A pesar de los golpes que asestó en nuestras vidas
Victor Heredia, 1984.
el ingenio del odio, desterrando al olvido a nuestros seres queridos.
Todavía cantamos, todavía pedimos,
Todavía soñamos, todavía esperamos.
Meses atrás tuve un sueño en el que me visitó la actual vicepresidenta de la Nación Argentina. Durante ese día había leído una nota que trataba acerca de su vinculación con los genocidas de la última dictadura cívico-militar (1976-1983). Allí, se hacía referencia a su explícita defensa y reivindicación de los represores que se encontraban condenados y cumpliendo su pena en cárcel común por ejecutar crímenes de lesa humanidad. Para no olvidar, se trata de aquellos "de especial gravedad, como el asesinato, el exterminio, la esclavitud, la deportación o el traslado forzoso de población, la privación grave de la libertad o la tortura, que se comete como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil y con conocimiento de dicho ataque" (Real Academia Española, s. f.).
El plan sistemático, proyectado para operar en toda la región, en Argentina, dejó lesiones imborrables. Son 30.000 personas las desaparecidas y fueron alrededor de 500 bebés que nacieron en cautiverio o secuestrados junto con sus madres y/o padres, los que sufrieron la apropiación por parte de familias militares, o bien civiles, a quienes las propias Fuerzas Armadas los entregaban como botín de guerra. Hasta el día de la fecha, se han restituido las identidades de 140 nietos y nietas gracias a la lucha inquebrantable de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.
Las imágenes del sueño siguieron interrumpiéndome en las acciones cotidianas los días que siguieron. Además de trabajarlo en mi análisis, a modo de confesión les cuento, también "se lo llevé" a algunos amigos y amigas. Durante esos meses, muchos de ellos/as, conocidos/as y tres pacientes habían sido despedidos de sus puestos de trabajo en el Estado. Una de ellas, me enteré, había conseguido una reubicación en la Ex-Esma.
En el sueño yo estaba en la Universidad Nacional de las Artes, donde hace unos años era estudiante de Artes Dramáticas. Todos a mi alrededor, como es común en esa casa de estudios, estaban disfrazados con trajes extravagantes, semidesnudos, con ropajes vintage, por no decir viejos. Casi siempre corriendo, a trote, levantando la voz, subiendo y bajando por las escaleras de hierro. Así, iban y venían esas caras conocidas de varios espacios propios: ex suegras, amantes, compañeros/as, y amigas (¿ningún familiar?).
De todos esos rostros, en este momento en el que escribo, y también poco después de despertar, ya no recordaba a ninguno. Sus presencias en el sueño quedaron como una sensación… como una impresión de figuras sin nombre propio. A la única que recordaba nítida, impactante, literal era a la vicepresidenta.
Ella me interceptó mientras intentaba hacer una pregunta (me interceptó mientras intentaba hacer una pregunta) en lo que podría entenderse por bedelía, o secretaria, o punto de información u oficina de orientación. No recuerdo qué estaba queriendo preguntar cuando se acercó y agarrándome sólidamente de un brazo me dijo: "vení conmigo" forzándome a caminar por la institución. Entonces, recuerdo, en el sueño, las miradas. Fueron protagonistas. Esos otros a quienes nos cruzábamos, reconocían a la mandataria con espanto y a mí, me observaban con notable confusión silenciosa: "¿qué hacés con ella?". Podía escucharlo en sus ojos. Yo, les devolvía la mirada con esfuerzo pidiendo que me ayuden, rogando que comprendan que no elegía caminar al lado suyo, suplicando que no supongan monstruosidades de mí. Pero todas esas personas tenían miedo y se abrían como el mar rojo mientras avanzábamos por la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, el trocado escenario del sueño, lugar donde trabajo actualmente.
El estado de desesperación llegó a su máximo cuando esperando al ascensor, alguien (tengo la reminiscencia de que se trataba alguien significativo, podría ser mi mejor amiga) al abrir sus puertas se baja y yo quiero hablarle. No puedo. Quiero decir: "Yo no quiero estar con ella". No me salen las palabras. Y aunque estoy muda, ella me escucha, y burlándose de mí, inmoviliza el brazo del que me llevaba con mayor firmeza para luego, susurrar en mi oído: "Vos de acá no te vas". Me despierto.Me despierta.
