En el siguiente artículo, la autora se pregunta si las problemáticas psíquicas predominantes son reflejo de la condiciones de época. El desarrollo acerca del “ exhibicionismo voluntario como una certeza inapelable” e ideales como hipervisibilidad, temporalidad vertiginosa y conexión permanente son explicados en este trabajo, para adentrarnos en el análisis epocal de las nuevas configuraciones tanto en los vínculos como en la subjetividad.
¿Qué nos dicen las problemáticas psíquicas predominantes respecto de la cultura de su tiempo? ¿La patología no es, acaso también, una manifestación de las condiciones de época? Sintomatología individual y sintomatología social se entrelazan fuertemente. Las histerias de la época freudiana, la de la represión sexual, hoy día han sido sustituidas por padecimientos más compatibles con las organizaciones fronterizas que con las neurosis clásicas. Y, por otra parte, ¿cómo distinguir entre lo que entendemos como psicopatología y aquello que responde a la producción social de subjetividad en cada momento histórico?
Esto nos conduce a una pregunta central para los psicoanalistas: ¿qué consideramos normal y qué patológico? Pregunta que nos invita a revisitar nuestras concepciones teóricas, pero también nuestros prejuicios e ideales, inevitables en tanto somos sujetos de nuestra propia época.
El Malestar en la Cultura adopta figuraciones tan disímiles según las sociedades, que a menudo resultan indiscernibles los bordes entre los sufrimientos ligados a la producción de subjetividad de cada tiempo, y aquellos otros que exceden lo que podríamos denominar la normalidad estadística epocal. Baste con pensar en los actuales trastornos de alimentación o en las adicciones, problemáticas propias de un período sociohistórico caracterizado por una lógica en que el consumo constituye un eje social predominante, con sus consecuentes correlatos en el imaginario colectivo.
La clínica actual se caracteriza por el predominio de las patologías del acto y la pulsionalidad desencadenada. Abundan las impulsividades y las angustias masivas catastróficas que arrasan al Yo, denominadas “ataque de pánico”, que coexisten con manifestaciones de ansiedad y de depresión. Las descargas a través de la acción, dada cierta precariedad de las redes imaginarias y simbólicas, los tiempos vertiginosos, los consumos de todo tipo, a menudo no logran evitar las sensaciones de vacío, futilidad y sin sentido. Las fronteras entre el Yo y el otro son lábiles, y los vínculos oscilan entre la intrusión y el abandono. Las desmentidas y las esciciones han tomado el relevo de la represión, defensa predominante en los funcionamientos neuróticos. La clínica predominante es la de las organizaciones fronterizas, una clínica de lo borderline.
Lucas
Lucas, de 17 años, no piensa mucho en el futuro. La pasa bien, entre la play, el gimnasio, las salidas a los boliches, algunas juntadas o fiestas en las que abundan tragos y sustancias, las chicas con las que se ve un par de veces hasta que se aburre, para pasar de inmediato de una a otra, en una suerte de zapping de contactos sin contacto. Su manera invariable de expresar lo bien que la pasa es “me cagué de la risa”. Es popular en el colegio y en los lugares que frecuenta: canchero, cuerpo entrenado, ropa de marca. Se encarga de monitorear su popularidad en las redes, por supuesto. Sube fotos y cuenta los likes y comentarios. No le gusta estar solo ni prescindir de la adicción al celular o a los jueguitos. A veces, pese a todo eso, cae en cierta apatía, tal vez por la comparación constante con otros chabones que le ganan en el ranking de amigos. También se gana unos pesos con el tema de las apuestas online, o vendiendo algo de droga entre sus conocidos. No sabe bien qué seguir, pero por ahí algo corto de marketing digital, ya que no quiere trabajar y sus padres le preguntan qué piensa hacer. Dice que a lo mejor algo rápido y que no tenga que estudiar mucho, lo que quiere es tener plata y ser exitoso. Tuvo algunos arranques de violencia con una boluda que lo ninguneó. Puede pasar de la euforia al bajón de un día para el otro, lo denomina “ser intenso”.
¿El fronterizo es el sujeto ideal de esta época?
