La autora explora cómo y bajo qué modalidades el cuerpo se ofrece como un lugar privilegiado para la inscripción de las mutaciones subjetivas actuales, producidas en una época caracterizada por el imperativo del consumo, la hegemonía de la imagen y el predominio de la inmediatez. Nos invita a pensar la clínica como un espacio de producción de lazo simbolizante y de reconfirmación de un porvenir.
Introducción
El presente artículo se propone explorar el modo en que el cuerpo se ofrece como un lugar privilegiado para la inscripción de las mutaciones subjetivas actuales en el marco de lo individual, familiar y social.
Partimos de la premisa de que la subjetividad no se constituye como una estructura cerrada y homogénea, sino que es una construcción histórica, social y transformable según las vivencias y experiencias subjetivas que se despliegan en la intersección de un momento socioeconómico, cultural y político determinado.
Indagar la subjetividad implica también interrogar cómo un sujeto se inserta en su cultura y tramita las normas y las formas identitarias imperantes de su época.
En el escenario moderno actual, caracterizado por el imperativo del consumo, la hegemonía de la imagen y el predominio de la inmediatez, el aparato psíquico se ve asediado por estímulos externos erosivos ; la omnipresencia de las pantallas y exigencias de rendimiento extremas impactan directamente sobre su constitución y precipitan desequilibrios que conllevan la pérdida de las funciones yoicas, dejando al sujeto desprovisto de recursos propios de afrontamiento frente a dicho malestar.
Dispositivos de época y mutación desubjetivante
Félix Guattari y Gilles Deleuze conceptualizaron la mutación desubjetivante para dar cuenta de cómo las transformaciones tecnológicas, los medios de comunicación de masas y las lógicas del capitalismo de consumo generan una mutación técnico-científico-estética que altera radicalmente nuestras formas de sentir, percibir el tiempo, ligarnos al otro y desear.
Bajo este sesgo epocal, el sujeto es destituido del estatuto de protagonista de su propia existencia, quedando reducido, en algunos casos, a un objeto pasivo de los avatares cotidianos. En sintonía, Suely Rolnik postula la necesidad apremiante de una reactivación del sujeto frente a la “anestesia social”, aquella que propicia el desmantelamiento subjetivo y profundiza la vulnerabilidad psíquica y social.
Cuando sobreviene un acontecimiento -ya sea social, vincular o físico-, el aparato psíquico resulta incapaz de metabolizar, y el exceso de excitación rompe el “escudo protector” del yo. En lugar de recuerdos pasibles de ser integrados a la trama asociativa, se inscriben huellas en bruto, marcas traumáticas que no pueden ser pensadas. La hipermodernidad, al anular las dimensiones del pensamiento y de la espera, empuja al sujeto a la acción o al consumo directo, obturando la posibilidad de elaborar los conflictos por la vía de la palabra.
El cuerpo en el desfiladero de la desubjetivación
Es precisamente allí donde el cuerpo cobra un protagonismo escénico. Cuando el psiquismo claudica en su función de procesar el dolor mental, este se descarga directamente en el cuerpo. Aquello que irrumpe violentamente en el aparato psíquico y sobrepasa su capacidad de tramitación simbólica drena en el plano orgánico bajo la forma de un estado de apremio y sobrecarga de tensión desbordante, muchas veces enfermándolo.
Hallamos aquí una falla radical en los procesos de ligadura de la excitación latente, debido tanto a un déficit del trabajo psíquico como a un escaso capital representacional, que muchas veces conviven con un desarrollo simbólico-creativo. Al verse sobrepasada la barrera paraexcitatoria por los estímulos externos, la enfermedad orgánica hace su aparición; un quiebre en el devenir del sujeto que, paradójicamente, logra reducir al silencio el sufrimiento psíquico.
En la clínica contemporánea, se observa con frecuencia que los sujetos sometidos a estas situaciones traumáticas y desbordantes experimentan la pérdida del hilo conductor de sus historias. Se produce una fractura de la temporalidad; el pasado ya no alcanza para explicar el presente, el futuro se desvanece como horizonte, y confina a los sujetos a habitar un “presente perpetuo” de carácter eminentemente traumático.
Este desmantelamiento subjetivo no acontece en el vacío. Las crisis socioeconómicas extremas, la impunidad, la caída de los grandes relatos y la pérdida de proyectos colectivos operan como agentes desmanteladores primarios. Cuando el medio ambiente deja de ofrecer un marco de seguridad y sentido, el sujeto pierde los apoyos identitarios necesarios para sostener su arquitectura psíquica.
