El impacto de una herramienta altera los patrones de las relaciones humanas. Los dispositivos que concebimos terminan por diseñarnos a nosotros mismos y la pantalla ocupa hoy un lugar central en la construcción de la identidad. En una época donde la subjetividad es moldeada por la tecnología, el lazo social se encuentra cada vez más mediatizado por imágenes, mientras que el ritmo tecnológico debilita el derecho a la ausencia y al silencio. El autor plantea la falta de consistencia de la compasión como síntoma de la época y entiende la crueldad como efecto de la falla del lazo libidinal en su función de contener la pulsión destructiva. Frente a este escenario, la clínica presenta como desafío, resguardar lo singular del sufrimiento humano.
«El sujeto es hablado por el discurso del entorno».— Piera Aulagnier (La violencia de la interpretación, 1975)
Quisiera comenzar con la frase de un célebre historiador francés: Marc Bloch, “los hombres son más hijos de su tiempo que de sus padres“.¹ Creo que la máxima sintoniza absolutamente con el eje que propone este número de la revista, el cual trata de centrar la mirada en la relación entre la subjetividad y la época.
El autor argumentaba que, aunque heredamos la genética y ciertas costumbres directas de nuestros progenitores, el entorno social, político y tecnológico nos “moldea” con mucha mayor fuerza. El psicoanálisis posee un aparato conceptual más preciso para la metáfora de “moldear”. Las identificaciones y el lenguaje, los vínculos y los afectos, la época y sus tecnologías, serían algunos de ellos. Este trabajo se propone profundizar acerca de cómo la época ejerce ese “moldeado”.
Encontramos variaciones de este enunciado de Bloch que conservan su esencia. Por ejemplo, en un proverbio árabe que se cita en algunas antologías: “Los hijos se parecen más a su tiempo que a sus padres“. También el filósofo español José Ortega y Gasset lo resumió en su famosa premisa: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”.² A partir de allí, interpreto que “salvar” la circunstancia significa para el autor asumirla críticamente. Asimismo, la poeta Wisława Szymborska ³ escribió en su poema “Hijos de la época” que “somos hijos de nuestra época y nuestra época es política“.
La frase de Szymborska desmantela la ilusión de que podemos vivir al margen de las estructuras de poder, conectando de forma directa con grandes corrientes de la filosofía occidental. Es la disolución de lo privado que coincide con la famosa premisa feminista de los años 70, “lo personal es político”,⁴ donde las decisiones más íntimas —qué comer, cómo vestir, con quién hablar— están cruzadas por leyes y economías de mercado.
En la resonancia de esta frase se oye también el eco de Aristóteles y su premisa clásica de que el ser humano es, constitutivamente, un zoon politikón. Para el filósofo, somos animales políticos porque poseemos la palabra (logos), la cual usamos en comunidad para decidir sobre lo justo, lo injusto, el bien y el mal. Sin embargo, la época de “las pantallas” (Sadin, 2020) opera degradando la palabra a un mero signo formateado o a una descarga catártica. Este fenómeno contribuye a disolver, entre otras cuestiones que deseo abordar, esa dimensión política y comunitaria.
El moldeado de la época: Radiografía de una subjetividad plástica
«Nos convertimos en lo que contemplamos. Modelamos nuestras herramientas y luego nuestras herramientas nos modelan a nosotros».— Marshall McLuhan (Comprender los medios de comunicación, 1964)
Microfísica del poder (Foucault, 1977) nos ilustra cómo el poder no opera solo desde un gobierno central, sino que se capilariza en los discursos cotidianos, las modas, los horarios de trabajo y las tecnologías cotidianas. Ya vamos desplegando y enriqueciendo el término “moldear” de la época.
Para entender cómo las tecnologías y los inventos moldean la subjetividad —nuestra forma de percibir, sentir y ser en el mundo—, la tesis fundacional de Marshall McLuhan (1964) resulta insoslayable.⁵ Afirmaba que su célebre axioma, «el medio es el mensaje», advierte que el verdadero impacto de una herramienta no radica en su contenido, sino en cómo altera la escala, el ritmo y el patrón de las relaciones humanas.
