En el siguiente trabajo el autor nos lleva a reflexionar acerca de los cambios de la sociedad desde la época freudiana hasta nuestros días. Desde la reconfiguración del malestar y la imposibilidad de la renuncia al exceso. Nos invita a pensar estos cambios, a la luz de los conceptos de Mark Fisher sobre Realismo capitalista o sobre el Futurismo senescente de Bifo Berardi. Aceleración infoesférica, redes de información, algoritmos y alienación cognitiva son entre otros, los desarrollos interesantes que invitan a leer este trabajo.
La reconfiguración del malestar: ¿de la renuncia al exceso?
Cuando Sigmund Freud publicó en 1930 El malestar en la cultura, situó el origen del sufrimiento humano en una tensión estructural e insalvable entre las exigencias pulsionales del individuo y las demandas restrictivas de la civilización. La comunidad para erigirse como espacio seguro frente a la amenaza de la naturaleza y las pulsiones destructivas del semejante exigía un sacrificio categórico.
Nos decía Freud en un pasaje de su texto:
“[…]…no puede soslayarse la medida en que la cultura se edifica sobre la renuncia de lo pulsional, el alto grado en que se basa, precisamente, en la no satisfacción (mediante sofocación, represión, ¿o qué otra cosa?) de poderosas pulsiones (sic).”—(Freud, 1930).
El malestar de la modernidad freudiana era el de la inhibición, del síntoma conversivo, de la neurosis obsesiva. Un malestar provocado por la influencia vigilante de un Superyó disciplinar. La ley castraba el goce directo para posibilitar el trabajo sublimatorio y por ende la creación cultural; las prohibiciones del goce surgían como ordenadores y organizadores del tejido de la trama social.
En el siglo XXI vivimos insertos en un modo de vida tecno-capitalista que parece haber invertido esa premisa. La cultura ya no le ordena al sujeto que renuncie o posponga la satisfacción pulsional por un fin ulterior sino, muy por el contrario, predominan estímulos en los que la infoesfera2 y el lucro generado por manipular la atención, operan incitando al consumo ininterrumpidamente, buscando mantenernos hiperconectados y tendientes a satisfacer sin espera, pulsiones de índole narcisista. El Superyó parecería estar mutando de juez represor a tirano incitador que exige rendimiento continuo y visibilidad para satisfacer y hacer cumplir las nuevas y actuales exigencias de la cultura. Ya Lacan esbozaba la idea de un superyó como mandato de goce y me pregunto si el algoritmo -provocador principal de los estímulos en la tecno-comunicación en la que estamos insertos-, se estaría instalando en alguna zona aledaña al mismo como una nueva parte residual de la conciencia moral que otrora ocupaba el deber ser (Lacan, 1966).
En este sentido y para profundizar nuestra lectura, podrían asistirnos otros autores que nos acercan algunos aportes respecto de este cambio en el que estamos insertos. Mark Fisher (2016), en Realismo capitalista, muestra cómo la atmósfera ideológica actual no solo impide imaginar una alternativa política o económica, sino que coloniza la vida psíquica mediante un imperativo de productividad que devora la interioridad del sujeto.
Aquí un par de citas del autor:
“El capitalismo es lo que queda cuando las creencias se han colapsado en el nivel de la elaboración ritual o simbólica, dejando como resto al consumidor-espectador, que camina a tientas entre reliquias y ruinas […] (Fisher, 2016, p. 26). Fisher retoma, citando además a Fredric Jameson, la idea de que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. (sic).” (Fisher, 2016, p. 22).
