Ciclo científico 2026 – Psicoanálisis: Principios y futuros en tensión
Mesa “De castraciones y complejos” – 12 de agosto de 2026
¿Con qué trabajamos en psicoanálisis? ¿Con hechos? ¿Con realizaciones? ¿Con concreciones? ¿Con realidades?
Diremos rápidamente que sí, sin duda, con seres y sus aconteceres bien concretos, sus cuerpos, sus acciones, sus movimientos en base a sus decisiones, y sus consecuencias. Está bien en el centro esa cuestión que no nos cansamos de nombrar: el síntoma.
Y el síntoma como paradigma es histérico. Hablo en mis sesiones de la conflictiva creciente en mi pareja, de un desenlace próximo que se avizora desencontrado, y entonces le acontece algo a mi cuerpo: pierdo -por unos meses- el sentido del gusto (no por covid). ¿Qué pasó? ¿Qué le pasó a mi cuerpo? ¿Por qué mi cuerpo devino metáfora del decir?
El síntoma trae saber y trae enigma.
Entonces trabajamos con hechos y con realidades. Sí. Pero en parte. Porque en parte le seguimos la huella a preguntas, a misterios diría, a sentidos que nos habitan y que se expresan en nosotros, a través de nosotros y de nuestro cuerpo, sin que sepamos porqué, sin que entendamos qué quiere Eso en mí.
Henri Meschonnic, hablando de que la histeria muestra la potencia del lenguaje sobre el cuerpo, sostuvo que hay oralidad cuando es el lenguaje el que se vuelve histérico, la oralidad intervendría como una contra-histeria que pone al cuerpo en el lenguaje; y en ese sentido la oralidad sería, no una descarga, sino una carga pulsional máxima. La oralidad como carga pulsional.
Interesante, ¿no? Porque tendemos a simplificar conceptos: en un abordaje intuitivo la pulsión viene del cuerpo. Y no, la pulsión no viene del cuerpo de manera simple. La pulsión se estructura como límite entre soma y psiquis. La pulsión distancia al cuerpo de toda naturalidad. La pulsión se conecta con nuestro no-saber.
La represión primordial, al obturar la descarga, al obturar la satisfacción de esa especie de pulsión que en realidad no es pulsión en ese momento, opera como freno, como fractura que implica la complicación del aparato. Obtura la descarga y, valga el juego de palabras, carga al representante con la pulsión. Es decir que a partir de la represión primordial ya no es un aparato de descarga, sino que se plantea un aparato mnémico, un aparato de carga, de investidura. Para Freud no van separadas investidura y memoria, si no hay investidura no hay memoria. Y sabemos que esa investidura libidinal, al cachorro humano, le viene de afuera, la recibe como baño de lenguaje que lo significa, desde la significación que en esos primeros cuidados corporales le aporta un Otro con una fantasmática y una erogeneidad pulsional ya constituidas.
Estamos hechos por lenguaje, a través del lenguaje. Subrayo el “a través”, por el entre, entre cuerpo y lenguaje. Cruce, atravesamiento, quiasma. El lenguaje y la historia, el lenguaje que da sentido y fija, instituye.
El recorrido freudiano se podría pensar así: prestó atención al síntoma histérico. Desde allí prestó atención al discurso, y empezó a verificar un vínculo entre ambos, en el que dos cuestiones mostraron relevancia fundamental: el pasado del sujeto (recordado-olvidado-deformado) y sus sueños. En una de sus acepciones “sueño” es definido como: cosa que carece de realidad o fundamento, y, en especial, proyecto, deseo, esperanza sin probabilidad de realizarse; son sinónimos: proyecto, anhelo, deseo, aspiración, ensueño.
En un aforismo de La Gaya Ciencia, Nietzsche dice “Soñamos, seguimos soñando, sabiendo que soñamos”; señala así la importancia de vivir sin perder de vista la propia levedad, señala la contingencia y limitación de las herramientas conceptuales con que nos acercamos al mundo. Desde nuestra limitada visión, de seres deseantes, vemos y abordamos el mundo. Y desde el deseo, en alguna medida, lo creamos. ¿Qué mundo creamos?
Ahora bien, venimos hablando de la razón, y de los límites de la razón. Es decir, del saber y del no-saber.
En octubre/2001 se realizó en Bs. As. el coloquio internacional Deseo de ley, convocado por un grupo de psicoanalistas. La propuesta apuntó, cito: a repensar la articulación entre ley y deseo, es decir, a revitalizar el pensamiento en “tiempos de oscuridad. Allí Fernando Geberovich presentó un trabajo sobre “Malestar en la filiación”, donde pone en relación el lugar autosacrificial que adquiere la droga para los jóvenes con el fenómeno del nazismo.