Nos encontramos, pues, ante un escenario que excede el clásico conflicto psíquico (neurótico); lo que aquí se encuentra amenazada es la integridad de un sí mismo que responda a deseos y a un posicionamiento subjetivo.
En la intimidad del consultorio, estas coordenadas se traducen en enunciados de desorientación y parálisis: “No sé para dónde voy, ni por qué hago lo que hago. No tengo salida. Tengo este trabajo que no me gusta, pero no lo puedo cambiar… ¿A dónde voy a ir a parar’’. No se constata una imposibilidad radical para vislumbrar alternativas que mejoren la calidad de vida laboral, personal o familiar.
En otros casos, la intoxicación se presenta como la única vía de escape: “Yo llego a casa y lo único que me hace bien es tomar alcohol; me saca de esta realidad tan pesada que estoy viviendo. No quiero pensar”.
Esta franca falla en la ligadura revela que el exceso de excitación, angustia, terror, estrés social no encuentra palabras ni imágenes que lo medien. Ante un psiquismo desbordado, la energía no ligada recae directamente sobre el órgano, manifestándose en afecciones somáticas diversas: dermatitis severas, gastritis, colon irritable, afecciones gástricas, enfermedades autoinmunes o crisis asmáticas. Estas afecciones no operan como síntomas conversivos clásicos cargados de un sentido a descifrar; son, rigurosamente, marcas corporales de un estallido de energía que no pudo ser mediado por el lenguaje. Asimismo, los estados de desvitalización, cansancio crónico y agobio psicofísico tornan al cuerpo “pesado” y desprovisto de deseo; un cansancio refractario al descanso biológico que da cuenta de la encarnación de la pulsión de muerte, donde prima cierto sufrimiento mudo.
La clínica del desamparo y el lazo simbolizante
En la clínica del desamparo, el paciente habitualmente no puede formular un discurso conectado con las emociones: “estoy triste”, sino que enuncia en ciertos casos un “me duele en el cuerpo”. Los dolores difusos y las dolencias erráticas reflejan un estado de alerta permanente que termina por naturalizar el sufrimiento bajo la égida de la resignación: “Es lo que me tocó”, “Es lo que hay”, “No me queda otra”. Ante la claudicación del lazo simbolizante y la incapacidad de interponer una pausa para el pensamiento, el cuerpo se pone en movimiento para suturar el vacío originario. Surgen así cortes, quemaduras o accidentes domésticos a repetición; pasajes al acto que se configuran como intentos paradojales de producir un dolor físico y circunscribir un dolor psíquico que, por su naturaleza, se presenta indecible.
El desamparo se manifiesta muchas veces en el grito silencioso del cuerpo ante la caída de las garantías sociales imperantes. Muchas veces la enfermedad orgánica se erige como el único lugar subjetivo disponible donde refugiarse.
La tarea clínica insoslayable consistirá, por ende, en advenir un espacio capaz de transformar ese dolor mudo en una demanda dirigida a un Otro y, consecuentemente, en un relato historizado.
La clínica como espacio de producción y reconfiguración del porvenir
Para el psicoanálisis, el tratamiento no es la cura sintomática, sino que se define como un espacio de producción de subjetividad. Frente a sujetos que han atravesado procesos de desmantelamiento, vacío y trauma, la función del analista se orienta a propiciar las condiciones para la fabricación de sentidos allí donde antes reinaba la sensación de vacío.
Producir nuevos modos de subjetivación implica el pasaje crucial de constituirse como “objeto” del trauma a devenir “sujeto” de la palabra. Esta es la apuesta ética por la singularidad frente a las lógicas de homogeneización del mundo contemporáneo, permitiendo que cada analizante invente una manera propia de habitar su tiempo y su deseo.
La reorganización del lazo simbolizante y la reconfirmación de un porvenir viable abren la vía de salida de los estados de desubjetivación. El horizonte clínico busca restituir la capacidad del sujeto no sólo para sobrevivir sobreadaptado, sino para proyectarse nuevamente en un mundo investido de sentido: ligar lo fragmentado, promover representaciones en los lugares de vacío, recuperando o construyendo un lugar protagónico de un yo potenciador y vital. Simbolizar entraña transformar el impacto emocional o sensorial en una representación mental de palabras o imágenes.
