Una valiosa mirada sobre las modalidades de crianza de la época, en donde el discurso dominante promulga parentalidades sin fallas, y la ilusión -sin desilusión- de infancias sin frustración, en el contexto de una preponderancia de las redes socio digitales.
“Decís: Nos molesta el ruido de los niños. Tenéis razón. Decís: tenemos que descender hacia sus ideas. Descender, inclinarnos, doblarnos, empequeñecernos. Estáis equivocados: no es eso lo que nos cansa, sino que tengamos que elevarnos hacia sus sentimientos. Elevarnos, estirarnos, ponernos en puntillas para no agraviarlos”.—Janusz Korczak
¿Cómo se hace compatible la vida en un sujeto atravesado por la imposibilidad del “todo”, como característica de la división subjetiva que portamos, y el decir cultural en el que se promueve la ilusión y el mandato de estar plenamente satisfechos?
En los orígenes
Para abordar este interrogante, quisiera retornar a los orígenes de la constitución psíquica. El advenimiento de lo humano está signado por el desamparo inicial, la prematurez biológica y una indefensión estructural que requiere de la asistencia ajena para devenir sujetos. Al decir de Donald Winnicott, en un principio, “los bebés no existen”: sé que son dos, pero veo una unidad: un bebé asistido por otro. En este estadio de dependencia absoluta, ambos configuran una unidad psíquica.
Sin embargo, cabe interrogarse: ¿qué sucede cuando esta unión y dependencia absoluta -regida primordialmente por el principio del placer- se sostiene en el tiempo, en desmedro de la realidad externa y del principio de realidad?
Relatos de la vida cotidiana
Desde hace un tiempo, me viene llamando poderosamente la atención una serie de situaciones recurrentes en las modalidades contemporáneas de crianza. A través de la observación en contextos cotidianos y de los relatos en la práctica clínica, quiero compartir algunas escenas que ilustran esta encrucijada:
Escena 1
Estoy en el teatro, disfrutando de un espectáculo infantil. A pocos asientos, muy cerca, observo a una niña de aproximadamente cuatro años cantando las canciones del grupo musical y moviéndose con gracia. De manera imprevista, interrumpe su juego, levanta la remera de su madre y comienza a mamar.
Escena 2
Me encuentro en una confitería. En una mesa cercana, observo un grupo familiar compuesto por dos adultos y dos niños de seis y cuatro años aproximadamente. Ambos menores miran fijamente y con extrema concentración un dispositivo celular. Veo con sorpresa que cada adulto se acerca con alimentos a cada uno de los niños y “les pone comida en la boca”. Cual autómatas, los infantes la abren sin desviar la mirada de la pantalla que los mantiene quietos y fascinados.
Escena 3
En la consulta clínica, una madre relata con preocupación la demanda permanente e insaciable de su hija de 14 años; pareciera que nada le alcanza. Durante unas vacaciones, vivieron una situación que la alarmó. Ante la negativa de comprarle una prenda de una marca específica, la adolescente huyó del local y desplegó una crisis de angustia en el pasillo. Lloraba mientras gritaba: “Me quiero suicidar”.
Escena 4
Observo situaciones de colecho prolongado en niños de cuatro, seis, ocho y diez años, cuya rutina para dormir implica compartir la cama de los padres. Aun teniendo una habitación propia, con camas elegidas por ellos mismos, no se apropian de dicho espacio.
El discurso dominante y la abdicación de la función parental
Estas modalidades actuales de crianza están enmarcadas en un contexto epocal, caracterizado por una fuerte preponderancia de las redes sociodigitales. Desde ahí, el discurso dominante promulga, casi a modo de mandato, una crianza sin fallas. Bajo el paradigma de la “crianza respetuosa”, se instituye el imperativo de evitar al niño cualquier tipo de angustia o frustración. Se delega en el infante la decisión sobre hitos madurativos y de separación cruciales: cuándo dejar la teta, el chupete, los pañales o la cama de los padres, bajo el argumento de que esta soberanía infantil dota al sujeto de mayor seguridad.
Frente a este panorama, cabe un interrogante: ¿no resulta excesiva esta carga decisoria para la estructura incipiente de un niño? ¿No se le estará otorgando un poder excesivo?
Nos preguntamos por las funciones parentales en esta tarea de acompañar, sostener y limitar estos procesos. Si todo lo decide el niño, ¿quién se sitúa por encima de él para cuidarlo y protegerlo? Paradójicamente, la abdicación de la asimetría adulta deja al niño en una situación de profunda indefensión frente a sus propios impulsos.
