El artículo propone una reflexión sobre aquello que en Borges funciona como metáfora de lo ilimitado, presentándolo en relación con lo que hoy aparece como ilimitado en la experiencia digital. Invita a leer al autor más como un contemporáneo que como un clásico, ya que postula que su literatura parece haber anticipado algunas de las formas en que se expresa la subjetivad actualmente. Desde el psicoanálisis y en diálogo con Deleuze, Guattari, Winnicott y Fisher, recorre la obra borgeana para interrogar qué ocurre con el deseo, la memoria, la identidad y la posibilidad de construir singularidad, cuando aquello que en Borges era ficción comienza a adquirir la textura de lo cotidiano.
Al igual que a Freud, a Borges hay que leerlo hacia adelante, como punto de partida y no como punto de llegada. Un contemporáneo incómodo y no un clásico que trae respuestas.
Freud inaugura una forma de pensar lo humano que permanece abierta, y que permite a cada generación elaborar nuevas preguntas de acuerdo a los instrumentos conceptuales con los que abreva en ella. Con Borges ocurre algo semejante. Cuanto más se aleja su época de la nuestra, mayor complejidad aflora en su obra, y en la superficie aparecen nuevas líneas que había trazado sin nombrarlas.
Bajo una estética literaria, Borges plasma teoría. Apoyada en la estructura ficcional, su literatura traza un mapa detallado de las fisuras que conforman la experiencia humana contemporánea. Cada avance, cada retroceso, cada pliegue, es un punto en la compleja dimensión de lo humano, imposible de abarcar por el recorrido de una línea recta. Pliegue que remite al concepto deleuziano, en el que interior y exterior dejan de funcionar como polos opuestos, y son envueltos en una variación continua, sin punto fijo desde el cual medirlos ni superficie plana en la que se puedan apoyar. Un pliegue que en lugar de separar multiplica los planos y las intensidades.
La escritura de Borges anticipa en 40 años el concepto de rizoma (Deleuze y Guattari, 2004/1980). La pluma de Borges niega la arborización de raíz única y jerarquías ascendentes. En Borges no hay subordinación a un origen único, solo multiplicidades en perpetuo devenir.
Deleuze y Guattari llegan al rizoma por la vía de la elaboración académica y su conceptualización se sostiene constreñida al binarismo que propone destituir: la estructura rizomática frente a la arborización de la lingüística estructural, el concepto de complejo de Edipo, o la dialéctica hegeliana. Borges, por su parte, no rechaza, avanza rizomaticamente, elaborando literariamente la estructura a la que luego la filosofía elevaría a la categoría de concepto. Borges construye el objeto en acto.
El relato dentro del relato, sin final excluyente, como en El jardín de los senderos que se bifurcan. Allí Borges (2011/1944) sostiene la ambigüedad de todos los finales posibles, sin que ninguna línea cancele a las demás. El tiempo y el espacio se expanden plegándose hacia el infinito, capturando al lector en su despliegue. La estructura funciona al modo del proceso primario, por desplazamientos y condensaciones no jerarquizadas, catectizando aquí, decatectizando allí, pero sin detenerse. Un vaivén al modo pulsional. Bordeando agujeros, dando sentidos efímeros que impulsan a nuevos recorridos sin resolución.
Si bien la mayor parte de su obra fue escrita en la primera mitad del siglo XX, sus surcos parecen anticipar las condiciones de subjetividad actual, caracterizada por la saturación de estímulos, simulacros y versiones múltiples. Mucho antes de que el mundo fuera envuelto en las redes de las redes, las operatorias algorítmicas y la aceleración digital, Borges anticipó la forma en que el individuo del siglo XXI habita la realidad, la memoria y la identidad.
Al igual que con el concepto de rizoma, Borges identificó la estructura del simulacro (Deleuze, 2005/1969), que prolifera sin necesidad de un original que lo respalde, mucho antes de que la filosofía de Deleuze interpelara los modelos de copias platónicos. El simulacro no es una copia degradada, es la afirmación de una diferencia que no necesita un modelo original para sostenerse y produce sus propios efectos de verdad.
Borges deja en claro que la identidad no es una esencia, sino una construcción narrativa, susceptible de repeticiones, y falsificaciones. En Borges y yo (Borges, 2011/1960) desdobla su figura pública en un personaje ajeno, una máscara que al escribir deja en segundo plano al individuo privado. Anticipa así, en más de medio siglo, la experiencia cotidiana de quienes administran perfiles digitales que constituyen versiones de sí mismo con escasos puntos de convergencia. Al modo del simulacro, el perfil es un enunciado que produce aquello que representa, en infinitas versiones en las que ninguna puede reclamar prioridad por sobre las demás, y no una copia degradada de una identidad previa.
