Una revista de la Asociacion Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados.

¿La enfermedad en lugar del nombre propio? "Soy diabético", "soy asmática", "soy hipertenso", soy …. Soy…

Elsa Hecht
Elsa Hecht
Coordinadora del Área de Psicosomática

Área de Psicosomática · AEAPG

Co-coordinadora: Lic. Verónica Luftman · Integrantes: Lic. Mara Barreto · Lic. Liliana Faldutti · Lic. Silvia Livorski · Esp. Lic. Alejandra Pujol · Lic. Beatriz Jawerbaum · Lic. Cintia Vega · Lic. Carina Rudistein · Lic. Patricia Gerez

Expresiones que nos interpelan acerca del lugar que ocupa la enfermedad en la economía psíquica de algunos pacientes. ¿Qué ocurre cuando un paciente se presenta en la consulta diciendo "soy diabético", "soy asmático", "soy hipertenso"? La enfermedad aparece no solo como un padecimiento del cuerpo, sino como una forma de nombrarse a la manera de una carta de presentación. Hablamos de algunos pacientes en quienes detectamos cierto anudamiento a una enfermedad, al modo de una fusión, constituyendo esta enfermedad en un rasgo que otorga identidad. Escuchamos entonces: "Soy hipertenso", "me ahogo", "no puedo respirar", "Mi cuerpo me traiciona", "Yo estoy bien, solo que soy asmático". En estas expresiones podemos advertir que los sujetos viven el cuerpo como ajeno, sin poder apropiarse del sufrimiento psíquico o somático.

La enfermedad y su nominación son vividas como anclaje, como un baluarte donde sostenerse. Al encontrar un lugar, el sujeto empieza a 'ser' a través de la enfermedad. Es decir, la identidad queda fijada en torno a una afección física y el sujeto se nombra como "soy asmático" en lugar de "tengo asma".

Esta forma de identificación transforma la enfermedad en un eje central en la vida del sujeto y viene a configurar un sí mismo, un lugar de fusión con la enfermedad que cubre un vacío representacional, que da cuenta del déficit en la capacidad del psiquismo para simbolizar, dar sentido a las emociones, sensaciones corporales, y a sus propias experiencias.

Falla en la capacidad de simbolización que deja al sujeto sin recursos, dando lugar al cuerpo como único escenario posible donde se deposita aquello que no puede ser tramitado psíquicamente.

El discurso médico muchas veces propicia este anclaje del sujeto en su sufrimiento, sin ofrecer tiempo ni escucha activa para aquel sujeto que sufre.

En estos casos, los pacientes, con sus dolencias, quedan entrampados en el lugar de objeto exponiendo sus cuerpos.

El paciente, sujetado pasivamente, ubica el saber del lado del médico, esperando respuestas a su padecimiento. La medicina se erige entonces como lugar de saber por excelencia.

Un paciente relata cómo supo que es hipertenso:

"El médico me dio el diagnóstico y varias indicaciones: comer sin sal, hacer ejercicios, no hacerse problemas. Yo, a partir de ese momento, no me pregunto nada, trato de no preocuparme por nada. Soy hipertenso, es así, me tocó a mí."

El diagnóstico médico —"su hijo es asmático", "su hijo es diabético"— introduce también una mirada que suele quedar cristalizada en el núcleo familiar, constituyendo al enfermo desde su padecimiento. Esta inscripción se extiende a la trama vincular y social, limitando posibilidades y marcando un estilo de vida ligado a las limitaciones. "No puede practicar deporte porque es obeso", asmático o "nunca pude hacer deporte porque soy cardiaco".

Sin poder descubrir aquello que sus posibilidades podrían desplegarse. Pacientes con un pensamiento operatorio, transformándose en una vida operatoria.

Pensamiento centrado en lo concreto, en la descripción minuciosa de los síntomas físicos, de los hechos, pero carece de riqueza simbólica y afectiva.

La enfermedad como identidad comprende tanto a pacientes con episodios agudos y transitorios, en estos casos, el sujeto "es" la enfermedad y no puede, ni desea, renunciar a ella.

La patología somática se vuelve una estructura de sostén, difícil de abandonar incluso en un proceso analítico, ya que hacerlo implicaría atravesar vivencias de duelo, desintegración y vacío frente a la construcción de una identidad anclada en el padecimiento corporal. Un paciente refiere: "Si dejo de ser asmático, ¿quién soy?" No tengo nombre para lo que soy.

La enfermedad viene a cubrir un déficit en la constitución psíquica del paciente, cobrando relevancia en su vida, como modo de encontrar un lugar propio.