Habla de “autotraumatismos”, aludiendo a lo que -tecnología mediante- cobra una aceleración hacia el actuar (aparatos de destrucción masiva, drogas de autodiseño, “a medida” de la voluntad).
Lo que queda trastocado de forma vertiginosa es la relación con el tiempo. Ambos, toxicómanos y nazis, flirtean con la aniquilación del tiempo: el nazismo pretendía un eterno presente de un Reich de mil años; los toxicómanos apuntando a reducir el tiempo a un puro aquí y ahora.
Esto evidencia un malestar en la filiación; filiación que es entendida, justamente como entrada en la temporalidad. Lo que nos hace humanos es haber salido de un tiempo que no lo es: el tiempo de los orígenes. Este sería un tiempo anterior a la ley.
El Superyó es la instancia en la que se reúnen lo pulsional y lo cultural, y se constituye por identificación con los padres, según Freud.
La entrada en función del Superyó implica la mediación por el lenguaje y el pasaje desde un tiempo de lo inmediato, marcado por la necesidad, hacia un tiempo ordenado por la metáfora, es decir, por rodeos, por vías indirectas, pero más estables de satisfacción.
En contraposición el nazismo y la droga apuntan a autonomizarse del Superyó en lo que hace a su capacidad metafórica, librando hacia el sujeto el aspecto más feroz del Superyó: la autodestrucción exenta de todo sentimiento de culpa.
Geberovich presenta estos dos temas como muestras de hacia dónde se dirige el hombre posmoderno. El modelo de este hombre sería Narciso, superhombre que sólo se pretende y valida a sí mismo y a su voluntad (consciente). ¿Diríamos a su saber-consciente?
Varios factores complejos han tenido que ver con el avance hacia el individualismo. El acento puesto en el individuo como soberano se impone sobre la importancia de lo comunitario.
Eric Sadin habla de la constitución progresiva de un nuevo ethos individual.
Gilles Lipovestsky decía en “La era del vacío”: Vivir libremente sin represiones, escoger íntegramente el modo de existencia de cada uno: he ahí el hecho social y cultural más significativo de nuestro tiempo, la aspiración y el derecho más legítimos a los ojos de nuestros contemporáneos.
Ubicábamos la pregunta: ¿qué mundo creamos?
Por un lado, vemos el progresivo avance del hombre como Narciso, que apunta a imponer la propia singularidad de manera extrema. En este planteo se entiende que nada tiene derecho a oponerse al propio deseo, deseo en el que estaría representada nuestra esencia más íntima.
Por otro lado, y en la misma época histórica que en que recrudecen estos hechos (drogas, totalitarismo) aparece el psicoanálisis. Psicoanálisis que va contracorriente de estos movimientos, en sentido opuesto a la autofiliación y a los autotraumatismos.
El psicoanálisis viene a significar para la ciencia y sus desarrollos la vigencia de un límite. Y para la racionalidad la vigencia de un límite. En tiempos en que la tecnología parece brindar la posibilidad de acceder a todo cuanto uno guste, prét-a-porter, continúa siendo novedoso, entonces, hablar de castración.
Concepto absolutamente central, basal, nodular, fundamental de la teoría psicoanalítica.
Porque ¿de qué hablamos cuando decimos castración en psicoanálisis? Del inconsciente. ¿De qué estamos castrados los humanos? Nada más y nada menos que de una parte de nosotros mismos, que no sólo no dominamos, sino que no llegamos a conocer, y que se nos impone en conductas repetidas. Terrible herida a nuestro orgullo.
El inconsciente, claro está, se contrapone al yo consciente, el cual resulta fuertemente debilitado. “El yo no es amo en su propia casa”, ha dicho Freud. Y Carlos Kuri lo expresó así: El yo, eso paradójicamente más íntimo, esa especie de grano verdadero de la persona, el cuerpo propio que sostiene ese yo, es lo más extranjero de esa propiedad. Es lo más extranjero, pero es allí donde el sujeto se aferra para obtener la ilusión de permanencia ante las discontinuidades del deseo y los riesgos de la castración.
Entonces, esquemáticamente, podríamos decir: tenemos dos planteos, dos líneas de desarrollos antagónicos que se profundizan en el devenir humano: la autoafirmación basada en la técnica, solidaria de la mercantilización llevada a todos los planos y asentada en una perspectiva utilitarista de la razón, por un lado; y un pensar que -haciendo lugar al límite- alberga el despliegue de la razón en un sentido radicalmente diverso, por otro.
En un grabado de Goya, principios del siglo XIX, hay una frase que se volvió, como dice Eduardo Grüner, casi una consigna moderna: “El sueño de la razón produce monstruos”. Frase ambigua si las hay: ¿los monstruos aparecen cuando la razón duerme o justamente cuando da rienda suelta a sus sueños? Después retomaré esta cuestión.
