Un texto que procura pensar el lugar y la importancia del otro para cada uno de nosotros en la actualidad socio política. Recorre distintos posibles lugares para el otro, haciendo una crítica sobre la crueldad y la deshumanización y alentando y promoviendo la constitución del otro como un semejante. Dos caminos distintos, dos destinos posibles del lazo social.
"En tiempos donde nadie escucha a nadie
En tiempos donde todos contra todos
En tiempos egoístas y mezquinos
En tiempos donde siempre estamos solos
Habrá que declararse incompetente
En todas las materias de mercado
Habrá que declararse un inocente
O habrá que ser abyecto y desalmado".
Páez, Al lado del camino.
En la última entrega de los premios Grammy de la industria musical estadounidense, el principal ganador de la noche, Bad Bunny, afirma sobre el escenario: "No somos salvajes, no somos animales, no somos aliens" , aludiendo a las persecuciones y redadas violentas dirigidas hacia la población inmigrante indocumentada desplegadas en Estados Unidos por la fuerza ICE, sostenidas en un discurso de las autoridades políticas de igual calaña. Recuerdo haber escuchado la misma palabra, alien, enunciada por agentes policiales que se precipitaban en alguna detención, haciendo sinónimo dicho término de extranjero e inmigrante. Pero esa asociación no es la más popular.
Las producciones cinematográficas estadounidenses nos enseñan que el alien es un extraterrestre peligroso. Una criatura no humana, acechante, invasora, venida de otra latitud del espacio exterior y deseosa de apoderarse de la Tierra con el concomitante sometimiento de nuestra raza. El alien no sólo aparece desde el espacio exterior, promoviendo la defensa armada de la resistencia humana; también se encuentra escondido, agazapado, disimulado, aguardando la oportunidad para el zarpazo. Los filmes más conocidos oscilan entre ambos argumentos.
Con una velocidad inusitada que paradójicamente nos debe llevar a reflexionar sobre los caldos de cultivo largamente larvados, la circulación predominante de los discursos de ultraderecha emergentes en sendas regiones del mundo va construyendo la idea del otro vuelto alien. Corren tiempos sociales con reminiscencias esquizoparanoides, muy a lo kleiniano, en los que se diferencia y rivaliza entre objetos malos y buenos hasta un ridículo peligroso, invocando y acusando fantasmas de un pasado caduco: el intento de resurrección de un mundo igualmente bipolar capitalista – comunista que ya no existe, que en definitiva apunta a la disolución o remate de cualquier recuerdo del Estado de bienestar: esa garantía simbólica, imaginaria y real de la existencia de un Otro que sostiene.
La lógica de la posición esquizoparanoide, que Melanie Klein pensaba como punto de partida de la constitución subjetiva, se expresaba en la proyección del montante de la pulsión de muerte intolerable para la supervivencia del aparato psíquico; esta agresividad era irradiada hacia los objetos alrededor, que padecían los bemoles de dicha externalización: pero tales objetos no permanecían indemnes, sino que buscaban incesantemente la retaliación del malestar infligido. El objeto malo se constituía de esta manera en un objeto deleznable y temido, que amenaza con la aniquilación propia. El Estado, en el discurso hegemónico de la actualidad de nuestro país, se ha vuelto un Otro malo, que hace padecer, del cual se hace necesario prescindir.
Bion ha señalado que uno de los supuestos básicos para los agrupamientos sociales corresponde a la dupla ataque y fuga. La exageración de las diferencias parece conducir hacia un purismo imposible (¿un pretendido retorno a las instancias alucinatorias del yo placer purificado?), bordeando consideraciones ontológicas: el otro ya no es un semejante, se ha convertido en un otro irreconocible en el espejo, en la humanidad en común. Poco más que un objeto, del cual puede decirse cualquier cosa en cualquier tono. Una política de la crueldad, que la normaliza como impronta de gestión, acto administrativo y lógica de intercambio. Una política de alienización, expresada en guerras que se orientan al exterminio, en razias y encarcelamientos que no se escatiman en población infantil, en los epítetos kuka, libervirgo, woke, que han llegado a referirse más que a una orientación política a una cualidad del ser, el despliegue cotidiano y subrepticio del tánatos en todos los niveles de la vida social.
Crueldad que, con sus matices, no hemos de desconocer. La encontramos en la infancia, la niñez, la adolescencia; e intentamos moderar, contener y desdentar en la medida que nos acercamos a la adultez, y educar a las niñeces y adolescencias contando con el desarrollo y el trabajo de una de las capacidades que nos hace humanos: la capacidad de preocuparnos por el otro.
