En el presente trabajo, se abordarán algunos elementos de las primeras elaboraciones que Freud hace en su obra acerca de los orígenes o causaciones de las neuropsicosis de defensa. Se articulará la etiología sexual de este grupo y la temporalidad en que las representaciones cobran el efecto traumático que da lugar a la defensa y a la producción del síntoma. Con el fin de ilustrar dichas elaboraciones teóricas, se presentarán pequeños fragmentos de materiales clínicos.
Freud (1895/1990), en sus estudios sobre la histeria, establece la hipótesis del trauma en dos tiempos. Esto implica el acontecimiento de una primera vivencia de carácter sexual, cuyo contenido queda excluido de la consciencia, y sólo cobra eficacia traumática en un segundo momento de la vida del paciente, cuando una vivencia reciente resignifica aquel suceso primero. Es decir, la escena primera no es traumática en el momento en que sucede, porque corresponde a un período infantil, en el cual no es posible que el psiquismo elabore aquello proveniente de una sexualidad adulta. Freud (1895/1990) explica que la producción de síntoma no se produce enseguida, sino luego de un intervalo de incubación: "(…) uno halla impresiones de la época presexual que, no habiendo producido efectos sobre la niña, más tarde cobran, como recuerdos, una violencia traumática (…)" (p.148). Ese material queda en una suerte de latencia, que con la oleada pulsional que acontece en la pubertad, produce efecto retroactivamente. No es sino al momento de la segunda escena o escena auxiliar post pubertad, que esa primera vivencia cobra eficacia o fuerza traumática, a partir de una resignificación.
Partiendo de la premisa de la atemporalidad del inconsciente como una de sus características fundamentales, podemos pensar que aquello que queda en estado de latencia, es plausible de entrar en contacto con otras vivencias o incluso fantasías, que reaviven aquellas escenas primeras como traumáticas. En esta línea y retomando a Freud, Silvia Bleichmar (1993) plantea:
Teoría traumática de toda neurosis, o teoría de la causación traumática de las neurosis, que va a proponer que toda neurosis es el reensamblaje, por apres-coup, de elementos desgajados de lo acontecial que ingresan de modo descompuesto, desarticulado, invistiendo y resignificando representaciones. (p.242)
De este modo, la teoría de la neurosis "se sustentaría en la progresión de aquellas representaciones que, al haber quedado en espera, en latencia, son sobreinvestidas por los tiempos posteriores que dan forma final —aun cuando no definitiva— al traumatismo" (Bleichmar, 1993, p. 242). Aquí, al modo de las series complementarias que Freud plantearía más avanzada su obra, podemos pensar en lo acontecial también como disparador de nuevas investiduras y resignificaciones de representaciones latentes.
Tomaremos a continuación una breve referencia clínica:
Es el caso de una paciente adulta que llega a consulta porque presenta cierta inhibición para hablar en público y para desenvolverse en situaciones sociales. Al indagar qué se le dificulta en esos escenarios, expresa que se siente avergonzada frente a la mirada de los otros y que lo que tiene para decir no le parece tan importante.
Indagando alrededor de esa vergüenza que nombra, trae un recuerdo infantil. Relata con mucha angustia una escena, en la que un vecino adolescente le pide que le toque los genitales y ella lo hace. Dice no haber entendido qué fue lo que sucedió en el momento, pero siempre le dio vergüenza ese hecho, el cual cayó en el olvido con el tiempo. No es sino en su joven adultez, que en un espacio de ESI del que participa, reaparece esa escena. Leyendo sobre abuso sexual infantil, ese recuerdo le aparece resignificado, así como también algunos comportamientos de su pubertad: pesadillas, juegos muy sexualizados, entre otros. En ese marco, de forma retroactiva, esa vivencia que en su momento no pudo ser codificada por el psiquismo de una niña, cobra efecto traumático a posteriori, dejando ver el aspecto abusivo. Junto con el recuerdo resignificado de una sexualidad que irrumpe en su infancia, aparece lo displacentero, la vergüenza y el secreto. A partir del análisis, la posibilidad de empezar a nombrar y elaborar eso que calla.
Freud (1894) puntualiza sobre el mecanismo que el grupo de las neuropsicosis de defensa tienen en común. Frente a la aparición de representaciones inconciliables para el yo, éste desarrolla un empeño defensivo con el fin de separar esa representación, desproveyéndola de su afecto y enviándola a la consciencia segunda (lo que más adelante en su obra será el inconsciente). Frente a representaciones que cobran carácter traumático, se produce una escisión de la consciencia, dando lugar a dos grupos psíquicos separados.