Hablar de límite, hablar de castración, decíamos es hablar de inconsciente. Pero sin duda hay otros conceptos centrales relacionados desde la teoría.
En 1923 Freud escribía: Es bien demostrativo de la dificultad que ofrece el trabajo de investigación en el psicoanálisis que rasgos universales y constelaciones características puedan pasarse por alto a despecho de una observación incesante, prolongada por decenios, hasta que un buen día se presentan por fin inequívocamente. Se refiere de este modo al concepto que va a introducir como propio de la organización genital infantil, el concepto de falo. Diferencia entonces la organización genital infantil de lo que ocurre en el adulto en un punto central, dice:
El carácter principal de esta “organización genital infantil” es, al mismo tiempo, su diferencia respecto de la organización genital definitiva del adulto. Reside en que, para ambos sexos, sólo desempeña un papel un genital, el masculino. Por tanto, no hay un primado genital, sino un primado del falo. Y pone en relación directa la significatividad del complejo de castración con el hecho de que advenga en la fase del primado del falo. (el subrayado me pertenece)
¿Qué entendemos por falo? Aquí podemos detenernos en un término, que, si bien no aparece así nombrado en Freud, es fundamental introducir, sobre todo en nuestra actualidad: me refiero a lo irrepresentable. El falo es un irrepresentable. Como dijera Masotta no se puede pintar o esculpir un falo. El valor del falo es el de figurar un universal para dar lugar a introducir, contra ese universal, la diferencia. Diferencia que siendo real en los cuerpos debe ser incorporada a nivel simbólico. Y vamos a ver de qué diferencia se trata.
Digamos que en este problema ningún órgano tiene más valor que otro. De nada vale un más sin un menos. El valor del falo es el de introducir la ecuación simbólica, que ubica el lugar faltante en la madre, para que el niño pueda venir a ser alojado, sin ser devorado por la falta materna. O sea que el falo simboliza una falta. Pero una falta que deberá instaurarse en el psiquismo del infantil sujeto, como marca de diferencia.
Caracterizamos al falo como pérdida simbólica de un objeto imaginario. ¿Se lo imagina a partir de cuestiones corporales? Sí, no podría ser de otra manera, ya que el niño arma su mundo simbólico a partir de interpretar cosas que pasan en su cuerpo y en su relación con el Otro. Pero si en las sucesivas etapas libidinales se trata de pérdidas, a nivel del cuerpo, que resultan constitutivas a nivel psíquico (destete, control de esfínteres) en la etapa fálica se trata de una pérdida no empírica. Pérdida simbólica de un objeto imaginario.
A ninguna mujer le falta nada. A ningún hombre le sobra nada. Si algo falta es porque instituyo que “todos deben tener… tal cosa”. O sea, es una cuestión de derecho, no de hecho, es una cuestión de ley. Si no está la ley no hay falta en juego. O, dicho de otra forma, en lo real no falta nada, para que haya falta tengo que plantear una ley: “Todo ente existente debe…”, es decir, debe haber exigencias. Es a partir del “debe haber” que puede faltar algo.
Esta inscripción de la diferencia marca el sepultamiento del complejo de Edipo, acontecimiento estructural en el que se trata de lo que el sujeto no era. O sea que el falo faltante a la madre se enlaza estructuralmente a la falta de representación de lo que el sujeto es/fue para el Otro, para el deseo del Otro.
El enlace intrapsíquico de eso que inscribe un vacío, marca de lo que nunca sabré de mí, umbilica como pieza clave las combinatorias sustitutivas. Instituye en el aparato psíquico la diferencia.
El deseo se arma sobre una diferencia. Estrictamente hablando el deseo es diferencia. Busco algo, insistentemente, afanosamente, pero lo que encuentro es distinto; y entonces seguiré buscando/pensando.
Hablar de diferencia es también ubicar que trabajamos en relación al límite a la satisfacción directa, satisfacción directa que no tiene la pulsión. No hay representación directa de lo sexual. La presencia de lo sexual en el discurso psiconeurótico focaliza un enigma. Masculino y femenino son puntos de llegada, no de partida, diríamos con Freud. Pero también: lo sexual no es cuestión ni de convención ni de anatomía. Para el psicoanálisis el sexo no es nunca un hecho natural, así como tampoco se puede reducir a una construcción discursiva o cultural. Pero tiene un vínculo estrecho con el campo discursivo y con el cuerpo.
Hablamos y deseamos porque algo nos hace falta. Nunca llegamos a poder decir el sentido último de lo que queremos decir, decimos siempre de más o de menos. No podemos expresar el sentido del sentido de lo que estamos diciendo sin embrollarnos, y oscurecer. Esto es inherente a la comunicación humana, no es privativo de la sesión analítica. Pero en el análisis nos centramos en eso que no cierra en el decir, en el malentendido.