Winnicott describe a la capacidad de preocuparse por el otro como una consecuencia de los procesos de integración en la temprana infancia, cuya consecuencia se objetiva en la organización psíquica denominada posición depresiva en Klein / fase de dependencia relativa en Winnicott. Aún con sus diferencias respecto de la constitución subjetiva, ambos autores acuerdan en que el desarrollo emocional conduce a un reconocimiento del otro en tanto tal, diferente a uno mismo y resistente a las mociones omnipotentes del narcisismo primario; otro, de quien se depende para vivir. Klein agrega que esta percatación se debe a la integración del objeto mismo: el objeto malo y el objeto bueno han sido finalmente imágenes, experiencias, momentos de la relación con un mismo objeto ahora total. Con Klein, el infans sucumbe a ánimos depresivos al percatarse de que su agresividad retaliativa dirigida al objeto malo ha recaído sobre el mismo objeto bueno que lo cuidaba y satisfacía. Con Winnicott, la preocupación por el otro se construye como un acto de cuidado y una tendencia a la inhibición de la agresividad que se adelanta y previene del sentimiento de culpa: un miramiento que se vuelve fundamento del buen trato social. Con ambos autores, adquiere relevancia un acto que, si no redime, alivia el daño ejercido: la reparación.
¿Qué ha ocurrido con la transmisión social de esta preocupación por el otro?
Es relativamente famosa la referencia con la cual Margaret Mead, antropóloga, ubica el primer índice de la civilización de los agrupamientos de homínidos en el hallazgo de un fémur humano fracturado y sanado. La fractura de un hueso largo y esencial para la autonomía personal revela el estado de vulnerabilidad en el que se encontraba el sujeto en cuestión, al no estar en condiciones de ponerse en pie ni caminar. Que la formación ósea se haya soldado, permite suponer que recibió el cuidado, la asistencia y la protección necesaria durante el tiempo que llevara la cicatrización.
Pero no se trata de ubicar una bonomía originaria: la pérdida de un miembro de la comunidad implicaba también el incremento del riesgo y la vulnerabilidad para la supervivencia del grupo. De igual modo, el daño propiciado al objeto total, o a la persona de quien se depende, puede causar la pérdida del otro que cuida.
Es decir, la preocupación por el otro no se funda ni se acaba en un altruismo moral. Posee una función social: la identificación y la empatía, la preservación de la estabilidad lograda y la expectativa de reciprocidad.
Tarde del caluroso domingo 18 de diciembre 2022, en Buenos Aires. La temperatura no provenía solamente del sol radiante y pesado, sino de una nerviosa euforia: el seleccionado argentino de fútbol ganaba su tercera estrella, luego de una tanda de penales vertiginosos. La costumbre argentina de sufrir hasta el final. Sobre las avenidas porteñas se derramaban procesiones con rumbo al Obelisco. Los padres de un compañero de escuela de mi hijo nos propusieron sumarnos. Allá fuimos. El cuerpo apenas podía sostener tanto éxtasis, al lado de tantos otros. Las voces se acoplaban, eran el bramido de un río humano caudaloso que se estancaba en cada esquina para converger en una arenga mutua. Sobre las cabezas, se desplegaban banderas, sostenidas por infinidad de manos. La bandera que cubre e iguala. Mi hijo quería agarrarla, y no llegaba por la altura: la persona que iba delante de nosotros la bajó un poco, para que pudiera tomarla y participar. Nos mirábamos con personas desconocidas sonriendo y sin miedo, celebrando con cantitos y los clásicos movimientos de brazos. En la 9 de Julio, los que se habían subido a los techos de las garitas de los colectivos ayudaban a los que lo intentaban. "Muchachos, ahora nos volvimos a ilusionar", sonó durante meses en la atmósfera argentina. Repetimos con Winnicott: la ilusión es una raíz natural del agrupamiento humano.
Sabemos que los momentos idílicos duran poco tiempo; aunque dicho episodio, reiterado seguramente en numerosos puntos del país, nos puede facilitar la elaboración de algunas ideas.
Para sostenernos en una ilusión grupal, una tendencia al agrupamiento, necesitaremos reconocer y construir una semejanza con el otro: identificarnos, sentir y pensar en términos de comunidad, que tenemos algo en común. Dicho tejido imaginario se sostiene en la tramitación de la diferencia y lo ajeno del otro mediante dos procesos psíquicos: el contrato narcisista y el pacto denegativo.
