La autora propone una interesante mirada psicoanalítica sobre "Funes, el memorioso” a 40 años del fallecimiento de su autor, Jorge Luis Borges. Un texto esclarecedor que se pregunta, a partir de este personaje, sobre la memoria y el olvido y los recuerdos desde la perspectiva del aparato psíquico de Freud.
“…la literatura es un arte que sabe profetizar aquel tiempo en que habrá enmudecido, y encarnizarse con la propia virtud y enamorarse de la propia disolución y cortejar su fin.” — J. L. Borges (1931)
Esta frase premonitoria de un tiempo donde la palabra se encuentre con sus límites y sus posibilidades parece anticipar un futuro que bien podría ser nuestro presente.
En una época donde las comunicaciones prescinden gradualmente de la palabra, el sujeto también parece estar cada vez más enmudecido. Stickers, emojis y reels pueblan nuestras interacciones y la palabra pierde progresivamente su función expresiva y estructurante. En este contexto mediatizado por lo digital y el algoritmo, la pregunta por el sujeto de deseo nos causa y nos mantiene alertas ante un mundo virtual e ilimitado.
La pluma de Borges nos habla del sujeto y se sirve de la palabra (muy pocas, no necesita muchas) para bordear el vacío, eso que el exceso de imágenes que consumimos actualmente intenta desmentir. Conduce a sus personajes por laberintos hasta el momento donde algo ocurre. No se pierde en sus biografías, sino que le interesa ubicar ese instante en su historia donde hay un antes y un después que produce un efecto subjetivo, o su vacilación.
Su obra es una invitación a observar lo infinito y a concebir el tiempo como una red con futuros alternativos. Es un intento de comprender el caos a través del lenguaje para lo que propone la enciclopedia como una tentativa de registrar y compilar el universo. Pero también, presenta la memoria como ese mismo intento desde lo más íntimo y propio del sujeto.
En un cuento que escribe en 1942, “memoria” e “infinito” se conjugan procurando dar cuenta de qué se trata “…encarnizarse con la propia virtud y enamorarse de la propia disolución y cortejar su fin.” Relata en “Funes el memorioso” cómo sería poseer una memoria infinita y cómo, esta capacidad, no sólo es su don sino, también, su perdición.
¿Quién es Irineo Funes? Un joven de Fray Bentos a quien le cambia la vida por completo al sufrir un accidente que lo deja tullido. Pero algo asombroso acontece a partir del golpe: comienza a recordar todo, cada hoja de cada árbol o la forma de las nubes de cada atardecer. También adquiere una notable facilidad para aprender idiomas. Funes consideraba como algo ventajoso aquel golpe que lo había dejado prácticamente inmóvil, porque su percepción y su memoria se habían vuelto infalibles. Pero esta ampliación descomunal de su memoria y de su percepción era justamente lo que le impedía pensar, ya que pensar requiere generalizar y olvidar diferencias. Lo excesivo en su memoria también alteraba su relación con el tiempo: el presente quedaba anulado por recordar cosas del pasado con la misma intensidad que las percepciones actuales. Este talento sorprendente, lo mantenía insomne todo el día.
Funes, permanente inspiración
Pocos personajes literarios como Funes y su memoria infinita, han despertado tanta curiosidad en mí y han sido una fuente constante de interrogantes a lo largo del tiempo.
La idea de escribir para este número de la revista sobre “singularidad” y “época” y celebrar a Borges en el 40° aniversario de su fallecimiento, me trajo el recuerdo de algunas preguntas que fueron disparadoras de un escrito en mi carrera de grado.
En esa ocasión y en ese contexto, tomé a Funes y su memoria ilimitada como punto de partida para intentar esbozar algunas diferencias estructurales entre neurosis y psicosis. Partiendo de considerar a la represión como el mecanismo princeps en la neurosis, (mecanismo que posibilita el olvido) y ubicando en Funes algunos puntos de certeza previos al accidente (como saber la hora exacta sólo con mirar el cielo), me preguntaba: si el olvido es expresión en la conciencia de la acción de la represión como defensa ¿qué estructura podemos suponer en un aparato psíquico que no puede olvidar? La imposibilidad de olvidar, de reprimir, ¿es suficiente para considerar una estructura del lado de la psicosis? ¿Es la memoria de Funes la mostración del inconsciente a cielo abierto donde sus contenidos se rigen por el proceso primario sin la organización propia del secundario? ¿O sólo se trata de pura conciencia en un aparato arrasado por los estímulos externos?