Para explicarlo pedagógicamente, el autor recurre al ejemplo de la luz eléctrica. Una bombilla no transmite palabras ni programas; es información pura y un medio sin mensaje. Sin embargo, su sola presencia eliminó la frontera entre el día y la noche, modificando de raíz la jornada laboral, el descanso y la organización de la sociedad entera. El dispositivo técnico modela nuestra mente y nuestras conductas mucho antes de que consumamos cualquier noticia o estímulo a través de él. Podemos esbozar una síntesis de este modelaje o transformación histórica atravesando las siguientes estaciones:
La reconfiguración sensorial: de Gutenberg a la locomotora. Cada mutación técnica desplaza la economía de los sentidos. La imprenta de tipos móviles del siglo XV inauguró la primacía de lo visual: la página impresa permitió que la lectura fuera un acto solitario y silencioso, dando nacimiento al “sujeto moderno” con su propia interioridad e individualismo. Siglos más tarde, la locomotora y la Revolución Industrial quebraron la relación anatómica con el espacio. Al acelerar los cuerpos, el ferrocarril inauguró la primera gran “aniquilación del espacio por medio del tiempo”, transformando el paisaje en una sucesión panorámica y veloz que alteró la percepción humana de la distancia.
El medio reconfigura el cerebro. Los artefactos operan como “extensiones” de nuestro cuerpo y psiquismo (el automóvil extiende el pie; la computadora, el sistema nervioso central), pero también ejecutan “amputaciones”. Al delegar la memoria en mapas digitales, por ejemplo, debilitamos nuestra orientación espacial nativa. No importa si se usa internet para leer filosofía o mirar videos de gatitos; el verdadero impacto cognitivo lo genera la pantalla. Mientras el libro físico fomenta el pensamiento analítico y la introspección, el formato digital tiende a entrenar a la mente para la distracción y la multitarea.
Del “Homo sapiens” al “Homo digitalis”: Mutación del lazo social en la era de Whatsapp
«Las acciones de la vida humana se realizan cada vez más a distancia a través de pantallas».— Éric Sadin (La era del individuo tirano, 2020)
Para ilustrar cómo las herramientas que concebimos terminan por “diseñarnos” a nosotros, resulta paradigmático utilizar como excelente analizador la nueva lógica que genera WhatsApp. En la aldea global contemporánea, el mundo virtualizado de WhatsApp colapsa las coordenadas tradicionales de tiempo y espacio.
Al eliminar el hiato geográfico, introduce una paradoja clínica: la abolición de la distancia física se paga con una exigencia de presencia psíquica perpetua. El estar “en línea”, el doble tilde azul y la respuesta instantánea implosionan los tiempos de espera. Este ritmo tecnológico debilita el derecho a la ausencia y al silencio, siendo este último un fundamento de la asociación libre en la clínica analítica.
El sujeto ya no habita aquella interioridad aislada de la imprenta; se encuentra inmerso en una disponibilidad afectiva constante e ininterrumpida, donde el menor descuido favorece la emergencia de dinámicas de enojo, frustración o un profundo estado depresivo. Diría que el sujeto ya no se traslada, ahora se transmite y eso a menudo no admite demoras.
Esta realidad se alinea con lo que Franco “Bifo” Berardi (2007) define como el nacimiento de una nueva “subjetividad virtual”.⁶ Berardi nos invita a trazar una diferencia crucial: una cosa es la conjunción (el encuentro clásico entre los cuerpos, con sus gestos y miradas) y otra es la conexión digital, que prescinde del cuerpo físico. Al interactuar principalmente a través de signos formateados en pantallas, el lazo social corre el riesgo de perder su dimensión humana. Esto conlleva enormes consecuencias para nuestra mirada psicoanalítica de la época, situando en primer lugar el desatamiento de la crueldad, justamente cuando falla la función del lazo libidinal —ya advertida por Freud— como dique de contención frente a la pulsión destructiva.
