A través de un riguroso recorrido histórico y conceptual, el autor explora la vigencia y profundidad del trauma primario en la obra de Winnicott. El artículo analiza la paradoja de la relación interno-externo y ofrece herramientas conceptuales para el abordaje clínico de los sufrimientos originarios en la primerísima infancia.
La historia de los desarrollos psicoanalíticos le debe a Winnicott haber recuperado, entre otros autores en la década del 60’, el concepto de trauma en la teoría y la clínica. Iluminó muy especialmente su importancia en la primerísima infancia.
Nuestro querido autor situó la idea del trauma en la primerísima infancia vinculándolo al lazo materno temprano o a la familia, al ambiente, es decir, a lo otro del niño, a los otros del niño. Participó así entre otros autores de la generación de un nuevo paradigma para comprender la constitución de la subjetividad y sus vicisitudes al introducir las funciones de la madre al afrontar su vínculo con el niño. Con esta perspectiva se amplía el enfoque freudiano sobre el trauma puesto en la sexualidad para extenderlo a la constitución original del narcisismo del sujeto y los daños y alteraciones producidos en dicha instancia psíquica y su estructuración temprana.
No obstante, destaquemos que el último Freud indica como traumáticas las mortificaciones narcisísticas además de las impresiones y vivencias sexuales. Sin embargo, las puntuaciones importantísimas acerca del trauma a partir de 1920 poniendo de relieve el punto de vista económico debieron esperar muchos años para comenzar a recuperarse en los estudios psicoanalíticos.
Con el abandono de la teoría traumática por el fundador del psicoanálisis el concepto de trauma prácticamente desapareció de las publicaciones psicoanalíticas salvo contadísimas excepciones (como Ferenczi y Fenichel entre los pocos) hasta comenzar a recuperarse recién en los años 60’ por parte de autores enmarcados en la psicología del yo y del psicoanálisis francés no lacaniano.
El concepto de trauma está ausente en la obra de Melanie Klein y en el primer Lacan y dichas ortodoxias marcaron varias generaciones de psicoanalistas en la Argentina. Debemos a Silvia Bleichmar la reintroducción en Argentina del concepto de trauma especialmente en el psicoanálisis de niños con sus desarrollos freudianos siguiendo las ideas de Laplanche.
A partir de los años 80’ el concepto de trauma prolifera en las publicaciones psicoanalíticas tanto en los desarrollos en castellano, en inglés y en francés, revisitando precisando y ampliando sus alcances teóricos y clínicos. Sin duda colaboraron en dicha recuperación las presentaciones y dificultades clínicas que no podían entenderse únicamente con los paradigmas estándar vigentes hasta esos momentos.
Sin entrar aquí en detalles de los pasos que siguieron las ideas al recuperar dicho concepto puntualicemos que Masud Khan en su artículo “El trauma acumulativo” publicado en 1963, es el primer autor que revisa lúcida y minuciosamente las etapas del concepto en la obra de Freud. Además, apoyándose en diferentes desarrollos de la psicología del yo y los trabajos de Winnicott sobre la función materna discrimina las fallas de esta función precisando formas del trauma. Subraya los fracasos en el rol de protección contra las excitaciones del lado de la madre discriminando variadas modalidades de lo traumático e introduce su idea del trauma acumulativo. Indiquemos que lo piensa a partir de pacientes adultos y para entender los efectos posteriores del trauma en la infancia. Tal vez su artículo haya influido en el mismo Winnicott dado el vínculo entre ambos autores pues los escritos de este último acerca del trauma son poco posteriores al de Khan. O quizás las ideas que comienzan a tomar centralidad en una época se diseminan e influyen sobre los autores contemporáneos.
Como es sabido las últimas teorizaciones de Freud acerca del factor traumático se caracterizan por la intensidad de excitación que no puede metabolizarse. Un dolor que no cesa o un estado de necesidad que no alcanza satisfacción, en términos cuantitativos, que deja al sujeto en un estado de desvalimiento, desamparo, indefensión e impotencia. En Freud estas experiencias serían lo más hondo de las vivencias subjetivas del sufrimiento traumático.
Winnicott descubre un más hondo aún en el vivenciar subjetivo producto de las vivencias traumáticas de la primerísima infancia, antes del acceso a la palabra en el niño, en las que el entorno, la familia, la madre, han fallado en su función de sostén. Las vivencias que Freud caracterizara como angustia automática o traumática en varias de sus modalidades (pánico, terror, horror, espanto, ominoso, etc.) puntualizan el punto de vista económico. Winnicott introducirá una perspectiva cualitativa de las vivencias efecto de las fallas primarias resultantes de la falta de sostén del entorno, conceptualizándolas como agonías, angustias impensables, desintegración, caída interminable, escisión somática, desparramarse en todas las direcciones, desorientación, pérdida de una relación directa con los objetos, pérdida de la continuidad existencial o despersonalización, según los casos.
