“Toda época tiene sus propias enfermedades características que la definen”.— (Han, 2024, p. 11)
En este trabajo nos planteamos cómo pensar las nuevas subjetividades a la luz de los discursos imperantes que organizan el lazo social contemporáneo. Consideramos que las coordenadas propias de nuestra época y los discursos que la atraviesan inciden en los modos de habitar el cuerpo, afectan los vínculos y producen malestar. Nos preguntamos de qué modo estos discursos afectan la constitución subjetiva.
Con este propósito, pondremos en diálogo algunos conceptos teóricos con el personaje de Bruno, uno de los protagonistas de la novela Los nuevos, de Pedro Mairal.
Bruno es un joven de 19 años, hijo único. Hasta su partida a Estados Unidos, residía con sus padres en el barrio de Palermo. Mantiene con ellos un vínculo conflictivo, especialmente con su madre, quien tiene una mirada intrusiva y crítica hacia él. Tiene expectativas muy altas tanto a nivel académico como en relación con su imagen corporal, ya que lo considera gordo y ejerce un control riguroso respecto de su peso y alimentación.
El padre comparte con su hijo el gusto por la música; intercambian canciones y Bruno siente cierta admiración por sus gustos musicales.
El padre es abogado, pero no disfruta de su trabajo: se siente “atrapado” en su traje y corbata y no logra poner un límite a los excesos maternos en relación a Bruno.
Bruno tiene dos amigos íntimos, Pilar y Thiago —los otros dos protagonistas del libro—, con quienes compartió el colegio. Allí los tres formaron una banda musical en la que Bruno tocaba el bajo.
La madre de Bruno mantiene una relación de mucha hostilidad con su hermana, quien tiene un hijo llamado Julián que es muy cercano a Bruno. Julián tiene problemas con las drogas, motivo por el cual la madre de Bruno, asustada por la mala influencia que podría ejercer sobre su hijo, lo manda “de una patada voladora” a la universidad Cole Hall, en Wisconsin, Estados Unidos, a estudiar Economía.
Para convencerlo de estudiar allí le muestran una publicidad en la que se ven terrazas y estudiantes riendo sobre un lago en verano, navegando y haciendo kayak. Esta imagen no se corresponde con la realidad que encuentra el joven cuando llega, en invierno, al campus.
A Bruno le gustaba la música, pero su madre consideraba que no era una carrera rentable. Ni siquiera le permitió llevar el bajo a la universidad, ya que lo distraería de sus estudios.
Desde que Bruno llega al campus, no habla con nadie. Está cursando el primer año del Bachelor in Arts, con orientación en Economía. Transcurridos unos meses de su estadía en la universidad, tiene un episodio desestabilizante cuando sale a festejar, de madrugada, el triunfo de Argentina en el Mundial de Fútbol 2022. Se emborracha, luego de gritar y saltar sobre el hielo, termina desmayado en la nieve, sobre su propio vómito celeste.
Es entonces cuando conoce a Mei Song, de quien posteriormente se enamora. Ella lo despierta y lo ayuda a levantarse para que no muera congelado. Días después se encuentran casualmente en el lavadero y se quedan charlando. Bruno se siente pleno por haber lavado su ropa por primera vez y por haberse animado a hablarle a una mujer.
Bruno y Mei mantienen una relación corta pero intensa.
Al comenzar el receso de invierno, Mei y Bruno deciden pasar la Navidad juntos en Chicago. Se alojan en una misma habitación de hotel.
Al día siguiente, Bruno recibe con alegría una llamada de su padre, pero se niega a hablar con su madre con la excusa de que no había buena señal. La madre entonces le graba un mensaje que él borra sin escuchar.
Al regresar de Chicago, Bruno y Mei comparten mucho tiempo en el dormitorio de Bruno, ya que su roommate no estaba. Escuchan la música que le envió su padre. Bruno extraña a su papá, y también a Thiago y a Julián. Descubre el sexo con Mei, ya que casi no tenía experiencia y ella lo va guiando. Un día antes de Año Nuevo, Mei se va a Toronto a visitar a sus padres. Bruno no quiso volver a Buenos Aires para que su madre no viera que había subido de peso. Por este motivo, también evita las videollamadas que ella quiere tener: no soporta su mirada de desprecio. Bruno se queda solo en un campus desierto y comienza a trabajar limpiando los baños por 400 dólares mensuales.
