El autor realiza un recorrido sobre la constitución psíquica, lo artesanal frente a lo técnico y tecnológico. Resulta necesario que aparezca la boca de la madre, la sonrisa que transforma, la mirada que suplica, aquello que aloja y permite la constitución psíquica. Lo humano que la IA no logra emular. Luego se interioriza en el consentimiento —en lo sexual— y su relación con el erotismo y el deseo. Busca discernir entre el ámbito psíquico y el jurídico, sobre cómo posicionarse ante el saber del erotismo del otro.
"Lo inacabado (…) tiene para todo espíritu un poco ardiente una seducción que bien vale por el éxito más cabal."
Marc Bloch
A los sujetos hablantes nos habita un tiempo extraño. "He sufrido males espantosos, ignoro lo que me reserva aún mi pasado", escribe astutamente Pascal Quignard (2002/2014, p. 63) captando la paradoja de un pasado que no cesa de ocurrir.
Este retorno molesto lleva las huellas de los primeros vínculos, de quienes nos anticiparon en la vida. Son la impronta y el eco del desvalimiento inicial. Se espera del psicoanálisis que alivie al sujeto de esta repetición, que es, sin embargo, un punto de partida inevitable. Cuando un niño no encuentra un entramado de deseos dirigido a él, los efectos resultan graves. Los hemos reconocido en el marasmo y el hospitalismo. No deja de interrogar, en la clínica contemporánea, la proliferación de presentaciones reunidas bajo la categoría de trastornos del espectro autista, en una época donde la presencia del otro se ve con frecuencia mediada —cuando no directamente escondida— por las pantallas. Sucede que el celular no es un carretel, como dice Cynthia Chantrill. No permite operar el Fort-Da, no encarna ausencia ni retorno. Tan brillante y pulida es la pantalla que no ofrece superficie donde escribir marca alguna.
Como recuerda Quignard, lo que empuja al niño hacia el lenguaje no es el sistema significante, sino "… la boca de su madre, la sonrisa que la transforma, la mirada que le suplica." (1994/2006, p. 127) En ese interjuego de demandas, amor y deseos se inscriben las primeras marcas de goce, imprescindibles para vivir.
No existen tecnologías de crianza que aseguren este proceso. Se trata más bien de un arte libidinal no completamente abordable por instrucciones. De lo invisible detrás del objeto, el desperdicio de la técnica. Lo que a veces los analistas llamamos castración.
Por eso me alegro de que mi madre no haya sido una IA. Porque el sujeto se constituye en una trama erótica singular que ninguna técnica puede sustituir.
Pero esos mismos sujetos, constituidos en la opacidad del deseo y habitados por un goce desconocido, deben luego disponerse en sociedad como individuos supuestamente autónomos y responsables. Allí comienza otro problema: ¿cómo regular los vínculos sexuales entre sujetos atravesados por una falta estructural y modos de goce singulares?
La constitución del sujeto no admite programación; la vida social, en cambio, exige reglas. Entre ellas, las destinadas a regular las relaciones de poder, violencia y sexualidad entre sus miembros. Estas configuraciones inciden sobre los modos de satisfacción posibles para cada sociedad. Dentro de las respuestas contemporáneas, el consentimiento sexual ocupa un lugar central. No es solo una categoría jurídica sino una manera de postular al sujeto y su relación con el deseo.
Expongo a continuación un breve recorrido histórico del consentimiento, para advertir las transformaciones de esta figura.
En el inicio las legislaciones referentes a la sexualidad se basaban en la honorabilidad y la posesión, sin lugar para el deseo ni la voluntad. Los abusos se pensaban como un daño al honor. Por eso el foco estaba puesto en la conducta y los antecedentes de la víctima, para evaluar su recato y pudor, pues no podía ser dañado aquello que ya hubiese vulnerado ella misma. Si la mujer en cuestión fuese casada, se la consideraba propiedad de su marido, por lo tanto, el daño efectuado era fundamentalmente sobre él. La voz de la mujer no era considerada.