La idea de que estamos ante una situación de sobreestimulación cognitiva -la que ya desarrollé en otros trabajos (Venturini, 2023, 2024, 2025, 2026)-, me llevó a la lectura de Fisher. Esta sobreestimulación logra que el espacio mental se vea saturado. Es un estado que fue denominado por Fisher anhedonia reflexiva y se refiere a la imposibilidad de experimentar placer fuera de la estimulación constante propuesta por el sistema, quien se aprovecha de tal circunstancia para privatizar y medicalizar la salud mental aislando al sujeto de la trama política de su sufrimiento. Parecería que el sufrimiento contemporáneo ya no brota de la insatisfacción por un deseo no realizado o de un sentimiento inconsciente de culpa sino más bien de fuentes nuevas de angustia, de las que enumeraré solo algunas: el agotamiento psicosomático provocado por el insomnio y las exigencias de rendimiento incluyendo la obtención de la felicidad -convertida en utopía de cumplimiento obligado-, la anticipación temerosa de quedar desconectado o fuera del sistema -sobre todo de las redes sociales- y la vivencia de insuficiencia paralizante que empuja a una autoexplotación casi ilimitada y que en algunos casos deriva en depresión, suicidio o autolesiones, especialmente en adolescentes3.
El cuerpo borrado en el contexto de la aceleración infoesférica
El cambio en la necesidad de uso de tecnologías para llevar adelante la vida cotidiana en todos los niveles, especialmente generalizado a posteriori de la pandemia de COVID-19, ha generado uno de los impactos más profundos sobre la subjetividad principalmente en la dimensión del cuerpo y la presencia. En el entorno digital la comunicación ha dejado de ser un encuentro entre cuerpos tangibles para convertirse en un intercambio de señales filtradas por algoritmos y pantallas. Seguimos comunicándonos, pero de otro modo: se prescinde de la presencia real del cuerpo para actividades de la vida social que antes lo requerían. Es un cambio cultural con implicancias en la construcción de los vínculos y del psiquismo del cual estamos recién comenzando a ver sus consecuencias. El COVID-19 fue la puerta autorizada para la invasión tecnológica y la digitalización de la vida. Los niños y adolescentes estaban obligados por los adultos a estar horas y horas frente a la pantalla, aunque muchos no querían; se estudiaba, se sociabilizaba, se hablaba con la familia, etc., etc., todo se hacía a través de esa intermediación. Al poco tiempo se empezó a entender que había que bajar o suprimir las horas de exposición a la pantalla para los niños y adolescentes y hoy es algo que -luego de muchas advertencias que venimos haciendo-, se está estableciendo como una norma en algunas escuelas e incluso estados como Nueva York (4). ¿Acaso los niños y adolescentes deberían entender esta contradicción o simplemente quedaron atrapados en un submundo del cual ya no podrán salir sin ayuda?
Autores como Franco Bifo Berardi ya nos venían advirtiendo de estas cuestiones. En Futurismo senescente escribe:
“La tecno-inmersión remplaza el contacto carnal, la conexión remplaza la conjunción entre cuerpos pensantes…(sic)” (Berardi, 2025, p. 18).
Mientras la conjunción implica interacción sensible, empatía corporal, lectura del cuerpo del otro en su singularidad, la conexión exige el formateo de los enunciados según la sintaxis del código algorítmico.
Agrega Berardi:
“En la era de las relaciones inmateriales domina una desensibilización que separa a las mentes, ultraconectadas en circuitos abstractos, de los cuerpos. El tema del erotismo se encuentra en peligro en esta mutación, porque no hay erotismo sin comprensión abierta del cuerpo del otro.” (sic) (Berardi, 2025). Hoy, por ejemplo, en una fiesta los adolescentes están juntos, pero no se hablan, se mandan mensajes desde el celular, pueden recibir una carcajada gigante por emoji sin siquiera esbozar una sonrisa en la cara, parecería que vamos hacia un mutismo visible como en una película de Chaplin, el lenguaje reemplazado por emojis imposibles de escucharse y hacer sentir.
Para Berardi, estamos sometidos a sobreestimulaciones. Se produce una saturación psíquica que impide elaborar afectivamente lo que sucede. El sistema nervioso entra en un régimen de pánico y desafección donde la empatía -que requiere lentitud y presencia física- es reemplazada por el cinismo o el autismo hiperconectado.
