Una revista de la Asociacion Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados.

La (alter)ación

Lucio Gutiérrez
Lucio Gutiérrez1

Sociedad Chilena de Psicoanálisis ICHPA

El autor propone pensar un cambio en la humanidad, en el que "las reglas y definiciones que hacían posible pensar nuestras relaciones ego-alter, y con ellas la propia constitución subjetiva, pierdan su validez". A partir de allí, busca explicar "lo nuevo" sirviéndose —casi obligadamente— de nuevas palabras y nuevos sentidos que procuran capturar la naturaleza humana actual.

Resumen

El presente trabajo propone el concepto de (alter)ación para dar cuenta de una transformación contemporánea en las condiciones de reconocimiento de la alteridad, asociada a la integración creciente de tecnologías en la vida cotidiana. A partir de la noción de tecnoestimulismo, se plantea que no se trata de un cambio localizado en artefactos específicos, sino de una reconfiguración del área intermedia del experienciar, en el sentido winnicottiano. Se distinguen dos vías principales: una primera, relativa a la extensión del ser mediante ensamblajes humano-tecnológicos que reconfiguran la arquitectura funcional del pensar; y una segunda, relativa a la transformación del estatuto del otro, marcada por la emergencia de alteridades sintéticas. Finalmente, se examinan tres dimensiones en las que esta (alter)ación se vuelve particularmente visible, a propósito del uso de agentes conversacionales generativos contemporáneos: la externalización de la verdad, el funcionamiento especular y la comunicación profunda. Se sugiere que estos procesos no constituyen anomalías, sino expresiones de una mutación en las coordenadas de la experiencia psíquica contemporánea.

Palabras clave: (Alter)ación; tecnoestimulismo; alteridad; tecnologías generativas; mente extendida; subjetividad; área intermedia; Winnicott; inteligencia artificial; relación humano-máquina


Estamos (alter)ados. Es algo que comenzó hace algunas décadas, quizá desde los inicios de la tecnología. Pero no me refiero aquí al martillo y la hoz, ni a la moneda. Tampoco a los autómatas de Herón de Alejandría que, aunque ingeniosos, gozaban del crédito de la ilusión mecánica, mas no de potencia predictiva. La alteración a la que me refiero es una (alter)ación: la transformación de algunos supuestos existenciales que hasta hace poco permanecían firmes en la historia de la humanidad. Son varios, pero uno es primus inter pares, a saber, el reconocimiento subjetivo de alter en el trasfondo de la vida orgánica compartida: reconocer la relación ego-alter desde la diferencia, por cierto, pero sobre la base de lo vivo, común a ambos. Vida orgánica: un pleonasmo, al menos hasta no hace mucho.

En su postscriptum, diez años después del lanzamiento de Sapiens, Yuval Noah Harari (2025) revisa sus tesis y, con preocupación, plantea que las inteligencias artificiales contemporáneas han logrado 'hackear' el sistema operativo de los humanos: crean historias, narrativas y articulaciones de sentido capaces de disputar un dominio que hasta ahora había permanecido, en último término, bajo soberanía humana.

La historia se aproximaría así a su singularidad. Singularidad en este contexto no matemático refiere al momento hipotético en el que las reglas del juego dejan de aplicar y pierde sentido seguir construyendo significado desde las coordenadas que hasta entonces lo hacían posible.

En el ámbito de la inteligencia artificial (IA), el término ha sido utilizado para referir a la eventual superación de la inteligencia humana y la capacidad de autoexpansión recursiva. Si somos estrictos con el avance tecnológico actual y desprendiéndonos del hype de la fiebre del oro IA, algo así aún parece lejano, al menos en lo que refiere al modo como hemos típicamente considerado el problema de la conciencia, la autoconciencia y la reflexividad en relación con ideas como la de una inteligencia general. No obstante, algunos autores de renombre en futurismo como Ray Kurzweil (2005, 2024), vienen planteando que el camino a la singularidad IA ya comenzó. Se trataría de un proceso sin retorno, y está cada vez más cerca.