Por Año Nuevo recibe un mensaje de su padre y, cuando aparece en el audio la voz de su madre, borra el mensaje.
El padre continúa enviándole canciones y Bruno interpreta que registraba sus gustos musicales. Pero siente bronca hacia él, ya que no supo defenderlo de la inflexible posición materna.
Como parte de su trabajo, Bruno tiene que limpiar el cuarto de Mei y descubre una foto de él dormido sobre el vómito celeste que le sacó cuando se conocieron. Se siente traicionado.
Le envía mensajes a Mei, pero ella no le responde. La extraña.
Días después, mientras limpiaba la sala de música, encuentra un bajo y se pone a tocar. Miguel, un empleado de limpieza, lo ve y lo invita a tocar en su banda. Era una banda compuesta por mexicanos que tocaban en el servicio religioso de una iglesia.
Luego de tocar con ellos por primera vez, lo vuelven a invitar a hacerlo el domingo siguiente y le proponen tocar en la fiesta de 15 pagándole una pequeña suma. Bruno les pide prestado el bajo y el amplificador para poder practicar.
Mei seguía sin responder sus mensajes, salvo con algún emoji y Bruno se sentía “ninguneado”.
Días después Mei le escribe para pedirle una autorización para usar sus retratos en el proyecto de arte. Bruno completa un formulario online, le avisa que ya lo hizo, pero Mei no le responde.
Mei regresa a la universidad, pero no le avisa. Bruno la ve en el campus y se saludan de lejos, casi como si no se conocieran. A Bruno se le derrumba el mundo: lo invade la angustia y la decepción.
Ese día, mientras estaba trabajando, su roommate, junto con otros estudiantes, se burlan de Bruno hablando en español, quien reacciona agrediendo físicamente a uno de ellos. Sale corriendo y le pega piñas al hielo, como queriendo romperlo y rescatar de adentro a la Mei que él conocía.
Acto seguido, le escribe un mensaje a Mei para encontrarse en la cafetería. Allí Mei le dice que tiene que concentrarse en el estudio y que no puede estar en una relación. Él se siente “un pelotudo” y se esfuman todos sus sueños.
Debido a la escena de violencia que protagonizó, tiene una charla con una psicóloga especialista en control de la ira quien le pregunta si le gusta Economía, ya que sus calificaciones no son buenas. Bruno dice que no le gusta mucho y ella le sugiere que podría cambiarse de Economía a Música.
Pasa unos días encerrado en su cuarto, llorando por Mei. Tiene fiebre, imagina que muere y que su mamá se enoja cuando va a reconocer su cadáver porque está gordo.
Comienza a trabajar en la cafetería del campus y se sorprende cuando alguien lo llama por su nombre y le dice que lo reconoció por sus fotos en la exposición llamada “My name is Bruno”. Va a verla y se da cuenta que son todos retratos de él y se siente usado.
Le pide a sus padres cambiarse a Música, ya que, luego de tocar en la fiesta de 15, había decidido finalmente dedicarse a la música, pero ellos se niegan.
Bruno solicita una beca, pero se la rechazan. Finaliza su visa de estudiante y tiene que regresar a Buenos Aires.
Ya en Buenos Aires, su madre insiste con ponerlo a dieta, y Bruno se escapa a la casa en la que estaban viviendo sus amigos Thiago y Pili.
Al poco tiempo, consiguió un trabajo en un bar de la zona. Los tres amigos empiezan a tocar juntos en una banda.
Finalmente, cuando el padre de Thiago los desaloja de la vivienda que ocupaban, Bruno se va a vivir a La Plata con su primo y trabaja en un club cannábico. Toca en una banda y su padre, a veces, va a escucharlos.
Hasta acá el material clínico.
Escribe Lacan en “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”:
Mejor pues que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de s época. Pues ¿cómo podría hacer de su ser el eje de tantas vidas aquel que no supiese nada de la dialéctica que lo lanza con esas vidas en un movimiento simbólico? (Lacan, 2018, p. 308)
Entendemos por subjetividad de la época al conjunto de valores, creencias, deseos y formas de pensar que caracterizan a una sociedad en un momento histórico determinado. Esta define cómo los discursos y el orden socioeconómico modelan nuestra identidad, nuestras emociones y nuestro modo de vivir.
