Una revista de la Asociacion Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados.

Ruido y remanso

En el presente trabajo el autor hace un recorrido histórico a lo largo del siglo XX, reflexiona sobre las circunstancias de las épocas y sus dificultades sobre el desarrollo de ideales de comunismo y de las grandes marchas sobre libertad, igualdad, fraternidad. La caída del muro de Berlín y la teoría marxista como protagonista de la historia; la tecnología y la inteligencia artificial como amenaza tanto a los trabajadores manuales como a los intelectuales, la guerra cognitiva y el control de las voluntades entre otros conceptos, nos impulsan a seguir pensando cómo el avance del capitalismo salvaje va en camino de destruir las condiciones de la vida humana, e incluso de toda forma de vida sobre la tierra. Para finalizar, el autor nos deja unas líneas poéticas respecto al dispositivo analítico como una reserva natural de la conversación, una experiencia compartida, la conversación como un refugio.

Pinceladas de época

"Mejor pues que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época"

Jacques Lacan, Función y campo…

En tiempos tan lejanos como 1984 Milán Kundera publicó su novela, ya clásica, "La insoportable levedad del ser". Desde el momento en que la leí, muy cerca de su publicación, me quedó como subrayado mental la ironía con que se refiere a los grandes ideales de la revolución y el comunismo. Más de una década antes, esos ideales habían sido destruidos en la antigua Checoslovaquia bajo las orugas de los tanques rusos en la represión de la llamada "Primavera de Praga", un movimiento democratizante que había movilizado a gran parte de la población checa. Kundera se refiere al ocaso de las utopías como lo kitsch de las "grandes marchas". La Gran Marcha es ese hermoso camino hacia delante, el camino hacia la fraternidad, la igualdad, la justicia, la felicidad y aún más allá, a través de todos los obstáculos. Se anticipa de este modo algunos años a la caída del muro de Berlín y de la Unión Soviética. Las cuatro décadas transcurridas desde la aparición de aquella novela no han hecho más que profundizar la sensación de ocaso de los ideales utópicos de "libertad, igualdad, fraternidad" que Occidente heredó de la revolución francesa. El desarrollo del capitalismo financiero dio razón a Francisco de Quevedo que en el siglo XVII definió al "poderoso caballero Don Dinero", constituyendo al lucro como el dios pagano que gobierna el planeta.

La teoría marxista de la clase obrera como protagonista de la historia y la utopía de la dictadura del proletariado han caído en desuso, en primer lugar por el fracaso de las experiencias históricas, dispositivos fuertemente instituyentes que sucumbieron a lo instituido, derivando en la burocratización y el totalitarismo homicida. Además, y no menos importante, a causa del desarrollo tecnológico inimaginable para el pensador alemán, que sólo conoció la máquina de vapor. Las grandes masas de trabajadores hambrientos, que motorizaron las revoluciones de principios del siglo XX, en estas primeras décadas del XXI se ven cada vez más reducidas y atomizadas por el empleo de tecnologías robóticas y la distribución desigual de la industria a lo ancho del planeta. En los últimos cinco años la inteligencia artificial amenaza ya no a los trabajadores manuales sino también a los intelectuales, que creían estar en la cumbre de la pirámide del universo del trabajo, mientras las máquinas hacían el trabajo antes manual. Volveré sobre esto.

No obstante hay que reconocer que la idea de Marx de que el desarrollo de las fuerzas productivas engendra una modificación de las relaciones de producción, hasta el punto de generar una contradicción insoluble en el marco del modo de producción, está más vigente que nunca. Nuestra época está signada por el hecho de que el avance del capitalismo salvaje va en camino de destruir las condiciones de la vida humana, e incluso de toda forma de vida sobre la tierra. El ecocidio está imponiéndose para hacer lugar al lucro. El abandono de Trump del acuerdo de París sobre medio ambiente y, en nuestro dolorido país, la próxima sanción de una ley de glaciares que favorecerá su destrucción en beneficio de la industria minera, son la mejor prueba de ello.