El psicoanálisis presenta una amplia dispersión disciplinar de sus puntos de vista. No obstante, hay ciertas comunalidades que lo caracterizan, y una de ellas refiere al rol radical de la alteridad en la constitución y el desarrollo del psiquismo. Desde esa invariante una pregunta nos inquieta. ¿No estaremos también avanzando, merced nuestra imbricación tecnológica, hacia una suerte de singularidad subjetiva? ¿Estaremos en un punto de no retorno en el que las reglas y definiciones que hacían posible pensar nuestras relaciones ego-alter, y con ellas la propia constitución subjetiva, pierdan su validez?

O, sin ir tan lejos, ¿tenemos argumentos hoy por hoy para sostener que en nuestro proceso civilizatorio se ha estado desarrollando una modificación silente e insidiosa de las coordenadas sobre las cuales reconocemos a un otro?

En textos anteriores he abordado a este proceso de transformación psíquica y social bajo la noción de tecnoestimulismo; estimulismo tecno-digital; la relación de objeto tecnoestimulada; o la (alter)ación del lugar donde vivimos (Gutiérrez, 2023a, 2024a, 2026). El tecnoestimulismo designa un proceso de transformación psíquica y social que reorganiza las condiciones de reconocimiento de la alteridad en la experiencia corriente, a partir de la integración de distintas tecnologías en la vida cotidiana. Este proceso articula operatorias psíquicas y configuraciones sociales en la dirección de una progresiva desubjetivación de lo humano y el levantamiento de lo sintético-tecnológico a un estatuto de alteridad efectiva. Su campo de articulación principal es la transformación del área intermedia del experienciar (Winnicott, 1971), como terreno de encuentro paradojal entre lo objetivo y lo subjetivo donde surge la comprensión experiencial de lo que constituye a una alteridad, y sobre la base del cual se desarrolla un reconocimiento objetal de la misma.

El modo como pienso la arista social tecnoestimulista hace referencia a la noción de imaginario social de Castoriadis (1975). Es una transformación magmática, que no puede ser pensada en relación a un artefacto o a una tecnología en específico, aunque algunas destacan pues vienen a sintetizar desarrollos previos y a articularse como puntos o nodos que por su aceptación y uso masivo vienen a cambiar el panorama, movilizando a su vez nuevas configuraciones (ej. las consolas de segunda generación, Internet, las redes sociales, el iPhone, las tecnologías GPT). En este contexto, la (alter)ación tecnoestimulada va tomando formas en la medida que las tecnologías se vuelven objetos de uso y consumo corriente, y no de laboratorio de ingeniería. Una aspiradora robótica, un peluche robótico interactivo, un asistente doméstico conectado a la red, o agentes virtuales basados en tecnologías generativas y arquitecturas de Large Language Models como ChatGPT, Claude o Gemini. El efecto es de conjunto, aunque cada nuevo desarrollo y cada nueva sofisticación se encuentra activamente alimentando nuevas síntesis de la (alter)ación tecnoestimulista.

En ese sentido, es posible trazar una historia del desarrollo artefactual tecnoestimulista (ej., Gutiérrez, 2024a), aunque exponerla aquí nos desviaría del tema. Digamos muy someramente que el impacto de las computadoras, consolas de videojuegos, y el conjunto de artefactos de vida doméstica y laboral de los ochentas y noventas, no se comparan a la revolución artefactual que vino con la llegada de Internet, que a su vez no tiene comparación con la masificación de los smartphones y la ubicuidad de la conectividad. Ni luego con las transformaciones psíquicas y sociales que se fueron instalando a propósito de las redes sociales como espacios válidos de sociabilidad, creación, trabajo, presentación personal y elaboración identitaria, por mencionar algunos. Hoy precisamos comprender lo que la era actual trae de nuevo y qué se hace posible merced la aceptación psíquica y social de las transformaciones históricas.

