Gabriel Federico nos invita en un texto profundo, clínico e ingenioso a considerar seriamente la posibilidad de dejar de lado los “modernos dispositivos electrónicos” que nos acompañan y recuperar el poder de la mirada y del contacto propio del ser humano. Nos dice “Se trata, en definitiva, de interrumpir la interferencia de los sensores y de las pantallas para restituir el vínculo en el cuerpo a cuerpo, recuperando la musicalidad de la voz, el ritmo compartido y la función de una mirada receptiva”.
“No hay necesidad en la infancia tan fuerte como la protección de un padre.”— Sigmund Freud (El Malestar en la cultura)
Introducción: La ilusión de la presencia
En el Proyecto de psicología para neurólogos (1895), Freud sitúa el concepto de indefensión o desamparo (Hilflosigkeit), refiriéndose al desvalimiento originario del ser humano como la premisa biológica y psíquica que inaugura la necesidad del primer encuentro con un cuidador externo que cubrirá sus necesidades básicas. En ese inicio a la vida, el infante no puede realizar por sí mismo una acción específica que mitigue la tensión pulsional; requiere indispensablemente de un Otro que interprete sus manifestaciones motrices reactivas y las transforme en el llamado del deseo.
A lo largo de la historia del pensamiento psicoanalítico, se han teorizado las modalidades en que ese Otro adviene como continente o con fallas. Sin embargo, la clínica perinatal contemporánea nos confronta con una mutación vincular que interpela nuestras coordenadas conceptuales: la emergencia de un posicionamiento subjetivo que propongo denominar aparentalidad, se sitúa en el vínculo, cuando lo que interviene entre el bebé y su cuidador principal es lo que está afectado o afectando.
El concepto de una crianza con aparentalidad no debe confundirse con la negligencia tal como la definen tradicionalmente el derecho o la psiquiatría, tampoco remite a la ausencia física del objeto maternante/paternante. No estamos hablando de cuando se confunde con las psicosis puerperales o depresiones graves del posparto, donde la investidura libidinal queda inhibida de forma manifiesta. Se trata, más bien, de un modo de presencia que funciona como una ausencia estructural; una presencia vaciada donde los progenitores se despliegan de forma hiperactiva en la gestión, la logística de los cuidados, la estimulación sensorial programada y el monitoreo remoto, pero minimizan, dejando abdicado el encuentro tónico-afectivo, asimétrico y singular con el recién nacido.
Hay una ilusión de la presencia donde el cuerpo del adulto está, pero la investidura psíquica del cachorro humano no acontece. Se simula la función de sostén, pero, al estar los progenitores tomados por la angustia de la época, la presión de las redes sociales y la hiperexigencia narcisista, vuelven al vínculo algo frío, mecánico y vacío de deseo, de emoción y hasta de afecto.
La prótesis tecnológica y la erosión de la intuición parental
En el territorio de la aparentalidad, el holding y el handling teorizados por Winnicott (1965) sufren un giro hacia la tecnificación. La contención afectiva —que requiere la escucha del enigma de propone la necesidad— es desplazada por un control obsesivo y digitalizado.
Asistimos al apogeo de las pantallas de monitoreo nocturno de alta definición, las cunas mecánicas automatizadas que mecen al lactante al registrar los decibeles del llanto, los sensores térmicos en el colchón y las aplicaciones móviles que cuantifican milimétricamente las tomas de leche o los ciclos/ventanas de sueño. Y luego cuando el niño crece, esta misma matriz se extiende mediante aplicaciones de localización geolocalizada en las mochilas del colegio o en las zapatillas. Esta hipervigilancia instaura una falsa sensación de seguridad. La tecnología promete suturar la herida de la angustia primaria ante lo impredecible que impone el desarrollo infantil, pero su efecto secundario, real, es la erupción de una paranoia latente. El sensor tecnológico sustituye hoy a la mirada humana, colocando la certeza en la métrica de algún algoritmo. Así el adulto desconfía de su propio saber inconsciente y desarticula esa disposición regresiva y receptiva que Winnicott denominó Preocupación Materna Primaria.
Viñeta clínica
Una pareja llega a la consulta perinatal con su bebé de tres meses. Relatan, extasiados, que adquirieron una aplicación inteligente que evalúa mediante inteligencia artificial la curva de llanto del bebé para diagnosticar si experimenta hambre, sueño o pañal sucio. Sin embargo, la madre consulta porque, a pesar de que la aplicación le indica que el lactante está alimentado y sin dolor, llora desconsoladamente en sus brazos.
Durante la sesión, al pedirle que alce a su hijo, se observa una rigidez muscular marcada en los brazos de la madre; en un momento el bebé intenta buscar el pecho o el contacto piel con piel, pero la madre desvía la mirada hacia la pantalla de su teléfono para verificar la notificación del sensor que se encuentra dentro del moisés debajo del bebé.
