¿Cómo se transforma la capacidad de simbolizar, pensar y elaborar la ausencia en la realidad digital? La autora nos invita a explorar el problema de la sobrepresencia del objeto digital y sus efectos sobre la constitución subjetiva respecto a los procesos de simbolización.
“Para el organismo vivo, la tarea de protegerse contra los estímulos es casi más importante que la de recibirlos”.— Freud S. (1920)
Vivimos en un mundo con hiperconexión, donde la imagen, el algoritmo y la inmediatez forman una parte importante y cotidiana del vínculo del sujeto con el mundo; armando un juego dialéctico donde se instala como natural algo construido artificialmente. Lo vemos a diario, está naturalizado llevar el celular a todos lados, cual si fuera nuestra sombra de que es imposible separarnos. Cuando un celular se está quedando sin batería, es habitual que las personas digan “se me está acabando la batería”, podríamos preguntarnos ¿a quién se le acaba la batería? Como si el celular formara parte del sí mismo del sujeto. De hecho la palabra “batería”, de origen tecnológico, se incorporó como una palabra que describe aspectos propios de lo humano, escuchamos decir; “tengo poca batería social”, “se me agotó la batería, estoy cansado”.
Sabemos que la subjetividad es una construcción anclada en lo epocal que necesariamente se entrama con aquello que es de carácter universal, es decir, el armado del psiquismo y sus leyes de funcionamiento. En este contexto me pregunto:
¿Cómo se transforma la capacidad de simbolizar, pensar y elaborar la ausencia en esta realidad digital?
En este artículo los invito a un primer acercamiento para explorar el problema de la sobrepresencia del objeto digital —accesible, inmediato, sin pérdida ni distancia— y sus efectos sobre la constitución subjetiva respecto a los procesos de simbolización.
El Yo virtual se confunde con el objeto y la diferencia entre representación e imagen se diluye. En este escenario, el sujeto habita “múltiples realidades” (materiales, simbólicos, virtuales) que se entrecruzan y tensionan, y cuya integración resulta clave para la creación de sentido acerca de esa realidad que se habita. ¿Cómo instaurar algo del orden de la ausencia en una civilización abrumadoramente estimulante?
El signo de la época: subjetividad en el digimodernismo
La tecnología digital ha transformado la realidad en todos los niveles, atraviesa todas las esferas de nuestra cotidianeidad. Varios pensadores consideran que estamos viviendo una etapa de cambio de paradigma, una transición que nos aleja del posmodernismo y nos sumerge en el “digimodernismo”. Alan Kirby (2009) lo caracteriza como la lógica cultural dominante o norma hegemónica del siglo XXI. Considera que desde la década de 1990, el digimodernismo ha desplazado decisivamente al posmodernismo para establecerse como el nuevo paradigma cultural del siglo XXI. El signo de esta era es lo digital.
Cotidianamente tenemos al alcance de la mano nuevas herramientas que nos ofrecen simplificarnos la vida. ¿Realmente es más simple la vida en la era digital? Las redes sociales tienen leguajes multimodales, es decir, contenidos que combinan texto, imágenes, sonidos, animaciones, hipervínculos e interactividad, armando narrativas transmedia a través de múltiples plataformas. Ejemplos concretos son tik-tok, instagram, los podcast, los emojis (cuyos significados varían según el grupo etario) crean una jerga con dinámica propia. El anonimato que facilitan algunas redes (o tal vez el anonimato que buscan algunos usuarios en las redes sociales) habilita el decir sin límites. La intimidad forma parte de lo público (o podría decirse que los límites entre lo público y lo privado se van transformando). El espacio virtual va reconfigurando las relaciones temporo espaciales con el otro. El tiempo digital es inmediato y acelerado. La velocidad de los cambios hace que lo nuevo sea cada vez más rápidamente obsoleto. Sin duda los objetos digitales son de uso simple y sencillo (deslizo un dedo y saco una foto, hago clik y compro algo que deseo, le pido a la IA que resuelva alguna tarea y en pocos segundo la hace). Esta simpleza también viene de la mano de la complejidad; de los laberintos propios de una sociedad de consumo, con intencionalidades marketineras, políticas, económicas, ideológicas, filosóficas y sociológicas.