En pleno auge global de las derechas neofascistas reaccionarias, mentiría si dijera que me tomaron inadvertida la rapidez y virulencia del avance de discursos negacionistas mediante sus respectivos mecanismos de desmentida. La relativización brutal del terrorismo de estado, así como también el ataque sobre los avances en materia de derechos humanos y políticas de memoria, re-aparecieron haciéndose notar en las bancas del Congreso, en la propaganda del poder Ejecutivo, en los medios masivos de comunicación y en los digitales. Aún así, a pesar de no contar con la particularidad de lo sorpresivo, la sensación era más cercana al terror, que al miedo o la angustia. ¿Por qué?
En Más allá del principio de placer, Freud (1920) formula la distinción entre estos tres estados afectivos: "La angustia designa cierto estado como de expectativa frente al peligro y preparación para él, aunque se trate de un peligro desconocido; el miedo requiere un objeto determinado, en presencia del cual uno lo siente; en cambio, se llama terror al estado en que se cae cuando se corre un peligro sin estar preparado: destaca el factor de la sorpresa" (p. 12). Mientras que el miedo nos prepara frente al peligro de una pérdida posible de ser simbolizada (podría ser la pérdida de un amor, de la integridad del cuerpo, de un trabajo, de un lugar o de la vida), la angustia, se caracteriza por ser afecto no ligado cuyo objeto es ausente e indeterminado. En la oración siguiente Freud, escribe: "No creo que la angustia pueda producir una neurosis traumática; en la angustia hay algo que protege contra el terror y por tanto, también contra la neurosis de terror" (p.13). Entonces, la angustia es un motor que nos permite hacer-algo con aquello que, predominando el factor sorpresa, inundó el aparato invadiéndolo de estímulos de percepciones que no pudieron ser ligadas, y rompiendo cierta protección, produjeron aquel estado que llamamos terror.
Hace un tiempo me recomendaron leer una nota de Página 12 titulada "Los sueños eran también una herramienta del terror". En ella, el periodista y crítico de cine Oscar Ranzani entrevista a Soledad Nívoli y Leandro Leví, docentes e investigadores de la Facultad de Psicología de la UNR. Ambos tradujeron El tercer Reich de los sueños, libro en el que Charlotte Beradt recopila, de manera clandestina, relatos de los sueños de "gente común" durante los años 1933 a 1939, en pleno ascenso del nazismo. Según señala el autor de la nota, este "archivo onírico" funcionaba como un sismógrafo de época, poniendo en escena las políticas más siniestras que caracterizaron aquel régimen político.
Charlotte Beradt (Forst, 1901 - Nueva York, 1986), era una periodista, afiliada al Partido Comunista Alemán, que sufrió la censura del nazismo y tuvo que transformar su actividad en clandestina. La idea de la recolección de sueños comenzó cuando ella misma tuvo uno que llamó su atención y definió como anómalo y extraño: soñaba que la perseguían y la torturaban. Entonces, empezó a preguntar a sus otros cercanos si habían tenido experiencias similares. Al encontrarse con una afirmación, decidió comenzar la tarea de recabar más testimonios, que terminaron siendo un puñado de sueños hecho libro.
Leandro Levi, señala enfáticamente que el totalitarismo acecha hasta en los lugares más íntimos y deseantes, en donde logramos desconectarnos de una realidad que puede ser terrorífica, en los lugares de mayor libertad subjetiva, en el soñar, allí también el totalitarismo se introduce para reiterar el terror. Sostiene Soledad Nívoli, que la función singular del soñar, es alterada por el discurso totalitario y hace eco, resonancia, coro social, narración del horror.
