NÚMERO 16 | Agosto, 2017

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Vigencia del trípode freudiano | Adriana Cabuli

“De las supuestamente superadas supertisiones y creencias erróneas de la humanidad, no hay ninguna de la que no pervivan restos hoy entre nosotros, en los estratos más bajos de los pueblos civilizados o aún en los estamentos superiores de la sociedad culta. Una vez que algo ha nacido a la vida, sabe afirmarse con tenacidad. Uno a menudo dudaría de que los dragones del tiempo primordial se han extinguido realmente” (Freud, 1937, p. 231).

Cuando comencé a pensar sobre el tema del ciclo en el cual esta mesa se inserta, me surgió la siguiente inquietud:

Me pregunto, y quiero compartir la pregunta con ustedes, ¿por qué cada tantos años los analistas nos preguntamos sobre la eficacia de nuestra práctica? ¿Por qué tenemos que dar cuenta a nosotros mismos sobre la vigencia y eficacia?

En el año 1996, realizamos la compilación de los escritos sobre los talleres que transcurrieron en una Jornada, posteriormente publicada en un libro, cuya temática fue la eficacia del psicoanálisis. El libro, editado por nuestra Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados, era producto de una actividad realizada en el año 1995 conmemorando los 100 años de la era psicoanalítica a partir de la publicación del libro Estudios sobre la histeria de Freud y Breuer. La Jornada, que reunió durante un largo día a más de 100 psicoanalistas, consistió en trabajar el tema en diferentes talleres. La misma se denominó: “A 100 años de la creación del psicoanálisis. Su eficacia”. La Jornada fue rica en aportes de todos los presentes reafirmando la eficacia del psicoanálisis, idea que ya estaba prevista en la formulación de la actividad ya que la pregunta por la eficacia, pensada por nosotros, analistas, llevaba implícita su afirmación. En tiempos cercanos a la jornada, había aparecido un libro que se llamó El libro negro del psicoanálisis que cuestionaba la eficacia, libro que era consecuente a lo que sucede cada tanto con el psicoanálisis que, desde siempre, tuvo sus detractores. No creo que nuestra pregunta sobre la eficacia fuera una respuesta a dicho libro. La pregunta sobre la eficacia parecía más bien dirigida a nosotros mismos, los analistas.

A los pocos años de dicha Jornada, me encontré con un libro sobre un coloquio realizado en el mes de abril de 2007 por el Movimiento Lacaniano Convergencia. Entre los estudiosos de Lacan en Buenos Aires, también se preguntaban sobre la eficacia del psicoanálisis. De hecho, ambos libros tienen el mismo nombre.

Este año, acá, en la Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados, volvió a surgir el tema sobre la vigencia y eficacia, tema que se trabajó durante el Ciclo Científico y que es el tema de nuestro Congreso Anual en el mes de octubre. Otra vez coincidió con la convocatoria de algunas figuras de peso del movimiento lacaniano que realizaron en el mes de abril una jornada de un día y que trataron sobre la vigencia de los conceptos fundamentales del psicoanálisis.

La pregunta sobre la eficacia me llevó a investigar publicaciones más antiguas, con el fin de observar lo que sucedía antes. Freud también escribió y dictó conferencias sobre el tema, pasando de una posición más optimista en los comienzos, cuando observó que con el recuerdo del trauma el síntoma desaparecía, postulando el principio de placer como paradigmático del psiquismo, a la idea posterior a 1920 donde conceptualiza lo que venía observando en su trabajo clínico. Concluye que el aparato psíquico no solo busca la satisfacción, junto con las pulsiones de vida, están presentes las pulsiones de muerte que desarman lo ya construido. Con el análisis de los síntomas no logramos la curación total de un sujeto, el análisis es menos poderoso de lo que deseamos. Durante los primeros 20 años de psicoanálisis, el intento fue agotar los contenidos inconscientes, la novela familiar del neurótico se constituía en el principio princeps de una construcción fantasmática y ligada a las vivencias edípicas. Pero, a partir de 1920, se plantea aquello que es inaccesible a la palabra. Hay algo que se resiste. Un excedente mudo. Algo que socava y que Freud designa pulsión de muerte. Ya no se trata de descubrir lo oculto. No se trata de una significación oculta sino de una “reserva” excluida. Se trata de hacer remontar las palabras hasta aquella región muda en la que hay una verdadera imposibilidad de decir. Se trata de un vacío, de un agravamiento, de la emergencia de un punto ciego que hay que interrogar. Es así que en la transferencia nace una experiencia en que hay algo que no resulta fácil de nombrar.