Existe una conexión directa entre este planteo y lo que Éric Sadin (2020) investiga bajo la figura del “individuo tirano” o el sujeto cruel.⁷ La ecuación clínica muestra que, sin la presencia del cuerpo del Otro, la empatía se precariza. Al difuminarse la alteridad, la culpa —ese gran freno inhibitorio que Sigmund Freud (1930) ubicó como el núcleo del malestar en la cultura y pilar de la civilización modernizadora— encuentra serias dificultades para operar como contención. Sadin señala que el entorno digital fomenta un repliegue narcisista donde el prójimo deja de ser un semejante y pasa a ser un mero espectador o un obstáculo. Al atenuarse la responsabilidad por el sufrimiento ajeno, la pantalla habilita y da formato a una subjetividad que se manifiesta de forma cruel, desinhibida y catártica.
Lejos de ser un hecho aislado, esta metamorfosis clínica nos convoca a analizar la crueldad en los escenarios de la vida cotidiana como un fenómeno multicausal. En este escenario, la mediación tecnológica altera nuestra percepción del otro, instalando la crueldad como una posibilidad naturalizada de relacionarnos con el entorno.
A través del filtro de las pantallas, la empatía tiende a anestesiarse y la vida ajena se transforma en un espectáculo distante. Nos hemos acostumbrado a mirar la alteridad a través de un cristal que le resta su condición humana o vital, fragilizando los lazos comunitarios al reducir a los sujetos a imágenes, datos o cosas consumibles. Al interactuar con el mundo mediante dispositivos, corremos el riesgo de tratar a los seres sintientes con la misma frialdad con la que manejamos un software.
Esta falta de empatía se vuelve rutina: dejamos de ver vidas y empezamos a ver cosas, consolidando una subjetividad-mercancía. Ante el automatismo cotidiano, el sufrimiento del otro pierde su peso real, el latido ajeno ya no se registra y se convierte en un objeto más dentro de la economía de la atención.
Subjetividades y diques
«El prójimo […] es también una tentación para satisfacer en él la agresión, humillarlo, infligirle dolores, martirizarlo y asesinarlo».— Sigmund Freud (El malestar en la cultura, 1930)
En este contexto, el tercer dique anímico postulado por Freud en sus Tres ensayos (junto al pudor y al asco) pierde su consistencia al no poder estructurarse con la espesura necesaria, constituyendo el verdadero síntoma de la subjetividad virtual de la época. Me refiero a la dimensión moral, sustentada metapsicológicamente en la compasión, concebida como esa barrera inhibitoria fundamental que modula los impulsos hostiles para posibilitar el lazo comunitario.⁸
Al perder eficacia esta contención interna ante la dinámica del lazo virtual, la crueldad queda desprovista de su freno histórico. Este desajuste revela la fragilidad de las barreras inhibitorias del psiquismo frente al formateo del mercado. A nivel metapsicológico, esto da cuenta del modo en que el aparato psíquico procesa y pone límites a la hostilidad, evidenciando una nueva forma del moldeado epocal que instala la crueldad como una posibilidad naturalizada de relacionarnos con el entorno.
De la mismidad a la Gestaltung
«Nada es, todo deviene».— Heráclito
Nuestra noción de identidad ya no se construye solo desde el interior, sino a través de la interacción constante y el reflejo en las pantallas, según lo que venimos desarrollando. Esto conduce a la necesidad de reformular, bajo el imperio de la velocidad, la inmediatez y lo “líquido”, la noción de identidad tradicional. La categoría de “mismidad en el cambio” conceptualizada por Erikson (1955), cuyo fin último es la preservación de una unidad interna coherente frente a las crisis, entra en conflicto con una práctica clínica contemporánea que concibe al Yo desde una plasticidad descentrada.⁹ El concepto de mismidad tiende a psicologizar el conflicto y resulta insuficiente para dar cuenta del impacto del semiocapitalismo.