Perfiles que, al igual que en Borges, prescinden del cuerpo. Los personajes borgeanos se caracterizan por ser principalmente mentales: bibliotecarios, lectores, estrategas, conciencias que piensan el mundo apenas rozándolo. Ausencia que lo digital profundiza al convertir el cuerpo en dato.
El laberinto de La casa de Asterión (Borges, 2011/1949), o la ciudad inabarcable de El inmortal (Borges, 2011/1949), sumergen al lector en la experiencia de habitar una red digital, donde cada elección genera infinitas ramificaciones que no llevan a ninguna parte. Cada click abre un sendero que hace crecer al laberinto y nos sumerge en sus entrañas. Sin embargo, a diferencia de lo que esa experiencia provoca, el laberinto borgeano no es un espacio confuso. Está organizado y contiene prediseñados todos los caminos posibles, al igual que el algoritmo que, a partir de una entrada, genera un recorrido de alternativas ya previstas. Recorrido angustiante, en tanto avizora la no existencia de un exterior al cual escapar. No se está atrapado en una red de la que no se sabe cómo salir, la propia red no posee un afuera. Ser es estar adentro.
Cuando Mark Fisher (2016/2009) acuña el concepto de realismo capitalista, y plantea que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, en tanto el sistema ha absorbido la imaginación colectiva hasta hacer imposible concebir cualquier otra alternativa, nos dice que el propio sujeto es a la vez el minotauro, el héroe y la arquitectura que los contiene.
Como en La biblioteca de Babel (Borges, 2011/1944), los modelos de inteligencia artificial generativa recorren los espacios de posibilidades ya inscritas en sus parámetros, y seleccionan, según funciones probabilísticas, la secuencia que oficia de respuesta.
El tiempo borgeano se constituye igualmente en una red de ramificaciones donde, como en El jardín de los senderos que se bifurcan (Borges, 2011/1944), todas las posibilidades ocurren simultáneamente. Al igual que bajo la operatoria algorítmica, pasado, presente y futuro están ubicados en el mismo plano de presente perpetuo que no permite anclarse a un ahora estable, construido a partir de la memoria del pasado y la proyección a futuro. El habitar una sucesión de presentes eternos, que se suceden sin producir sentido, reproduce la paradoja borgeana del tiempo circular en el que la biografía pierde su narrativa ordenada para volverse un conjunto de instantes yuxtapuestos.
Pierre Menard reescribe el Quijote palabra por palabra y, sin embargo, produce un texto diferente (Borges, 2011/1944). La identidad entre ambas versiones se disuelve en el preciso instante en que se pregunta en qué presente fueron escritas, ya que el sentido de una frase reside en la posición histórica desde la que se enuncia, y no solamente en las palabras. Menard funciona como una alegoría de la construcción narrativa de la identidad, en la que el pasado se reescribe cada vez que es evocado. Reescritura que, lejos de ser repetición o falsificación, es la forma en la que la historia tiene efecto sobre quien la recuerda.
El Quijote de Menard abre también la pregunta por la posición del enunciador, en un tiempo en el que la autoría se difumina en los laberintos de la inteligencia artificial. Los modelos de IA generativa recombinan lo ya dicho sin situarse en una posición histórica desde la cual enunciar: Menard reescribe atravesado por su historia, mientras que el algoritmo no reescribe nada, solo promedia. Ahí donde Borges ubica a la autoría como un lugar irreductible de enunciación, lo digital disuelve el texto en un no lugar.
Ireneo Funes (Borges, 2011/1944) ofrece el reverso que fundamenta esta lógica. Está condenado a recordar con extrema fidelidad. Sin capacidad para olvidar ni generalizar, está atrapado en una minuciosa percepción que le impide pensar. Cada hoja, de cada árbol, de cada día, le exige una puesta en palabra, dando cuenta de que la memoria útil es la que selecciona y distorsiona un texto sobre una trama. La memoria sin pérdidas es inhabitable. Hoy, las tecnologías de almacenamiento masivo y datificación permanente de todo lo que ocurre generan un archivo digital que actúa al modo de memoria protésica que no permite el olvido. A diferencia del cuchillero del arrabal, que en el 1900 vive de duelo en duelo, los Funes del siglo XXI vemos afectada nuestra capacidad para duelar, porque el requisito indispensable para que pueda iniciarse un trabajo de duelo es la constatación y aceptación de la pérdida. Algo que se dificulta sobremanera cuando los objetos se convierten en datos, y estos se vuelven recuperables con un par de clics.