Entonces, junto con el recorrido freudiano, pasamos de una mirada optimista a una mirada menos optimista, y podemos plantearnos junto con Freud que seguramente la Virgen de Lourdes o sus sustitutos más modernos, tendrán muchos más adeptos que nosotros los analistas ya que el pensamiento mágico, que en algún lugar nos habita, nos lleva a creer que la dicha absoluta es posible de ser alcanzada.

Lo subversivo del psicoanálisis que pone en duda la racionalidad de los seres humanos, y que provocó lo que Freud denominó la tercera herida narcisista de la humanidad, cada tanto pasa a ser interpelado por el afuera, pero también por nosotros mismos.

Porque nos tenemos que convencer a nosotros mismos de aquello de lo que ya podríamos estar convencidos, si nos dejamos llevar por la eficacia de nuestros propios análisis y de los tratamientos de muchos de nuestros pacientes. A más años de experiencia, más pruebas de que un tratamiento analítico puede modificar el destino de un sujeto que ha optado por el mismo. ¿Por qué nos tenemos que autoconvencer de lo que hacemos después de tantos años de desarrollo? ¿No estamos convencidos?

En cualquier librería de las comunes, o sea, las que no son especializadas, en la sección de psicología, nos encontramos con cientos de libros, muchísimas publicaciones por año de psicoanalistas en actividad, editoriales que sólo publican psicoanálisis, analistas en los medios de difusión, en obras de teatro sobre el psicoanálisis —en este momento por lo menos seis obras en cartel—, psicoanalistas en los hospitales, jornadas, congresos, películas; desde ese lugar no podemos dudar de la vigencia. No hay situación social de cierta relevancia e impacto en nuestra sociedad en la cual no sea convocado un analista para hablar y emitir opinión desde nuestra disciplina al público lego.

Para pensar entonces el tema vigencia del trípode freudiano, entiendo que, para dar cuenta de la eficacia en la actualidad, es importante revisar cuestiones que tienen que ver con los orígenes de nuestro quehacer, así como nos preguntamos sobre la historia de un síntoma cuando alguien consulta. Voy a relacionar el tema del Ciclo Científico y del Congreso, la vigencia y eficacia, con la trasmisión del psicoanálisis y el trípode freudiano en el desarrollo de mi trabajo.

Freud plantea, allá por 1912, cuando aconseja a los médicos cómo trabajar con un paciente, en que no es suficiente ser un hombre normal para poder analizar a otro. Es necesario el análisis de los propios sueños y someterse a una purificación psicoanalítica para poder atravesar las resistencias que el paciente opone a su curación, atravesándolas él mismo, planteando que sus puntos ciegos no le permitirán ir más allá. También plantea el descrédito en el que caerá no solamente él como profesional, sino que también el descrédito en el que caerá el incipiente método psicoanalítico.

Dice la cita en “Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico”: “Quien como analista haya desdeñado la precaución del análisis propio, no solo se verá castigado por su incapacidad para aprender de sus enfermos más allá de cierto límite, sino que también correrá un riesgo más serio, que puede llegar a convertirse en un peligro para otros. Con facilidad caerá en la tentación de proyectar sobre la ciencia, como teoría de validez universal, lo que en una sorda percepción de sí mismo discierna sobre las propiedades de su propia persona; arrojará el descrédito sobre el método psicoanalítico e inducirá a error a los inexpertos”. Vemos acá cómo Freud relaciona la eficacia con el aspecto más importante de la formación del analista, su propio análisis.

No hay libro que pueda compensar aquello que otorga la posibilidad del propio análisis, o sea, atravesar la experiencia del propio inconsciente.