La madre algorítmica: satisfacción sin frustración
En esta era donde las personas portan permanentemente una pantalla, hay que estar siempre conectado a riesgo de perderse algo (hoy tiene nombre: “fomo”). La ausencia es necesaria para que pueda emerger el pensamiento y con ello el sujeto. La imagen es una dimensión privilegiada de nuestra sociedad. La imagen de lo que quiero mostrar, de cómo quiero que me vean, de lo que quiero tener, de cómo quiero ser, de lo que amo, de lo que odio, de lo que puedo atacar, de lo que puedo perseguir, de lo que puedo conseguir, y la lista podría seguir.
Freud en el Proyecto (1895/1991) nos habla de la acción específica que viene de un auxiliar ajeno, y que en ese encuentro se produce una percepción que deja una imagen, una imagen mnémica que da cuenta de una experiencia de satisfacción, que es singular y propia para cada individuo. Traslademos esto al vínculo del sujeto con las redes sociales. El algoritmo al modo de una madre suficientemente buena que ilusiona, brinda en continuidad experiencias de plena satisfacción. ¿Cómo alcanza este saber el algoritmo, si para cada sujeto esas imágenes son particulares? Los likes del sujeto funcionan como el gesto espontáneo del bebé, siendo su contribución para ese encuentro.
Esta madre algorítmica ilusiona, pero no frustra, no desilusiona. La sensación es de completud, las redes sociales junto con la IA, le dan al sujeto lo que necesita ¿o lo que estas mismas redes le hacen creer que necesita?, es como un continuo de experiencias de ilusión. Es como si no hubiera nada que simbolizar porque el objeto ya está ahí, accesible, inmediato; sin distancias, sin espera, sin pérdida. Lo virtual no representa el objeto: lo encarna.
Las redes con esa permanente oferta van conformando aquello que entra en la esfera de lo deseable, lo ideal construyendo sentido a lo que el sujeto entiende y ansía, como una “experiencia de satisfacción virtual” creando un entorno narcisista cerrado. Éric Sadin (2020), filósofo francés, plantea que el algoritmo es el superyó del siglo XXI, considera que la IA ya no se limita a asistir nuestras decisiones, sino que las prescribe, las evalúa y las sanciona, asumiendo una función normativa que recuerda al superyó freudiano. Una paciente en sesión relata una discusión con su marido y en búsqueda de consenso le cuenta la situación a la IA y le pide que le informe quién tiene razón, por supuesto que este tercero digital complacientemente reforzó su posición.
Esas imágenes que recibe el sujeto en su pantalla funcionan como el objeto mismo, en lugar de dar cuenta de una relación con él. En términos de Hanna Segal (1957) serían ecuaciones simbólicas porque no sustituyen al objeto, son sentidas como el objeto en sí, las considera símbolos tempranos. “La ecuación simbólica se usa para negar la ausencia del objeto ideal o para controlar un objeto perseguido” (Segal, 1957, sin paginación) El yo tiene que experimentar ausencia para alcanzar la construcción de símbolos propiamente dichos, justamente para elaborar esa ausencia.
¿En las redes sociales circulan las ecuaciones, más que de los símbolos? Reflexionar desde esta perspectiva está íntimamente relacionado con el vínculo que tiene un sujeto con la realidad y la capacidad de pensar (como opuesto a actuar como descarga). Las ecuaciones simbólicas se constituyen en símbolos propiamente dichos a través de un proceso gradual en el que se va desarrollando el Yo, por medio de repetidas experiencias de pérdida del objeto y con ello el esfuerzo por retenerlo, repararlo, restaurarlo y re-crearlo. Por este camino se va integrando el Yo y se va transformando su relación con los objetos y fundamentalmente su sentido de la realidad.
¿Los sujetos en la era digital tienen un Yo virtual y un Yo real (¿real?) con modos de funcionar diferentes? “… la vivencia de satisfacción tiene las más hondas consecuencias para el desarrollo de las funciones del individuo” (Freud, 1895/1991, p. 363) El Yo virtual no sufre la angustia por la pérdida del objeto, la ausencia es casi inexistente porque cada vez que necesita, tiene el objeto mismo a su disposición, es concreto. Es como si una parte del Yo se confunde con el objeto/imagen en las redes y la diferencia entre el Yo y el objeto se ve oscurecida. Los filtros de Instagram rearman el rostro devolviendo una imagen idealizada, diferente a la reflejada en el espejo.