En la época contemporánea, este entramado socio histórico produce efectos muy específicos en la clínica.
Uno de ellos es La declinación de la Ley: la caída de los mitos fundacionales y la devaluación de la figura del padre como ordenador de la prohibición dan paso a la “voraz ley del mercado”.
El discurso capitalista promueve la ilusión de que no hay límites —forclusión de la castración—, lo que genera imperativos de goce continuo y el aumento de las llamadas “nuevas presentaciones clínicas”.
Lacan (2012), en la conferencia de Sainte-Anne, en enero de 1972, dice que lo que distingue al discurso capitalista es la Verwerfung, entendida como el rechazo de la castración, fuera de todos los campos de lo simbólico.
Al rechazarse la castración, aparece la idea de que existe un objeto que podría colmar al sujeto. La promesa capitalista es que el objeto de consumo puede tapar o colmar la falta.
Como si la falla fuera producto de no haber adquirido el objeto adecuado, o una cantidad suficiente de objetos, y no efecto de una falta estructural imposible de cubrir. Esto favorece la lógica del consumo y la producción incesante de objetos.
El discurso capitalista promueve el empuje al goce, no como un derecho a gozar, sino como un deber de gozar.
El filósofo Byung-Chul Han (2024) plantea que la obligación actual de ser felices y productivos todo el tiempo es un mecanismo de control que nos lleva a la autoexplotación y a la depresión. Esto genera la “dictadura de la felicidad”, donde el sufrimiento o el malestar se ocultan e incluso se tratan como una especie de crimen. Reivindica la intermitencia de la felicidad y la necesidad de reconciliarnos con el dolor y la pena como experiencias naturales de la vida.
Fabián Schejtman, en su artículo “La liquidación de las perversiones”, plantea que el discurso capitalista promueve el derecho al goce, rechazando la regulación paterna, junto con la imposibilidad de gozar. Esto da lugar, al mismo tiempo, a un empuje a gozar inusitado. No se trata solo del derecho al goce, sino del deber de gozar bajo los parámetros del mercado: el deber de consumir.
El discurso capitalista no solo habilita el goce, sino que lo convierte en imperativo superyoico. Así, el sentido de la vida no estaría en el ser, sino en el tener, y se lograría a través de objetos de consumo. El discurso capitalista promete cubrir la falta en ser con objetos de consumo. Asistimos a un déficit del Nombre del Padre y el consumo se propone como una alternativa. (Schejtman, 2019)
Para Lacan (1958), el significante del Nombre del Padre es la función simbólica que instaura la Ley de castración y permite al sujeto ingresar a la cultura y al lenguaje.
Schejtman (2019) se pregunta: ¿Pero qué pasa cuando el mandato es ‘prohibido prohibir’, no hay límite, todo es posible si lo deseas?
Si la propuesta es desconocer la falta, la castración, entramos en el terreno de las perversiones. En nuestra época se trata de perversiones políticamente correctas.
Schejtman plantea que el declive de la función paterna produce en los jóvenes varones tres efectos:
Muchos autores contemporáneos coinciden en que asistimos a un incremento de problemáticas con sesgo depresivo —apatía, tedio, aburrimiento, inhibiciones de diverso tipo— que pueden concebirse como respuestas subjetivas deficitarias desde lo simbólico ante la dilución del lugar asignado al futuro, como paradigma sostenido en y por el contexto.
Articulación con el material de Bruno
El capítulo de Bruno comienza con él viviendo en la universidad, en la helada Wisconsin, sintiendo añoranza por lugares de Buenos Aires.
La diferencia entre lo que le propusieron sus padres -la publicidad de la universidad- y lo que él encuentra- el gris del invierno- lo sume en un profundo abatimiento.
Los padres no le proponen una formación: le venden una imagen de goce garantizado. Cuando Bruno llega y el producto no entrega lo prometido, el fracaso queda del lado de él. Así funciona la promesa capitalista.
El discurso capitalista promete cubrir la falta en ser con objetos de consumo. El mercado promete satisfacción garantizada y, cuando esto no acontece, es el sujeto quien queda como defectuoso.
Bruno es un adolescente de 19 años que impresiona, al comienzo del relato, como un joven deprimido.