En textos sobre la formación de los analistas y la eficacia , allá por 1969, algunos años después que el psicoanálisis irrumpiera en la Universidad de Buenos Aires a través de las conferencias dictadas en la Facultad de Medicina por los pioneros en la Argentina, Madelaine Baranger (1969), quien participó activamente de la formación de analistas en Argentina y en Uruguay, en un trabajo publicado en la Revista Uruguaya de Psicoanálisis sobre la enseñanza del psicoanálisis se preguntaba: ¿Qué analista queremos formar?, y se contesta: “La actitud básica que requerimos de un analista es —y esto puede sonar a paradoja— es la disposición a analizarse. Esta disposición tiene como ingredientes principales: el deseo de saber, la curiosidad, el impulso a traspasar los límites de lo conocido y el coraje necesario para hacerlo … la capacidad de tolerar la duda, de hacerse preguntas permitiendo que medie un intervalo hasta dar con las respuestas; respuestas que a su vez no cierran, sino que plantean nuevos problemas, esta dialéctica entre respuestas y nuevas preguntas debe ser entendida como búsqueda permanente de la verdad”.

Frase vigente, a mi entender, más allá de lo actual o no del lenguaje utilizado para enunciarlo.

Algunos años más tarde planteaba que “Uno no es analista, sino que deja de serlo tan pronto como lo ha sido. Uno deviene analista en un movimiento de alternancia entre momentos de descubrimiento (de apertura del inconsciente, de ruptura de discursos engañosos) y momentos de cristalización teórica y ritualización técnica. El analista está constantemente amenazado por la rutina intelectual, e involuciona tan pronto como se detiene el movimiento de creación. No podemos funcionar, es decir abrir o descubrir sin teorías previas: Pero no podemos contentarnos con aplicar una teoría cuando analizamos a una persona. Esta posición de incomodidad atañe a la existencia de nuestra función: si no descubrimos, educamos, si no teorizamos, hablamos sin saber. La actitud de ruptura, en tanto crea incomodidad, tenderá a ser prontamente eliminada en provecho de una nueva ideologización y exigirá así, esfuerzos siempre renovados” (Baranger & Mom, 1978, pp. 186-187).

Si el analista funciona con un sistema de valores o ideas fijos acerca de lo que tiene que ser un análisis, anula la apertura del analizando, más aún, lo cierra en un análisis sin incomodidad; la incomodidad trae cierta dosis de angustia necesaria para el descubrimiento, sin esta no hay análisis, sino evitación de la misma.

Hablamos del trípode que, como sabemos, consiste en análisis, formación teórica y supervisión o control, como se llamaba hace algunos años, con un analista con mayor experiencia en los inicios y con colegas pares en momentos de más experiencia.

El análisis personal es la condición para que un sujeto pueda ejercer la práctica. Justamente, lo que produce que alguien pueda analizar a otro es la capacidad de preguntarse por sí mismo, y que pueda enfrentar la herida que consiste en aceptar no ser dueño de todas sus actos, que tenga más preguntas que certezas, capacidad que, quien no la posee, no la podrá adquirir por mandato . En general, aquellos que devienen analistas comenzaron sus análisis en los primeros tiempos en que se interesaron por el padecimiento psíquico. ¿Puede alguien comprender el sufrimiento ajeno si primero no profundizó sobre lo propio? Si lo comprende solamente desde una posición empática ¿puede operar con el mismo promoviendo efectos transformadores?

¿Qué sucede a lo largo de una profesión que se conformó en un medio de vida? Sobre todo si un analista está sometido a las transferencias de los pacientes durante muchas horas del día.

Freud plantea lo interminable de la formación y lo imposible de la profesión en la cual es necesario, cada tanto, volver a recordar la eficacia en última instancia del inconsciente. Cualquier analista tiene situaciones de análisis con sujetos cuyas vidas han cambiado de manera radical. Pero parecería que de todas maneras se vuelve a instalar la resistencia al psicoanálisis.

Entonces, supervisión y estudio no parecen estar tan en baja entre nosotros, pero, tal vez si, la posibilidad de un análisis largo, no porque tiempo implique profundidad, sino porque hay cuestiones para las requerimos el tiempo suficiente para ser abordadas.

Una situación corriente que observo en el intercambio clínico con colegas es la dificultad para tolerar la transferencia negativa de los pacientes y, también, salir del lugar del saber en el que el analizado nos ubica en los comienzos de un tratamiento. Cuando el analizado nos cuestiona, no quiere pagar, no le da crédito a nuestra palabra, muchos analistas se enojan con los pacientes y entran en una situación de hostilidad a veces manifiesta olvidando que si hemos convocado a los espíritus del averno, deberemos vérnosla con ello.