El aporte superador en este punto se sostiene en Pichon-Rivière (1977),¹⁰ quien a través del concepto de Gestalt-Gestaltung desplaza el eje del individuo aislado y sitúa el foco en el proceso de estructuración continua entre el adentro y el afuera. Extrapolada a una concepción de la subjetividad, la Gestaltung (en su origen pensada para describir el fenómeno grupal) nos permite pensar al sujeto no como una esencia fija que se preserva, sino como un sistema abierto: una configuración cambiante de sus vínculos y su historia.
Esta perspectiva es intrínsecamente política. Demuestra que las mutaciones tecnológicas y los discursos de poder no son meros “estímulos externos” que el Yo debe procesar, sino la materia prima misma con la que la subjetividad se está estructurando a cada segundo. Si la Gestaltung requiere de una praxis abierta con un afuera histórico, social y político, el entorno digital introduce precisamente el riesgo de un bucle cerrado. El algoritmo intercepta el movimiento intersubjetivo: ya no nos configuramos en el encuentro imprevisto con el Otro real, sino en la interacción con un código diseñado para capitalizar nuestra atención.
Rescato a cuenta del tema la que considero es una de las mejores definiciones de subjetividad, postulada por Paula Sibilia (2009) en su análisis sobre las mutaciones epocales:¹¹
“Las subjetividades son formas de ser y estar en el mundo, lejos de toda esencia fija y estable que remita al ser humano como una entidad ahistórica de relieves metafísicos; sus contornos son elásticos y cambian al amparo de las diversas tradiciones culturales”.
El discurso capitalista y el algoritmo: Psicopolítica en el siglo XXI
«Los códigos fundamentales de una cultura —los que rigen su lenguaje, sus esquemas perceptivos, sus cambios, sus técnicas, sus valores— fijan de entrada las coordenadas de su experiencia y las formas en que el sujeto se reconoce».— Michel Foucault (Las palabras y las cosas, 1968)¹²
Si el sujeto es hablado por el discurso del entorno (Aulagnier), y su subjetividad se entiende como una Gestaltung —un proceso continuo de estructuración entre el adentro y el afuera—, debemos preguntarnos cuál es la materia prima con la que se moldea nuestra forma de habitar el mundo en la actualidad. El psicoanálisis ofrece una clave de lectura fundamental frente a este proceso con el concepto de “discurso capitalista” formalizado por Jacques Lacan (1972).¹³ Lacan describe este dispositivo como una estructura circular y enloquecida que no admite cortes ni límites, cuyo objetivo es desmentir la castración estructural. Podemos observar en nuestra clínica cómo este discurso opera sustituyendo los objetos de amor y deseo por objetos de consumo masivo. El mercado, como dispositivo clave del moldeado, le promete al sujeto que la tecnología y sus mercancías virtuales pueden colmar su falta constitutiva. Sin embargo, al quedar atrapado en este bucle sin intervalos, el sujeto experimenta una insatisfacción crónica que alimenta una espiral de consumo y promueve un imperativo superyoico de goce ilimitado. Es aquí donde esos códigos fundamentales de la cultura esbozados en Las palabras y las cosas dan un salto hacia lo que el filósofo Byung-Chul Han denomina “psicopolítica” (2014).¹⁴ Bajo esta perspectiva, la psicopolítica representa la estrategia general, mientras que el algoritmo funciona como la herramienta tecnológica concreta que la hace ejecutable en la actualidad. El algoritmo de recomendación se convierte en el brazo operativo de este sistema porque automatiza en la vida cotidiana la estructura circular —aquella que Lacan formalizó como un circuito enloquecido sin cortes ni intervalos—, transformándola en un bucle digital que captura al sujeto.
El mecanismo es tan sutil como eficaz. El dispositivo se alimenta de las elecciones repetitivas que el sujeto va desperdigando en su navegación. De este modo, captura la insistencia de una búsqueda, la fijeza de una detención visual y el ritmo de las interacciones virtuales para armar instantáneamente un espejo de consumo que promete tapar la falta constitutiva. Al funcionar como ese “molde autodeformante” del que hablaba Gilles Deleuze (1990),¹⁵ la pantalla ya no impone una estructura rígida. Adopta, en cambio, una matriz líquida que se deforma, se calibra y se adapta en tiempo real a la medida exacta del goce que Lacan situaba en el corazón del circuito capitalista.