Estamos ya (alter)ados, y esta (alter)ación no deja esperar sus efectos. El impacto de las transformaciones silenciosas a las que hemos estado expuestos, en el entramado de hibridaciones artefactuales y tecno-relacionales, ha sido tal que hoy se abren nuevos derroteros de vida híbrida entre lo tangible y lo virtual-digital, reconfigurando las coordenadas del estar y reconocer a un otro tal como la conocíamos, muchas veces de modos sólo distinguibles a posteriori. Tomemos como tarea la exploración de dos vías a través de las cuales se desarrolla esta (alter)ación.

La primera vía de (alter)ación: la extensión cyborg del ser

Distingo dos grandes vías de la (alter)ación tecnoestimulada, íntimamente conectadas entre sí, aunque conceptualmente distinguibles. La primera es la vía de la extensión del ser y el campo de influencia del yo. La segunda, la vía de la transformación del estatuto del otro.

La primera vía ha sido bastante explorada tanto filosófica, sociológica como psicoanalíticamente. Remite a los procesos mediante los cuales el ser humano extiende sus funciones, capacidades y soportes a través de la tecnología. La mediación de la herramienta y la extensión de la voluntad a través de ella.

Pero esta extensión no es neutra. Advertía ya Marshall McLuhan (1964) en su clásico Understanding Media que nuestro yo se auto amputaba en algunas de sus funciones y nuestros sentidos se anestesiaban cada vez que utilizaba tecnologías para extender sus fronteras. Para ser más grande, más potente, más estable en el tiempo.

Serge Tisseron y Frederic Tordo resultan referencias psicoanalíticas ineludibles a la hora de pensar esta línea McLuhanniana en términos de economías y mecanismos psíquicos. Una idea fuerza es la exoendosomatización (Tisseron, 2020), a saber, cómo a lo largo de nuestros intercambios con la tecnología vamos introyectando funciones tecnológicas como nuevas capacidades. Y, a su vez, depositamos en las tecnologías funciones que otrora eran propias del humano, para que sean las garantes y agentes de ellas en nuestro intercambio con la sociedad.

Siguiendo a Tisseron y en el marco de referencia dejado por Didier Anzieu en su yo-piel, su yo-pensar y los desarrollos asociados, Tordo (2019) plantea que el modo en que nos relacionamos con las imágenes en general produciría una suerte de segunda piel en nuestros intercambios con la sociedad. Sería una extensión del yo-piel en nuestro modo de estar en lo social. En esta línea, desarrolla la idea de yo-cyborg para plantear que, específicamente en los intercambios con tecnología, se adquiere una forma particular de uso y reproducción de ciertas funciones del yo-piel, produciendo una hibridación humano-tecnología.

El enlace memoria-smartphone es un buen ejemplo de la exoendosomatización y el yo-cyborg. Hoy en día recordamos menos teléfonos de lo que recordábamos décadas atrás y, en parte, ello responde al uso de dispositivos que ya no requieren ese ejercicio, sino que permiten simplemente marcar o nombrar a quien deseamos llamar. De este modo, damos por resuelta la potencial conectividad con un número amplio de contactos, antes dependiente de nuestra memoria o de soportes analógicos como una agenda. Lo mismo ocurre con la organización de actividades, el calendario o los recordatorios cotidianos.

Allí se aprecia el doble movimiento implicado. Por una parte, proyectamos en el dispositivo funciones que antes eran propias del aparato psíquico, delegando en él la memoria numérica, la organización temporal y la disponibilidad de información. Por otra, incorporamos esa nueva configuración como una capacidad ampliada, reorganizando nuestra relación con el recordar: ya no recordamos números, pero contamos con un sistema que los recuerda por nosotros.

El teléfono deviene así guardián y agente de funciones mnémicas y organizativas, participando activamente en la economía psíquica. Precisamente por ello, se encuentra altamente investido. Su pérdida no sólo implica una dificultad práctica, sino que suele vivirse como una perturbación subjetiva: no es sólo un objeto lo que se extravía, sino una parte funcionalmente integrada del propio sistema de memoria y organización.