Hoy, más de 30 años después, Funes me sigue interrogando, y continúa asombrándose con su capacidad anticipatoria sobre algunos fenómenos epocales que atraviesan la subjetividad en nuestro tiempo. El poseer una capacidad descomunal para acumular datos ¿hace a un sujeto humano un memorioso? ¿Tiene un sujeto como Funes la capacidad de historizar ese acopio de datos que es su memoria? ¿Es posible pensar la memoria de Funes en un sujeto humano más allá de su estructura clínica?
Funes, el doble de Borges
A través de la tragedia de Funes, Borges explora el infinito configurado en el psiquismo humano, y construye este personaje probablemente inspirado por algunos eventos autobiográficos. El año 1938 -cuatro años antes de escribir este cuento- fue un año muy significativo en su vida: muere su padre, por quién sentía una especial admiración, y tiene un accidente en la cabeza que le provoca una severa infección dejándolo al borde de la muerte. Estos eventos lo marcan profundamente y podemos observar algunas trazas de ellos en la construcción de Funes.
Así como Funes a partir de su accidente, Borges pasó mucho tiempo solo en su casa durante su infancia. Vivía por entonces en un barrio considerado marginal (Palermo), con lo cual salía esporádicamente a la calle. Poseía, como Funes, gran facilidad para los idiomas y aprendió varios a lo largo de su vida. Ha comentado en su autobiografía: “si tuviera que señalar el hecho capital de mi vida, diría la biblioteca de mi padre” (Borges, J.L., 1970, pág 23), biblioteca que concebía como un universo infinito y que intentó ilustrar como la enciclopedia, el libro de todos los libros. El infinito queda figurado en el universo mental de Funes en su memoria ilimitada. Tenía, como éste, grandes dificultades para dormir; pasó muchas noches de insomnio en las que, tal vez, habrá imaginado la experiencia abrumadora de poseer una memoria infinita. Borges, que era muy torpe físicamente, crea en Funes un personaje tullido pero soberbio y orgulloso, al punto de valorar el don de su memoria como una suerte y, su invalidez, como un precio que debía pagar por tener este don. Como Funes con su don, Borges estimaba que desde su accidente se había convertido en un mejor escritor.
Tanto Funes como Borges sufren un accidente que marca su vida como un antes y un después. Pero a diferencia de Funes, la memoria personal de Borges era muy falible y confusa, por lo que su vida privada terminó siendo convertida por él mismo en relatos fantásticos. Dice: “Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con el infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro” (Borges, J. L., 1960). Construye su memoria en este juego constante con el doble, inventando su pasado no como vivencias sino como una gran acumulación de letras, citas y versos que pueblan su biblioteca mental, como una construcción poética que transforma su propia biografía en mito. Algo similar a la memoria de Funes pero, en este último, en su universo no hay metáfora sino literalidad pura, un archivo de datos.
Borges y el psicoanálisis
En su obra de ficción podemos encontrar nociones que dialogan profundamente con conceptos psicoanalíticos como el doble, el laberinto, el olvido y la memoria, pero lo que realmente Borges consideraba como una mitología ficcional era el psicoanálisis. Lo concebía como una de tantas supersticiones del siglo XX y desconfiaba de la idea de que existiera un sentido oculto y profundo en el psiquismo que un psicoanalista debiera descifrar. Mantenía una postura irónica y distante con el psicoanálisis freudiano. Prefería lo que estaba en la superficie del texto y del juego literario, las estructuras infinitas y aquello que le da borde a lo ilimitado. Parecía más cercano a la estructura del significante y los límites de lo real ¿Podría haber concebido un inconciente tal como lo postula Lacan?