Este molde tecnológico ofrece estímulos de manera continua y personalizada, tendiendo a eliminar la espera, el tropiezo o el vacío que permitirían la emergencia de la dimensión del deseo. Han nos advierte que el poder ya no opera mediante la coerción corporal o disciplinaria del siglo pasado. El capitalismo neoliberal digital no oprime de forma directa; seduce a través de sutiles estrategias de modelado. El poder no nos prohíbe hablar; nos estimula a comunicarnos, a visibilizarnos y a volcar nuestra intimidad en las pantallas a través de un “Gran Hermano amable”.
En la era de la transparencia digital, el Yo estalla, se vacía de interioridad reflexiva y se convierte en un objeto de consumo, autoexplotándose bajo la ilusión de una libertad absoluta. El motor invisible de esta transformación es el algoritmo, la tecnología psicopolítica por excelencia. El algoritmo no es un mero canal neutral. Funciona como un dispositivo que lee los rastros de la repetición cotidiana, nuestros afectos, miedos y elecciones consumistas (Big Data) para devolvernos un espejo perfectamente filtrado. Al erosionar la alteridad, el algoritmo contribuye a crear burbujas de “positividad total”, mostrándonos principalmente lo que nos agrada, lo que nos enoja de forma predecible o lo que confirma nuestros propios prejuicios.
Desde la perspectiva pichoniana, esto representa una alteración radical del “proceso de estructuración continua”. Si la Gestaltung requiere de una praxis abierta con un afuera histórico, social y político, el entorno digital introduce el riesgo de un bucle cerrado. El algoritmo intercepta el movimiento intersubjetivo: ya no nos configuramos en el encuentro imprevisto con el Otro real, sino en la interacción con un código diseñado para capitalizar nuestra atención. El afuera ya no es el lazo social comunitario; es la nube, un ecosistema de estímulos y reacciones emocionales en tiempo real.
La subjetividad va al consultorio
«Me he visto precisado a sustituir la clasificación diagnóstica por una indagación que apunta a la génesis histórica del padecer».— Sigmund Freud (Estudios sobre la histeria, 1895)
Para entender el fenómeno en su totalidad, se vuelve imperativo cruzar esta lógica de mercado con las coordenadas de la práctica clínica actual. El capitalismo contemporáneo prescinde de sujetos sujetados a una ley o a una tradición estructurante; requiere, por el contrario, de consumidores aparentemente “libres” y arrojados a un imperativo de consumo ilimitado. Es allí donde la segmentación del marketing actual ejecuta una maniobra sutil: toma el síntoma individual, lo etiqueta bajo una nomenclatura atractiva y crea un nicho de mercado —un lazo tribal virtual— a su alrededor. Se produce así un aislamiento subjetivo a través de las pantallas que genera una angustia basal, la cual es inmediatamente explotada por el mismo mercado al ofrecer la pertenencia a una comunidad virtual de sintomáticos. Es un bucle circular de alienación.
Esta dinámica altera de forma drástica el estatuto de la demanda que encontramos en los consultorios. La clásica formulación histérica o neurótica del “siento angustia y no sé por qué” cede su lugar a un sujeto completamente nombrado por el mercado o por el sesgo del algoritmo: “Hola, soy TDAH y vengo a tratar mi neurodivergencia”. El paciente ya no interroga su padecer, sino que se presenta con una identidad empaquetada.
Frente a este sujeto “tribalizado”, la estrategia del analista no puede ser la de convalidar el nombramiento masivo ni la de rechazarlo de manera segregativa. La intervención analítica apunta, en primer término, a hacer vacilar esa etiqueta para introducir la cuña de la particularidad histórica. Al interrogar qué estatuto cobra esa supuesta “ansiedad” o “neurodivergencia” en la biografía del sujeto, el diagnóstico colectivo empieza a fallar, permitiendo que emerja la pregunta propia.