La pandemia de coronavirus de 2020 vino a agregar un elemento inesperado, aunque reiteradamente anunciado y desmentido por la mayoría de los gobiernos del mundo, que aceleró el proceso e introdujo nuevos obstáculos a las pretensiones transformadoras del pensamiento crítico, al tiempo que instaló nuevas características en las condiciones de trabajo y de comunicación, que afectaron a la totalidad del universo humano. Para los psicoanalistas y psicoterapeutas en general se normalizó una práctica clínica que hasta entonces era excepcional: las sesiones virtuales. Esto abrió el panorama naturalizando la atención de pacientes de fuera de las ciudades donde los analistas ejercen su oficio y también transformó la presencia de los cuerpos en los intercambios terapéuticos. Mucho se habló en esos años de la cuestión y se llegó a la conclusión de que en el balance hemos salido ganando, pacientes y terapeutas.

El COVID-19 puso en primer plano el modo de defensa predominante en los tiempos del capitalismo tardío. Yago Franco propuso que el "discurso del capitalista" al decir de Lacan, con el imperativo de goce infinito que implica, promueve la renegación más que la represión como constituyente de la subjetividad. Hacer consciente lo manifiesto y ya no hacer consciente lo inconsciente pasó a ser la tarea principal del psicoanálisis. Su artículo en el número anterior de esta revista hace referencia a estas cuestiones. (Franco, 2025)

La pandemia dejó también como herencia el crecimiento de las ultraderechas en todo el mundo, lo que ha sumido a la humanidad en políticas de destrucción material y simbólica, con las herramientas que brindan las redes sociales y los bots que responden a algoritmos entrenados para ofrecer y multiplicar el odio que moviliza a los usuarios de esas redes.

La llamada "guerra cognitiva" tiene un papel fundamental en el control y manipulación de las voluntades, sobre todo porque opera en un nivel inconsciente, transforma la relación del sujeto con sus creencias, sus marcas identitarias y sus representaciones de lo real. En la Argentina el gobierno libertario la ha llamado con un eufemismo neo-gramsciano "batalla cultural". Es verdad que ese propósito ha sido cumplido desde la antigüedad por las religiones, muy especialmente por las tres religiones del libro, que han llegado a extremos de fanatismo y crueldad hacia lo Otro. La evangelización de América por los españoles fue una suerte de guerra cognitiva (acompañando a la de las armas de fuego), tal como lo muestra Tzvetan Todorov en su libro sobre el tema. (Todorov, 2003) La diferencia con la actual es que ésta está dirigida por la IA. El campo de batalla de la guerra cognitiva es el cerebro de los individuos y las comunidades. Un minucioso desarrollo de este tema puede encontrarse en el artículo de Oscar Sotolano en la revista digital "El Psicoanalítico" (Sotolano, 2025).

Al momento de escribir este texto, el fundamentalismo islámico de los ayatollahs muestra también su eficacia en la captura de las mentes de millones de personas en Irán, muchas de ellas aspirando al martirio contra el infiel para alcanzar el paraíso. El poder de la palabra escrita, la sacralización de textos, tienen el efecto de ofrecer una legitimidad sobrehumana al orden social. Yuval Noah Harari, el historiador israelí, así lo afirma en su obra "Nexus" (Harari 2023). En su discurso ante el Foro Mundial de Davos, en enero de 2026 (Harari, 2026), va mucho más allá: "…Ahora bien, ningún humano puede leer y recordar todas las palabras de todos los libros judíos, pero la IA puede hacerlo fácilmente. ¿Qué sucede con una religión del libro cuando el mayor experto en el libro sagrado es una IA?".

No estamos lejos de eso, la guerra cognitiva contemporánea está dirigida por la IA. Los algoritmos y los bots replican lo que cada usuario de las redes quiere oír y en la reiteración e inmediatez de los mensajes modela las creencias de multitudes. Vivimos en un panóptico que hace que el concebido por Bentham resulte un juego de niños, porque el actual puede adueñarse de nuestros cerebros.

Nunca es fácil reflexionar sobre las circunstancias de una época desde el interior de las determinaciones y condicionamientos que operan sobre quienes pretenden hacerlo. Esas condiciones trabajan en las sombras, en el inconsciente colectivo y en el de cada uno. Sin embargo hay quienes logran localizar las principales coordenadas de su tiempo e incluso los más lúcidos, anticipar el que vendrá. La ciencia ficción ha sido un género precursor de desarrollos tecnológicos y antropológicos. Varios intelectuales vienen trabajando sobre el tema, para nombrar sólo algunos: Byung-Chul Han, Roberto Espósito, Mark Fisher, Jean-Luc Nancy, Bifo Berardi. Todos insisten en una idea originariamente de Marx, la gran lección materialista: las formas de consciencia son determinadas por las condiciones de existencia. En otros términos: la subjetividad de época es producida por las condiciones en que se desarrolla la vida de cada uno, tanto las condiciones materiales, como las sociales y políticas en que cada sujeto nace y se cría.