Estos planteos tienen repercusiones directas en la clínica. La mediación digital al prescindir del cuerpo parecería eliminar la distancia simbólica necesaria para que emerja el deseo de la manera como sucedía antes. Al proponer una inmediatez casi transparente y dar respuestas específicas o unívocas, la falta se colma de forma instantánea mediante objetos virtuales o validación en redes. Entonces, ¿qué psiquismo estamos observando?
El psicoanálisis siempre defendió el respeto de los tiempos psíquicos de cada sujeto, revalorizando un vínculo que permita expresar la singularidad priorizando la transferencia y atendiendo pausas, tono, prosodia, fallas en el decir. El universo digital no aloja ese vacío ni las angustias: los satura con información hiperestimulante incluso utilizando la IA como consulta psicológica.
En el trabajo con niños y adolescentes desde hace algún tiempo vengo observando que el deseo estaría virando del contacto con el otro -presencia corporal- hacia la pantalla en un modo que no podíamos prever hace apenas veinticinco años atrás.
Algunos jóvenes evitan el contacto corporal con un par o las salidas que lo impliquen corporalmente y eso no les genera conflicto psíquico alguno; remite a una elección sin conexión física porque en la mayoría de esos casos no hay inscripciones que sustenten esos deseos. Esto merecería más desarrollo en otro trabajo, pero estamos a la vez ante dos cuestiones concatenadas y a abordar: por una parte, la no inscripción y por la otra, el exceso. Lo digo brevemente: el exceso de estímulos (saturación) lleva a fallas en la inscripción o directamente a la no inscripción de las vivencias de los sujetos. Parecería que las vivencias o no se inscriben o se inscriben con fallas. En los casos que no se inscriben lógicamente no se generan bordes registrables para el Yo, y los sujetos muestran notables dificultades a nivel preconsciente en los modos nominativos de la corporalidad -de allí el notable ascenso en la frecuencia de aparición de conductas actuadoras en algunos casos (autolesiones, Trastornos de la Conducta Alimentaria, intoxicaciones alcohólicas, suicidio, etc.)-. Para los casos en los que se inscriben con fallas -o sea, de manera filtrada por las pantallas-, lo que se suele observar en la clínica es que las complicaciones a nivel preconsciente operan más bien en el nivel de los malentendidos, de las interpretaciones erróneas y literales de lo vincular sin mediación alguna del pensamiento crítico, superados por la necesidad no pensada de dar una respuesta inmediata al otro; lo que suele generar importantes conflictos vinculares debido a que el Yo se relaciona desde otra lectura del otro.
Al revisar mi experiencia clínica con adolescentes y adultos jóvenes, siempre vuelvo a Freud y dado lo que estamos observando pienso que el malestar actual no se da tanto por la insatisfacción de un deseo que la cultura regula o impide sino que la cultura actual -intermediada por las redes- incentiva y sobreexige el contacto de los cuerpos, a la vez que paradójicamente siembra contextos para la evitación de ese contacto generando reacciones complejas que se diferencian notablemente de la época freudiana. En la clínica actual reconozco al menos tres tipos de reacciones: 1.la adaptación sumisa a esa exigencia, sin mediar pensamiento crítico ni síntoma, porque no hay un regulador interno que anuncie conflicto (el sujeto se somete a los mandatos actuales); 2. la evitación fóbica, por ej.: el joven sabe que algo se pierde en una salida con pares pero prefiere prescindir de ello por temor a las consecuencias: frustración por el contacto/no contacto con el otro -en estos casos vemos la presencia de inscripciones y conflictos trabajables en el consultorio-; y 3. el rechazo total, donde la necesidad de contacto ni siquiera está registrada como tal, sino que aparece a la conciencia como un objeto elegible y descartable, al modo de un reel de YouTube. (Todo esto será desarrollado de manera más amplia en posteriores trabajos).