Su escepticismo personal lo mantuvo al margen de la corriente freudiana que invadió la escena porteña de su tiempo. Sin embargo, para el psicoanálisis, la memoria de Funes es una invitación a pensar sobre temas fundamentales de la disciplina, como la función del recuerdo y del olvido y el rol que cumple la memoria en la constitución del aparato psíquico.
¿Qué nos dice el psicoanálisis sobre la memoria?
Freud (1950/1895) concibe la memoria como un sistema de huellas, marcas de nuestras percepciones impresas en el inconciente, que organizan la manera en que percibimos,deseamos, recordamos y olvidamos. Es una noción fundamental ya que es lo que estructura el aparato psíquico.
Dice que, el aparato tiende a descargar la excitación que recibe para reducir el displacer, pero una parte de esa excitación debe conservarse con el fin de preservar al aparato investido. De las impresiones que percibimos quedan huellas que permanecen y continúan produciendo efectos en el psiquismo; son alteraciones en los elementos cuya función será la memoria.
Las huellas mnémicas se relacionan entre sí a través de facilitaciones al ser recorridas repetidamente por una excitación. Las facilitaciones son caminos trazados por las excitaciones que determinarán el recorrido de futuras excitaciones. Además, las huellas pueden asociarse por semejanza o simultaneidad, formando un mapa psíquico por donde circularán las reinvestiduras. Freud (1950/1895).
La memoria, entonces, no funciona como un simple depósito de recuerdos, sino como una estructura que determina la manera en que procesamos nuevas percepciones. Marcará el camino de las reinvestiduras que ingresen al aparato, orientando las excitaciones en busca de una satisfacción que intenta reencontrar algo de una primera satisfacción perdida. Aunque ese reencuentro nunca podrá producirse completamente, el deseo continuará movilizando al aparato para intentar lograrlo. Entonces, si el aparato estuviera facilitado de igual forma en toda su extensión, no se daría la predilección por un camino. A su vez, si todos los elementos opusieran alguna resistencia al recorrido del estímulo, no sería posible construir memoria, ya que ningún elemento habría sido alterado. Es por ello que memoria y deseo se encuentran profundamente relacionados. Freud (1950/1895).
Para Freud, las huellas pertenecen al inconsciente, mientras que en la conciencia se manifiestan mediante el recuerdo y el olvido. No todas ellas podrán hacerse conscientes ya que la represión y otros mecanismos defensivos determinarán qué contenidos podrán acceder a la conciencia como recuerdos y cuáles permanecerán inconscientes, aunque desde allí sigan produciendo efectos. Si concebimos un aparato dividido por la represión, movilizado por el deseo, y gobernado por las pulsiones, podemos pensar que no olvidamos ni recordamos cualquier cosa ni de cualquier manera, ya que, como mencionamos, no todo el material será admisible por la conciencia aunque esté impreso en las huellas mnémicas.
Entonces, para Freud (1899), recordar no significa recuperar el pasado cuál copia fiel. Los recuerdos pueden ser transformados por la fantasía y convertirse en recuerdos encubridores. Incluso aquello que no pueda recordarse puede manifestarse en la conciencia mediante actos. Freud (1914) Por eso, una parte de lo reprimido podrá recuperarse, mientras que otra permanecerá inaccesible.
El olvido como un imposible
Dado este recorrido a través de algunas ideas freudianas sobre la constitución del aparato psíquico, y postulando a la represión como la fundadora de un saber inconciente del que el sujeto nada sabe, y al que sólo se puede acceder a partir de sus retoños, ubicamos a la memoria como su arquitecta. Entonces, ¿podemos aseverar, desde los postulados psicoanalíticos, que Funes era un memorioso sólo por el hecho de poder recordar todo? Sin la posibilidad del olvido y de las asociaciones entre huellas que organicen y jerarquicen el material mnénico, ¿podemos suponer un sujeto dividido por el deseo si las reinvestiduras no cuentan con marcas hacia dónde regresar, en un aparato dónde no hay vacío alguno que cause su movimiento? ¿Son sus recuerdos formaciones de un inconciente o meras expresiones de huellas desafectivizadas?