La primera escena, en la que sale alcoholizado a festejar el triunfo de la selección en 2022 y termina desmayado en el hielo, marca un quiebre inicial: “…le pareció bastante estúpido caerse al agua y morirse congelado justo ese día…”, ya que, de no haber sido descubierto por Mei, otra estudiante del campus, podría haber muerto congelado. “Si alguien lo hubiera visto, habría pensado que estaba buscando ayuda, pero nadie se asomó”.
Bruno viaja a Wisconsin sometido al mandato parental. No tiene los recursos suficientes para enfrentar a sus padres. No puede oponerse directamente y tampoco logra armar un síntoma como respuesta. En lugar de síntoma, aparecen signos de depresión, tensión deseante aplanada y un malestar poco localizado. Bruno no logra encontrar las coordenadas significantes que lo causan.
Durante el primer semestre no se relaciona con nadie, no hace amigos y no muestra interés por las materias que cursa. Aprueba con lo justo y añora a sus amigos de Buenos Aires.
En relación con la carrera universitaria, no se evidencia conflicto con ella: simplemente no lo convence.
Lo mismo acontece con su vida social en Wisconsin: no sufre por los vínculos de los que carece, simplemente no los busca.
Luego de que Mei lo rescata del hielo, se encuentran por casualidad en el lavadero del campus.
Este encuentro con Mei marca un cambio significativo. A pesar de que se produce por efecto del azar y no por una búsqueda activa, es a partir de ese momento que algo del orden del deseo comienza a ponerse en juego en Bruno.
El acto de lavar su propia ropa puede pensarse como un momento de salida de una posición infantil (lo que Shejtman describe como posición de ¨niño generalizado¨). Es en ese instante cuando Bruno deja de sentirse “el grandulón malcriado que nunca había lavado su ropa” y dice a continuación: “Sintió por primera vez que estaba viviendo su vida, por haberse animado a hablarle así a esa chica y haber logrado que ella aceptara salir con él, también por el simple hecho de haber lavado su propia ropa…”.
Bruno y Mei comienzan una relación de amistad. Luego de unos días, Bruno le propone a Mei viajar juntos a Chicago. Lo hace a través de un mensaje de texto, ya que le resulta difícil enfrentar su propio deseo y la posible negativa.
Durante esos días juntos, Bruno inicia su vida sexual, ya que había tenido muy poca experiencia en ese terreno.
Mei estudiaba fotografía y, desde que conoce a Bruno, va tomando distintos retratos de él. El primero, que toma sin autorización, es cuando él se encuentra desmayado junto a su vómito, antes de despertarlo.
En Chicago, Mei sigue tomando fotografías de Bruno en distintos lugares y situaciones.
Un día entran a una casa de música y Bruno comienza a tocar el bajo. Mei reconoce que lo hace muy bien y se lo dice: “Te iluminaste… sos bueno”.
Bruno compone una canción para Mei, pero nunca se anima a mostrársela.
¿Será que el encuentro con Mei pone en marcha algo del orden del deseo y lo descongela de su aletargamiento?
El temor al rechazo, generado a partir de la permanente crítica materna, unido a la dificultad del padre para ponerle un límite a la madre, le impide reconocer y sostener su propio deseo.
Pocos días después del regreso de Chicago, antes de fin de año, Mei viaja a Canadá a visitar a su familia y casi no le responde los mensajes. Solo le escribe para pedirle autorización para usar las fotos que le tomó: “¿Podrás hacerme un permiso para usar en mi Art Project algunos de los retratos que te hice?”. Bruno contestó que sí y recibió un link a un formulario online.
Bruno acepta sin pensarlo demasiado, volviendo a quedar ofrecido al deseo del Otro, en este caso, Mei. Autoriza el uso de las fotos sin siquiera preguntar de qué se trata.
Cuando se encuentran, al regreso del ¨winter break¨, Mei le plantea que no tiene tiempo para una relación, ya que tenía que concentrarse en estudiar y preparar su Art Project, que consistía en una exposición de fotografías, que Bruno desconocía.