Pertenecer a una tribu de goce virtual ofrece una falsa consistencia identitaria que aplasta la subjetividad. Por lo tanto, el acto analítico opera separando al sujeto de ese goce masivo y deslocalizado de las pantallas; busca demostrar que, aun compartiendo una misma etiqueta diagnóstica en la red, el sufrimiento es estrictamente singular e incomparable. En una época signada por la evaporación de la función paterna y el estallido de los lazos normativos tradicionales, la dirección de la cura no puede apostar a la normalización ni a la adaptación del Yo a las exigencias ambientales.
Iniciando el cierre de esta articulación, si el sujeto es hablado por el discurso del entorno y configurado por el vaivén de su época, la clínica analítica contemporánea no puede operar bajo el anacronismo de restituir una mismidad fija o una fortaleza yoica ya disuelta en las aguas del mundo líquido. Frente a un capitalismo que no solo explota el síntoma, sino que lo codifica de antemano en etiquetas tribales de consumo para obturar la falta, el acto analítico debe sostenerse como una praxis que también sea de resistencia. Su eficacia no radica en un aislamiento utópico del mercado, sino en la apuesta ética por hacer fallar ese nombramiento algorítmico, abriendo paso a un dispositivo transferencial que restituya el tiempo de la espera y aloje la dimensión de la falta.
Allí donde la maquinaria digital satura el espacio introspectivo, el proceso de análisis apuesta por interrogar la raíz única de cada sufrimiento. El análisis rescata además el tiempo para la reflexión; la pausa se convierte en un espacio activo de resistencia. Es necesario precisar el alcance de esta operación: mientras la etiqueta del mercado intenta uniformar el padecer reuniendo a los sujetos en comunidades virtuales segregadas bajo un mismo nombre de consumo, el psicoanálisis subvierte esa lógica masiva.
Retomando la tesis formalizada en El malestar en la cultura (Freud, 1930) frente al desamparo de la época, un análisis no busca la adaptación del Yo a las exigencias ambientales, sino propiciar que el sujeto invente sus propias “construcciones auxiliares” o satisfacciones sustitutivas frente a la hostilidad de su tiempo. Si el algoritmo opera configurando una subjetividad anestesiada mediante el consumo pasivo de signos virtuales, la dirección de la cura relanza la vía de la creación como un auténtico ir a contramano de la propuesta instituida.
En este punto, la clínica dialoga de forma directa con Donald Winnicott (1971) y su conceptualización del “vivir creativo”, donde el análisis se ofrece como ese espacio transicional necesario para que el paciente abandone el sometimiento sumiso a los objetos de la red y conquiste la capacidad de inventar una respuesta propia.¹⁶
Se trata, en definitiva, de favorecer las condiciones para un anudamiento singular y plástico. Frente a la uniformidad moldeada en la actualidad y la tiranía del algoritmo, la dirección de la cura no opera restituyendo una mismidad fija, una identidad perdida, ni una subjetividad anclada en el consumo; se sostiene, fundamentalmente, como la posibilidad de habilitar una invención inédita que le permita al sujeto sostener una praxis propia de habitar el mundo.
Notas
1 Bloch, M. Redactada por el historiador francés mientras participaba activamente en la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial, poco antes de ser fusilado por las fuerzas de ocupación nazis en 1944.
2 Ortega y Gasset, J. Axioma fundamental de las tesis existenciales y circunstanciales de la filosofía española de principios del siglo XX, plasmado en Meditaciones del Quijote (1914).
3 Szymborska, Wisława: Célebre poeta polaca galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 1996.
4 Hanisch, C. Consigna popularizada por la activista estadounidense en su ensayo homónimo de 1969.
5 McLuhan, M. (1911–1980). Filósofo y teórico de la comunicación canadiense, pionero en plantear que las herramientas técnicas operan como modificaciones directas del sistema cognitivo humano.
6 Berardi, F. (1949). Filósofo y activista de medios italiano, especialista en investigar cómo el flujo digital desplaza la experiencia empática del cuerpo.