Redes de información, algoritmos y alienación cognitiva
Según algunos autores, la aceleración de los flujos comunicacionales no es casual y parecería responder a una ingeniería diseñada para capturar la subjetividad. En Nexus, Yuval Noah Harari (2024) desarma la ilusión liberal de que más datos generan automáticamente sociedades más informadas o democráticas. Muestra que las redes de información han funcionado a lo largo de la historia, como ordenadores sociales antes que como buscadores neutros de la verdad, y advierte que la IA marca un quiebre sin precedentes.
Aquí una cita de Harari:
“A diferencia de la imprenta o el telégrafo, la inteligencia artificial no es una herramienta que transmite las ideas humanas; es un agente autónomo capaz de crear ideas, tomar decisiones y manipular la conversación social por sí misma […] las emociones más eficientes para capturar la atención humana son la indignación y el miedo…(sic)”— (Harari, 2024, pp. 15-22).
Las comunicaciones digitalizadas se han transformado en un filtro de la vida cotidiana. Estamos ante un sistema de poder que ha diseñado un modelo para encauzar la rabia y el pánico con el objetivo de maximizar el engagement5 de los sujetos y promover una fragmentación deliberada del tejido social a través de los algoritmos. Prueba de ello es el reciente acuerdo legal de Meta (dueña de Instagram, Facebook y WhatsApp) con varios estados de Estados Unidos en las que la empresa se compromete a pagar millonarias indemnizaciones para que no se investigue a fondo el uso de algoritmos que habrían generado conductas adictivas en niños y adolescentes. Según consta en las noticias, la empresa habría perfeccionado características psicológicamente manipuladoras -desplazamiento infinito, alertas constantes, botones de me gusta para maximizar el tiempo de uso juvenil-, con consecuencias (documentadas) en la aparición de cuadros de depresión, ansiedad, trastornos alimenticios y autolesiones (ANRED, 2025).
Entramos en la era digital y eso marca un cambio sin precedentes con respecto a la modernidad freudiana y el malestar que él detectó en aquella cultura no tan lejana, por cierto. Nuestra actual cultura estaría produciendo un grado cada vez más elevado de casos de alienación cognitiva. Los algoritmos no se estarían limitando únicamente al reordenamiento de los modos de trabajo en las empresas, sino que también estarían buscando monetizar las pasiones oscuras y la fragilidad narcisista de los sujetos. La interacción en redes suele fomentar una hiperproducción de proyecciones e identificaciones masivas con consecuencias al interior del aparato psíquico. Y en esta línea de pensamiento encontramos algunas diferencias sin precedentes, respecto de la época freudiana. Podríamos mencionar muchos cambios, uno de los más notorios se viene dando en la función y uso de la palabra. Antes la palabra cumplía múltiples funciones entre ellas las de nominación, clasificación, reconocimiento intelectual y afectivo, mediación, entendimiento, etc., pero sobre todo de ordenador dentro del lenguaje y en particular dentro de la lengua. La palabra en el contexto actual de las redes se puede transformar en un elemento sin un sentido apropiable e inteligible dentro del contexto del lenguaje y la lengua y está generando un sinnúmero de malentendidos, paradojas y situaciones alienantes. Por ejemplo, podría dirigirse al semejante para despojarlo de su alteridad y reducirlo a enemigo o transformarlo en blanco de cancelación, tal como sucede habitualmente en redes sociales como X (antes Twitter). Esto claramente tiene consecuencias psíquicas que merecen un mayor desarrollo en otro trabajo, aunque sin dudas, el tipo de funcionamiento actual de la palabra en el contexto de nuestra cultura está tornándose más alienante que nunca.
Crueldad y descomposición del lazo social ¿signos de época?
Vivimos en un sistema que nos induce a la hiperconexión y que paradójicamente, nos aísla. Un sistema que por su mismo desarrollo permite la proliferación de nuevas formas de crueldad, algunas evidentes y otras silenciosas.
Yago Franco (2025) nos dice:
“Parto de la idea de que la Historia no está plenamente determinada y que en sus puntos de indeterminación es de los cuales pueden surgir alteraciones que dan lugar a lo nuevo, que produce a la vez nuevas determinaciones.” (sic). (Franco, 2025, Ultraderechas y Lovecraft).