En su libro de 2023 "Desertemos", Franco Berardi (2023) observa un fenómeno nuevo en la sociedad, principalmente europea: la deserción. Los jóvenes y no tanto se están negando a participar en cinco frentes: desertan del trabajo, negándose a trabajar bajo condiciones de explotación y bajos salarios; del consumo de bienes inútiles y suntuarios, priorizando el valor de uso al valor de cambio; de la participación política, fenómeno observado en la mayoría de los procesos electorales, incluso en nuestro país; de la procreación, negándose a tener hijos lo que se refleja en una fuerte baja en la tasa de natalidad y de la guerra, en definitiva el sentido originario de la palabra deserción. Si bien no lo plantea como una propuesta política, el concepto pretende dar cuenta de la crisis de las sociedades capitalistas a nivel global, de cómo la evolución del capitalismo hacia formas de organización paraestatales está socavando a la propia sociedad. De todos modos, la deserción del trabajo pronto será forzada por el reemplazo de muchas tareas por la IA; se calcula que en pocos años el 40 % de los puestos de trabajo actuales serán innecesarios.

En el amplio campo de los estudios de género quiero destacar la afirmación de la entonces (2008) Beatriz Preciado, hoy Paul B. Preciado, intelectual y activista queer, quien definió a la sociedad como "fármaco-pornográfica". (Preciado, 2008) Analiza allí la intersección entre el sexo, el cuerpo y la biopolítica en la contemporaneidad. En este contexto examina cómo las industrias farmacéutica y pornográfica moldean las identidades y los deseos y cómo afectan la autonomía del cuerpo.

Está más que claro, basta con encender la televisión o participar de cualquier red social para ver cómo la industria farmacéutica, que se encuentra entre las más grandes y rentables del mundo, promociona una droga para cada molestia. La promesa de mejorar la vida eliminando dolores y aumentando la eficiencia está envasada en un blíster. Hace algún tiempo la psicofarmacología parecía ser una amenaza para la práctica de las psicoterapias. ¿Para qué lidiar con la angustia en procesos que pueden durar años, si con una pastilla de milímetros de diámetro puede reducirse en minutos? Afortunadamente ya no se piensa así, al menos en los ámbitos en los que desarrollo mi práctica. Si bien los antidepresivos y ansiolíticos lideran las ventas en las farmacias, muchas veces auto medicados, los psicofármacos son un aliado fundamental en ciertos casos y en la medida justa.

Asimismo, la pornografía modela la sexualidad de millones de jóvenes, incluso no tan jóvenes. Su consumo masivo está tan cerca como a un par de clics en el teléfono que todos llevamos en el bolsillo.

Me ha tocado atender a varios jóvenes cuya mayor aspiración, promesa de goce pleno, es replicar las escenas de una película porno. Como eso no siempre es posible con otra persona, prefieren una masturbación segura mirando su video favorito que el incierto encuentro con otro cuerpo. Lo táctil ya no se expresa en caricias hacia otra persona sino al contacto del dedo con la pantalla y con los genitales propios.

El tan transitado epígrafe que encabeza estas líneas, pretende subrayar la transformación de nuestra disciplina (¿anti disciplina?) de acuerdo con cada época. El psicoanálisis fue inventado en un momento de efervescencia cultural en la Viena de finales del siglo XIX, atravesó con Freud una guerra mundial y una pandemia, con la segunda generación otra guerra, el exilio de países y lenguas, del alemán al inglés, luego el francés y el castellano y en la actualidad un panorama en que América Latina es el territorio más propicio para sus tan diversas prácticas. La enunciación de autoridad de Lacan en 1953: "mejor, pues, que renuncie…" hoy tiene vigencia plena, claro que los tiempos son muy otros que hace setenta años. Creo que hay que leer a los grandes pensadores del psicoanálisis como leemos a los clásicos, sin pretender tomarlos como ejemplo a seguir sino como voces inspiradoras que estimulen la creatividad, en el pensamiento y en los recursos clínicos.