Podemos decir que son pacientes que tiene un modo de funcionamiento a predominio de la somatización en tanto hubo un intento fallido en la constitución del psiquismo, un vínculo primario debilitado, cantidad de afecto no procesado psíquicamente, traumas infantiles, características que dan cuenta de cierta vulnerabilidad somática. Resaltamos la importancia del cuidador en la función de continente y sostén del bebé en los primeros tiempos de vida, proporcionando un ambiente seguro que lo proteja y contenga, dando así la posibilidad de constituirse como sujeto desde un estado no integrado, no-yo, a la posibilidad de discriminarse y constituir un yo propio. La madre ofrece no solo su cuerpo, sino su psiquismo para que el bebé comience a diferenciarse, a organizar sus percepciones, a establecer una cierta consistencia yoica.

Es en el espacio de este vínculo donde se realizan las primeras inscripciones que dan lugar al comienzo de la constitución del aparato psíquico.

Cuando la función materna falla por exceso o por defecto, por intrusión o por ausencia, se producen marcas estructurales que pueden derivar en formas patológicas en relación con el cuerpo y con la propia identidad. Joyce Mac Dougall propone pensar en el concepto de un "cuerpo para dos" donde parte de la fantasía inconsciente de un estado de indiferenciación o fusión total entre el bebé y su madre.

En este estado, no existe una distinción clara. El bebé experimenta el cuerpo de la madre como una extensión del suyo propio y viceversa. No hay límites psíquicos o físicos que separen a uno del otro. No se ha consolidado aún un "cuerpo-yo" definido. Los límites corporales y psíquicos son porosos o inexistentes.

Se vive una experiencia de unidad total, como si fueran un solo organismo. "Cuando yo veo a mi madre que está mal, a mí me vienen cólicos intestinales. Dice un paciente naturalizando sus síntomas". "Mi mamá me llama, me dice todo, todo lo que le pasa, soy la que tiene que escucharla. Me lleno de sus angustias. Hasta las discusiones con mi papá tengo que escuchar. Cada llamada de ella termina con un estado de pánico y palpitaciones." "De chico me acuerdo de que mi mamá se quedaba mucho en la cama y yo tenía que hacer las cosas de la casa, y cuidar a mis hermanos."

Concepto de madre muerta que describe el pasaje de una madre afectivamente presente a una madre psíquicamente ausente. Esta retirada afectiva profunda rompe la continuidad del ser del niño, quien no puede metabolizar las emociones y lo no elaborado cae directamente sobre el cuerpo, pudiendo dar lugar a la enfermedad psicosomática como descarga del exceso no simbolizado.

Cuando un niño está posicionado en ocupar un rol de adulto precozmente, se va sobreadaptando a las necesidades de su entorno satisfaciendo las demandas que le imponen desde el afuera.

El cuerpo sustituye al aparato psíquico como escenario del conflicto no pensado. En esta línea, Joyce McDougall habla de pacientes que han "colonizado su cuerpo" con escenas no representadas, donde el trastorno psicosomático se transforma en un acto expresivo primitivo.

El niño, frente a este vacío, se identifica con la madre desvitalizada. Esto da lugar a una estructura defensiva rígida, con empobrecimiento afectivo, dificultad de simbolización y expresión del sufrimiento por vías no representacionales, como el cuerpo.

Un paciente dice: "Yo cuando estoy mal, la única que me entiende es mi mamá. Sin ella yo no sería nada." Algunos pacientes expresan esta vivencia de manera concreta: "Cuando algo me molesta del mundo exterior, me duele el estómago, tengo diarrea, vómitos, dolor de cabeza, responde mi cuerpo, no yo". "No me quiero medir la glucosa, no me importa. Es lo que hay. Me la tengo que bancar así.

Cuando prima un hiperajuste a normas externas, en detrimento de las propias necesidades, afectos, se constituye lo que Winnicot propuso pensar en un falso self que emerge cuando el entorno temprano no es capaz de sostener adecuadamente al infans.

El falso self se configura como un modo defensivo mediante el cual el sujeto adapta su comportamiento para satisfacer las demandas del medio ambiente, construyendo una forma de relación complaciente y funcional. Es una presentación del sujeto que intenta anticiparse y responder a las expectativas externas, aunque muchas veces ese falso self es el único recurso propio y su modo de presentación en el mundo externo y en su contexto, único lugar donde sostenerse. Sin este espacio construido aparece un no lugar, un vacío, que lleva a que el cuerpo se fije como soporte de una identidad herida.