Como hemos mencionado, las "representaciones inconciliables nacen las más de las veces sobre el suelo del vivenciar y el sentir sexuales" y el propósito de la defensa es el de "ahuyentar {fortschieben, 'empujar lejos'} la cosa, de no pensar en ella, de sofocarla" (Freud, 1894, p.49). El objetivo es convertir esa representación intensa en una representación débil y arrancarle la suma de excitación que en ella radica.
Podemos establecer a partir de Freud, que las vivencias infantiles que en un segundo tiempo postpuberal, por retroactividad, cobran carácter traumático, sobrepasan las capacidades del yo. Éste no puede darle curso mediante un trabajo de pensamiento, y desaloja la representación hacia afuera de la consciencia, lo que forma en lo sucesivo el núcleo de un grupo psíquico separado o consciencia segunda (en el futuro, el inconsciente). Es decir, el yo plantea una defensa frente aquello que cobra eficacia traumática (y con lo cual no puede lidiar) y a partir de allí, la producción del síntoma.
Aquellas vivencias sexuales que Freud plantea en la etiología de las neurosis, tienen a posteriori efecto traumático porque presentan en su carga un monto excesivo, incapaz de ser metabolizado por el yo. En este sentido, Silvia Bleichmar (2003) sostiene que aquello que produce una sobrecarga en el psiquismo infantil es el exceso de una sexualidad genital del adulto sobre el cuerpo del niño. Éste es el exceso que produce el efecto traumático y que rompe con la ley que establece el Edipo, tal como Bleichmar lo reformula, en tanto la prohibición que toda cultura establece respecto a la apropiación del cuerpo del niño/a como lugar de goce del adulto. Esta legalidad es la que estalla en escenas de abuso sexual infantil.
Veamos un fragmento de material clínico para identificar elementos del orden de lo excesivo de la sexualidad adulta frente al niño/a y su efecto traumático:
Se trata de una adolescente, que llega a consulta por presentar pensamientos intrusivos constantes y dificultades en el vínculo con sus padres, con quienes convive (no tiene hermanos/as). Su principal dificultad es con su padre: su presencia y su mirada la incomodan. En sus relatos familiares, aparece constantemente metida en la pareja parental, intermediando, siempre en estado de alerta para evitar conflictos y especialmente para mantenerlo regulado al padre. Sobre sus vínculos con pares, dice que le preocupa qué piensen de ella, que siente una mirada invasiva en los otros. En alguna de las varias indagaciones sobre eso que se le presenta como invasivo, trae una serie de recuerdos infantiles: cuenta haber encontrado revistas pornográficas que su padre había dejado a la vista en un espacio común de la casa y en otra oportunidad, cajas de preservativos. Ya en su adolescencia, trae la mediación en discusiones entre sus padres sobre conflictos en su vida sexual, así como también la incomodidad que le genera la forma en la que él mira a sus amigas. Sus padres exponen su sexualidad e intimidad, y la hacen partícipe (e incluso mediadora) de los conflictos entre ellos. Lo que acá produce exceso es el discurso parental sobre su propia sexualidad. Una sexualidad a cielo abierto e intrusiva, sin límite que la preserve, y frente a la cual ella se defiende: busca constantemente salirse del radar de la mirada invasiva del padre y de cualquier otro que pueda encarnarla.
La atemporalidad del inconsciente (cargado de huellas mnémicas con capacidad de reinvestidura), como temporalidad propia del psicoanálisis, requiere leer lo traumático de un modo no lineal. Nos encontramos con vivencias sexuales, que conectan con el deseo inconsciente y que quedan olvidadas, pero que por nexo asociativo y ligadas a lo accidental del histórico-vivencial de cada paciente, pueden volver a aparecer y recobrar fuerza, generando una eficacia traumática que se presenta como exceso no metabolizable para el aparato psíquico. Las ideas que Freud plantea en sus estudios sobre las neuropsicosis de defensa y especialmente sobre la histeria, nos permiten ubicar el dinamismo de la dimensión histórica de cada paciente, no como una línea de tiempo estanca, sino como plantea Bleichmar, a modo de reensamblaje de fragmentos capaces de hacer nexo asociativo de diversas formas. En definitiva, evidencia el valor de la historización que el psicoanálisis ofrece y la posibilidad de resignificación apres coup que nos otorga para su elaboración.