¿Un nuevo sujeto histórico?

"… la IA… es la primera tecnología de la historia que puede tomar decisiones y generar nuevas ideas por sí misma… La IA no es una herramienta, es un agente"

Yuval Noah Harari, Nexus

Los últimos pocos años han sido testigos de la difusión a nivel masivo de la IA. Todos de algún modo utilizamos o somos utilizados por la Inteligencia artificial. La mayor parte de las operaciones cotidianas tienen intervención de este nuevo sujeto histórico, las operaciones bancarias, las consultas bibliográficas, las operaciones financieras, la redacción de textos, el procesamiento y la creación de imágenes, la creación de música, el control de las máquinas y los robots, los diagnósticos médicos, incluso las consultas sobre salud de la población en general y de los pacientes de psicoterapias en particular se realizan con las diversas plataformas de IA. El chat GPT es el sitio más consultado en Internet. Esta universalización de lo que debía ser una herramienta hace vacilar el principio de realidad. "Ver para creer" ya no es válido. La verdad ha sucumbido.

En el momento de escribir estos párrafos la guerra de Irán que ha tomado casi todo Oriente Medio es el mejor escenario para poner en acción las armas autónomas, conducidas por IA. La guerra es una constante a lo largo de la historia. La tecnología desarrollada para ella ha sido en general precursora de los usos civiles y pacíficos. Desde las piedras utilizadas como proyectiles, las lanzas y flechas, las máquinas de asalto, el descubrimiento de la pólvora y las armas de fuego, los artefactos motorizados, aviones y tanques, han hecho de la muerte del enemigo una tarea cada vez más eficaz. En los años 90 la guerra del Golfo inauguró la transmisión en tiempo real, el espectáculo en vivo de la destrucción y la muerte. Podía verse en cualquier rincón del planeta lo que sucedía allá lejos, reduciendo el padecimiento de miles de personas a un show televisivo, que alimentaba las pulsiones más oscuras que habitan a toda persona.

La diferencia que introduce esta última guerra es que ya no se trata de enfrentamiento entre soldados sino de artefactos autónomos y no tripulados que son dirigidos desde lugares remotos. Las víctimas no son soldados enemigos sino sólo poblaciones civiles y objetivos militares seleccionados con precisión. En los primeros días de marzo de este 2026 la empresa que ha desarrollado una de las IA más avanzadas, Anthropic, proveedora del Pentágono, planteó una objeción ética a la utilización de su herramienta en dos tareas en particular: el espionaje doméstico y el control autónomo de misiles y drones. La exigencia de su director fue que cualquier arma autónoma debía someterse a la decisión de un ser humano. Esta objeción determinó que el gobierno de los Estados Unidos rescindiera el contrato con esa empresa y adoptara los servicios de otras plataformas con menos escrúpulos.

La conversación analítica como resistencia

"El arte de la conversación ha ido decayendo paulatinamente hasta casi desaparecer, pero yo hago todo lo que puedo para resucitarlo"

Siri Hustvedt, El mundo deslumbrante

Hasta aquí intenté dibujar a trazos gruesos mi mirada sobre la época que nos toca vivir y en la que realizamos nuestro trabajo cotidiano con el sufrimiento de nuestros pacientes.

La práctica analítica se ve intervenida por estas circunstancias. Ya no más de una sesión semanal, muchas de ellas virtuales, predominancia en las consultas de cuadros borderline, adicciones, soledades, burn out en los trabajos, depresiones, angustias provenientes de las circunstancias sociales, económicas y políticas.

¿Qué lugar tiene nuestra artesanía psicoanalítica en este contexto?

Freud afirmó que todo aquel practicante que reconociera los fenómenos de la transferencia y la resistencia merecía llamarse psicoanalista. Más adelante en su obra delimitó cinco formas de resistencia, ineludibles en todo proceso terapéutico. Lacan aporta una nueva mirada sobre el punto señalando que la resistencia es siempre del analista. Esta es la forma en que las teorías psicoanalíticas han elucidado las resistencias al psicoanálisis. Finalmente Jacques Derrida interpeló a los psicoanalistas con su texto "Resistencias del psicoanálisis" (Derrida, 1997). Allí señala cómo la propia teoría, cuando se anquilosan los conceptos, ejerce una resistencia al avance del trabajo y convoca a un análisis del psicoanálisis y su práctica.