Clínicamente, se observan enfermedades que irrumpen sin sentido en la vida del paciente: "Me apareció de golpe un dolor fuerte en el pecho". Yo ni me enteré de nada, me pusieron los 3 stent y luego que me dieron el alta seguí con mi vida normal... Relatos afectivamente vacíos o directamente ausencia de relato. Modos de escisión: "eso le pasa a mi cuerpo, no a mí". "Yo tengo que seguir mi vida como si nada hubiera pasado. Por suerte me siento bien". Otro paciente dice: "No quiero ir al médico porque me va a decir cosas que no quiero escuchar... No entiendo cómo tengo el azúcar alto". "Automáticamente dejé de comer" — ¿qué te dijo el médico? "No me acuerdo, pero me asusté ... me va a durar unos días y después se me va a pasar. ¿Quién puede resistir a una tableta de águila?" En estos cuadros vemos entonces que el cuerpo "es el paciente", un sujeto que presenta relatos desligados o ausentes y donde se establece su ser en la enfermedad, en vez del ser teniendo una enfermedad. El tratamiento no busca interpretar el síntoma como un mensaje inconsciente (como en la neurosis), dado que no hay una inscripción simbólica previa. El abordaje sería acompañar y alojar la experiencia somática, dando lugar al comienzo de un nuevo relato subjetivo.

Poder bordear el sufrimiento para que avancen en la simbolización. Toda enfermedad puede ser tomada por el sujeto como una injuria narcisista porque altera su vida, y rompe con la ilusión de omnipotencia, confrontando con su propia vulnerabilidad psíquica y somática. Se manifiesta como una pérdida parcial de la representación de sí mismo.

Teniendo que rearmar un nuevo lazo social con su entorno. La relación analítica puede funcionar como nuevo continente psíquico.

Un lugar de sostén para poder elaborar su enfermedad, donde el paciente puede empezar a ligar, representar, lo que antes descargaba en el cuerpo, un nuevo escenario donde representar el escenario del cuerpo mudo. - Yo lo pensé recién. Dice un paciente: Es como que ahora me doy cuenta, acá puedo pensar. El analista, en estos casos, puede funcionar como un nuevo lugar de inscripción, restituyendo el lazo entre cuerpo y palabra, hueco no tramitado. Será importante propiciar la construcción de una zona de diferenciación, promoviendo lentamente que el paciente pueda hablar de su cuerpo, de sus dolores, de sus padecimientos, de sus sufrimientos psíquicos y somáticos, historizando sus síntomas y su enfermedad.

El espacio analítico funcionará como espacio posibilitador para que cese y corte cierta satisfacción en el padecimiento.

La relación del paciente con su analista se puede convertir en un nuevo continente psíquico donde el paciente puede empezar a decir, a representar lo que antes descargaba en el cuerpo.

Por lo tanto, el trabajo de análisis consiste en crear relato con el paciente, historizar la enfermedad, - ¿Cuándo comenzó el síntoma? ¿Qué estaba pasando en su vida en ese momento? Esto liga el cuerpo a la biografía y restituye la inscripción del sujeto, haciendo un trabajo que permita dimensionar la complejidad de la relación entre enfermedad y constitución de la identidad psíquica.

Construir temporalidad y relato propicia al sujeto una narrativa propia que lo despegue de la identificación rígida con su enfermedad y le permita construir un sí-mismo más flexible y complejo. Ubicar a la enfermedad como "nombre propio sustituto" daría cuenta de cómo un significante externo organiza un psiquismo en riesgo de fragmentación y que muchas veces también la enfermedad viene a cubrir e impedir un colapso mayor. D'Alvia Rodolfo proponía pensar que en algunos casos 'Enfermarse es bueno para la salud', ya que muchas veces enfermarse es una oportunidad de ser, un nuevo comienzo que propone, un nuevo posicionamiento subjetivo y poder conectarse consigo mismo y con el entorno desde otro lugar. "Ya no soy la Cuqui que era antes."

Un nuevo contrato social que podría habilitar la posibilidad en muchos casos de un cambio subjetivo que le permita realizar un corte y desplegar otros recursos a su padecimiento somático. Y que la enfermedad pueda dejar de ser un límite excluyente, para convertirse en un punto de partida desde el cual reconstruir el lazo consigo mismo y con el otro, abriendo entonces la posibilidad de una existencia donde el cuerpo, la palabra y el deseo puedan dialogar en un espacio simbólico compartido.

Un nuevo modo de vincularse, que no sea a través de la enfermedad sino con la implicancia con su propio deseo y un proyecto de vida que le permita nombrarse a sí mismo con su nombre propio.

Soy Juan y tengo Asma.

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