Como si no estuviera lo suficientemente elaborada la idea de que eso necesariamente va a suceder. Trabajamos para que el paciente renuncie a la idea de poder todo, aceptar la castración, correrse del lugar en el que ha sido ubicado por sus progenitores; por momentos, la resistencia se vuelve a instalar aun en el propio analista cuando no puede incorporar dentro del análisis la incomodidad que nuestro trabajo conlleva en el tiempo que profundizamos en una cura.

¿Podemos encontrar un paralelo con lo que sucede en nuestra sociedad?

Así como es difícil tolerar la transferencia negativa de un paciente, ¿es difícil tolerar la transferencia negativa con el psicoanálisis? En los comienzos y durante muchos años, el psicoanálisis gozaba de gran prestigio entre sectores medio altos y el mundo intelectual. En ciertos sectores académicos, como las ciencias sociales, educación, el derecho de familia, la teoría psicoanalítica atravesó gran parte de las producciones.

Pero es cierto que el campo de las terapias sugestivas se va imponiendo de la mano de las neurociencias prometiendo una cura rápida que como analistas sabemos que apuntan a algo diferente que nuestro saber ofrece. ¿Quién no quisiera dejar de padecer en corto plazo?

Recuerdo una paciente que me llamó para pedirme un horario. Le habían recomendado una terapia cognitivo conductual por sus ataques de pánico que le impedían salir de su casa. Le contesté que yo era psicoanalista y no lo que ella buscaba, pero que creía que la podía ayudar. Mi convicción de la posibilidad del psicoanálisis de procurar ayuda a quien padece, colaboró a que viniera. Esta paciente tuvo la suerte de cruzarse con un analista y, a partir de ahí y del trabajo que seguimos sosteniendo juntas, pasó de una vida de posible encierro a una vida posible de ser vivida; palabra sabias las de Freud de convertir la miseria neurótica en sufrimiento corriente. Entiendo que con similitudes o diferencias es una experiencia que todos los que somos analistas conocemos.

¿Cuál sería la cuarta pata del trípode para nosotros? El intercambio entre colegas, fundamental también para nuestra tarea. Estos espacios que nos permiten contener la solitaria tarea que realizamos cotidianamente.

Coincido con Bejamín Domb cuando plantea que la tarea del analista no se reduce a realizar su práctica y a que esta resulte eficaz, sino también es parte de su función la trasmisión de su clínica. No solo porque eso genera que el psicoanálisis perdure, sino porque la teorización retroactúa sobre la práctica contribuyendo a su eficacia en la medida en que el analista en este accionar se retroalimenta. Hacer teoría de la práctica implica la trasmisión del psicoanálisis. El psicoanálisis se ocupa de aquello que el ser hablante reprime y que la sociedad y cultura y religión expulsan. Las resistencias al psicoanálisis no están solo afuera, también lo están en nuestro campo; de eso debemos estar advertidos, quizás creando cada tanto alguna actividad que nos recuerde sobre la eficacia del psicoanálisis.

¿Para qué es eficaz, a quién le compete? ¿Para qué sirve el psicoanálisis?

Hago mía una de las conclusiones de la Jornada allá por 1995.

Si lo medimos con la vara del consumismo neoliberal, donde el factor mercado es rector y donde este tiene la verdad, la respuesta es que no sirve para nada. ¿Qué eficacia puede tener un acto que no sirve para nada? Si tomamos lo nodal del psicoanálisis en relación con la insistencia del deseo, podemos pensar que preguntas tales como: ¿qué quiero yo?, ¿hago lo que me gusta?, ¿qué sentido tiene mi vida?, ¿he sido amado por mis padres?, inútiles desde todo punto de vista, sin embargo conciernen a quien se las formula. También los efectos del trabajo sobre las mismas conciernen a los sujetos cercanos de quien se los formula. Sabemos cómo los vínculos de los pacientes que atendemos mejoran en relación con los padres, los propios hijos, el trabajo, pareja, etc.

¿Podríamos aseverar que el futuro del psicoanálisis depende de la formación del analista? ¿No es una afirmación un poco simple?