Mei expone su proyecto en una de las salas de la universidad y algunos estudiantes reconocen a Bruno y lo llaman por su nombre en la cafetería. Bruno queda desconcertado hasta que visita la muestra y se da cuenta de que toda la exposición de Mei se basa en sus retratos y se llama “My Name Is Bruno”. Se siente usado:
“Hija de puta —decía entre arcadas—, hija de puta, seguro que Mei había hecho todo para su Art Project, quizás no tenía tema hasta que se lo cruzó en el lavadero y ahí se dio cuenta de que podía ser un personaje, un experimento, una historia que contar… y lo abandonó con una última foto, que era la mejor de la muestra. Había hecho todo para esa foto, vos para mí eras el amor, yo para vos un proyecto…”
Angustiado por la ruptura, Bruno se encierra en su dormitorio varios días y termina por enfermarse.
Otro punto que consideramos central en cuanto a la puesta en juego de su deseo es su relación con la música.
Durante el ¨winter break¨, Bruno comienza a trabajar en la universidad por sugerencia de una empleada del departamento de alumnos. Nuevamente notamos que no hay una búsqueda activa, sino la aceptación de una propuesta. Tampoco aquí hay deseo puesto en juego.
Dentro de las tareas que debe realizar está la de limpiar distintos espacios: baños, cuartos de estudiantes y diversas salas de estudio y ensayo.
“En una de las salas vio un estuche que parecía un bajo… Cuando se aseguró de que estaba todo despejado, volvió a la sala de ensayo, sacó el bajo y se puso a tocar. Primero desenchufado y después más envalentonado, ya sonando en el amplificador… Bruno disfrutaba de tocar, probó escalas. Se entusiasmó…”.
Miguel, un empleado de limpieza de la universidad, lo escucha fortuitamente y, a cambio de no delatarlo, ya que estaba prohibido tocar los instrumentos, le pide que lo acompañe a tocar unos días después. Tocaron en una iglesia y “cuando se le fueron los nervios, Bruno lo empezó a disfrutar”. Le proponen ocupar el puesto de bajista y se une a la banda de música de Miguel y sus primos mexicanos.
Luego de tocar en una fiesta de 15, donde se siente reconocido y valorado, decide que nunca va a dejar de hacer música:
“…una imagen que lo mostraba feliz y desafiante y que tuvo durante años como su foto de perfil porque era el retrato del instante preciso en el que supo que, pasara lo que pasara, a partir de ese día se iba a dedicar a la música”.
Pensamos que encuentra en la música, en tocar el bajo, algo que lo causa.
Un tiempo atrás, luego de un episodio de violencia con otros alumnos, había tenido una reunión con una psicóloga de la universidad. Ella lo interroga en relación con su vocación y, al percibir su falta de entusiasmo por Economics, le sugiere que puede cambiarse de carrera y estudiar Música, si es lo que realmente le gusta.
Bruno le dice:
“—Mi mamá no quiere que estudie música.
—¿Y tu papá? —le pregunta la psicóloga.
—No dice nada —le responde.”
Frente a la negativa de los padres de pagarle la universidad para que estudie Música, Bruno intenta pedir una beca, pero no la obtiene. Por esta razón, se vence la visa y debe regresar a Buenos Aires.
Vuelve con “un aire de fracaso” y “el corazón roto”.
Bruno regresa con un estado de ánimo depresivo. Había tenido una decepción amorosa y no había podido obtener el apoyo de sus padres ni la beca para continuar sus estudios de Música en la universidad. A todo esto se sumaba el volver a convivir con sus padres, el volver a escuchar a su madre, situación que había evitado durante su estancia en la universidad.
Bruno es rechazado por la madre por no coincidir con el ideal del yo de ella.
La imagen que Bruno le ofrece a su madre después de haber vuelto y no haberse quedado a estudiar Economía no coincide con lo que ella esperaba para su hijo.
En algún momento, algo de la diferencia entre lo esperado y lo hallado fue intolerable para esta madre. En la adolescencia, frecuentemente, los hijos devienen extraños para sus padres. Se evidencia en esta madre la dificultad para reconocer a su hijo como otro, como un sujeto distinto de lo que ella soñó, diferente de lo que ella esperaba.
Bruno es rechazado por no coincidir con lo que la madre esperaba de él. Pensamos que estar gordo podría ser un primer modo de oponerse a su madre, de no ofrecer exactamente la imagen de hijo que ella espera, un primer modo de separarse.
La madre de Bruno pretende controlar todo acerca de su hijo. Y el padre no opera limitando a la madre ni rescatando a Bruno.