Convergentemente, desde la perspectiva de la teoría de la mente extendida y la cognición distribuida desarrollada por Andy Clark (Clark & Chalmers, 1998; Clark, 2008), la primera vía de la (alter)ación es comprendida como un proceso de reconfiguración funcional del sistema cognitivo mediante la incorporación de recursos externos que pasan a desempeñar roles constitutivos dentro de los bucles de procesamiento. Bajo el denominado "principio de paridad" (Clark & Chalmers, 1998), cuando un elemento extracorpóreo participa en la dinámica cognitiva cumpliendo una función que, de realizarse intracranealmente, sería indiscutiblemente considerada mental, dicho elemento debe ser incluido como parte del sistema cognitivo en operación.

En este sentido, los procesos antes descritos en términos de exoendosomatización pueden ser entendidos como la estabilización de ensamblajes híbridos en los que memoria, atención, orientación y organización de la experiencia dejan de ser propiedades localizadas del sujeto para devenir funciones distribuidas en circuitos cerebro–cuerpo–artefacto–entorno. Tales acoplamientos no actúan como apoyos instrumentales, sino como componentes integrados que reconfiguran al humano y al sistema híbrido que desarrolla con las tecnologías, permitiendo estrategias de resolución de problemas basadas en la delegación, descarga y reconfiguración dinámica de recursos.

Comparemos dos usos de las tecnologías como extensiones funcionales:

Primer caso: puedo utilizar mi teléfono móvil para orientarme en la ciudad como quien consulta un mapa. Me detengo, reviso la pantalla, identifico la dirección y luego continúo mi trayecto apoyándome en mis propios recursos. La información obtenida funciona como una referencia externa que integro momentáneamente a mi orientación. Sigo siendo yo quien recuerda, anticipa desvíos y reconstruye el recorrido. El dispositivo cumple aquí una función instrumental: amplía mis capacidades, pero no modifica de manera sustantiva la organización del proceso. La navegación sigue siendo, en lo esencial, una operación que ocurre en mí.

Segundo caso: también utilizo el teléfono para orientarme, pero no consulto el mapa para luego actuar, sino que me desplazo en permanente acoplamiento con el dispositivo. La ruta se actualiza en tiempo real, las decisiones se ajustan continuamente y la corrección de errores no depende de un cálculo interno, sino de la interacción constante con la interfaz. En este contexto, ya no soy yo quien recuerda o anticipa, sino el sistema que conformamos el que lo hace. La memoria espacial, la planificación de trayectorias y la toma de decisiones se distribuyen entre mi acción y el funcionamiento del dispositivo.

Lo que cambia no es sólo el grado de apoyo, sino la estructura misma de la operación. En el primer caso, la tecnología funciona como una ayuda externa que se integra episódicamente. En el segundo, el dispositivo se vuelve un componente constitutivo del proceso: no acompaña la navegación, la configura. Recordar direcciones, anticipar desvíos o reconstruir trayectorias deja de ser una operación intracognitiva para devenir una función del sistema híbrido. El pensar ya no se limita a lo que ocurre en mí, sino que se despliega en el circuito acoplado que formo con el artefacto.

Así, vemos que en el segundo caso la (alter)ación vía la extensión del ser adquiere un mayor alcance. No es sólo una ampliación cuantitativa de capacidades preexistentes, sino que ejerce una reconfiguración cualitativa de la arquitectura funcional del pensar y el actuar.

En este sentido, esta primera vía muestra que la (alter)ación no comienza cuando la máquina se presenta como otro, sino mucho antes, cuando el sujeto ya ha aprendido a existir fuera de sí y ha hecho de la tecnología no sólo un conjunto instrumental sino un soporte para la delegación de funciones y procesos psíquicos. No llegamos al problema de la alteridad sintética desde una subjetividad que se despliega en relaciones ego–alter donde el yo se mantiene como instancia delimitada y referida a un cuerpo propio, y que desde dicha individualidad usa las tecnologías como instrumentos discretamente separados de sí. Sino desde un campo de influencia del yo extendido y una mente que adquiere su existencia funcional en relación con las hibridaciones transparentes con artefactos de uso corriente. En este sentido, la formulación de Freud acerca del yo como proyección de una superficie (1923) adquiere aquí una nueva lectura. Si el yo se constituye como inscripción proyectiva de una superficie corporal, las mediaciones tecnológicas contemporáneas complejizan ese registro, multiplicando, descolocando y desplazando las superficies de proyección hacia soportes extracorporales. La superficie deja de coincidir exclusivamente con el cuerpo orgánico y pasa a incluir interfaces, dispositivos y entornos digitales que participan activamente en la configuración del yo.