Con este planteo nos está invitando a ver que las transformaciones en el tejido social llevan entre otras cuestiones, a nuevas formas de crueldad y que el origen de éstas se sitúa en los extremos de la lógica autoerótica del psiquismo. En su artículo Insignificancia y clínica: el paradigma borderline (Franco, 2016), nos dice:
“[…]…¨: lo que caracteriza a esta época es la presencia – no exclusiva, obviamente de lo autoerótico como modo de satisfacción pulsional, que ignora la presencia del otro como tal.” Lo autoerótico se manifiesta en un arco que en un extremo tiene al retraimiento y la autosatisfacción tal como puede apreciarse en la clínica -no solamente en las psicosis, las adicciones, las anorexias y bulimias, etc. sino también en la prevalencia del acto, la descatectización, la depresión vacía, lo psicosomático, las adicciones. En el otro extremo del arco encontramos la consideración y el tratamiento del objeto como algo indiferenciado que también puede ser desechado, objeto de la pulsión de muerte, tal como puede apreciarse en la xenofobia, el femicidio, la esclavización laboral, la trata de personas, el abuso sexual infantil, etc. Estas cuestiones se alimentan, encuentran apoyo y dan expresión, a un modo de ser del psiquismo humano. Modo de ser que no las explican ni las causan: las alimentan, al estar en alianza y conjunción con determinaciones sociales.” (sic). (Franco, 2016)
Esta crueldad no es exclusiva del presente. Carlos Guzzetti (2026), en un artículo de esta misma revista, menciona, entre muchas otras cuestiones, que las religiones llegaron a extremos de fanatismo y crueldad hacia lo Otro (sic), (Guzzetti, 2026) y señala que:
“en los años 90 la guerra del Golfo inauguró la transmisión en tiempo real, el espectáculo en vivo de la destrucción y la muerte. Podía verse en cualquier rincón del planeta lo que sucedía allá lejos, reduciendo el padecimiento de miles de personas a un show televisivo, que alimentaba las pulsiones más oscuras que habitan a toda persona.” (sic). (Guzzetti, 2026).
La crueldad no nace entonces con la conectividad digital. Lo que cada época aporta es el dispositivo que la vehiculiza: la prédica religiosa, la pantalla televisiva, hoy la red social, sin que la pulsión que la sostiene varíe demasiado en su naturaleza.
Vehiculizada y multiplicada por los entornos digitales, la crueldad funciona como aglutinador de masa, similar al que describió Freud en 1921 aunque sin la promesa de un ideal igualitario o solidario. Parecería que hoy el Ideal del Yo se estaría reemplazando con un objeto indiferenciado disponible para el descarte pulsional, tal como lo menciona Franco.
¿Admite este lazo alguna recomposición? Para Carlos Guzzetti no habría una respuesta colectiva sino una apuesta clínica puntual: la conversación analítica como resistencia a la “devastación psíquica que el mundo produce” (sic) (Guzzetti, 2026). No se trataría de restaurar el lazo social en su magnitud perdida sino de sostener, uno por uno, en el dispositivo analítico, un espacio permeable donde ese lazo pueda tramitarse todavía (Guzzetti, 2026): “un refugio, no un búnker que aísla sino apenas una choza de ramas algo permeable” (sic) frente al ruido de la época.
Hoy las formas solapadas de crueldad me parecen las más complejas de analizar en función de cómo están desarmando paulatina y progresivamente, el lazo social. En determinados videojuegos y dentro de plataformas específicas como, por ejemplo: Five Nights at Freddy’s -juego- dentro de -la plataforma- Roblox, veo modos de crueldad y descarte objetal al modo autoerótico antes mencionado, que van introduciendo a nuestros niños -de una manera aparentemente inocente-, en la desestimación, en el descarte, del otro, sin mediar una cualidad afectiva intrínseca o si la hay es de tinte sádico. La naturalización de la crueldad como modo de descarte del otro es lo que me preocupa ya que, entre otras cuestiones, dificulta y complejiza la construcción del entramado del lazo social.