Hay un cuerpo que sostiene físicamente, pero no hay una mirada ni una mente que en ese momento aloje.
El diagnóstico algorítmico sustituye la traducción subjetiva del malestar del hijo, dejándolos a ambos atrapados en una interferencia que puede ser reconocida y tratada, pero el impacto sobre la estructuración psíquica temprana será significativo. Si la matriz de sostén se edifica sobre materiales blandos, frágiles o mecánicos (el sensor, la pantalla, el manual de instrucciones), el proceso de metabolización afectiva colapsa y todo lo que el pequeño pueda construir será endeble. El niño, privado de un semejante que soporte la turbulencia de su vivencia, queda expuesto a edificar su aparato psíquico sobre una base de inestabilidad permanente.
De la segunda piel de Bick, al Yo-piel de Anzieu
Para fundamentar teóricamente las resonancias clínicas del concepto de aparentalidad, recurro recurrir a las formulaciones de Esther Bick (1968), donde postula que en las fases más primitivas del desarrollo, el bebé no cuenta con un límite corporal o psíquico integrado. Las partes de su personalidad primitiva son mantenidas unidas por la vivencia de un objeto exterior (el pecho materno, la mirada o la piel del adulto) que funciona como continente.
La introyección de este objeto continente, a través de la experiencia repetida del sostén físico y emocional, permite la constitución de una piel psíquica primaria que cumple la función de contener justamente los contenidos del sí-mismo emergente, delimitando un adentro de un afuera.
Cuando la función contenedora del ambiente se encuentra vacía o rajada por la desafectación o la angustia no elaborada de la aparentalidad, el recién nacido no puede introyectar la función de contención. Experimenta, en cambio, la angustia catastrófica de desparramarse o caer infinitamente en un espacio sin fondo (Winnicott, 1965).
Para defenderse de esta amenaza de disolución, el psiquismo del bebé apela al mecanismo defensivo de la identificación adhesiva (Meltzer, 1975). El lactante se adhiere sensorialmente a objetos inanimados o a estados de tensión física para crear una segunda piel psíquica sustitutiva. Este cascarón no es un tejido vivo e introyectado, sino una coraza defensiva creada mediante la hipertonía muscular, el apego rígido a ciertos estímulos luminosos o sonoros continuos, o la autoestimulación.
Ampliando esta vía conceptual, Didier Anzieu (1985) formula la noción de Yo-piel, definida como la representación mental de la cual el Yo del niño se sirve para representarse a sí mismo como continente a partir de su experiencia de la superficie del cuerpo. Anzieu describe cómo las fallas en el envase táctil y auditivo temprano producen agujeros o fisuras en esta envoltura. La aparentalidad genera lo que Anzieu describe como un Yo-piel agujereado o una envoltura tóxica: el niño recibe estimulación periférica (luz de pantallas, monitores, juguetes estandarizados), pero carece del baño de lenguaje y del baño tónico que amasan hacia una envoltura libidinal.
En contextos actuales de aparentalidad, la mirada del adulto se encuentra atrapada por las pantallas (lo que la clínica actual nombra como phubbing parental1), provocando en el lactante pequeñas microdesconexiones donde el eje corporal pierde su punto de anclaje psíquico.
Viñeta clínica 2
Atiendo a un niño de dos años y medio derivado por sospecha de trastorno en el espectro autista debido a la ausencia de lenguaje verbal y crisis de autoagresión. En las entrevistas preliminares con ambos padres, ambos profesionales y empresarios, se evidencia una organización doméstica hiper estructurada mediante planillas y cámaras en cada uno de los ambientes de la casa. Relatan que, desde muy bebé, su hijo prefería dormirse mirando videos musicales en una tablet que ubicaban sostenida a los barrotes de la cuna. Al observar al niño en el consultorio, este no busca el contacto visual ni con sus padres ni conmigo, tampoco hay juego simbólico; se apoya firmemente contra la pared o busca la vibración de la música que está sonando, recostándose sobre el parlante, pero manteniendo una hipertonía defensiva en su postura. La consulta revela un primer esquema para pensar cómo la tablet cumplió una función mecánica de una segunda piel, ya que contuvo el cuerpo del niño ante la ausencia de miradas envolventes y amorosa, tanto en las noches o las tardes al entrar al sueño.
El abordaje clínico no consistió en estimular al niño, sino en buscar restituir a los padres la posibilidad de tolerar la angustia, desmontando la prótesis digital para construir, poco a poco, la envoltura tónico-emocional que les estaba faltando.
Entre la tiranía del ideal y la baja natalidad global
La aparentalidad es una respuesta sintomática a un panorama de exigencias hipermodernas. Estas modalidades de padecer psíquico no nacen en un vacío metapsicológico; son secundarias a las transformaciones que el malestar en la cultura hoy nos impone.