Fue en esa misma época en la que soñé con la vicepresidenta, que un paciente al que llamaré Francisco, me trajo un sueño. En el, "se lo llevaban". Estaba en una estación de tren. Tenía una bolsa de papel madera que contenía un snack preparado por su madre. Madre a quien extraña y no abraza hace más de cinco años por permanecer en el país de origen del que él tuvo que migrar forzadamente. Mientras comía y esperaba para volver a lo que hoy es su actual residencia en algún Estado del país cuya identidad confunde la parte (Norte) por el todo (América), unas personas cuyos rostros estaban completamente cubiertos "sin dejarse ver", lo capturan. Lo suben a una camioneta. Lo mantienen detenido. En el sueño, él recordaba que sus amigos le decían que se tranquilice, que no esté tan paranóico con las noticias, que él "no parecía inmigrante"; pero cuenta que en su trabajo de repartidor, algunos clientes lo increpan a partir de lo que él cree su acento con casi siempre la misma frase: "¿De dónde sos, realmente?". Dice que la situación está cada vez más violenta, que tiene miedo de salir a la calle, que no puede parar de leer y escuchar historias que "terminan mal".
En el sueño, cuando lo deportan, se despierta gritando.
En el texto Sobre el mecanismo psíquico de fenómenos histéricos: comunicación preliminar (Breuer & Freud, 1893), los autores designan como traumas psíquicos a "vivencias que susciten los afectos penosos del horror, la angustia, la vergüenza, y el dolor psíquico: y desde luego, de la sensibilidad de la persona afectada" (p.31). En Más allá del principio de placer, sin alejarse en demasía de esas primeras conceptualizaciones, Freud postula: "Llamaremos traumáticas a las excitaciones externas que poseen fuerza suficiente para perforar la protección antiestimulo (...) Un suceso como el trauma externo provocará, sin ninguna duda, una perturbación enorme en la economía [Betrieb] energética del organismo y pondrá en acción todos los medios de defensa" (1920, p.29). En este mismo sentido, define a los sueños de las llamadas "neurosis traumáticas" como aquellos que "buscan recuperar el dominio [Bewältigung] sobre el estímulo por medio de un desarrollo de angustia cuya omisión causó la neurosis traumática" (1920, p.31). Por eso, el desarrollo de la angustia como última trinchera de la protección antiestimulo es una oportunidad de hacer con aquel dolor. De motorizar en búsqueda de algún recorrido posible, de crear una línea de fuga que abra a la simbolización del horror.
Enzo Traverso (Gavi, Piamonte, 14 de octubre de 1957), es uno de los más destacados historiadores de las ideas del siglo XX. En su último libro Las nuevas caras de la derecha: ¿Por qué funcionan las propuestas vacías y el discurso enfurecido de los antisistema y cuál es su potencial político real? (2021), postula que las nuevas expresiones de las extremas derechas se emanciparon discursivamente de la matriz histórica que les dio surgimiento con el fascismo y el nazismo en el siglo XX. En este marco, el neofascismo o postfascismo en el siglo XXI son resultado de una nueva configuración caracterizada por la fluctuación ideológica, las políticas autoritarias y xenófobas que utilizan a la migración como chivo expiatorio de las crisis económicas nacionales y, fundamentalmente, su integración en los sistemas democráticos y republicanos en una "alternancia" política normal.
Dice Traverso acerca del empresario devenido en político al frente de una de las principales potencias occidentales (y me es imposible disociar su definición del electo en nuestro país), "es una mina flotante, imprevisible e incontrolable" (p. 39). Porque lo que caracteriza a estas nuevas derechas es, también, su juego con lo inesperado en ausencia de ley común. Frente a aquel "sin sentido" del capricho del poder que produce sujetos del desvalimiento en términos de no contar con la capacidad de estar preparados para defenderse, el terror es el que inunda la escena.