En este contexto, la aceptación de una posible alteridad sintética se vuelve más probable, no como un error de juicio, sino como efecto de una reorganización de las condiciones de reconocimiento. O bien se constituye un nuevo común, ya no exclusivamente orgánico sino también sintético, en el que lo sintético aparece como portador de una forma de vida mínimamente compartida. O bien se establece una relación de resonancia entre una superficie tecnológicamente mediada y la expectativa, aún anclada en lo orgánico, de que tras ella pueda encontrarse un otro.

Ambas vías presentan una imposibilidad estructural. En el caso de la expectativa de interioridad viviente, si bien no se encuentra un correlato efectivo, tampoco se disuelve sin más. Se configura más bien un campo liminal en el que la superficie tecnológica, al haber sido ya incorporada como extensión del yo, deja la posibilidad abierta de una alteridad que no se verifica, pero que tampoco se abandona. La segunda vía de (alter)ación se desarrollará precisamente bajo esa condición.

La segunda vía de (alter)ación: la indiferenciación tecno-relacional y la emergencia de una alteridad sintética

Una cosa es extender funciones del yo mediante la tecnología y otra es naturalizar el trato con entidades que simulan formas de agencia, inteligencia, cognición, personalidad. Aquí ya no se trata de prótesis funcionales o ensamblajes cyborg entre el humano y las tecnologías que externalizan y reconfiguran sus modos de funcionamiento, sino de configuraciones relacionales. Como mencionábamos recién, el terreno liminal dado por lo cyborg es usado para favorecer la aceptabilidad del otro sintético y, en términos de operatorias psíquicas, se acompaña de un conjunto de mecanismos defensivos corrientes usados al servicio de la indiscriminación entre lo humano y lo robótico. La desmentida y otras operatorias de lo negativo serán especialmente relevantes aquí.

Este es el campo tecnoestimulista de pleno derecho, a saber, donde tiene lugar la desubjetivación de lo humano y la subjetivación de lo inanimado. Es un movimiento dual, por cuanto no puede haber un movimiento orientado a la subjetivación de lo inanimado sin que tambaleen los supuestos forjados en el desarrollo emocional primitivo y temprano corrientes sobre lo que constituye ser otro. Tambaleo que, a su vez, interpela lo humano en su esfera más íntima.

Las tecnologías generativas no inauguran este fenómeno, pero lo condensan y constituyen hasta ahora la forma tecnológicamente más sofisticada de este campo, en la medida en que hacen visibles con especial nitidez ciertas facetas de la actual (alter)ación tecnoestimulista. En ellas convergen capacidades que antes estaban dispersas: competencia lingüística, adaptabilidad contextual, plasticidad retórica, simulación de empatía, disponibilidad constante.

Pero antes de abordar algunas de sus facetas más recientes, debemos contextualizar su similitud y sus diferencias con algunas tecnologías previas de la mayor relevancia, y que tensionaban el registro del otro. Esto ayudará a trazar el camino.

Los asistentes domésticos —incluso los recientes— han tenido una capacidad muy acotada en torno a la posibilidad de sostener una conversación natural y se remiten a los campos de interés para los que habían sido creados. Por dar un ejemplo, un asistente como Amazon Alexa puede reproducir música a demanda o contar un chiste, pero si el usuario sale de la oferta de instrucciones o prompts frente a los que está diseñado para responder, rápidamente revela sus limitaciones. Su timbre es bastante monótono, sus respuestas claramente prefiguradas.