Con la lucha propulsada por los movimientos feministas se impone la idea de que la mujer tiene un decir sobre su sexualidad y su cuerpo. Surge la consigna "no es no", desnaturalizando la idea de que el silencio fuera aceptación o coqueteo, y se introduce la idea de que el consentimiento puede retirarse, que no es tácito ni permanente. Se afirma la posibilidad de la mujer para hablar y se desplaza la culpa de la víctima hacia el agresor. Este posicionamiento intenta proteger frente al abuso y marcar un tope en las relaciones de poder implicadas.
En el siguiente paradigma, "solo sí es sí", ya no alcanza con la ausencia de una negativa; se reclama una afirmación libre y explícita, asumiendo que en muchas oportunidades las desigualdades de poder impiden a las mujeres expresar el no. En consecuencia, la negación se presume preexistente y debe solicitarse el sí. El consentimiento deja de ser tácito y su expresión —que se exige no sólo clara sino además entusiasta y continua— se vuelve condición imperiosa. Así se transforma en un requisito para la relación y además en un posible nuevo mandato superyoico.
En el debate sobre el consentimiento aparecen formulaciones optimistas o francamente ingenuas, acordes al tono de la época; por ejemplo, la siguiente expresión tomada y criticada por Clara Serra (2024, p. 9) del sitio ONU mujeres: "Cuando se trata de consentimiento no hay límites difusos." Se confía impávidamente en un consentimiento claro y nítido, tanto para quien lo expresa como para quien lo recibe. Serra (2024, p. 10) rechaza también a Joseph Fischel quien afirma: "El consentimiento entusiasta, del que podemos inferir el deseo, no solo es el punto de partida para el placer sexual, sino que prácticamente lo garantiza." Frente a este estilo de afirmaciones publicitarias y totalizantes tenemos que intervenir y complejizar la situación.
El problema es que el consentimiento así entendido supone un sujeto que conoce su deseo y que podría expresarlo con claridad y sin resto; un sujeto que coincidiría consigo mismo, repudiando así la dimensión del inconciente. Pero sucede que el deseo se construye en relación al otro, no se lo puede anticipar ni tampoco se pueden normativizar las formas de satisfacción, siempre parcial. Su puesta en acto implica la dimensión de la incertidumbre. Por consiguiente, el consentimiento "ha de servir para delimitar la violencia, no para salvarnos de todo riesgo." (Serra, 2024, p. 128) Es una herramienta legal orientada a prevenir los abusos y orientar la protección jurídica; pero no puede suponerse como garantía de armonía. Deben reconocerse sus límites para evitar la reducción de la sexualidad a un checklist formal, vacío de experiencia erótica.
Si la Justicia persigue equilibrio, Eros prefiere lo inesperado por sobre la ecuanimidad. Y si se pretende que el deseo se ajuste a reglas, olvidamos que gozar no es ni un contrato ni un negocio; que no es compatible con el cálculo de ganancias comerciales, aunque exista una economía libidinal a la que como analista debemos estar atentos.
El erotismo involucra la agresión, la disparidad y el poder. "Sexo seguro es un oxímoron" nos recuerda Jorge Reitter (2025, p. 1). Por suerte, cabría agregar. El erotismo no es contractual, existen goces y dolores que no son judiciables. Estamos más allá del principio de placer.
¿Pero qué significa consentir dado que el deseo no es transparente, permanece desconocido para el propio sujeto y no puede ser articulado exhaustivamente? No existe la posibilidad del acuerdo absoluto entre partes porque la primera diferencia del sujeto no es con el otro sino consigo mismo. El inconciente, la pulsión, el otro en nosotros, le hemos adjudicado distintos nombres según qué aspecto se acentúe. Por suerte nuestra madre no fue una IA de tersura absoluta; de haberlo sido, no hubiéramos sobrevivido.
Para algunos el problema del consentimiento se resuelve mediante una reducción técnica a saber, decidir y comunicar. Otros autores reconocen la idea de que el consentimiento no depende enteramente del conocimiento. La idea de avanzar hacia una experiencia sin exigir garantías constituye un progreso. Siempre consentimos con un saber incompleto, abriendo margen al riesgo y suponiendo cierta apuesta y confianza.