A partir del accidente, en el mundo de Funes, no había sino detalles casi inmediatos. “Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso.”. (Borges, J. L. 1946) En un psiquismo arrasado por las cargas descomunales que recibía del exterior, su memoria era algo tóxico, propio de un aparato completamente facilitado. Poseer una memoria infinita y una percepción absoluta, tenía un costo capital, el no poder pensar, “pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer”. (Borges, 1946) Al recordar todo estaba impedido de razonar, y tan incapacitado como si no recordara nada.
El “cronométrico” Funes (Borges, 1946), era capaz de recordar cada palabra y cada hecho, tanto presente como pasado, pero vivía prisionero de sus recuerdos. Estos le impedían realizar abstracciones, con lo cual, tampoco podía soñar o imaginar. “Mis sueños son como la vigilia de ustedes”. (Borges, 1946), refiere. Los excesivos estímulos que recibía su psiquismo lo mantenían despierto todo el día y su memoria era algo abrumador, como una metáfora del insomnio. “Dormir es distraerse del mundo” (Borges, 1946). Su psiquismo estaba poblado de datos que no era capaz de analizar y lo percibido era acumulado sin orden ni jerarquía. “Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras” (Borges, 1946). Tampoco podía formular conceptos al ser “incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente).” (Borges, 1946), nos dice el narrador.
Su memoria lo saturaba y separaba de todo y de todos. El exceso de realidad, en la que él participaba como un mero espectador, lo destruye: muere a los 19 años, colapsado por un edema pulmonar, sólo en una habitación oscura, ahogado y aislado, como una metáfora de su memoria en un psiquismo arrasado y completamente inundado de estímulos.
Elogio del olvido
“El olvido es la única venganza y el único perdón”—Jorge Luis Borges
Borges, con su extraordinaria capacidad para condensar ideas complejas en pocas palabras, propone al olvido como una forma de libertad, esa de la que el memorioso Funes no puede gozar. En esta frase donde menciona dos nociones que podrían resultar antagonistas como “venganza” y “perdón”, las reúne a partir de una misma acción: olvidar. Elogia al olvido como aquello que hace posible la indiferencia, la peor forma de castigo, y, a su vez, lo postula como el mayor acto subjetivo de liberación, al permitir desprenderse genuinamente del daño sufrido.
En Funes nos habla de la tensión entre memoria y olvido, donde en lugar de considerar a la memoria ilimitada como un don, presenta al olvido como una posible salvación.
El olvido para el psicoanálisis también es algo crucial. Lejos de ser concebido como un fracaso de la memoria, es la expresión de un mecanismo de defensa que marca un indicio a través del cual podemos tener acceso a lo reprimido.
Freud no sólo observó en el olvido la posibilidad de acceder a lo inconciente, sino que también lo hizo a partir de los tropiezos, encrucijadas y detenciones en el discurso de sus pacientes. Infirió, a través de la textura del texto, algo más allá de las palabras, algo que la mera exteriorización de datos no puede revelar.
Un aparato que no puede olvidar ni equivocarse es un aparato sin textura, donde no hay remiendos ni rasgaduras. Es justamente en esas roturas donde será posible que el otro pueda entrar, más o menos acomodado, siempre de forma fallida. Funes no olvida ni falla, tampoco hay otros que puedan habitar su mundo. Es él y sus recuerdos, prisionero en el loop de su memoria ilimitada como un lugar mortífero.
Como sujetos de deseo somos tanto lo que recordamos como lo que olvidamos y, sobre todo, lo que nunca fue siquiera pensado, tal vez, quizá, lo más propio de cada uno. Por lo tanto, recordar no es reproducir la copia de una huella, sino la capacidad de volver a recorrer un camino facilitado que ya fue abierto y modificado por una experiencia fundante.
La distopía del dato y el lazo al otro
Considerando la relación entre memoria y deseo ¿podríamos decir que Funes es un memorioso o, tal vez, podemos pensarlo como una representación humana del mundo digital y algorítmico? ¿Habrá imaginado el autor, cuando escribió el cuento en 1942, que una tecnología producida por el ser humano se parecería tanto a la memoria infinita de su protagonista?