Byung-Chul Han ha descrito la sociedad contemporánea como la sociedad del rendimiento, donde el sujeto se explota a sí mismo bajo la ilusión de libertad. En la maternidad / paternidad, este imperativo del rendimiento se traduce en la obligación de gestionar hijos que sean exitosos, que estén felices y optimizados. El ideal del Yo del adulto se nutre de la estética impuesta por las redes sociales, donde no hay lugar para la falla, el agotamiento ni el desborde. La energía psíquica invertida en sostener la fachada esteticista de la crianza vacía al sujeto de la libido necesaria para alojar la ambivalencia afectiva. El bebé real, con sus necesidades y demandas, su llanto inmotivado y sus tiempos lógicos, desafían la velocidad mercantil y atenta contra esa imagen del ideal. La aparentalidad surge entonces como una defensa narcisista: se administra al bebé como un proyecto, pero se evita el impacto traumático que nos trae su alteridad.
Un fenómeno paradojal de nuestra época es cómo corrientes teóricas legítimas y orientadas al buen trato y al respeto de las infancias, al ser masificadas por el algoritmo del consumo, se dogmatizan transformándose en un superyó tiránico. Los padres hoy están atormentados por la culpa y consultan compulsivamente manuales sobre como validar emociones o evitar marcas traumáticas. El respeto al niño en esta crianza respetuosa derrapa hacia un exceso de radar que asfixia el psiquismo infantil. Se pretende negociar racionalmente cada límite con lactantes o con niños pequeños en momentos de desborde pulsional, obturando la asimetría necesaria que resuelve el conflicto. El adulto teme ejercer el no estructurante porque confunde límite con violencia. Al correrse de su lugar asimétrico, el niño queda a merced de una omnipotencia angustiante: cree que sus impulsos pueden destruir al adulto que no se le opone como un tope firme.
Por otro lado, la caída abrupta de las tasas de natalidad a nivel mundial ya no responde únicamente a variables socioeconómicas. Desde el psicoanálisis, delata una fragilidad en la capacidad de la cultura para ofrecer garantías y redes (no digitales) de sostén. Traer un hijo al mundo exige la pérdida de ciertas libertades narcisistas y la aceptación del riesgo que implica la vulnerabilidad humana. En una sociedad individualista que deifica la autonomía y el control técnico, un bebé es percibido como una amenaza de desborde. Además, las familias actuales crían en un aislamiento atroz. Cuando la red comunitaria y las políticas públicas no funcionan como un envase contenedor para los padres, estos carecen de la envoltura psíquica necesaria para ejercer la continencia de sus propios hijos. La aparentalidad es, en última instancia, el reflejo de una sociedad que no aloja a los adultos que a su vez deben alojar.
Conclusiones parciales (que siempre son parciales)
Enfrentar los desafíos que nos plantea el concepto de aparentalidad en la clínica psicoanalítica perinatal exige alejar la intervención del terreno del juzgamiento moral o de la reeducación parental. Entendemos que los analistas no somos administradores de la conducta ni consejeros sobre cómo debe ser la crianza, sino posibilitadores de una brecha en la coraza que hoy nos impone el ideal social de cómo se debería criar.
Nuestra función en el dispositivo de consulta terapéutica padres-bebé consiste en construir una envoltura continente donde la angustia, el desamparo, la ambivalencia y la culpa puedan ser dichos sin reserva, desarmando la tiranía narcisista de la perfección para propiciar el verdadero encuentro con la alteridad viva e imperfecta que ofrece el bebé real. Al reivindicar el valor de la falla y del desacierto en la línea del sostén Winnicottiano suficientemente bueno, habilitamos que la desilusión cuando es dosificada inaugura un espacio para el pensamiento, el juego y la creatividad psíquica del niño.
Se trata, en definitiva, de interrumpir la interferencia de los sensores y de las pantallas para restituir el vínculo en el cuerpo a cuerpo, recuperando la musicalidad de la voz, el ritmo compartido y la función de una mirada receptiva; porque solo cuando los adultos son alojados en su propio desamparo por la trama analítica, la coraza de la aparentalidad comienza a ceder y la piel psíquica, liberada de la exigencia del control técnico, puede volver a envolver de manera amorosa, firme y contingente a ese cachorro humano que espera nacer a la subjetividad.
Notas
1 El término Phubbing proviene de la combinación en inglés de las palabras phone (teléfono) y snubbing (despreciar o ignorar).
Anzieu, D. (1985). El Yo-piel. Biblioteca Nueva.
Bick, E. (1968). The Experience of the Skin in Early Object-Relations. International Journal of Psycho-Analysis, 49: 484-486.
Federico, G. (2026). Aparentalidad y maternidades artificiales. El fenómeno reborn en la clínica del simulacro, Actas XVIII CONGRESO ANUAL de AEAPG, Buenos Aires.
Freud, S. (1895). Proyecto de psicología para neurólogos. Obras Completas, Vol. I, Amorrortu Editores.
Freud, S. (1930). El malestar en la cultura. Obras Completas, Vol. XXI, Amorrortu Editores.