His Majesty the Baby
En Introducción del narcisismo, Freud (1914) conceptualiza la actitud de los padres tiernos hacia sus hijos como el renacimiento y la reproducción del propio narcisismo parental, resignado tiempo atrás. Prevalece en este vínculo una compulsión a atribuir al niño toda clase de perfecciones, al tiempo que se encubren y olvidan sus defectos.
“Enfermedad, muerte, renuncia al goce, restricción de la voluntad propia no han de tener vigencia para el niño; las leyes de la naturaleza y de la sociedad han de cesar ante él, y realmente debe ser de nuevo el centro y el núcleo de la creación. His Majestic the Baby, como alguna vez nos creímos. Debe cumplir los sueños, los irrealizados deseos de sus padres…” (Freud, 1914/1992, p. 88).
En consonancia con este planteo, Maltz (2002) advierte que los padres contemporáneos, al resistirse a privarse de la aspiración de perfección narcisista de la infancia, procuran recobrarla en el hijo. Este es mirado con idealización y sostenido en el lugar de un “niño eterno” a quien no se desea castrar para evitar la pérdida de gratificación narcisista de los propios progenitores, promoviendo de este modo un infantilismo psíquico a ultranza.
El interjuego entre ilusión y desilusión en la teoría de Winnicott
Los desarrollos teóricos de Donald Winnicott ofrecen una brújula conceptual fundamental para pensar estas encrucijadas. El autor construye una teoría del desarrollo emocional que traza el mapa desde la etapa de dependencia absoluta hacia la independencia. La crianza, desde esta perspectiva, constituye el modo por el cual las funciones parentales favorecen el pasaje de una etapa a otra.
En los primerísimos tiempos, la dependencia es absoluta y no existe diferenciación entre el yo y el no-yo. Para que se produzca esta unión, será necesaria, desde la provisión ambiental, una “madre suficientemente buena”, capaz de responder de modo casi perfecto a las necesidades del recién nacido. En un inicio, la madre-ambiente responde a los requerimientos del bebé con acciones específicas distribuidas en tres categorías: el sostén (holding), la manipulación (handling) y la presentación del mundo.
Esta adaptación inicial favorecerá el gesto espontáneo del lactante y propiciará un breve período de omnipotencia: el bebé vivencia la ilusión de ser el creador de la experiencia. Crea omnipotentemente el pecho o el objeto materno, el cual debe estar allí, disponible para ser encontrado. Tendrá la experiencia de ser un mago, creador del mundo, en la medida en que “quiero el pecho… y aparece”. Es el tiempo de primacía de His Majesty the Baby.
No obstante, si la experiencia de la ilusión es indispensable en los primeros tiempos del desvalimiento, la experiencia de desilusión resulta fundamentalmente necesaria para la construcción del mundo externo y el reconocimiento de la alteridad.
Es precisamente en este punto donde quiero detenerme.
En el interjuego dialéctico entre la ilusión y la desilusión —que simultáneamente separa y une— deviene posible la inauguración de un tercer espacio: el espacio transicional, que inaugura un “entre” la madre y el bebé. Esta zona intermedia de experiencia hace posible el jugar y permite la creación del objeto transicional, el cual opera como símbolo de la unión entre el bebé y la madre, sirviendo de puente entre el estado de fusión originario y las primeras experiencias de separación.
Para que esto ocurra, se requiere de la disponibilidad materna para ausentarse temporalmente, con la condición de retornar antes de que la angustia sature la capacidad del infante. El objeto transicional nace para soportar el tiempo de espera de la aparición materna.
Así, la transicionalidad es la condición de tránsito entre la ausencia y la presencia. El objeto materno debe sustraerse reguladamente para dar lugar a la creación de un recurso que represente su falta. El jugar y el fantasear habilitan que algo exista en calidad de ausencia.
Revisitar estos conceptos resulta indispensable para pensar las situaciones novedosas que observamos en la vida cotidiana y en nuestra clínica.
Las situaciones descriptas remiten a estados fusionales: niños que quedan en exceso dependientes de la madre, que no pueden perder el lugar de omnipotencia, aceptar la espera ni renunciar a la satisfacción inmediata, y que no toleran la frustración.
Para Winnicott es fundamental la constitución y consolidación de la transicionalidad. Es allí donde el niño se pone a prueba a sí mismo y construye experiencia; es en ese hacer, en ese jugar, que se constituye como sujeto. Para Winnicott es clave que el niño vaya construyendo “la capacidad de estar a solas en presencia de otro”, haciendo experiencia y sostenido por otro.
Ricardo Rodulfo nos habla del “deseo de ser grande”: es un deseo de crecer que empuja. Es en el jugar donde el niño puede mandar, decidir y equivocarse.