En uno de los pasajes del libro, luego de recibir una playlist enviada por su padre titulada “Canciones donde me gusta el bajo”, Bruno relata una fantasía en la que se imagina esta lista como una comunicación del padre.
Citamos a Bruno en el relato de su fantasía: “…entiende que es un mensaje cifrado del padre donde le dice que debe ser libre, hacer lo que quiere”. Bruno recuerda que en su casa tocaba el bajo con auriculares y nadie lo escuchaba tocar.
Bruno interpreta esta playlist que le manda el padre como si éste reconociera que Bruno toca bien, aunque nunca se lo dijo.
Siente una mezcla de bronca y nostalgia al saber que su papá sabía, sabía y no dijo nada; sabía y no lo defendió; no pronunció una sola palabra para poner en duda la insistencia de su madre.
Bruno fantasea escuchar las frases de su madre: “…tenés que estudiar algo productivo, imaginate ser un profesor de música y morirte de hambre… tenés que estudiar algo que te dé oportunidades económicas”.
En su diálogo imaginario, le dice a la madre:
“Hija de puta, te cuento que tu futuro CEO de megaempresa está limpiando baños, echándole lavandina a tus expectativas delirantes. Por mí estás helada… Ya no tengo que escuchar tu voz diciendo qué cosas no puedo comer. Mamá, para vos está prohibido ser gordo. Decía la madre: ‘Gordo nunca, Bruno, gordos son los que no pueden comer bien, la gente que no tiene recursos… vos no, vos tenés una dieta saludable…’. A lo que le responde en su cabeza: ‘Madre, no se escucha tu voz acá tan lejos. Ya no me vas a comprar ropa que me queda chica, ni te vas a enojar por eso, porque ya estoy fuera de tu alcance y ahora gano mi plata. Papá sabe todo esto y me manda mensajitos diciendo: no te parezcas a mí, no te dejes atrapar por la oficina, no entres al acuario de las corbatas, la música es la fuerza de la vida, Bruno, hacé lo que vos quieras, no te lo puedo decir, es un secreto entre los dos…’”.
Podemos leer esto como un intento de Bruno de encontrar la palabra del padre, aquella palabra que faltó, que no operó produciendo el corte y no atemperó el goce materno.
Las palabras del padre que podrían ser ordenadoras y pacificantes, en este caso, no fueron dichas.
El padre de Bruno, con su debilidad, se posiciona fallidamente para asumir los emblemas fálicos. Es una figura débil en relación con la madre, y no puede donarle a Bruno los títulos para que él los ponga en juego en el momento en que los necesite.
Como dice Lacan (2007) en el Seminario V:
“El sujeto se identifica con el padre en la medida en que lo ama y encuentra la solución terminal del Edipo… No digo que sea de aquí en adelante y de forma inmediata un pequeño varón, pero él también puede llegar a ser alguien, tiene sus títulos en el bolsillo, tiene el asunto en reserva y llegado el momento, si las cosas van bien… en el momento de la pubertad tendrá su pene listo…”. (p. 175)
La dificultad del padre en el ejercicio de su función queda oculta tras una posición de amiguismo, en la que padre e hijo quedan ubicados como pares. Este padre debilitado deja a Bruno a merced de la madre, dificultando así su
acceso al deseo. Falla en su función y no logra correr totalmente a Bruno del lugar de falo de la madre. Bruno queda retenido en el goce materno, que opera en él como un imperativo.
Dice Lacan en el Seminario XVII (2017), El reverso del psicoanálisis:
“El papel de la madre es el deseo de la madre. Esto es capital. El deseo de la madre no es algo que pueda soportarse tal cual, que pueda resultarles indiferente. Siempre produce estragos. Es estar dentro de la boca de un cocodrilo, eso es la madre. No se sabe qué mosca puede llegar a picarle de repente y va y cierra la boca…”. (p. 18 )
Y sigue la cita:
“Hay un palo, de piedra por supuesto, que está ahí, en potencia, en la boca, y eso la contiene, la traba. Es lo que se llama el falo. Es el palo que te protege si de repente eso se cierra”. (p. 18)
Durante toda su estadía en Wisconsin, Bruno pone distancia de su madre: no acepta sus videollamadas, no escucha sus mensajes de audio y se niega a hablarle cuando el padre le pasa el teléfono. Bruno no quiere ser visto por su madre, ya que había engordado y pensaba que esto iba a ser motivo de crítica.