“Los símbolos son necesarios no sólo para la comunicación con el mundo externo, sino también para la comunicación interna.” (Segal, 1957, sin paginación) Y la capacidad para comunicarse mediante símbolos es la base del pensamiento verbal, en términos freudianos la representación-palabra. Esta transcripción va armando modos de funcionamiento novedosos con materialidades distintas que habilitan la espera y la elaboración a través del pensamiento.
Habitar la espera en tiempos digitales: un acto de libertad creadora
Si el sujeto no puede realizar la recomposición necesaria para circular en las distintas materialidades y diferenciarlas puede quedar atrapado en una realidad propia. Pensemos en el chat GPT, tiene sesgo positivo y de confirmación, es decir, sus respuestas son optimistas, no confrontan, no contradicen. La IA no dice que no. Tiene la capacidad de ordenar ideas y pensamientos, pero no alcanza los matices, los gradientes, tiene un funcionamiento binario que favorece la construcción de una realidad omnipotente donde todo está bien y refuerza las propias creencias. Una paciente veinteañera cuenta episodios del ámbito laboral, trabaja en asistencia digital a clientes. Tiene dos compañeras con las que comparte la oficina y no se lleva bien, parece que es la tercera excluida y no tiene con quien hablar entonces conversa con la IA sobre respuestas, reclamos, incluso sobre sus compañeras, ella dice: “para no sentirme tal sola”. Si el sujeto no puede recomponer e integrar ambas materialidades puede perder el sentido de la realidad o distorsionarlo. Muchos jóvenes dialogan permanentemente con la IA y si no les gusta su respuesta, le piden que le diga otra cosa. En este camino queda alimentada la omnipotencia y se evita la frustración realizando descargas masivas al modo de la identificación proyectiva. Modalidad característica de los “haters”.
Es necesario que el interlocutor se ausente, que no sea tan complaciente, que se frustre para que emerja la otredad y con ello el pensamiento. Como advierte Hanna Segal puede ocurrir una regresión en cualquier momento y recurrir “…a la identificación proyectiva como defensa frente a la angustia…” (Segal, 1957, sin paginación) el Yo se confunde con el objeto y el símbolo pierde su función: retrocede a la ecuación simbólica.
¿Son dos subjetividades? Coexisten dos modos de funcionamiento subjetivo que se alternan y se entrelazan. Habitar en estos tiempos de hiperconectividad y saturación de sentido es complejo, implica convivir con múltiples niveles de realidad que se entrecruzan y se tensan. Cada sujeto los entrama en grados diferentes, cuanto más integrada esté esa trama mayor será la capacidad de sostener procesos de pensamiento, simbolización y elaboración.
Un gran desafío: no quedar capturado por la inmediatez de los estímulos, ni por los espejismos de completud que ofrecen los medios digitales. Apostar por la palabra como acto creador en la experiencia del ir siendo, en la amorosidad, en la sensibilidad propia del encuentro con el otro, en la posibilidad del pensar. El camino es abrir interrogantes y reintroducir la ausencia allí donde lo digital tiende a cerrar.
Bleichmar, S. (2005). La subjetividad en riesgo. Paidós.
Freud, S. (1991). Proyecto de psicología para neurólogos. En Obras completas (J. L. Etcheverry, Trad., Vol. 1, pp. 323–446). Amorrortu. (Trabajo original publicado en 1895)
Freud, S. (1992). Más allá del principio de placer. En Obras completas (J. L. Etcheverry, Trad., Vol. 18, pp. 1–62). Amorrortu. (Trabajo original publicado en 1920)
Kirby, A. (2009). Digimodernism: How new technologies dismantle the postmodern and reconfigure our culture. Bloomsbury Academic.
Sadin, É. (2020). La inteligencia artificial o el desafío del siglo: Anatomía de un antihumanismo radical (M. Martínez, Trad.). Caja Negra. (Trabajo original publicado en 2018)
Segal, H. (1966). Notas sobre la formación de símbolos (L. de Urtubey, Trad.). Revista Uruguaya de Psicoanálisis (sin paginación). (Trabajo original publicado en International Journal of Psycho-Analysis, 1957, 38(6))