La pérdida de la experiencia y la pregunta por el futuro
Vale la pena retomar la lectura de Walter Benjamin (1940/1989) sobre la temporalidad. En sus Tesis sobre la filosofía de la historia criticó la concepción de un tiempo homogéneo y vacío dedicado al progreso lineal. En la novena tesis, sobre el Angelus Novus de Klee, escribió:
“[…] Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una sola catástrofe que acumula sin cesar ruina sobre ruina, arrojándola a sus pies [...] Este huracán lo empuja irrefrenablemente hacia el futuro, al cual da la espalda […] Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso…” (sic) (Benjamin, 1940/1989).
En la era digital ese huracán se ha vuelto avalancha de datos y notificaciones que interfieren la experiencia (Erfahrung). El mundo digital nos mete en una sucesión de instantes inconexos que no tienden a sedimentarse en recuerdos y por ende en transmisión histórica. Por ello tanto la experiencia como la palabra, se vuelven objetos de estudio para evaluar estos cambios culturales. De la palabra algo hemos dicho antes, en cuanto a la experiencia podemos observar una situación de complejidad que parece una serie que va, en un extremo, de la supra valoración de vivir experiencias -auténticas, fuertes, increíbles, únicas, etc., etc.- hiper propuestas por los algoritmos-, a en el medio de la serie la evitación: evitar experiencias posiblemente traumáticas y en la otra punta de la serie el no registro de las necesidades de vivenciar experiencias como la sexualidad. Basta con revisar reels en Instagram, YouTube, TikTok o X para descubrir este catálogo que proponen los algoritmos adaptando cada propuesta a un deseo y a la vez construyendo modos de deseo o modos de no inscripción. Hoy las vivencias no se fijan, duran 24 hs o sea lo que dura una historia en redes sociales esfumándose para siempre. Se vive el momento, se muestra y luego se borra, el pasado no genera una inscripción en la que se pueda asentar un proyecto futuro.
Esto correlaciona con lo que Berardi (2022) llama en El tercer Inconsciente, la extinción del futuro. No solo plantea un colapso ecológico o político sino la imposibilidad psíquica de desear más allá del presente inmediato. Dice:
“Cuando el futuro se revela no como una promesa de desarrollo, sino como la inminencia del desastre, el inconsciente colectivo reacciona mediante la psicodeflación: un repliegue de la energía libidinal y la paralización del deseo” (sic). (Berardi, 2022).
Veo dos propuestas complejas en nuestra cultura: 1. que las experiencias sean manipuladas por el algoritmo y nos lleven a inscripciones específicas de destitución del otro y destrucción del tejido social o 2. que por influencia de los algoritmos desistamos de tener ciertas experiencias y sin experiencia no hay inscripción posible. En ambos casos tal como se advierte, hay un peligro para la construcción de un futuro.
La práctica clínica en este contexto
El tránsito del malestar en la cultura de la época freudiana al malestar actual en la era digital, no se trataría entonces únicamente de una variación cuantitativa de las demandas de la época sino más bien de una reconfiguración cualitativa de las bases de la subjetivación que lo generan. Si el psicoanálisis surgió en su época para responder al sufrimiento por exceso de norma y represión, la clínica de hoy enfrenta un desafío diferente frente el sufrimiento provocado por la prevalencia de los exceso de: información, rendimiento, visibilidad, conectividad, consumo, pornografía, etc., etc.; pero también por la prevalencia de la falta de: inscripción, deseo, experiencia, etc., etc. Este modelo de vida desconecta los cuerpos, desintegra el lazo social y como vengo advirtiendo en trabajos anteriores, afecta la cognición en las funciones de percepción, atención y memoria de un modo complejo e inédito. (Venturini, 2023, 2024, 2025, 2026).