El narcisismo bajo sus vertientes Yo Ideal e Ideal del Yo se configura en los encuentros con los otros primordiales, en identificaciones con las atribuciones ideales de las que el niño es objeto. Pero, a la vez, estas atribuciones vienen vehiculizadas desde el contexto social, que transmite los ideales hegemónicos a los sujetos, quienes habrán de identificarse con las características epocales del sujeto ideal.
Lucas posee una configuración subjetiva que en muchos aspectos se asemeja a lo que podríamos incluir dentro de las organizaciones fronterizas. Pero es uno de los populares en su entorno. Imaginemos que, con el tiempo, logre tener una formación breve que le permita, tal vez con ayuda de contactos de su padre, conseguir un trabajo en la especialidad que encontró. Joven, rápido, despierto, pragmático, ambicioso de dinero y éxito, con no demasiados escrúpulos, podríamos sin dificultad proyectarlo subiendo selfies con una sonrisa satisfecha. ¿Sujeto fronterizo, joven exitosamente adaptado, o ambos?
Los ideales hoy
Cada período histórico naturaliza sus paradigmas, modelos y prohibiciones desconociendo su relatividad de época. Se habla hoy de una presunta caída de ideales cuando se trata – ni más ni menos – de la sustitución de aquellos antes vigentes por otros, incorporados como naturales, incluso universales. ¿Cuáles son los ideales que predominan en este tiempo? Transitamos un período histórico que se rige por una lógica de mercado que se incorpora a la subjetividad como lógica del consumo. Consumo de objetos, de imágenes, sustancias, pantallas y vínculos, que muerde el anzuelo ofrecido por la época e ilusiona colmarlo a través de la incorporación, completando así el ideal social con un Yo pleno, ajustado al mismo.
A la vez, es el propio Yo el que se exhibe para consumo de los demás, en tanto imagen ofrecida de modo imparable a un público de “amigos”. Las redes, con su cosecha de likes incitan a la visibilidad y al rating constante de popularidad. De modo tal que los ciudadanos, ahora convertidos en perfiles, consumen y son a la vez consumidos por la lógica de mercado imperante. La hiperconectividad se articula con una temporalidad vertiginosa, hecha de inmediatez. Temporalidad que, al igual que los consumos, supone llenar todos los intersticios, impedir cualquier falta o espera. La noción de proyecto cae en desuso y el tiempo se conjuga en presente, un presente siempre efímero. Lucas, como otros adolescentes, no apuesta a un proyecto a construir de cara al futuro. Apuesta online, para lucrar. Ya.
La visibilidad constante es otro imperativo de época. Ser, equivale a ser visto. La intimidad, lo secreto, la interioridad, se diluyen bajo una ilusión de transparencia total, imagen ideal que promete un éxito momentáneo y fugaz. El exhibicionismo voluntario supone la presunta evidencia de la percepción, donde lo que se ve aparece como certeza inapelable.
Estos ideales, los de la hipervisibilidad, instantaneidad y conexión permanente, son modalidades que impregnan tanto las configuraciones actuales de la subjetividad como los vínculos, con un denominador común: la pretensión totalizadora.
Cuando los ideales, sea cual fuere su contenido, se incorporan como mandatos absolutos, la contracara es la amenaza de no completamiento. La violencia del ideal imperativo provoca culpa, ansiedad, depresión. El Superyó arcaico vigila y sanciona de modo cruel a un Yo acechado por la distancia con el sujeto ideal de época. Hoy día, la clínica nos devuelve de modo inequívoco esa sintomatología que anuda lo singular y lo social.
Por supuesto, mucho habrá de depender de la posición subjetiva en relación a los mandatos sociales. La complejización psíquica, las capacidades imaginarias y simbólicas, la interrogación respecto de la oferta de época, permiten relativizar y cuestionar los ideales, tanto en éste como en cualquier otro momento histórico. La subjetividad no solo se plasma sobre lo instituido, sino que posee capacidad instituyente, simbolizante y creadora. De modo que la transformación singular y social poseen la potencialidad de barrer con las determinaciones imperantes, produciendo algo nuevo.