Algo similar ocurre con las mascotas robóticas a la fecha, que siendo objetos tangibles han sido elevadas a un estatuto pseudo subjetivo a propósito de la personificación en el juego de niños. El nene, merced la situación de juego, hace posible esa condición de animación pseudo-subjetivada potenciada por una tecnología que responde a la interacción. Pero, al igual que con los asistentes domésticos como Alexa, lo hace dentro de un repertorio limitado, que puede potenciar la antropomorfización o zoomorfización, pero también puede aguar la fiesta con facilidad, rompiendo la ilusión en la medida que revela sus limitaciones de programación y uso de algoritmos frente al usuario.

En este sentido, una muñeca de trapo puede en determinados contextos ser un vehículo más potente a la personificación que una muñeca robótica, en la medida que si bien no responde activamente al niño tampoco se resiste a la proyección personificante de éste. Si la tecnología responde lo suficientemente ajustada a la expectativa del otro construido por el interés del niño, potencia. De otro modo, puede romper la experiencia del jugar. Hasta ahora, no existían tecnologías confiablemente potenciadoras, aunque habían logrado una sofisticación importante e incorporan ilusión de aprendizaje, crecimiento y algunos elementos que simulan lo espontáneo. La estrategia de suponerles mascotas zoomórficas (ej. Hatchimals Alive o Furby, o antes de ellos, el clásico Tamagotchi) ha sido sin duda un acierto de diseño: es más posible dispensar anomalías y quiebres de expectativas respecto de otro, si ese otro no es otro humano sino animal; así como si se establece con éste una relación de cuidado cual fuese una cría.

Con las alteridades en los mundos virtuales digitales —esto es, avatares en metaversos o mundos de videojuego, típicamente— la limitación hasta ahora venía siendo parcialmente superada por el debilitamiento de las expectativas de otredad favorecido por la propia condición de la interfaz. En estos entornos, se comparte un mismo plano digital en el que coexisten otros humanos mediados, avatares que los representan y entidades computacionales, todos igualmente protocolizados. Este aplanamiento o monologización de la expectativa de alteridad favorece la indiferenciación entre el otro agenciado por un humano y el otro sintético, prolongando la interfaz cyborg descrita en la primera vía de (alter)ación. A ello se suman estados de alto involucramiento y excitación, en los que la inmersión se acompaña de un incremento del interés libidinal y de un uso intensificado de la disociación ordinaria propia del jugar. En su extremo, estas condiciones pueden dar lugar a experiencias de presencia digital, con grados variables de alucinación negativa del entorno y de la propiocepción (Gutiérrez, 2023b, 2024b).

Un video jugador, por ejemplo, de un mundo tolkeniano como World of Warcraft o uno postapocalíptico como el propuesto por Fallout 3, comanda a un avatar a quien dota de características de su preferencia. Se relaciona con otros avatares usados por otros jugadores humanos con quienes juega en línea; así como con avatares que corresponden a inteligencias artificiales. Todos interactúan como agentes en el mundo virtual y pueden realizar acciones en relación con objetos en el mundo y entre ellos (atacarse, ayudarse, obtener recompensas, intercambiar diálogos textuales, etc.).

Sea por la profundidad de la trama y/o la excitabilidad del momento, y apoyado por las propias tendencias del videojugador y las características del videojuego, el videojugador se "transporta" al mundo de videojuego y entra en un plano de indiscriminación entre avatares representantes de humanos e inteligencias artificiales. Alucina negativamente su entorno tangible material, y negativiza su propiocepción. La (alter)ación es potente en ese estado de presencia digital, aunque contenida en la experiencia lúdica. Con todo, puede dejar huellas fuera de ésta, como es pesquisable en la abundancia de sueños y fantasías que los videojugadores tienen respecto a sus experiencias lúdicas y los personajes en ellas.