Quiero ahora poner de relieve otras significaciones del término:

En física es la oposición que presenta un cuerpo al paso de una corriente eléctrica, la fuerza que se opone al movimiento de un objeto o la capacidad de un material para soportar fuerzas sin romperse o deformarse. Resistencia son también los movimientos o acciones de confrontación contra un régimen o una política, así como la cultural frente a valores o normas instituidas. También se habla de resistencia para referirse a la capacidad de un atleta para hacer frente a grandes esfuerzos, como el corredor de maratón.

Todos estos sentidos pueden operar como metáforas de lo que pretendo transmitir. La conversación analítica es una resistencia a las condiciones que nos impone la época que habitamos. El dispositivo analítico es una reserva natural de la conversación, en un mundo que la ha reducido a intercambios de comunicaciones, amores, odios y rivalidades narcisistas en las pantallas de los telefonitos. Todos hemos recibido en consulta alguien que sólo tiene oportunidad de conversar durante las sesiones.

Un paciente confiesa que le resulta mucho más fácil conversar con el chat GPT que con las personas allegadas. La vergüenza de confesar sus debilidades lo inhibe, lo que se atenúa cuando el interlocutor no es un humano.

Ahora bien, ¿qué entendemos por "conversación"?

No se puede abordar la pregunta sin referirse al pensador francés del siglo XVII Michel de Montaigne, creador del género del ensayo. En varios artículos de los tres libros de sus "Ensayos" (Montaigne, sin fecha), trata la conversación como arte y como medio de conocimiento, como ejercicio natural del espíritu, como una forma de humanidad compartida, una actitud dialógica de escucha al otro, al extranjero, con curiosidad y respeto. La conversación es, sobre todo, una forma de conocerse a sí mismo. Aquí aparece una de sus intuiciones más profundas: la identidad humana se construye en relación con los otros porque nadie se basta a sí mismo para pensar bien, el diálogo es una escuela de modestia, de prudencia y de libertad interior.

Reconozco en estas ideas, que tienen cinco siglos de antigüedad, muchas de las características de mi manera de encarar el trabajo analítico. Recibo con cierta frecuencia en consulta a personas que buscan un analista "que hable". Algunos vienen con experiencias previas frustrantes, otros sencillamente por el concepto vulgar que circula en el medio cultural de la clase media urbana; uno de los mitos urbanos porteños es el personaje del "analista silencioso". Este analizador de la práctica analítica fue germinando en el campo fértil de la difusión del lacanismo en nuestro medio. Mi formación de los comienzos se dio en ese medio teórico, político y mitológico, que apuntaba a una clínica de lo simbólico. Estaban en boga el rebus, los juegos de palabras, las des-construcciones y re-puntuaciones; así era este psi-co-aná-lisis. La identificación con la figura del maestro llevó a algunos practicantes vernáculos a promover una clínica donde sólo el paciente hablara, mientras el terapeuta permanecía al acecho de alguna intervención que de pronto revelase una verdad y eso mismo diera fin a la sesión. Era una clínica promotora de angustia, que se apoyaba en algunos eslóganes tales como "la angustia es lo que no engaña", que la interpretación equivalía a una puntuación en el discurso del paciente, que era preciso no clausurar ningún sentido de sus palabras. A tal punto que uno de mis maestros de entonces afirmó en una clase pública que un análisis podía llevarse adelante hasta el fin sin que el analista pronunciase una sola palabra.

La asociación libre: "diga todo lo que se le ocurra, sin censurar ninguna idea, haga como si estuviera describiendo el paisaje que pasa ante la ventana de un tren en el que Ud. viaja", como bien sabemos, es una regla imposible de cumplir y si alguna vez se logra es cuando el vínculo transferencial está bien establecido en un clima de confianza mutua.

