
Aunque el libro trata diversos temas a partir de un conjunto también variado de conceptos, hay una hipótesis que hace de punto de partida. Sostengo que el psicoanálisis restituye al sujeto en la comprensión de los fenómenos sociales, colectivos, políticos e históricos, y lo que intenté hacer en el libro fue examinar las consecuencias que se derivan de esa proposición.
En primer lugar, esto me llevó a pensar cómo se combinan la producción social de la subjetividad y la producción psíquica de lo social. La primera alternativa, la que trata sobre cómo lo social es productor de subjetividad, es más conocida, y ha sido extensamente trabajada por diferentes cientistas sociales. Por eso, intenté darle mayor densidad a la otra perspectiva, la de la producción psíquica de lo social, que es consecuente con la propuesta de que el psicoanálisis restituye la subjetividad en el análisis de los hechos sociales. Esto quiere decir que intenté pensar en un sujeto activo, no solo subjetivado culturalmente, no solo pasivamente modelado por la sociedad, sino también como un sujeto productor activo de la cultura y de la sociedad.
Asimismo, rescato que los principios que Freud aplica a la psicología de los pueblos son los mismos que aplica a la comprensión de un caso clínico. Esta semejanza, o esta relación entre caso singular y pueblo, no es una cuestión menor.
De hecho, otro de los conceptos freudianos que atraviesa el libro, y que es fundamental para comprender la psicología de los pueblos, es el de filogénesis o herencia arcaica. En efecto, Freud dice que con esta hipótesis podemos tender un puente sobre el abismo entre el individuo y el pueblo, entre lo singular y lo colectivo. Más allá de todo lo que entraña la hipótesis filogenética, me resultó muy significativo que Freud aludiera a construir un puente sobre un abismo. Dicho de otro modo, mientras hay quienes profundizan el abismo, a partir de entronizar el individualismo, la relación entre sujeto y pueblo supone construir puentes. Me refiero a los puentes entre el individuo y el grupo, entre el sujeto, la masa y el pueblo, a los puentes entre las generaciones, en la historia de la especie, entre los antiguos pueblos y los modernos y, como decía Freud, entre el niño, el paciente y el hombre primitivo. Recordemos que Wilfred Bion sostuvo que “sepultada en el paciente se halla una antigua civilización”.
Otra cuestión que tiene centralidad en el libro es la de la afinidad y la diferencia: qué lugar darle a cada una y cómo pensar los nexos entre lo afín y lo diferente. Por ejemplo, si deseamos caracterizar a un pueblo, ¿es pertinente destacar los rasgos o caracteres comunes? ¿O, más bien, conviene rescatar las diferencias, la irreductible heterogeneidad?
Todas estas cuestiones cobran relevancia, por ejemplo, para pensar asuntos como el relativismo cultural, el universalismo, el nacionalismo e, incluso, el racismo.
Es decir, pensar la psicología de los pueblos exige sostener ciertas tensiones irreductibles, entre sujeto y sociedad, entre afinidad y diferencia, entre producción psíquica de lo social y producción social de la subjetividad, y por eso importa tanto en esta materia otra irreductibilidad, la de los antagonismos y las ambivalencias.
Al fin y al cabo, como dice Rosa Montero en el libro El peligro de estar cuerda: “Hay dos afirmaciones opuestas que sin embargo son igualmente válidas, porque la vida es contradictoria y paradójica, y esas afirmaciones son: Verdad número uno: Todos somos iguales. Verdad número dos: Todos somos diferentes”.
Por eso planteo que no es posible arribar a una conclusión unificante y entonces propongo distinguir, epistemológicamente, cuatro niveles superpuestos de análisis: lo universal, lo general, lo particular y lo singular. Por ejemplo, nos encontramos en el nivel singular cuando examinamos un ritual o una costumbre específica. En cambio, estamos en el nivel particular cuando deseamos conocer un determinado pueblo, como el gitano, el judío, el pueblo peronista, un pueblo originario, etc. A su vez, estamos en el nivel general cuando hacemos una teoría sobre un tipo de organización social, el totemismo, el populismo, etc. Finalmente, estamos en el nivel universal cuando consideramos la psicología de los pueblos en el marco de la especie humana.
Asimismo, Freud sostuvo que el pueblo se constituye a partir de la unión de muchos débiles y de potencia desigual, es decir, se refirió a la unidad de las diferencias. En rigor, no se trata aquí solo de la heterogeneidad de un pueblo, sino que la referencia a la debilidad y a la potencia desigual supone que en política se trata de afrontar las fragilidades de la existencia y luchar contra toda ilusión de omnipotencia.
De todos modos, si bien la unidad de muchos débiles y de potencia desigual es la forma de oponerse al poder del más fuerte, dice Freud que la tarea de la unión no acaba allí, pues, “nada se habría conseguido si se formara solo a fin de combatir a un hiperpoderoso y se dispersara tras su doblegamiento”.
También tomo el concepto trauma, que relaciono con los conceptos de rasgos de carácter y de transmisión intergeneracional, porque ese conjunto de conceptos es muy importante para la psicología de los pueblos. Y para este punto, tomo en cuenta los desarrollos de Freud, de Maldavsky y de Ariel Wainer.
Un trauma no indica únicamente un daño singular o colectivo producido en un determinado momento histórico, sino que el trauma deja una marca latente, sofocada, que será material para su retorno por vía de la compulsión a la repetición.
Dicho de otro modo, que el pueblo surja de la unidad de las diferencias, significa también que está permanentemente expuesto al riesgo de la fragmentación, al retorno de las divisiones anteriores a la unidad.
A modo de síntesis, puedo agregar que hay capítulos sobre la fundamentación freudiana del populismo; uno sobre el pánico en el cuerpo social; una relectura de Psicología de las masas y análisis del yo para mostrar que, lejos de descalificar a las masas, Freud valoraba los movimientos de masas; hay otro capítulo con una lectura detallada de El porvenir de una ilusión, en el que planteo que más que un texto sobre la ilusión religiosa, es un estudio sobre el drama del ser humano cuando no comprende sus vínculos ni con la naturaleza, ni con sus semejantes, ni con la realidad. En ese mismo capítulo estudio y distingo qué es cultura, cambio cultural, logro cultural y cambios en la subjetividad. Hay otro capítulo bastante inicial donde planteo las diferencias epistemológicas entre sociología y psicoanálisis; un capítulo donde me pregunto si podemos pensar que psíquicamente, además de la construcción del yo, se da luego la construcción del nosotros. Hay un capítulo sobre la filogénesis y un capítulo sobre la historia de mi abuela paterna que, además, continúa en otro capitulo donde reflexiono sobre los caracteres del pueblo judío.