Cuando Mei lo deja, él se encierra en su dormitorio y termina por enfermarse. Dice Bruno de sí mismo:
“Pensó que se moría ahí en ese cuartucho lejos de su casa. Que tendrían que repatriar su cadáver. Su mamá iba a reconocer el cuerpo y se iba a indignar porque estaba gordo”.
Bruno supone que, en lugar de lamentar su pérdida, la madre iba a censurar esa imagen de gordo que no concordaba con la imagen esperada por ella. Esta madre intenta retener a su hijo como falo mediante la imagen que tiene de él; esto supone rechazar a Bruno como sujeto.
¿Cómo pensar esta fantasía? ¿Sentirse un objeto para Mei lo remite a su posición de objeto frente a su madre? Si algo parecen tener en común es que ninguna de las dos lo respeta como sujeto deseante.
Ambas encarnan al gran Otro para Bruno y ninguna lo respeta como sujeto.
Consideramos que la experiencia con Mei revive una posición presente en el vínculo con su madre: la de quedar situado como objeto de la mirada y del deseo del Otro antes que como sujeto de un deseo propio.
Conclusiones
Pensamos que este personaje nos permite observar algunas de las cuestiones epocales cuyos efectos impactan en el devenir adolescente.
El funcionamiento de esta familia refleja fenómenos de la época, atravesada por la propuesta capitalista y por los valores que ésta impone: el mundo de las apariencias, el consumo irrefrenable y la supremacía del éxito económico por sobre todas las cosas.
Bruno no hace suya esta proposición y enfrenta, de este modo, la propuesta de sus padres, con las consecuencias que esto provoca en el vínculo con ellos.
La madre no cesa en su intento de amoldar al joven a su ideal. Se encarnan en ella los ideales de la época, determinando expectativas que no contemplan la singularidad de su hijo.
Y el padre resulta ineficaz para acotar el goce materno y permitir que la falta funcione como motor de su deseo.
A esto se suma la propuesta capitalista, con su promesa de objetos que podrían colmar la falta, cuestión imposible por estructura.
Bruno logra poner distancia de la madre, estar “fuera de su alcance”, sentir que “no se escucha tu voz acá tan lejos”.
No se trata solamente de la distancia física, que también tuvo su efecto, sino de un cambio en su posición subjetiva, producto de haber encontrado algo que lo causa.
Los encuentros azarosos con Mei y con Miguel, que le permitieron ubicar en la música una causa, funcionaron como la chispa que encendió el motor de su deseo. Esto le permite a Bruno poner un coto al goce materno y no escuchar sus audios, por ejemplo, ni aceptar sus videollamadas. Le permite sustraerse de una mirada que ella no depone.
Los logros que obtuvo durante su estadía en Wisconsin mantienen sus efectos aún al regreso de Bruno a Buenos Aires, al hogar parental. Ni bien llega, la madre vuelve a ponerlo a dieta, pero Bruno ya no es el mismo ni está dispuesto a serlo. Al día siguiente, apoyado por sus amigos Thiago y Pilar, se lleva todas sus cosas y se va a vivir con ellos, cortando prácticamente todo contacto con sus padres.
En esta convivencia, es Bruno quien lleva adelante la mayor parte de las tareas del hogar y quien solventa la mayoría de los gastos, ya que trabaja y gana dinero. Queda claro que logró modificar su posición infantil y hacerse cargo de su vida.
Luego de un tiempo, son desalojados de la casa en la que vivían y cada uno emprende su camino. Thiago y Pilar emigran a España, y Bruno se va a vivir con su primo Julián y a trabajar en su club de cannabis. Además, toca en una banda.
El psicoanálisis, a diferencia de la propuesta capitalista, que ofrece cubrir la falta con objetos de consumo, permite una salida singular para que cada sujeto encuentre un saber hacer con la falta, que es estructural.
Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Herder.
Lacan, J. (1975). Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis. Siglo Veintiuno Editores.
Lacan, J. (2007). El Seminario 5: Las formaciones del inconsciente. Paidós. Lacan, J. (2012). Hablo a las paredes. Paidós.
Mairal, P. (2025). Los nuevos. Emecé.
Shejtman, F. (2019). Psicopatología: clínica y ética. De la psiquiatría al psicoanálisis. Grama Ediciones.