Así lo plantea el psicoanalista y doctor en psicología Enrique Carpintero en su libro La tentación neofascista. El odio y el miedo como política de sometimiento (2025). Nos propone "incluir lo traumático que produce una cultura en el exceso de realidad que produce monstruos" (p.145). Esto quiere decir que como psicoanalistas de este presente, tendremos la tarea de atender al fenómeno que denomina como "traumatismo generalizado" o "traumatismo colectivo" que es aquel que difiere al de la fantasía o del delirio del sujeto "freudiano", sino que es particular de nuestra época. Lo excesivo de la realidad (del mundo exterior) opera impidiéndole al sujeto movilizar los recursos necesarios para su simbolización, lo cual produce como efecto, su sometimiento, la sensación de vacío y de vulnerabilidad, entre otros. Todo ello converge con la proliferación de discursos neofascistas que refuerzan creencias ligadas al individualismo y la competencia, sostenidas no sólo pero fundamentalmente, a partir de la construcción del miedo como estrategia de disciplinamiento.
La siguiente sesión, Francisco trajo otro sueño: "Me perdí el tren. El tren me dejó en la Estación y yo no conocía a nadie. No tenía mi teléfono, ni mi computadora. Sólo llevaba una bolsa de plástico. Vi a una señora que parecía estar viendo las noticias. Le pregunté si se podía fijar en las redes sociales si me estaban buscando. Le pregunté si aparecía mi nombre o mi cara en las búsquedas".
Esta vez no se despertó.
En varias ocasiones me pregunta si "acá" nos llega la información de lo que está pasando "allá" refiriéndose a las medidas represivas contra la inmigración que ya separaron a más de 100.000 niños de sus padres. En un artículo de The New York Times en Español se señala que "no hay información fiable sobre cuántos hijos tienen los detenidos o qué pasó con esos niños cuando sus padres fueron puestos bajo custodia" (Jordan & Adelson, 2026).
Lo escucho y yo también me siento perdida: ¿qué es allá?, ¿qué será acá?.
"Ellos son implacables", dice. "Están buscando gente debajo de las piedras".
Marzo del 2013. Éramos aproximadamente cien estudiantes en los que estoy incluída los que murmuramos antes de que empiece la primera clase de la materia de Psicopatología en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Cuando entró, la profesora del teórico agarró el borrador y lo golpeó contra el pizarrón tres veces. Automáticamente todos y todas nos callamos. Entonces, antes de iniciar cualquier otra presentación, ella nos preguntó: "¿Alguien me puede explicar cuál es la relación entre un golpe y el silencio?".
Hace unos días, un conocido que sabía que estaba escribiendo un artículo para la revista me preguntó sobre qué tema pensaba hacerlo. Cuando respondí a su pregunta me dijo: "te vas a quedar sin pacientes".
La pregunta de mi profesora se hizo huella en mí. Cada tanto vuelvo a ese recuerdo. A 50 años del último golpe cívico-militar, ayer: ¿cuál fue la relación entre el golpe y el silencio? Hoy: ¿cuál es la relación entre el golpe y el silencio?
Lo que soñamos y la forma en la que padecemos son producto de una época. El sujeto es bañado por el lenguaje, contamos con los significantes que nos son dados, hacemos con las percepciones del mundo cuánto podemos. En la clínica, el eco de la época se deja escuchar en la singularidad de cada historia. La cura por conversación, así nominada por Ana, O. paciente de Breuer, es una forma de hacer lazo social, y el lazo social no es neutral. Aunque el fenómeno de la transferencia y la posición de escucha del analista produzca algo inédito, los analistas también estamos atravesados por el momento histórico y en consecuencia, también somos hablados por los discursos ordenadores de la dominancia cultural. Es desde nuestro método y a partir de nuestra técnica que nos advertimos de ello para convocar la aparición de lo más singular del sujeto y "hacer suya" nuestra convicción sobre lo inconsciente. Por todo esto de lo que "venimos hablando" también es importante recordar que: "quien sólo sabe de psicoanálisis, nada sabe de psicoanálisis".
Podrán meterse en nuestros sueños, pero aún soñamos. Aún hablamos, los narramos, los compartimos. Con otros y otras. Amigos y amigas. Compañeros y compañeras. Colegas. Los escribimos ni bien nos despertamos. Los escribimos en un artículo para una revista. Los hacemos un libro, un puño. Los llevamos a análisis. Los enlazamos. Los escuchamos. Sabiéndolos vía regia, los hacemos hablar. Y es por eso que mi convicción es profunda: el psicoanálisis también puede ser una trinchera contra el terror.