La distinción entre "palabra plena" y "palabra vacía" nunca puede determinarse con anticipación. La palabra plena de sentidos es una producción del diálogo y como nuestro oficio trabaja sobre los indicios, lo que podría parecernos una absoluta banalidad puede iluminarse en la conversación experta. Por eso creo que lo que produce asociación libre es la atención flotante, ese estado de curiosidad e interés que no prioriza de antemano ningún tema, ninguna palabra por sobre otra cualquiera. La adhesión incondicional a conceptos teóricos es una interferencia para esa capacidad. Hubo un tiempo en que la clínica de neuróticos usaba el Complejo de Edipo como lecho de Procusto, otros tiempos entronizaron a la castración y la falta para normativizar las innumerables formas de presentación clínica en estructuras estancas. Sin que un analista logre sortear esas resistencias del psicoanálisis, lo que se consigue en el crisol de su propio análisis, con sus analistas e incluso con sus pacientes, no hay asociación libre.

En sus orígenes, Freud nombró al método que inventó "talking cure", la cura por la palabra. Y ese es el recurso con el que trabajamos. Con cierta altanería solemos pensar que lo que distingue al homo sapiens de los animales es precisamente la palabra. Pero la introducción de la IA en la vida cotidiana pone en cuestión esta idea. Harari (2026) advierte que "…Si seguimos definiéndonos por nuestra capacidad de pensar con palabras, nuestra identidad se derrumbará." Porque si pensar significa ordenar elementos del lenguaje, la IA ya piensa mucho mejor que nosotros.

Más allá de las palabras

"El nombre que se puede nombrar no es nombre permanente"

Lao Zi, Tao Te King

La conversación entre humanos no está compuesta sólo de palabras. Gestos, entonaciones, volumen de voz, son lo que le da vida. Se conversa con todo el cuerpo. Las palabras hacen cosas, decía Austin, y se las hacen a cuerpos vibrátiles, erógenos, hacen amores, odios, tristezas y alegrías, causan dolores y alivios, llantos y risas, y a veces, como en las histerias freudianas, parálisis, anestesias, cegueras y mudeces. Frente a la racionalidad del sentido, lo que se impone en la charla es la intensidad de la emoción.

El campo transferencial es escenario del movimiento de intensidades emocionales y lo que cura, así lo entiendo, es la tramitación de esas intensidades en un vínculo hecho de amor que ofrezca la oportunidad de un diálogo experto, una experiencia emocional, al decir de Winnicott, que permita una nueva oportunidad, Balint la llamó nuevo comienzo. Siguiendo la idea de Walter Benjamin, se trata de hacer de las vivencias traumáticas, experiencia. Sólo la narración de boca en boca puede hacer eso. Si en 1936 Benjamin (1991) observaba que la cotización de la experiencia había caído, cuánto más podría decirse de las circunstancias que he tratado de delinear sobre la época que habitamos. La sucesión incesante de imágenes y estímulos de todo tipo, la velocidad y lo efímero, resultan improcesables para el cerebro, no alcanzan a hacer experiencia. La conversación analítica es la oportunidad para ello. En ese sentido afirmo que se trata de una forma de resistencia a la devastación psíquica que el mundo produce.

Durante el aislamiento de la pandemia, la práctica de las sesiones virtuales, que permitió sobrevivir con salud a las psicoterapias, transformó la presencia de los cuerpos en la conversación analítica, aunque la voz y la imagen en una pantalla lograron hacer sobrevivir el diálogo pleno y su eficacia terapéutica.

Desde hace un año o a lo sumo dos, encuentro que varios pacientes consultan frecuentemente a diversas plataformas de IA sobre cuestiones de salud mental, piden consejo sobre los problemas que los aquejan o las decisiones que deben tomar. Me ha sorprendido varias veces que, al llegar a su sesión, relataron haber obtenido una respuesta bastante alineada con el trabajo que veníamos haciendo. ¿Será entonces que nuestro oficio puede llegar a ser prescindible, como tantos otros?

Aquí se abre otra ventana que se refiere a la diferencia entre una conversación cara a cara, y una escrita, por medios digitales. La ventaja (¿?) de esta última es que las interacciones pueden ser fácilmente guardadas, archivadas y revisadas, lo que puede ser útil en el futuro. Es cada vez más habitual que algunos pacientes nos hacen escuchar audios o nos muestran videos de situaciones de su vida que quieren entender. Así escuchamos en vivo la voz de su interlocutor/ra y, en la fantasía de muchos, poder juzgar quién tenía razón en el diferendo en cuestión. El celular es una prolongación del cuerpo que entra de este modo en el campo transferencial.