Es que la lucha eterna entre Eros y Tánatos también se efectiviza a nivel del lazo social. Si la singularidad sólo se define en relación a los otros, a la vez la materia prima del lazo vincular y social es libidinal, e integra en sus vaivenes la dialéctica irreductible del conflicto entre las pulsiones de vida y las de muerte. Así las cadenas eróticas y los desencadenamientos mortíferos forman parte de la historia de la humanidad, lucha entre la ligadura vital y la tendencia a la destructividad y desligadura propias de Tánatos. ¿Bajo qué modalidades se despliega este antagonismo pulsional en las subjetividades actuales?
¿Un mundo feliz?
Tanto la distopía de Orwell en su novela “1984” como la ficción anticipatoria de Aldous Huxley, escritas en la primera mitad del siglo veinte, nos posibilitan ciertas reflexiones acerca de las sociedades actuales, casi cien años después. Como sabemos, las ficciones a menudo se adelantan a las teorías vigentes, revelando tendencias que están comenzando a gestarse.
La distopía de Huxley describe una sociedad que logra el control total sobre sus habitantes, mediante la tecnología. No por la fuerza evidente, sino a través de formas de manipulación que alcanzan los estratos más profundos de la subjetividad y de los vínculos. En ese “mundo feliz” se moldean los deseos y las emociones desde el nacimiento, para que encajen a la perfección en la propuesta social. Se trata de un poder blando y absoluto, que impele a amar el lugar asignado, rechazando cualquier pensamiento crítico. Los ideales imperantes son el consumo, el entretenimiento y el placer obligado. Cuando surge alguna forma de malestar, algún sentimiento de tristeza, un conflicto, se apela de inmediato al soma, una droga que los acalla. De este modo, se anestesia toda discordancia posible, cualquier dolor o pérdida. Contexto ese, bajo el cual la noción de duelo se desvanece, arrastrando consigo la posibilidad de elaboración y simbolización de la experiencia de vida. Lo que entendemos como una subjetividad propia de lo humano desaparece, bajo la fachada de un mundo feliz que colma cualquier falta.
Un siglo más tarde, lejos de la distopía anticipada por Aldous Huxley, resuenan algunos de sus ecos narrativos. Vivimos tiempos de transformaciones sociales vertiginosas y contundentes. La revolución cibernética y la virtualización de la vida penetran en la producción de subjetividad torneando las subjetividades, así como los vínculos y el lazo social. La familia y la escuela, pilares de la modernidad, ceden lugar a las redes y los medios como agentes de socialización. En muy pocos años, un vasto campo de la vida social ha pasado a circular en la red. El avance imparable de la inteligencia artificial transforma, de modos aún imprevisibles, la existencia humana. Sus alcances son múltiples y profundos.
En este contexto, los algoritmos influyen cada vez más en nuestras elecciones, sostienen nuestras búsquedas, nuestros gustos y opiniones. Con nuestra anuencia, (¿alienación?) cada búsqueda es a la vez un aporte de datos que queda registrado, configurando una lógica de vigilancia socialmente compartida. Aún más: la información suministrada veinticuatro horas al día – voluntaria o inadvertidamente – por usuarios de teléfonos móviles o tarjetas de crédito, genera la capacidad de predecir los comportamientos de los
ciudadanos, ahora convertidos en consumidores. Agreguemos que esta polifacética vigilancia contemporánea tiende a reforzar las propias creencias, ideologías y valores, fomentando a menudo el odio, la confusión, las convicciones, o manipulando a través de las fake news.
Atravesamos, de este modo, tiempos turbulentos en los que se produce una nueva articulación entre poder, saber, subjetividad y lazo, que instaura un dispositivo de verdad inédito, lo que algunos denominan el reinado de la posverdad.
Como cualquier régimen de verdad, éste oculta -bajo la pretensión de objetividad- sus condiciones de producción históricas, económicas y del poder al que representan. Hoy día, el panóptico descripto por Foucault para la era de la vigilancia ha cedido lugar a un panóptico digital, voluntario. En el poder blando de la transparencia, que emplea la seducción en lugar de la coerción, éste se hace amar como libertad, y la banalización se erige en una de las formas predominantes de comunicación. Los lenguajes cibernéticos, breves, concisos, literales, certeros, no admiten metáforas, pluralidades, tejido imaginario a desentrañar. A través de ellos los sujetos, convertidos en perfiles, se conectan a partir de los Big Data.