Por allí muestra su fecundidad la cuestión de lo irrepresentable, lo que -no alcanzando el nivel del signo- relampaguea en el equívoco, en lo ambiguo, en lo que resulta incomprensible o confuso, abriéndose así a una lectura/interpretación.
El sexo, en tanto irrepresentable, se enlaza con la muerte (y la creación); nos pone en relación con la diferencia, siendo que se estructura desde las determinaciones y las identificaciones inconscientes que nos son transmitidas desde los otros.
En un proceso analítico recorremos las cadenas discursivas de tales determinaciones para alcanzar el límite de las mismas, allí encontró Freud el punto fecundo en el que el sujeto debe decidir. Toma su eficacia al operar con lo irrepresentable del deseo que viene arrastrado por las representaciones inconscientes.
Entonces diríamos que en psicoanálisis orientamos la escucha a un oír hablar a lo irrepresentable, admitiendo que sólo habla por figuración indirecta, por un desvío.
La falta tiene lugar teórico en psicoanálisis (Masotta), es el lugar de causa, causa de deseo.
En la escucha clínica vamos a apuntar a no saturar con sentidos, a oír en las representaciones un discurso que alberga ese espesor de lo imposible de representar. Resguardar la falta.
Este es el problema que se nos presenta siempre en la clínica. Y que guarda absoluta relación con el particular lugar que ha venido a ocupar el psicoanálisis en nuestra cultura.
Para Freud el deseo se constituye como resultado de la alternativa a un modo de satisfacción directa, que de no ser inhibido llevaría al aparato psíquico a la descarga absoluta. En este sentido, vemos lo agobiante que -para el sujeto del deseo inconsciente y la preservación de su posibilidad deseante- se vislumbra en el avance de la razón moderna.
Foucault puso de relieve cuestiones de la sexualidad que vale la pena retomar. Allí donde la visión tradicional se centraba en la relación entre poder y sexualidad, viendo a la época victoriana preocupada por condenar la sexualidad a la mudez, Foucault advirtió, en cambio, una marcada incitación a los discursos racionales. En este sentido señala a la razón moderna empeñada en asediar al sexo, requerido a que deponga sus misterios en favor de la ciencia. La voluntad de saber “científica” y la racionalidad médica irán configurando lo que él llamó el “dispositivo de la sexualidad”. Subraya así que -a partir del siglo XIX- se va constituyendo un gran archivo del sexo, con el cual se lo llama a articularse con el discurso de la ciencia.
Ese avance desconoce lo que en “Las palabras y las cosas” ubica en el psicoanálisis, como pensamiento que lleva la representación hasta sus bordes, para abordar lo que se le sustrae.
El sueño de la razón produce monstruos.
La modernidad ha fingido deshacerse de Dios, cuando en verdad lo que ha hecho es retirarle su Ser para transformarlo en un mero ente, dice Grüner. Sigue allí (ahora como ente) para “liberarnos de nuestra responsabilidad”, uno con el cual negociar nuestra culpa. En verdad se habría destituido a Dios para sustituirlo por la diosa Razón. Por supuesto que no se trata de renunciar a la Razón, de caer en el irracionalismo. Pero sí hemos de atender de manera imperiosa a la conciencia trágica de que la Razón moderna es un campo de batalla, en el que nada está decidido de antemano (Grüner) y sus luces son inseparables de sus oscuridades.
El psicoanálisis se dirige a la tensión conflictiva, al conflicto perpetuo que mantiene la Razón consigo misma. Si renegamos de ese aspecto “mítico” ella se convierte en el más monstruoso de los mitos: el que dice que todo es dominable y utilizable.
Notas
1 Psicoanalista. Socia activa, supervisora y docente de los posgrados en psicoanálisis de la Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados en convenio con la Universidad de la Matanza. ineseburghi@gmail.com
Freud, S. (1917 [1916]). Una dificultad del psicoanálisis. En Obras completas (t. XVII). Amorrortu.
Freud, S. (1923). La organización genital infantil. En Obras completas (t. XIX). Amorrortu.
Geberovich, F. (2003). La filiación en los tiempos del éxtasis: Malestar en la filiación. Primer coloquio internacional Deseo de Ley. Editorial Biblos.
Grüner, E. (2014). Per Monstra ad Astra. La literatura y la “cara oscura” de la modernidad. Sociedad, (85) Revista de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.
Kuri, C. (1992). Introducción al psicoanálisis. Homo Sapiens Ediciones.
Lipovetsky, G. (1998). La era del vacío. Editorial Anagrama.
Meschonnic, H. (2007). La poética como crítica del sentido. Mármol-Izquierdo Editores.
Molina, J. (2020). El cogito freudiano. Letra Viva.
Nietzsche, F. (2024). La gaya ciencia. Plutón Ediciones.
Sadin, É. (2024). La era del individuo tirano. Caja Negra Editora.