El contrato narcisista, conceptualizado en primera instancia por Piera Aulagnier y revisado por René Kaës, consiste en un pacto implícito entre el individuo y el grupo social (comenzando por la familia, derivando luego por los diferentes lugares sociales en los que el sujeto se afilia) a través del cual el individuo se compromete a repetir los discursos y valores del grupo a cambio de ser reconocido y aceptado, asegurando así la continuidad de la comunidad. Este contrato implica una asimilación, a veces forzada, de normas y expectativas, pero también permite la construcción de la identidad del sujeto y su inserción en la sociedad.
El pacto denegativo, como reverso del contrato narcisista, "es el acuerdo común e inconsciente de todo aquello negado, desmentido, rechazado y reprimido que se establece para asegurar la continuidad de un vínculo. Posee una función organizadora del vínculo -apelando a renunciamientos de interés mutuo- y otra perturbadora, creando lo no-significable, zonas de silencio que mantienen al sujeto extraño a su propia historia" (Braun y Zinernman, 1994). Es decir: implica una fuerza de desconocimiento sobre aquella singularidad no común, sobre la diferencia inconciliable; haciendo de la alteridad, ajenidad.
Ahora bien: si en el conjunto social de estos tiempos existe tanto silencio y apatía ante la avanzada tanática sobre el Estado, sus instituciones, los ciudadanos y sus lazos, ¿podría deducirse de ello que la percepción social es que no hay nada de ello que represente una pérdida? ¿No ha habido suficientes experiencias de bienestar, satisfacción social o comunidad? La exaltada denostación del otro, la moción de aniquilarlo y eliminar todos los rastros de su existencia invisibiliza los inconvenientes y el empobrecimiento simbólico, social y económico al que conducen. " Que el otro pierda, no importa tanto que yo también, me arreglo" : con esa frase, podríamos resumir el espíritu de la época. El " yo me arreglo, puedo solo " confunde la libertad con el desamparo: porque, cuando el individuo no pueda, o se rompa el fémur, ¿qué?
Un inimaginable. Una terca renegación.
Freud nos ha legado un método de investigación y de tratamiento de los padecimientos subjetivos. Propuso la construcción como hipótesis e intervención cuando no era posible contar con el recuerdo del paciente. Quizás aquí podamos realizar una tarea análoga.
La frase La patria es el otro, elevada a un lugar de eslogan y mantra durante un tiempo prolongado en el cual ha gobernado en nuestro país una fuerza política ahora disminuida, y en cuyas antípodas se ha nutrido la actual gestión, aunque muy bonita presenta un axioma que conviene revisar. Si el otro es la patria, si es él quien goza, si a él se lo mira, se lo cuida y se le provee… ¿quién hace eso por mí? ¿Qué me toca? Dependo, así las cosas, de que yo también represente la patria para otro, que otro me vea así… ¿y si no ocurre? Es decir, el argumento supone los beneficios de una supuesta reciprocidad, no los de una inclusión. En el recuerdo de la caminata hacia la 9 de Julio, nadie cedía su lugar bajo la bandera, sino que hacía lugar.
Los celos, el sentimiento de exclusión, la rivalidad, nos habita como humanos desde tiempos inmemoriales. Desde Caín y Abel.
A este miramiento del otro elevado a la categoría de patria, la respuesta antagónica política e ideológicamente ha introducido una cualidad moral: "los argentinos de bien", definida ya por la exclusión del otro que ya no es un semejante, y al que se lo presume del mal. Un alien.
Por otro lado, no puede negarse que el reverdecimiento de las ultraderechas a nivel global guarda relación con la experiencia de la pandemia COVID-19, y las no pocas amenazas de que podría repetirse un evento similar a partir de diversos virus circulantes: ninguna gestión que gobernó en dicho momento reiteró mandato. La pandemia hizo perder elecciones; o, mejor dicho, el cuestionamiento de las medidas de cuidado implementadas, algunas más restrictivas que otras, influyeron en los resultados.
Con Winnicott, reconocemos que las fallas ambientales ocurren inevitablemente porque no es viable una complementariedad absoluta entre necesidad y acto de cuidado, aún más cuando se trata de más de un sujeto que depende: una numerosidad social, al decir de Ulloa. No se trata, entonces, sólo de la prevención de la falla, sino de su gestión y su reparación. ¿ Cómo se responde ante lo incalculable y lo que no permite anticipación: qué se hace con eso que ocurre, para lo cual se vuelve imperioso construir respuestas, en un escenario donde el Otro también revela su falta ?
