acceso a la palabra y a su manejo simbólico.

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Carlos Federico Weisse

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