Frente al avance de los modelos algorítmicos que pretenden estandarizar el psiquismo -la IA es una muestra clara de esto- y a las ofertas que comercializan el odio y la crueldad -las redes sociales son otra muestra de ello-, el dispositivo analítico aún mantiene su vigencia ética y terapéutica. El sostén de la palabra y la búsqueda constructiva de la singularidad de cada sujeto es un enclave de resistencia ante la tiranía de la inmediatez.
Hoy el analista enfrenta un desafío enorme. El malestar actual es nuevo, difícil de leer e identificar. Es un malestar que por momentos nos dificulta ofrecer un encuadre adecuado en un contexto tan cambiante en el que los pacientes adolecen de males para los que no fuimos formados. Es una incomodidad solapada en el que la influencia de lo no inscripto, aun así, opera en el sujeto, generando consecuencias que llevan al acting out, al suicidio y las autolesiones en quien la padece. Es un malestar en el que la naturalización de ciertos modos de vinculación propuestos y/o impuestos por la infosfera a través de la tecnología, se incorporan a nuestra vida cotidiana mutando nuestras formas de percibir, atender y memorizar. (Venturini, 2025 y 2026).
El encuadre es un desafío. ¿Qué lugar hay hoy en nuestro trabajo terapéutico, para la vacilación, la falla, el silencio, la falta, los sueños, cuando los pacientes llegan y nos cuentan literalmente cómo les fue en la semana? ¿Cómo hacer para que en un futuro muy cercano los síntomas no sean leídos como errores del sistema? ¿Cómo hacer para que mantengan su lugar como condición de posibilidad para que emerja el deseo inconsciente?
El malestar de nuestra cultura no es sólo causado por lo digital, estamos ante un modo traumático de vida en el que se hace necesario y urgente alojar la fragilidad y la alteridad de cada paciente, pero también ayudarlo a descubrir los modos solapados de la crueldad que imperan en esta época. El desafío es lograr un espacio de análisis en el sentido más freudiano posible del término, pero aggiornado a la época actual donde se hace necesario otorgar alojamiento y sostén afectivo, propender a la construcción y al pensamiento crítico y fomentar una toma de conciencia de los diversos modos de subjetivación que están en juego.
Notas
1 Diego Venturini, diegocventurini@gmail.com, +54 11 4470 2787
2 El primer uso documentado de infosfera o “infosphere” en inglés fue en 1971, en una reseña de R.Z. Sheppard para la revista Time: “En la misma forma en que un pez no puede conceptualizar el agua o las aves el aire, el hombre apenas entiende su infoesfera, esa envolvente capa de esmog electrónico y tipográfico compuesto de clichés del periodismo, entretenimiento, publicidad y gobierno”.
3 Sobre el suicidio adolescente en nuestro país surgieron recientemente datos alarmantes debido a su notable aumento en un corto período de tiempo. https://www.unicef.org/argentina/comunicados-prensa/suicidio-adolescencia https://www.unicef.org/argentina/media/6326/file/Suicidio_adolescencia.pdf
Suicidios en Argentina: alcanzaron un récord en 2025 y son la principal causa de muerte en jóvenes. https://www.perfil.com/noticias/sociedad/suicidios-en-argentina alcanzaron-un-record-en-2025-y-son-la-principal-causa-de-muerte-en-jovenes.phtml
4 Nueva York prohibirá el uso de inteligencia artificial en escuelas primarias e intermedias. https://www.infobae.com/america/the-new-york times/2026/09/02/nueva-york-prohibira-el-uso-de-inteligencia-artificial-en-escuelas primarias-e-intermedias/
5 El engagement en redes sociales es el grado de compromiso, conexión emocional e interacción que una audiencia tiene con el contenido y la cuenta de una marca.
ANRED Agencia de Noticias en Red: https://www.anred.org/instagram-y-facebook meta-acepta-pagar-17-000-millones-de-dolares-por-la-adiccion-en-adolescentes que-generan-sus-aplicaciones/
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