Sobre todo en la Argentina donde somos tantos y producimos tanto, puedo aventurar que en gran parte sí. Tal vez más difícil es en otros países donde las reglas del mercado se imponen y no le podemos pedir unos pocos analistas que luchen contra estas. Acá es diferente, basta ver la producción de los miles de analistas para poder pensar en el poder que aún tenemos más allá del tratamiento rápido que nos quieran ofrecer otras teorías.

¿Que cuestiones pueden alejarnos del psicoanálisis? Pocas veces en la vida podremos sentirnos seres excepcionales. Se es perfecto solo en los ojos de los padres en los primeros momentos de nuestra existencia, en los del enamorado, en la mirada de nuestros hijos pequeños o en la mirada de los pacientes. El analista sabe que va a caer, se resiste a eso, solo lo supera si trabaja con su propio inconsciente, y esto no es en soledad. No es poca cosa aceptar que nuestro instrumento puede mucho, pero no todo. Ese no todo posible es lo que muchas veces hace que aquel que puso mucha expectativa en el psicoanálisis se desilusione y pierda la convicción de las posibilidades que nuestra ciencia posibilita. Convicción en la trasmisión si el analista está convencido de su instrumento; para estar convencido de lo que el psicoanálisis puede, deberemos atravesar primero la desilusión por lo que no puede.

Paradoja del psicoanálisis, recorrer un largo camino para aceptar que la completud no es posible. Elaborar que el todo no existe es una manera de dejar de buscarlo y lidiar con lo posible. Diferenciaremos así impotencia de imposibilidad, lo cual a veces lleva muchos años de la vida elaborar, no solo en el enunciado, sino en la vivencia.

Los humanos intentamos hacer algo con eso que no hay. Los intentos de cada sujeto por taponar ese imposible que está en la estructura misma produce sufrimiento.

El analista deberá saber escuchar desde la posición del analista, o sea, al analista le corresponde el manejo de la transferencia a fin de conducir la cura hacia una salida eficaz.

El paciente deberá en su proceso saber dónde se encuentra cautivo para poder desenredarse de aquello de lo cual en su historia quedó atrapado. El analista deberá colaborar en poder deshacer con la palabra lo que fue marcado por la historia libidinal de quien padece, con el soporte de la transferencia.

Esa es una de las tareas más difíciles para el analista en un largo análisis.

Un tema que me parece importante para los analistas que se forman y que no es menor para mí en importancia para un analista, es el uso del diván. En mi experiencia algo diferente sucede en relación con la asociación libre en el paciente y la atención flotante en el analista. El diván no es para todos los pacientes, pero a mi entender es necesario para quien quiere ser analista haber atravesado al menos durante un tiempo considerable esa experiencia. No creo que sea solo una cuestión técnica. La conexión con el mundo interior de un sujeto que advendrá analista se profundiza con la presencia del analista, pero sin la mirada del mismo.

Para finalizar

Si coincidimos con que lo inconsciente sigue insistiendo, lograremos entre los analistas sostener un espacio donde las resistencias puedan ser atravesadas para recuperar un instrumento cuya única razón es su inutilidad, para ser utilizado por una práctica que haga de lo singular de cada quien ese camino que, al decir de Freud, configura un modo propio de vivir.

Bibliografía

Cabuli, A. & Rosenvald, M. (1996). Jornada científica: A 100 años de la creación del psicoanálisis. Su eficacia. Buenos Aires, Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados

Baranger, M. de, Besouchet, I. ; Nieto Grove, M. & Ribeiro,I. (1969). Sobre la enseñanza del psicoanálisis. Revista Uruguaya de Psicoanálisis, 11( 3-4), pp. 243-247.

Baranger, M & Mom, J. M. (1978). Psicopatologia del proceso didactico. Revista de psicoanálisis, 35(1), pp. 181-190.

Domb, B. & Arribas, O. (2008). La eficacia del psicoanálisis. Buenos Aires: Letra Viva

Freud, S. (1991). Análisis terminable e interminable. En J. L. Etcheverry (Traduc.), Obras Completas: Sigmund Freud (Vol. 23, pp. 211-270). Buenos Aires: Amorrortu (Trabajo original publicado 1937).

Freud, S. (1980). Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico. En J. L. Etcheverry (Traduc.), Obras Completas: Sigmund Freud (Vol. 12, pp. 107-120). Buenos Aires: Amorrortu (Trabajo original publicado 1912).

Acerca del autor

ACabuli

Adriana Cabuli

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