El trabajo analítico opera de este modo como un “tejido” asociativo que sutura el relato subjetivo, posibilitando el tránsito del “me pasa algo en el cuerpo” al “esto que siento se entrama con mi historia”. El analista orienta la cura hacia la recuperación de la capacidad de historizarse, devolviéndole al sujeto un lugar protagónico en sus elecciones y decisiones.
Para quienes portan las marcas de la catástrofe subjetiva, el tiempo suele presentarse congelado en un eterno presente traumático. La reconfirmación del porvenir constituye un acto de genuina investidura narcisista y exige la recuperación de la historización: no hay futuro posible sin un pasado integrado. Se trata de habilitar al sujeto a conjeturar: “fui esto, soy esto y podría llegar a ser aquello”, restituyéndole la autoría de su propia biografía. Mientras que la pulsión de muerte comanda el retorno a la inercia del no-tiempo, la apuesta por el porvenir es una manifestación inequívoca de Eros: la apuesta a que el mañana aloje lo inédito, un encuentro o una creación novedosa. De este modo, el porvenir deja de ser un destino inexorable para transformarse en una construcción abierta, posibilitando que el sujeto abandone la desolación y se reinserte desde un lugar propio.
“Decile al futuro que no venga”
La desgarradora frase del escritor Juan Solá “decile al futuro que no venga” captura con precisión clínica el sentimiento de desamparo actual. En contextos donde la realidad social se torna persecutoria y el entorno desfallece como garante de seguridad, el futuro pierde su carácter de promesa y se trasmuta en amenaza. Esta sentencia delimita el punto exacto donde el porvenir deviene traumático, se vacía como espacio para el despliegue del deseo. El sujeto no logra proyectarse en el diferimiento del “hoy soy esto, pero mañana seré aquello”, dado que la urgencia del presente fagocita toda la energía psíquica en pos de la mera supervivencia.
La labor analítica conlleva el desafío de acompañar la reconstrucción de los fragmentos identitarios para volver a instituir al futuro como una dimensión deseable. Cuando el lazo simbolizante se quiebra y el porvenir aterroriza, el cuerpo deja de ser un territorio de placer y se reduce a un receptor del impacto de lo impensable.
Reinvestir el cuerpo a través de la palabra, el juego o el arte implica sustraerlo de su fijeza como “órgano enfermo” para relanzarlo al estatuto de “cuerpo deseante” y abierto al lazo con el Otro.
Conclusión
La refundación de lo humano se revela como el esfuerzo ético por volver a hacer habitable la cultura. Supone promover el pasaje de una subjetividad sujeta a las lógicas de la supervivencia hacia una subjetividad asentada en la dignidad de la existencia. Lo humano, en su especificidad, se define por su capacidad de oponerse a la crueldad, aun cuando la crueldad pretenda erigirse como el lenguaje gemelo del mundo.
Ofrecer la presencia de un Otro validante , amoroso , y por sobre todo humano es propiciar el establecimiento del lazo simbolizante, constituyendo un posible reaseguro clínico indispensable para que, finalmente, el futuro pueda comenzar a tener un lugar de elección deseante y no un destino sin salida.
Notas
1 Lic. Elsa Hecht
Contacto: elsahecht@gmail.com
Aulagnier, P. (1975). La violencia de la interpretación: Del pictograma al enunciado. Amorrortu.
Bleichmar, S. (2005). La subjetividad en riesgo. Paidós.
Bleichmar, S. (2011). La construcción de la subjetividad: Entre la constitución psíquica y la producción de subjetividad. Paidós.
Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar: El nacimiento de la prisión. Siglo XXI. (Obra original publicada en 1975).
Freud, S. (1993). Más allá del principio de placer. En J. L. Etcheverry (Trad.), Obras completas (Vol. 18, pp. 1–62). Amorrortu. (Obra original publicada en 1920).
Green, A. (1986). Pulsión de muerte, narcisismo negativo, función desobjetalizante. En La pulsión de muerte (pp. 53–87). Amorrortu.
Guattari, F. (1990). Las tres ecologías. Galilée.
Meltzer, D. (1975). Exploraciones en autismo. Paidós.
Solá, J. (2018). Épica Urbana. Sudestada.
Winnicott, D. W. (2009). Realidad y juego. Gedisa. (Obra original publicada en 1971).