El duelo en tiempos de coronavirus

El duelo en tiempos de coronavirus

 

Gabriela Scheyer

Socia Egresada de la AEAPG

 

El virus mutó. Mutó y se metió en nuestros hábitos laborales, en nuestra vida doméstica, en nuestra soledad o en nuestra convivencia, en nuestras relaciones sociales, en nuestros vínculos amorosos, en las actividades de esparcimiento. El virus mutó y ya nada es como era antes. Esta nueva experiencia implica una pérdida. Pérdida que implica un duelo por las cosas que eran y ya no son más.

Para muchos este duelo implica repensar la rutina; crear nuevas actividades para hacer con los hijos, reinventar tareas laborales a distancia, amigarse con las múltiples reuniones y encuentros posibilitados por las nuevas tecnologías, descubrir clases de gimnasia online, incursionar con la cocina. Aparece para muchos el dolor de extrañar la presencia física de los otros, el intenso sufrimiento psíquico que el aislamiento puede producir, el duelo por las expectativas y la inmensa ansiedad de no saber hasta cuándo seguiremos viviendo de este modo. Es un dolor difícil de tramitar.

Para algunos otros, a este duelo de la vida cotidiana por las cosas que eran y ya no son más, se le suma el duelo real por la pérdida de un ser querido en el contexto de la pandemia. Pérdida que se debe tramitar desde el aislamiento, la soledad, sin abrazos contenedores, sin palmadas de aliento, sin rituales funerarios.

Frente a la pérdida, es necesario un trabajo de duelo. Freud define al duelo como la reacción frente a la pérdida de una persona amada. El duelo es el hecho consumado de la separación del objeto, la pérdida reconocida del mismo. Reconocer el dolor abre la posibilidad de nominar al objeto e iniciar el trabajo de duelo. El dolor es entonces el sentimiento que funciona como la señal de que se ha abierto el espacio simbólico que permitirá nombrar y simbolizar lo perdido.

En todo trabajo de duelo, hay que aceptar que algo se perdió y tramitar qué es lo que se perdió con aquello que se perdió. ¿Cómo hacer este trabajo sin los ritos funerarios, que son modos de inscribir la muerte de un ser querido? ¿Cómo tramitar un duelo cuando la despedida no es posible? ¿Cómo hacerlo sin la cercanía de un otro, sin el contacto físico, sin la calidez del entorno?

Todas las culturas, en todos los tiempos, cuentan con diversos ritos funerarios. Estas ceremonias, tienen un gran valor pues ayudan a elaborar la pérdida sufrida. Constituyen una pausa en la rutina para iniciar el proceso de aceptación; ayudan a que se admita la existencia de una pérdida; permiten transformar su relación con el muerto y apaciguar la angustia que acompaña la pérdida. Los ritos no solo permiten estar en contacto con la persona fallecida, sino que también sentirse acompañado. Estas ceremonias nunca son individuales.

Muy frecuentemente experimentamos culpa cuando una persona muere. Culpa porque el otro está muerto y uno sigue vivo, culpa por lo que “debimos decir y no dijimos” o por lo que “debimos hacer y no hicimos”. En el contexto de la pandemia, los sentimientos de culpa se agudizan: la culpa por haber permitido que el ser querido pase sus los últimos días en soledad; culpa por no haberlo acompañado lo suficiente; culpa por el contagio; culpa por la falta de funeral para despedirlo.

En estos tiempos complejos, los enfermos permanecen aislados; no hay lugar para el contacto físico, para el calor humano, para el último adiós. Las gestiones se realizan en soledad. El llanto sin un abrazo. El dolor sin compañía física. No hay lugar para el rito funerario. Todo esto contribuye al inicio de un duelo distinto. De un duelo impensado, poco estudiado. Debe haber lugar para el duelo. Este duelo que debemos construir.

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