Las superficies de las pantallas cumplen hoy una función análoga a El Aleph (Borges, 2011/1949). Devuelven al sujeto infinitas imágenes de sí mismo y versiones del mundo fragmentadas y filtradas, que se adaptan a los sesgos que la tecnología extrajo de sus conductas. La saturación de El Aleph anticipa la sobrecarga informacional contemporánea. Acceso a un todo simultáneo y desde un único punto que no permite una comprensión totalizadora. Estimulación inarticulable que no puede ser metabolizada en una narración que habilite la experiencia vincular.
Ese punto que todo lo ve desde un único lugar, sin desplazarse, anticipa la posición del usuario frente a la pantalla. Un ojo inmóvil al que el mundo entero se le entrega sin que tenga que salir a buscarlo. El mirar como forma privilegiada de habitar el mundo.
Tlön, Uqbar, Orbis Tertius narra el proceso por el cual un simulacro que se repite con suficiente insistencia se impone como relato oficial, sin permitir identificar cuál es el original del que parte la copia (Borges, 2011/1944). El orden de causalidad entre el modelo y la copia se vuelve irreconocible. Como los objetos de Tlön, que empiezan a aparecer aún antes de que termine de escribirse la enciclopedia que los inventa, el algoritmo propone un anhelo antes de que el sujeto pueda elaborarlo. Da lo que se quiere aún antes de articular el deseo. Ilusión de omnipotencia (Winnicott, 1971) que pretende eliminar la frustración de la experiencia cotidiana, pero sin una madre suficientemente buena que sostenga. El algoritmo repite la aparición del objeto pero suprime la exposición a la falta y el sostén que posibilita dicha experiencia. De este modo la ilusión se prolonga en un espacio infinito sin posibilidades de salida.
Al igual que los personajes borgeanos, que no logran salir de la biblioteca, rodeados de información pero sin certezas, el individuo actual es bombardeado por discursos fragmentados que dificultan la construcción de una narrativa coherente en la cual, realidad y ficción, no son términos en disputa sino la materialización de la ausencia de límites.
El algoritmo opera con rigor de ajedrecista (Borges, 2011/1944), consistente en el interior de su lógica y ajeno a cualquier instancia que lo trascienda. La humanidad, encantada por esa consistencia, lo recibe como si se tratara de un rigor angélico que revela la verdad sobre el deseo, cuando apenas es un engranaje preciso de reglas que se despliegan sobre el tablero de una interfaz. El algoritmo, devenido dios, mueve tanto al jugador como a la pieza (Borges, 2011/1960), en una trama diseñada por hombres situados en la cúspide de las estructuras de poder.
Borges imaginó pliegues y bifurcaciones infinitas como figuras de un exceso que ningún sujeto puede abarcar. Exceso que, a modo anticipatorio, permanecía del lado de la literatura, resguardado por la distancia que separa la ficción de la experiencia cotidiana. Pero la realidad digital disuelve esa distancia y convierte la enciclopedia total, la memoria sin olvido de Funes, la bifurcación infinita de los jardines, en la textura propia de lo cotidiano. Lo que en Borges era metáfora del límite humano frente a lo ilimitado, hoy se presenta como superestructura.
En el transcurso de los próximos años podremos quizás develar si el sujeto que habita esa superestructura conserva algo del vértigo que Borges reservaba a sus lectores, o si el exceso, vuelto rutina, ha abolido ya la capacidad de inquietar.
Borges, J. L. (2011). Ficciones. Debolsillo. (Obra original publicada en 1944).
Borges, J. L. (2011). El Aleph. Debolsillo. (Obra original publicada en 1949).
Borges, J. L. (2011). El hacedor. Debolsillo. (Obra original publicada en 1960).
Deleuze, G., y Guattari, F. (2004). Mil mesetas: Capitalismo y esquizofrenia (J. Vázquez Pérez y U.
Larraceleta, Trads.). Pre-Textos. (Obra original publicada en 1980).
Deleuze, G. (2005). Lógica del sentido (M. Morey, Trad.). Paidós. (Obra original publicada en 1969).
Fisher, M. (2016). Realismo capitalista: ¿No hay alternativa? (C. Iglesias, Trad.). Caja Negra. (Obra original publicada en 2009).
Winnicott, D. W. (1971). Realidad y juego. Gedisa.