Y, todo esto, bajo la forma del anonimato. ¿Quién es “los mercados”? ¿Quién es responsable por los flujos financieros o el efecto mariposa? ¿Quién es el autor de las fake news, los likes y las opiniones circulantes por las redes?
No hay drama, todo bien.
Volvamos a Lucas. ¿Todo bien? Parece que no: repentinamente y sin previo aviso, tiene varios episodios de pánico, que lo descolocan a él tanto como a su familia. Inicia a regañadientes unas entrevistas de las que pretende, desde ya, celeridad y eficacia para que “eso” no le vuelva a ocurrir nunca más.
El psicoanálisis es una teoría y una práctica que dan cuenta de la heterogeneidad del psiquismo, a partir del antagonismo pulsional entre Eros y Tánatos y de la coexistencia conflictiva entre instancias. La subjetividad no es armónica, sino compleja. De allí su riqueza.
Es por eso que el psicoanálisis no es un instrumento de adaptación a los ideales de época, sino que -tal como lo enunciara el propio Freud- trae “la peste” a lo social instituido.
Los actuales ideales celebran y promueven cierta producción de subjetividad que, tal como hemos visto, implica la adecuación a los mandatos de instantaneidad, hipervisibilidad, conexión y consumos de todo tipo, en aras de un imperativo de alegría que las redes enfatizan a través de publicaciones y likes. Los sujetos muestran perfiles felices, en tanto padecen con frecuencia ansiedades y angustias masivas. Estas características favorecen las descargas pulsionales inmediatas, en detrimento de las dimensiones imaginaria y simbólica; la percepción certera – lo que veo, es – en lugar de las derivas representacionales y del pensamiento. El lenguaje se achata, la metáfora se diluye en aras de lo literal, los emojis pretenden dar cuenta de sentimientos generalizables, la tristeza se acalla y medica bajo el rótulo depresión. Así, tal como bajo otros paradigmas sociales, también hoy las consultas clínicas pregnantes dan cuenta de los anudamientos entre problemáticas de la subjetividad y problemáticas sociohistóricas.
Cada vez más, los psicoanalistas nos encontramos con una clínica de los bordes. Pacientes de borde, algunos con patologías graves, y una clínica que nos interroga a más de un nivel, desafiando nuestros conceptos, pero también nuestros propios ideales y prejuicios respecto de “lo normal”.
Contamos con herramientas y recursos.
En primer término, con quienes acuden a la consulta. Aún en las problemáticas más severas, tomadas por los desencadenamientos pulsionales, la acción “pide” una escucha que mitigue el padecimiento. Recordemos: mientras Eros y Tánatos estén intrincados, la pulsión de vida insiste.
Pese a las dificultades de esta clínica, un dispositivo terapéutico que las pueda alojar- transferencia mediante – con intervenciones acordes, a menudo resulta un espacio potencial, un refugio para estas problemáticas. Sabemos que no siempre esto es factible, dada la fuerza de la compulsión de repetición, la posibilidad de la reacción terapéutica negativa.
En todo caso, propiciar la complejización psíquica y los tejidos imaginarios y simbólicos, dando lugar a derivas representacionales que permitan acotar los desencadenamientos pulsionales, se convierte en una tarea en consonancia con nuestra práctica contemporánea. Se trata de facilitar un encuentro terapéutico capaz de alojar el conflicto psíquico a partir de nuestra escucha invistiente, haciendo lugar a la emergencia de la palabra subjetiva. En síntesis, reforzamos la pulsión de vida en detrimento de lo mortífero, poniendo tope a la destructividad, la desinvestidura, las acciones a predominio de la compulsión de repetición. Y esto, más allá de los ideales de época y de cuáles sean las configuraciones subjetivas en cada situación clínica, a partir de un posicionamiento teórico-clínico en interrogación crítica de las problemáticas singulares y sociohistóricas, siempre entramadas.
Notas
1 Lic. Susana Sternbach susanasternbach@gmail.com 01122981361
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