En términos políticos, se habla de la existencia del voto castigo que canaliza el disgusto y el rechazo por las acciones de un gobierno. Desde nuestra lectura, podemos ubicar este viraje en la decisión popular como una protesta contra la falla ambiental que los gobiernos no supieron manejar ni reparar: un mal cuidado de la libertad y la posibilidad de la muerte. Recordemos que, al menos, los primeros meses de la pandemia nos confrontaron con la inminencia y la incertidumbre de la muerte, de cuya amenaza y realidad cada uno ha podido defenderse con los recursos psíquicos disponibles. Entre ellos, la renegación. Luego, cuando ya se contaba con una serie de vacunas, el peligro imaginario (en algunas circunstancias real) recayó en su aplicación. Ello condujo a una tendencia creciente en la opinión pública sobre las vacunas en general, que le adjudican una serie de padecimientos, entre ellos el autismo. Entonces, no sólo se trata de que el Otro – la Patria – el Estado me excluye y no cuida suficientemente, sino que poseería una agenda secreta de enfermedad y muerte.
Asimismo, la expresión de un reclamo legítimo a través de actuaciones agresivas ha sido conceptualizado por Winnicott como tendencia antisocial. En ella, yace también una esperanza de resarcimiento, de arreglo. Aparece entonces la expectativa de "un cambio" que represente una mejora –inespecífica, basta escuchar encuestas realizadas a transeúntes– de las condiciones de vida, y la apuesta a que el Poder Legislativo regulara los avances del Ejecutivo en sus iniciativas más regresivas.
Me encuentro escribiendo en horas donde nuevamente caen bombas; aunque posiblemente nunca hayan dejado de caer en algún rincón del planeta. Tres conflictos bélicos simultáneos; uno de ellos va involucrando a más países con capacidad nuclear. Sabemos que el flujo constante de información proporcionada por los medios de comunicación masiva, a los que se suman la generada por inteligencia artificial que produce una cantidad enorme de textos e imágenes falsas de alta calidad que nos genera la duda, impensada, respecto de si lo que percibimos es real o fake, hinca en nuestro preconsciente. Y si no estamos adormecidos, nos preocupa. O nos da miedo. Y así transcurren los días.
Nuestro Fernando Ulloa construyó dos conceptos que aquí nos importan: las encerronas trágicas "… se dan cada vez que alguien, para vivir (amar, divertirse, trabajar, estudiar, tramitar, recuperar la salud, transcurrir su vejez, tener una muerte dignamente asistida) depende de algo o alguien que lo maltrata o simplemente lo distrata, negándolo como sujeto" (Ulloa, p. 187). Winnicott ha desarrollado importantes aportes sobre el destrato en las situaciones de dependencia, y su comprensión de la psicopatología y de los cuadros clínicos toma como eje dicho trato y la defensa contra éste. Ulloa señala una consecuencia a nivel social: la cultura de la mortificación, con su embotamiento psíquico y afectivo, y el clima mortecino, "… la falta de fuerza, apagado, sin viveza, en relación con un cuerpo agobiado por la astenia…" (Ulloa, p. 239). Este agotamiento se evidencia en el contraste, en nuestro país, entre las primeras manifestaciones y marchas en defensa de la educación pública y la diversidad de género, y la última dirigida como protesta contra la reforma laboral recientemente aprobada. Una resignación de esfuerzo, o de capacidad de pensar. O de esperanza.
¿Cómo salir del plano de la supervivencia mortificada por el día a día y proyectar la ilusión hacia un futuro sobre el que la incertidumbre proyecta sus sombras, más fuerte y rápido?
Alumbra Ulloa: "El pasaje de la mortificación idiotizante a la toma de conciencia de la tragedia supone –éste es el problema– la recuperación del sufrimiento embotado por la mortificación, en todo caso por su carácter mortecino, apagando la conciencia". (Ulloa, p. 188).
¿Estaremos preparados en algún momento para integrar nuestra vulnerabilidad, y reencontrarnos en el espejo que es el otro? ¿Desarmar la concepción del alien, como en Minnesota1, y reconocernos semejantes aún en la diferencia?
1 A principios de 2026, ante el hostigamiento y las detenciones efectuadas por la fuera ICE en el estado de Minnesota (EEUU), hubo no sólo manifestaciones sociales masivas, sino prácticas de cuidado y defensa barriales entre vecinos.