Borges con su ficción anticipatoria, expone el límite de lo humanamente posible y paradójicamente en su libro titulado “Ficciones”- predice la lógica de la IA, adelantándose a nuestro tiempo y aportando pistas para pensar su arquitectura.
Creador de ideas y realidades premonitorias, vislumbra el hipertexto, tal como imaginó la biblioteca de su padre, a la manera de la enciclopedia, el libro de todos los libros. Presenta el universo de Funes, como un sitio infinito poblado de recuerdos que aparecen como revelaciones de sus percepciones, sin ningún proceso simbólico que organice, jerarquice u ordene ese material psíquico. Un archivo estático e ilimitado pero incapaz de estructurar un pensamiento.
La memoria de Funes bien podría compararse con el universo de datos que habitan el mundo digital y sus operaciones algorítmicas, tanto más eficientes que las que lograría resolver un ser humano. Pero lo que hoy se nos presenta es algo que ha superado incluso las premoniciones borgianas, lo cual, sabemos, es mucho decir.
En esta época digitalizada, las IAs han ido aún más allá. Gracias a su capacidad para imitar algunos procesos de la inteligencia humana, recopilan datos, buscan patrones y, mediante el aprendizaje automático, los analizan para generar inferencias y realizar acciones. Inspiradas en el funcionamiento del cerebro humano, aprenden a través de pruebas de ensayo y error para volverse cada vez más precisas.
Viajando al siglo pasado, algunos que fuimos niños en los 80s, veíamos asombrados e incrédulos en los dibujos animados, un mundo donde las máquinas hacían por nosotros las cosas que más odiábamos, como lavarnos los dientes, vestirnos o limpiar la casa. O nos parecía increíble que, en una serie de TV, un auto hablara y se manejara solo, sin un conductor. En la actualidad, esas máquinas ficcionadas de los 80s capaces de hacer “todo”, se convirtieron en objetos reales que podemos comprar –al menos algunos de nosotros- y no sólo hacen cosas que nos resuelven el tedio de lo cotidiano, sino que también, piensan por nosotros.
Hoy ya no se trata de la eficacia y la eficiencia propia del mundo algorítmico. Hoy estas nuevas inteligencias que nos supimos conseguir predicen el comportamiento y son capaces de tomar decisiones autónomamente, sin necesidad de un humano que las entrene. De hecho, si es necesario que intervenga un ser humano, es para “mejorarlas” volviéndolas más emocionales y sensibles, a partir de sus intervenciones.
Funes, un sujeto de nuestro tiempo
A modo de cierre, podemos pensar a Funes como un sujeto más digno de esta época que de la suya, como una representación del modo en que lo subjetivo se revela en la actualidad.
La memoria de Funes no nos habla de quien es él sino de lo que percibe, tal como hoy parecen presentarse los sujetos, copiando y pegando las formas del ideal que consumen en las redes. Tampoco admite la irrupción del sinsentido, el equívoco del lenguaje o los tropiezos en el discurso, operaciones que, mediante sustituciones simbólicas, revelen la dinámica del deseo. Hoy se valoran las expresiones y presentaciones prolijas y tipificadas, mejoradas y ordenadas artificialmente, por sobre aquello producido genuina y espontáneamente.
El mundo a Funes se le presenta inconmensurable pero, irónicamente, en esa inmensidad no hay otros. Vive al modo de un anacoreta aislado en sus recuerdos, replegado al narcisismo primario, desde donde como una tirana, su memoria ejerce su majestad. Lugar mortífero, en el que la completud de su yo ideal, lo conduce compulsivamente hacia su propia muerte, ya que el otro real, fundamental desde tiempos instituyentes para preservar la vida, solo puede enlazarse en las grietas de las estructuras capaces de fallar.
Así se presentan los sujetos de nuestro tiempo, absorbidos en redes sociales que, paradójicamente, brindan una sensación de pertenencia a costa de interacciones cada vez más individualistas y onanistas, donde el yo queda al resguardo de los embates del otro fallido y decepcionante.