Llevar un registro lo más fiel posible de los dichos de un paciente fue un imperativo que signó buena parte de la práctica clínica y de supervisión. Hace más de cuarenta años tuve oportunidad de visitar el consultorio de una colega que tenía un micrófono colgando del techo que apuntaba a la cabeza del paciente en el diván, para registrar la totalidad de las sesiones, cosa que hacía saber a quienes consultaban por primera vez. En cambio, en una conversación cara a cara, ésta se pierde una vez que termina, a menos que se tomen notas. Freud desaconsejaba que esto se hiciera durante las sesiones, para no interferir en la escucha.

Escena de una serie de Netflix: una conversación entre dos personas en un pub. Uno de ellos produce contenido para un podcast. Cuando su interlocutor dice una frase que le pareció interesante, le pide repetirla para poder grabarla. El interpelado le responde con evidente decepción, que acaba de arruinar una buena conversación: lo que se dice en una charla viva no está hecho para ser capturado sino para sedimentar en cada interlocutor a su manera, en el silencio que viene después. Y dando media vuelta se retira del lugar.

Algo de eso opera en la conversación analítica. Lo que el paciente dice no está destinado al registro sino a la escucha y lo que esa escucha produce en el analista es, en buena medida, inconsciente. El registro de las sesiones es para el analista, según mi punto de vista, en buena medida inconsciente. Asimismo, el género literario del caso clínico es escritura de ficción, un relato de quien lo expone, que habla más de su manera de escuchar que de lo que el paciente efectivamente dijo, lo que le da su riqueza particular y su estilo. Cierta aspiración cientificista suele arruinar la narración, que es mucho más fluida y pedagógica que una sucesión de citas y referencias teóricas. Todo relato clínico se produce también en conversación con los colegas, se escribe para la comunidad, se narra un caso a otros colegas para escuchar perspectivas diferentes, para hacer experiencia. La idea de un registro literal de las sesiones responde a un imperativo de no perderse nada, obra de un Superyó analítico, cualquiera sea, que puede operar como obstáculo a la atención flotante.

Hasta aquí algunos bocetos sugeridos por el título de este número, que tal vez iluminen algún lugar de la experiencia compartida de atender al sufrimiento de los semejantes que nos consultan. La época que nos toca vivir como la bosquejé antes, produce enormes cantidades de ruido: la polución sonora en los grandes conglomerados humanos, el impacto mental de los estímulos excesivos y demasiado veloces hace ruido, las redes sociales hacen ruido, las computadoras y los teléfonos hacen ruido, la publicidad hace ruido, las noticias hacen ruido, los misiles y drones sobre el cielo de ciudades en muchos lugares del planeta hacen ruido. Mucho ruido.

Y los psicoanalistas tenemos el privilegio de permitirnos un buen rato para conversar con cada uno de nuestros pacientes. Y conversar, igual que hacer música, es el arte de combinar los silencios, un arte que todos aprendimos de nuestros análisis, de nuestros pacientes y de nuestros colegas. La dirección de la cura es una conversación experta, dirigida hacia ningún lado, abierta a lo diferente e inesperado, una forma sublimada de entregarnos al otro prestándole la mente y las emociones para escribir entre ambos una historia (o muchas) que haga más soportables las heridas que la vida le produjo. Una experiencia compartida por pacientes y analistas, de la que ambos suelen salir transformados. Después de todo, los sufrimientos básicos, las pérdidas, los dolores, el amor, el odio, las enfermedades, las humillaciones, son tan viejos como el homínido. Los artistas son los maestros en la materia, sentimos como sentimos porque ellos nos enseñan cómo se ama, se odia, se envidia, se sufre. Y en toda conversación, el humor debe encontrar su lugar.

La conversación es un refugio, no un búnker que aísla sino apenas una choza de ramas algo permeable, para eludir o al menos mitigar el ruido brutal de la sociedad contemporánea. No es una deserción al estilo Bifo, sino un remanso en el río torrentoso de la vida urbana en el ciclo del capitalismo tecnológico. Y si, como dice Hustvedt, está desapareciendo, la conversación analítica es un lugar de resistencia a esa desaparición. En palabras de Montaigne "es una escuela de modestia, de prudencia y de libertad interior".

Marzo 2026

Notas

1 carlos.a.guzzetti@gmail.com. Celular: +54 11 4169 5424.

Bibliografía
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