7 Sadin, E. (1973). Filósofo y escritor francés dedicado al análisis crítico de la inteligencia artificial, la técnica moderna y el individualismo contemporáneo.
8 Freud, S. El término alemán empleado en Tres ensayos de teoría sexual (1905) es Mittleid. Interesa rescatar aquí el sentido prístino de la palabra (Mitt-leid: sufrir con el otro), la cual alude a la capacidad del aparato psíquico de verse conmovido ante el dolor ajeno.
9 Erikson, E. (1902–1994). Psicoanalista germano-estadounidense que reformuló el desarrollo del Yo integrando las variables culturales e históricas.
10 Pichon-Rivière, E. (1907–1977). Destacado médico y psicoanalista suizo-argentino, pionero de la clínica analítica en la región y fundador de la Escuela de Psicología Social en la Argentina.
11 Véase Sibilia, P. (2009). Esta definición interroga los límites elásticos de la intimidad frente al avance de los soportes tecnológicos en el siglo XXI.
12 Foucault, M. Cita extraída de la edición en español de la obra de Foucault donde se analizan las mutaciones en los códigos fundamentales que rigen el lenguaje.
13 Lacan, J. (1972). Alusión a la conferencia dictada por Jacques Lacan en la Universidad de Milán el 12 de mayo de 1972, titulada Del discurso psicoanalítico.
14 Han, B. (2014). Tesis del filósofo surcoreano para delimitar las nuevas formas de dominación y modelado psicológico en entornos virtuales (Psicopolítica, 2014).
15 Deleuze, G. (1925–1995). Ensayo fundamental titulado “Posdata sobre las sociedades de control” (1990), donde conceptualiza el paso de las sociedades disciplinarias a las lógicas abiertas del control algorítmico.
16 Winnicott, D. (1896-1971). Célebre pediatra y psicoanalista británico cuyas tesis sobre el espacio y objeto transicional resultan fundamentales.
Bauman, Z. (2005). Amor líquido: Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. Fondo de Cultura Económica.
Berardi, F. (2007). Generación post-alfa: Patologías e imaginarios en el semiocapitalismo. Tinta Limón.
Bloch, M. (1949). Introducción a la historia. Fondo de Cultura Económica.
Deleuze, G. (1995). Posdata sobre las sociedades de control. En Conversaciones (1972-1990). PreTextos. (1990).
Erikson, E. (1955). Identity and the Life Cycle. [Información añadida].
Foucault, M. (1968). Las palabras y las cosas: Una arqueología de las ciencias humanas. Siglo XXI Editores. (1966).
Foucault, M. (1977). Microfísica del poder. Einaudi.
Freud, S. (1992). Estudios sobre la histeria. En Obras completas (Vol. II). Amorrortu Editores. (1895). Freud, S. (1992). Tres ensayos de teoría sexual. En Obras completas (Vol. VII). Amorrortu Editores. (1905).
Freud, S. (1992). El malestar en la cultura. En Obras completas (Vol. XXI). Amorrortu Editores. (1930).
Han, B.-C. (2014). Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas tecnologías de poder. Herder.
Hanisch, C. (1969). The Personal is Political. [Información añadida].
Lacan, J. (1972). Del discurso psicoanalítico. Conferencia en la Universidad de Milán.
McLuhan, M. (1964). Comprender los medios de comunicación: Las extensiones del ser humano. Paidós.
Ortega y Gasset, J. (1914). Meditaciones del Quijote. Publicaciones de la Residencia de Estudiantes.
Pichon-Rivière, E. (1977). El proceso grupal: Del psicoanálisis a la psicología social. Nueva Visión.
Sadin, É. (2020). La era del individuo tirano: El fin de un mundo común. Caja Negra.
Sibilia, P. (2009). La intimidad como espectáculo. Fondo de Cultura Económica.
Szymborska, W. (1993). Hijos de la época. En Fin y principio. [Información añadida].
Winnicott, D. W. (1971). Realidad y juego. Gedisa.