Entre tantas consideraciones que se abren respecto a este tema focalizaremos dos aspectos a partir de estas consabidas consideraciones.
Por un lado, la relación interno-externo en la situación traumática que Winnicott nos permite pensar de un modo original.
Y por otro, lo que denomina traumas sutiles primarios que para los bebés suelen ser peores que los traumas severos.
1. La relación interno-externo
Abordemos dos definiciones originales de Winnicott acerca del trauma entre las varias acepciones que plantea.
– es “aquello que quiebra la idealización de un objeto por el odio de un individuo, reactivo frente a la falta de ese objeto en lo que atañe a cumplir su función”.
– “…es la destrucción de la pureza de la experiencia individual a raíz de la intrusión de un hecho real demasiado súbito e impredecible y del odio que genera en el individuo, odio hacia el objeto bueno, que no experiencia como odio sino, en forma delirante, como ser odiado” (Winnicott, 1965).
Desde esta perspectiva el trauma no es ni interno ni externo, y es interno y externo al mismo tiempo, paradoja, primera puntuación. Lo externo: un objeto falla en cumplir su función. La falla real, intrusiva en la experiencia subjetiva de continuidad, sostenida en el lazo con la madre, produce un efecto interno: quiebra la idealización del objeto bueno. Sin embargo, además dicha idealización es quebrada, destruida, por el odio del sujeto, reactivo a la falla externa. Winnicott nos ofrece aquí una dimensión activa en la reacción al trauma y no solo pasiva, que también lo es pero siendo esta última la que se tiende a enfatizar entre los efectos. Otra transformación más: el odio no se experiencia como interno sino como ser odiado en un modo ya defensivo de transformación de lo activo en pasivo.
Señalamos la importancia de tener presente dicho odio en su dimensión activa y la experiencia de ser odiado, pasiva, para ser trabajado en la clínica. Es una vía que puede acompañar al trabajo sobre los efectos padecidos del orden del dolor, agonías, etc.
2. Traumas primarios sutiles y mudos
Hay traumas primarios severos y llamativos pero tomaremos esta referencia de traumas primarios sutiles de Winnicott que nos permite conjeturar desde nuestra experiencia clínica y también compartida sobre situaciones mudas, cuyos efectos aparecen a posteriori pero con efectos tempranos en la primera infancia. Asistimos con mucha frecuencia en la actualidad a sintomatologías y déficits graves en el desarrollo temprano (clasificados en la actualidad por el DSM V ‘trastornos del espectro autista’) y que resultan producto de alteraciones significativas en la constitución subjetiva y la estructuración psíquica.
Retomemos otra referencia del último Freud. El trauma produce dos tipos de efectos: positivos y negativos. Positivos: que la vivencia se repita, se reviva, se recuerde, que insiste como compulsión de repetición. Negativos: reacciones de defensa, impedir que la vivencia se repita, se reviva, también de carácter compulsivo.
En los casos señalados estaríamos ante un predominio de defensivas primarias y extremas en las que hubo una mudez de lo acontecido en el vínculo temprano tanto del lado de la madre como del lado del niño, pero que retorna tiempo después en el desarrollo subjetivo en los niños pequeños con alteraciones, ahora llamativas, en el lenguaje, desarrollo cognitivo, aislamiento, desconexiones en el vínculo con los otros, etc. La hipótesis que formulamos para su investigación es que ha habido algo vivido por el niño en su lazo con la madre, que no fue registrado o fue negado o denegado. Un modo instalado y vivido en el vínculo de modo permanente. Decimos algo vivido pero recalcando que no se trata de un evento puntual traumático sino de un modo de lazo permanente fallido que se instala en el vínculo produciendo afectos dolorosos silenciosos que son ahogados repetidamente como modo defensivo. Así va constituyéndose paulatinamente una organización psíquica con el predominio de defensas tempranas extremas con efectos patógenos. Abordado por enfoques puramente cognitivistas el niño recibe tratamientos para mejorar el déficit de sus perfiles instrumentales del desarrollo confirmando y reafirmando más aún las negaciones del factor traumático que ha estado en el origen.
Mudo del lado del niño y mudo del lado del ambiente, de la función materna, de las funciones parentales. Mudos los fallos del lado materno en la complejidad de sus funciones: deseo, apego, empatía, sostén, presencia, entonación afectiva, etc. En el psiquismo del niño va operando una escisión temprana para defenderse de los afectos dolorosos intensos, penosos, agónicos. El sujeto ha sido confrontado a experiencias primarias de este carácter y las mismas no han podido ser subjetivadas. Rousillon ha contribuido a profundizar este tema señalando que el trauma concierne a todo lo que pueda romper la simbolización y con ella la apropiación subjetiva. En estas experiencias primarias toda la vida y la vida psíquica está amenazada, experiencias de extrema amenaza que comportan una vivencia potencial de aniquilación, de afectos extremos de dolor.