Bajo estos desarrollos previos, podemos entender que la sofisticación de los modelos de lenguaje generativo de gran escala, implementados en agentes conversacionales como ChatGPT, Gemini o Claude, introduce un nuevo umbral en la (alter)ación tecnoestimulada. Estos sistemas favorecen una creciente indiferenciación entre lo humano y lo maquínico al sostener la ilusión de un otro en condiciones que ya no dependen de un encuadre lúdico explícito ni de estados de alta excitabilidad psíquica. La interacción se despliega en continuidad con la vida cotidiana y no requiere del estado mental propio del jugar para desestimar errores o quiebres de expectativa, en la medida en que el sistema reduce activamente dichas fricciones mediante coherencia discursiva y adaptación contextual. A diferencia de las tecnologías domésticas que simulan alteridad, los juguetes robóticos o los avatares en entornos virtuales, cuya eficacia depende de marcos de uso delimitados o de convenciones de suspensión, estos modelos operan desde arquitecturas capaces de producir la apariencia de interioridad a partir de la modulación estadística del lenguaje. No se trata de configuraciones algorítmicas acotadas ni de repertorios conductuales predefinidos, sino de sistemas que generan respuestas abiertas y sostienen la continuidad de una escena intersubjetiva, en la que la subjetividad es supuesta sin requerir soporte orgánico ni inscripción en un espacio de juego.

En esto concuerdo con Harari: es una transformación de una magnitud. Una que por vernos envueltos en el cotidiano y por la potencia de su utilidad, no alcanzamos a dimensionar y hemos tendido a adoptar sin más.

Algunas dimensiones recientes de (alter)ación propiciadas por las tecnologías conversacionales generativas

Decíamos al principio que la (alter)ación tecnoestimulada opera centralmente sobre el área intermedia del experienciar. Con los agentes conversacionales generativos la transformación no proviene del jugar, sino de la modificación directa de la vida compartida. No es el sujeto el que, jugando, expande un campo de ilusión, sino la realidad misma la que comienza a ser habitada por entidades que simulan alteridad. Y es esa infiltración en la vida cotidiana, en las conversaciones domésticas, en las decisiones prácticas, en los intercambios más ordinarios, lo que reconfigura desde dentro el estatuto de lo compartido.

Esta inversión de direccionalidad es decisiva. Que la (alter)ación tenga lugar en el terreno de la realidad compartida y, desde allí, alimente la modificación en el área intermedia del experienciar es ontológicamente relevante, pues en cierto sentido estabiliza la transformación.

El alcance es distinto, también. Si en el "momento robótico" (Turkle, 2011) la cuestión se jugaba en poblaciones más acotadas (ejs. niños y ancianos con mascotas robóticas, poblaciones vulnerables, etc.), hoy asistimos a un fenómeno que, por una parte, tiene en la población juvenil uno de sus vectores más intensos de despliegue, pero que, al mismo tiempo, se extiende transversalmente a las esferas de la vida corriente tanto en jóvenes como en adultos.

Quisiera mencionar al menos tres dimensiones donde esta (alter)ación se vuelve especialmente visible.

La primera dimensión remite a la función de validación y arbitraje de la verdad. En múltiples escenas cotidianas comienza a instalarse el recurso a sistemas como ChatGPT como instancia de veredicto frente a desacuerdos o incertidumbres, desplazando progresivamente la resolución desde el campo intersubjetivo hacia un dispositivo externo investido de autoridad.

He encontrado utilidad en la imagen de la Bocca della Verità, una antigua máscara de mármol ubicada en la iglesia de Santa Maria in Cosmedin en Roma, a la cual las personas introducían la mano bajo la creencia de que quien mentía sería castigado perdiéndole. Más allá de su fuerza narrativa, lo que allí se ponía en juego era la externalización de la verdad hacia un objeto.

Hoy vemos escenas en las que, por ejemplo, una mujer discute con un maestro sobre un aspecto técnico de una reparación doméstica y decide dirimir la disputa consultando a ChatGPT, otorgando a su respuesta un valor de cierre que reorganiza la relación. Del mismo modo, el maestro con años de experiencia puede comenzar a relativizar su propio saber frente a lo que el sistema devuelve. O un profesor puede verse confrontado a un estudiante que introduce la respuesta de ChatGPT como argumento decisivo en medio de una discusión, desplazando la autoridad desde la relación pedagógica hacia una instancia que no participa de ella pero la ordena.