En esta época, el lazo al otro se ofrece mediado por dispositivos duros y blandos, que direccionan algorítmicamente lo que queremos y lo que no queremos, lo que amamos y lo que odiamos. El otro, así, es virtual, ajeno, y muy fácilmente prescindible. En un contexto donde todo está resuelto, no se lo necesita para casi nada. Al contrario, la sola interacción con este puede ser altamente frustrante ya que no nos aporta ni la eficacia ni la eficiencia de los dispositivos que sí resultan “imprescindibles” para la vida y hasta puede convertirse en rival si amenaza con sus fallas esa anhelada supuesta completud.
Frente a estas condiciones epocales, el sujeto humano permanece solo y enmudecido, saturado de datos, sin poder pensar ni desear, porque desear implica que algo haga falta. Que algo falte es justamente lo desmentido e intolerable en estos tiempos. Dicho esto, no es casual que en la actualidad se cierren a diario maternidades y salas en los colegios, y resulta sorprendente que en una época donde todo es posible se tengan cada vez menos relaciones sexuales o que el principal factor de muerte en los niños y adolescentes en America Latina sea el suicidio.
Mientras tanto, como un dato curioso, en las universidades de Oxford los estudiantes utilizan libros de papel para estudiar y los hijos de los magnates de Silicon Valley se forman en escuelas Waldorf. Una asimetría que no sorprende y que forma parte de la lógica algorítmica que nos gobierna. Más aquí, en estas latitudes, el desvalimiento se emparcha con objetos de consumo, estrategia guionada por un Superyo digital que ordena consumir (Ambertín, 2025) ¿Una forma más chic, económica y aséptica de colonialismo?
El otro ya no es un semejante, es también un objeto de consumo desmezclado entre la idealización y la defenestración, funcional a un engranaje perfecto de la maquinaria algorítmica donde, junto al propio sujeto, se perpetúan capturados en la identidad de percepción. Fascinados en un mundo imaginario y alucinado donde todo parece posible, lo epocal empuja a la desmentida de todo lo que se presente como un límite y lo humano tiende a desdibujarse.
Para concluir
El derecho al olvido reivindica la capacidad de pensar frente a la tiranía del dato y se impone como algo vital entre la experiencia humana y el modelo de la memoria algorítmica.
Tal como Borges señala en la cita del epígrafe, así como “la literatura sabrá profetizar aquel tiempo en que habrá enmudecido”, ¿nos encontramos a la manera de Funes encarnizados con nuestra propia virtud o estaremos a la altura de no ser espectadores de nuestra propia disolución, solos y perplejos en un cuarto oscuro, desconectados entre unos y otros en la era de las comunicaciones, en un mundo inmediato e irreflexivo, y agobiados de datos?
Funes ha sido para mí -y seguramente seguirá siendo- causa de muchos interrogantes que no cesan de no insistir. Comparto una última pregunta: ¿estaremos en esta época, como sujetos de deseo, cortejando nuestro propio fin?
Notas
1 Verónica Le Bozec vlebozec@gmail.com
Ambertín, M. (2025 ): Superyo y sexuación: clínica de la no relación sexual, Letra Viva.
Borges, J. L.: (1999) Autobiografía (1899-1970), Traducido por N. T. Di Giovanni. Ed. El Ateneo.
Borges, J. L.: (1976) Funes el memorioso, en Ficciones, Obras Completas, Editorial Emecé.
Borges, J. L.: (1960) Borges y yo, en El hacedor, Editorial Emecé.
Freud, S.: [1950 (1895)] Proyecto de una psicología para neurólogos, Tomo I, Obras Completas, Editorial Amorrortu.
Freud, S.: (1899) Sobre los recuerdos encubridores, Tomo III, Obras Completas, Editorial Amorrortu.
Freud, S.: (1900) La interpretación de los sueños, Tomo V, Obras Completas, Editorial Amorrortu.
Freud, S: (1914) Recordar, repetir y reelaborar, Tomo XII, Obras Completas, Editorial Amorrortu.