El trauma es una situación vivida como si no tuviera salida del lado de sus propios recursos internos y sin recursos externos y con una vivencia de soledad que en la primera infancia no es registrada. Pero en el trauma primario dicha situación somete a un sujeto en situación de dependencia extrema. En la primera infancia es vivida sin un sujeto que sepa de ella ni de sí mismo. Es decir, en la medida en que su subjetividad en constitución depende del lazo con los otros, la intrusión traumática conmueve el frágil self del sujeto en ciernes y lo sume en la desintegración, dolor y agonía.
Confrontado de modo permanente en un lazo de dependencia extrema con estas repetidas situaciones se pone en acto una defensa extrema: el sujeto se retira de sí mismo, se retira de su experiencia subjetiva, es una forma del clivaje. El sujeto se desgarra retirándose, como si desubjetivara la experiencia. Hace como si no hubiera tenido lugar y efectivamente no ha tenido lugar para él. Como señala Winnicott al indicar que en el miedo al derrumbe se trata de un derrumbe ya ocurrido en una etapa en que no había sujeto aún para registrarla. Pero en estos casos de niños pequeños no hay síntomas manifiestos de miedo al derrumbe sino los déficits que señalamos en su desarrollo. Que son alterados cada tanto por ataques de angustia extrema que se disparan ante situaciones puntuales y que son modos de la vivencia de derrumbe actual experimentado y por eso traumático y es por ello que lo diferenciamos del miedo a un derrumbe por ocurrir aunque se trate del ya experimentado.
La sintomatología en estos casos de déficit es variada en sus manifestaciones dependiendo de las capacidades parentales de registrar a tiempo e ir compensando dichas fallas tempranas. En dichos trastornos predomina como compulsión de repetición la operación defensiva, la desconexión parcial con la realidad, fallas en la constitución de las representaciones, la desconexión con su propio cuerpo, desconexión con su propia subjetividad, con los otros y de sus propios estados afectivos. Pero también estos niños, como señalamos, presentan una vulnerabilidad afectiva en la que retornan compulsivamente situaciones de angustia extrema, gritos, dolor y llantos intensos ante frustraciones banales, o ataques de furia y odio que se alternan con estados afectivos distantes con los otros y la realidad.
Partimos de la idea de que con lo traumático el psiquismo recibe el impacto de lo real y se trata en la clínica de abordar lo que se considera actualmente fuera del campo representacional para construir las representaciones y simbolizaciones ausentes y favorecer una neogénesis psíquica.
Acerca de las representaciones y la simbolización, Rousillon ofrece una perspectiva que amplía su comprensión teórica. Según su punto de vista no habría ausencia completa de representaciones en estas situaciones extremas de impacto de lo real. El modo de representación sería una representación por el afecto y por formas de afecto extremas. Estaríamos ante representaciones perceptivas, sensoriales, en acto, poco desplegadas, en las cuales la diferenciación entre el afecto y la representación no tiene pertinencia. La simbolización es una representación que ‘se sabe’ ser representación. Y existen representaciones que no se saben que ellas son representaciones. La simbolización es así una representación reflexiva. El proceso de subjetivación es planteado como una transformación, en la que la simbolización permite el devenir Ich, dónde Ello era, es decir, devenir sujeto.
Ahora bien, el devenir sujeto pasa por este proceso de subjetivación y de apropiación subjetiva y el sujeto no podría hacerla solo, deberá pasar por el otro, en este caso el analista. Aquí vendría la idea de Winnicott del analista como objeto a ser usado. Prestándose el analista, como un objeto-otro sujeto, para que la compulsión de repetición (tanto de lo traumático vivido como de la defensa) favorezca su despliegue en el dispositivo analítico e ir convirtiendo dichas puestas en acto en representaciones, en escenificaciones, que a su vez devengan simbolizaciones que permitan una apropiación subjetiva. La transformación del sujeto, el devenir sujeto, deberá pasar por el encuentro con los objetos-otros-sujetos, por el reencuentro con los analistas, con los clínicos, con los agentes importantes de su vida. Aquí se abriría necesariamente además un trabajo clínico de profundización con la madre, con los padres, con el ambiente, pero sería objeto de otro trabajo.
Notas
1 CARLOS EDUARDO TKACH. Dr. en Psicología, UBA . Asociación Psicoanalítica Argentina.
Bleichmar, S. (1993). La fundación de lo inconciente. Amorrortu.
Fenichel, O. (1945). The Concept of Trauma in Contemporary Psycho-Analytical Theory, Int. J. Psychoanal., (26):33-44.
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