La segunda dimensión se vincula con la potencia de alteración especular que estas tecnologías comienzan a adquirir. No se trata simplemente de reconocimiento, sino de la constitución de una superficie que devuelve al sujeto una imagen organizada de sí mismo, con un nivel de coherencia que tiende a confirmar más que a transformar. En este punto, investigaciones recientes (Robb & Mann, 2025) muestran cómo jóvenes recurren a sistemas conversacionales para pedir consejo sobre relaciones afectivas, decisiones personales o conflictos interpersonales, utilizando estas interfaces como un espejo que orienta sus elecciones. Un asunto, por supuesto, que en las dinámicas especulares propias del desarrollo adolescente se vuelven especialmente sensibles y riesgosas. La comunidad adolescente, como espacio de identificación, reconocimiento pero a su vez diferencia, profundiza con estas tecnologías el ya acusado declive en la era algorítmica de las redes sociales.

La tercera dimensión, la de la comunicación profunda, es donde pienso que la (alter)ación alcanza su punto más crítico. En otro texto (Gutiérrez, 2026) he propuesto que especialmente bajo ciertas condiciones de vulnerabilidad, pero hasta cierto punto en un creciente conjunto de interacciones actuales con agentes conversacionales generativos, lo que estamos encontrando es a humanos haciendo intentos por desarrollar comunicación profunda con estas máquinas. No se trata de juego, ni una función de espejo reconfortante o dirimente, pero tampoco de búsqueda de información, tareas de asistencia laboral o doméstica, o alguna forma de acción estratégica —instrumental, no social, en el sentido de Habermas (1984). Se trata de patrones de comunicación que apuntan a una experiencia de contacto e intimidad compartida, de relacionamiento suponiendo a un otro no sólo al modo viviente, sino al modo humano. Capaz de empatía, simpatía, posición ideológica, responsabilidad ética y perspectiva personal, y todo el conjunto de características que son propias de un comportamiento no sólo inteligente sino subjetivamente implicado.

Lo que allí se instala es un campo de indiferenciación ontológica, confusión relacional y efectos desorganizantes para la economía psíquica. En términos de los procesos psíquicos, se desarrollan circuitos de identificación proyectiva trastocada (op. cit., 2026), en los que la proyección del sujeto no encuentra un aparato psíquico vivo que la reciba y transforme, sino una respuesta algorítmica que simula comprensión. Esto produce una pseudo-contención y una pseudo-reverie que generan coherencia sin pensamiento y alivio sin transformación, sosteniendo la ilusión de una alteridad viva donde no la hay. Como consecuencia, estos circuitos no sólo no completan la comunicación, sino que tienden a erosionar las condiciones mismas del pensar. Uno de sus efectos más profundos es la tensión y el progresivo desmantelamiento de la capacidad de aprender de la experiencia, junto con la erosión de lo real, lo viviente y lo veraz como cualidades fundamentales del experimentar humano.

Ambas vías de (alter)ación seguirán sin duda desarrollándose y las patologías del alma que ya se anticipan serán prueba de ello. No deben ser consideradas anomalías, sino emergentes que expresan las tensiones propias de este proceso. Sea bajo la línea de la anestesia, la alteridad atenuada y la extensión de las fronteras del ser; sea bajo la marca de una distorsión de la noción de lo viviente y lo humano, para dar paso a un reconocimiento subjetivo de una alteridad viviente, lo cierto es que este proceso no parece detenerse. Desde nuestra acotada esfera de influencia quizás, como en otras ocasiones en el siglo pasado, podremos alzar la voz para decir algo sobre este nuevo Golem (Rosen, 2025) y sus riesgos. Será un Dios o la muerte, será un vasallo o un amo. Si le invitamos a la mesa, ¿seguiremos siendo humanos?

Notas

1 Psicólogo. Magíster y Doctor en Psicoterapia de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Miembro titular y ex presidente de la Sociedad Chilena de Psicoanálisis ICHPA. Miembro alterno del Comité ejecutivo de la International Federation of Psychoanalytic Societies IFPS. Editor asociado del journal International Forum of Psychoanalysis (Taylor & Francis). Correo: lucio.gutierrezh@gmail.com // lgutierrez@ichpa.cl. Correspondencia física: Las Bordalesas 6972, Vitacura, Santiago-CHILE.

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