Siguiendo las sugerencias de Reitter, agrego aquí un paso más: el verdadero descubrimiento, la torsión significativa no radica en consentir sin saber, sino en consentir a no saber. No se trata solo de consentir a pesar de no saber —lo cual ya sería algo— sino de consentir a que no se sabe, y a que no puede saberse con antelación ni completamente. De esta manera se produce un paso en el camino de incorporar la falta no como un defecto, sino como una apertura a variaciones posibles. Esto implica dejar de concebir la castración como amenaza (instancia necesaria para su inscripción) para pensarla como posibilidad. Incluye un acto que modifica al sujeto que emite esa afirmación. No es una resignación —no se trata de "convenir aunque…"— sino consecuencia de un cambio estructural del sujeto frente a sus actos. Así, consentir a no saber no es resignarse. Es admitir la estructura misma del deseo.
La experiencia sexual se aleja aquí del contrato y se dispone como un vagar: Las "Extravagancias de Venus" dice un colega uruguayo. Acceder a un recorrido sin mapa completo, adentrarse en territorios más allá del yo, más allá del placer previamente reconocido.
Partir al descubrimiento de paisajes y personas extrañas para el sujeto.
"De paisajes y personas extrañas" es la primera pieza de la suite para piano de Schumann llamada "Escenas de la niñez". La extravagancia no nos llevó tan lejos, después de todo. Hemos vuelto a la niñez. Siempre son las mismas marcas las que nos sorprenden.
Comenzamos hablando de las marcas, más allá del principio del placer, que le quedan al sujeto por haber estado al cuidado del otro. Lo que cada sujeto hace con ellas —provenientes de ese litoral donde nacemos— es lo que lo vuelve singular y único. De eso se trata, de sostener lo inacabado que surge de la lectura de esa extranjería que nos constituye.
Hablamos de la pulsión, frontera y conjunción entre psíquico y somático, entre dentro y fuera. La pulsión se repite con independencia del yo, sin consultar su parecer. No es cuidadora de la vida ni agente de la muerte; simplemente insiste, sin miramientos por la moral o la adjetivación que podamos otorgarle. También es algo vital, de lo que no querríamos prescindir desinteresadamente. Un mundo sin marcas de goce sobrevendría desabrido, un páramo calculadamente hedonista.
Lo "políticamente incorrecto del erotismo" (Reitter, 2018, p. 99) es que un sujeto disfrute en la posición de objeto. Algo que Freud ya había observado, cuando señala que la meta de la pulsión puede ser pasiva o esta volver contra sí mismo, a pesar de ser fundamentalmente activa. Para nuestra época de individuos supuestamente autónomos y autosuficientes pasar por esta opción —la de gozar como objeto, la de hacerse hacer— resulta difícil de admitir. Y sin embargo todos estuvimos y seguimos estando allí; nacimos y podemos gozar en tanto objetos. Vuelvo a citar a Quignard (1994/2005, p. 179): "El placer es siempre un intruso, la voluptuosidad siempre sorprende al cuerpo que desea".
De un análisis se espera que modifique algo del goce de un sujeto; que este pueda tomar la palabra y responder, con las representaciones a su alcance, a esas satisfacciones que lo habitan. No angustiarse frente a su inminencia, vivir más cerca del acto, menos prevenido ante lo que puede resultar vital.
Me interesa subrayar la inevitabilidad del más allá frente a la homogeneización promovida por la cultura de la época, los mandatos superyoicos en que se cristaliza, y la normalización de algunas propuestas terapéuticas. Frente a la aridez de las generalizaciones resulta importante rescatar "la voluptuosidad de (…) las cosas singulares" como afirma el historiador Marc Bloch (1949/2023, p. 13).
Es válido que el consentimiento intente a nivel jurídico y social delimitar la violencia y detener los abusos. Pero solo el reconocimiento de la falta estructural —esa imposibilidad de saber del todo— puede abrir un espacio verdaderamente erótico. Porque allí donde el sujeto no exige garantías para su deseo comienza la vitalidad de la experiencia erótica.
Raúl Hugo Portas Esquivel
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