Pero requiere de un adulto que sostenga y ponga borde. Si el adulto le entrega todo el poder antes de tiempo, el niño se asusta, porque no está listo para sostenerlo.
En relación con el colecho prolongado, considero que, si siempre duerme pegado a la mamá y solo hay satisfacción inmediata, no se lo habilita a adquirir recursos para hacer frente a la falta, a experimentar que va pudiendo sin estar pegado al adulto. Si, desde las funciones parentales, hubo un sostén adecuado, el niño internaliza esa calma y podrá después dormirse solo.
Ricardo Rodulfo habla de “destetarse de la cama”, entendiendo este proceso como favorecedor de la constitución subjetiva: permite armar el propio espacio y dormirse sin el cuerpo del otro pegado. Rodulfo advierte que no debemos confundir “estar disponibles” con “estar fusionados”. Cuando la cama de los padres es el único lugar de regulación emocional, cuando se vuelve la cama de todos, no hay diferencia de espacios y se pierde la asimetría.
Frente a tantas consultas respecto a dificultades en el sueño, pienso que el acto de dormir en una cama propia, en un espacio diferenciado, constituye un logro que requiere de padres que metabolicen y promuevan activamente dicha separación. Cabe cuestionarse si la seguridad nocturna puede reducirse al contacto cuerpo a cuerpo ininterrumpido con la madre o a un auxilio inmediato que calme, sin espera, cualquier emergencia displacentera. ¿Cómo se construye la noción de intimidad si se obtura la distancia?
Consideramos que dormir en la propia cama favorece la creación y el armado de recursos subjetivos nuevos para hacer frente a las emociones, consolidando la capacidad de soñar y de tolerar estar a solas, sabiendo que el adulto acudirá si se lo llama. Sin embargo, esto requiere, desde el lugar de la función parental, la convicción de que es importante que el niño construya un espacio propio, separado de los padres. El desenlace dependerá del modo en que se le presente lo nuevo: para que el cuarto propio se instituya como un territorio a conquistar, es el adulto quien debe investirlo y presentarlo ante el niño como un lugar valioso.
La escena del teatro nos muestra una niña que se viste “de grande”, canta y baila con entusiasmo, pero, cuando algo de sus impulsos la sobrepasa, vuelve a buscar el recurso más arcaico: la teta de su mamá. Si el único lugar de calma que aprendió fue ese, queda desamparada cuando no lo tiene. No hay palabras ni abrazos que alcancen. Podemos inferir que la madre no ha podido interponer entre su cuerpo y el de su hija algún otro recurso que permita construir un puente, quedando así el cuerpo materno como el único regulador posible.
La escena de la confitería sorprende por el desencuentro. Allí donde debería haber intercambio y diálogo, el celular silencia, hipnotiza, evita el berrinche, el aburrimiento y la conexión con el deseo. Están juntos, pero desconectados. Son niños que podrían hablar, conversar, contar y elegir qué desean comer. Sin embargo, están tan capturados por la pantalla que parece no registrarse siquiera si tragan. El adulto llena la boca, pero pierde contacto con el niño. Observamos un fracaso en la función de corte, ya que no hay quien diga: “Guardamos el celu para desayunar juntos”.El adulto insiste en hacer por el niño aquello que podría hacer por sí mismo, impidiendo el despliegue del gesto espontáneo. No hay sostén que habilite autonomía.
Reflexiones finales
Si el niño no puede perder el lugar de omnipotencia, si queda fijado al Yo Ideal, si no puede tolerar la frustración y renunciar a la satisfacción inmediata, si, desde las funciones parentales, no hay el sostén adecuado que habilite autonomía, entonces….His Majesty the baby se perpetúa en el tiempo.
Freud, S. (1992). Introducción del narcisismo. En Obras completas (J. L. Etcheverry, Trad., Vol. 14, pp. 65-98). Amorrortu Editores. (Trabajo original publicado en 1914).
Maltz, O. (2002). Mientras seamos niños. En VII Congreso Anual de la Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados (AEAPG): Narcisismo. Interrogantes clínicos. Revisiones teóricas. Buenos Aires, Argentina.
Rodulfo, R. (1989). El niño y el significante. Editorial Paidós.
Winnicott, D. W. (1958). La capacidad de estar a solas. (1960) La teoría de la relación paterno-filial. (1963) De la dependencia a la independencia en el Desarrollo del individuo. En El proceso de maduración en el niño. Editorial Laia.
Winnicott, D. W. (2009). Realidad y juego. Gedisa.
Korczak, J. (2008). Si yo volviera a ser niño. Editorial Rayuela.