Desde Perú, César Estrella Viladegut nos invita a pensar en los adultos mayores y la vejez. Propone el concepto de reconfiguración identitaria para explicar un posible devenir, vital y creativo. Rescata la importancia de poder resignificarse y rescatar sentidos / proyectos. Nos convida con varias viñetas clínicas que ilustran positivamente el cambio de posición al que refiere.
Tata, tú tienes que seguir siendo fuerte para que me cargues hasta los… catorce años!! — Mica, 5 años
Introducción
Nos planteamos este trabajo como una reflexión acerca del adulto mayor del siglo XXI y las posibilidades de trabajo psicoterapéutico con esta población. Creemos que el psicoanálisis aún tiene mucho por decir y por hacer en este tema.
Sabemos que la población mundial se viene envejeciendo paulatinamente; la esperanza de vida es cada vez mayor y a su vez la tasa de natalidad es cada vez menor. Los adultos mayores, entonces, se convierten en una población muy importante y muchas veces desatendida. Lo paradójico es que muchas veces se reniega del envejecer, se quiere ser siempre joven, a través de cirugías, pastillas o cremas, la sociedad nos vende la idea de la eterna juventud. Como diría Silvia Flechner (2023) “morir parecería ser una trampa desvergonzada a los esfuerzos que invariablemente notamos por alcanzar la eterna juventud, la instantaneidad del mundo virtual, la inmortalidad”. Muchas veces se prolonga la vida solo por el hecho de ganarle años a la vida, cuando de lo que se trataría sería de ganarle vida a los años.
Durante los últimos años de mi trabajo como psicoterapeuta, quizá por los años que tengo, acuden a mi consulta adultos mayores en busca de ayuda o de una escucha distinta que los ayuden a reconocerse, tanto en las limitaciones físicas y mentales propias de la edad, como a valorar y apreciar esta nueva etapa de sus vidas.
Algunas viñetas
Pedro, 74 años: “Me estoy divorciando, mi matrimonio hace años que no funcionaba. Quiero que me ayudes, me quedan 10 o 12 años y quiero vivirlos bien”.
Enrique, 68 años: “Hace dos años que me jubilé y me siento atrapado en mi casa, tengo miedo de estancarme, quiero ver cómo me reinvento”.
Sara, 70 años: “No sé qué me pasa, yo no era así, ahora todo me cansa, no tengo ganas de hacer nada, hasta ver a mis nietos me cansa”.
Es sabido que el adulto mayor tiene que transitar por varios duelos, que muchas veces le sobrevienen uno tras otro. Denise Martínez Sousa (2021) describe claramente las pérdidas que se tienen que duelar, desde los cambios importantes en el cuerpo, como pérdida de masa muscular, disminución de la densidad ósea, ralentización del metabolismo y modificaciones en la piel, lo cual, a su vez, trae cambios en la autoimagen y la autorrepresentación. También cambios acerca del papel que se había cumplido hasta ese momento, la pérdida de la potencia sexual, de la capacidad reproductiva, de los hijos dependientes, pérdida de la pareja, hermanos, de los amigos, pérdidas relativas a la jubilación. Muchas veces este trabajo de duelo se hace en solitario, lo cual lo hace más difícil y menos elaborativo. Y es que esta etapa marca un punto de inflexión biológico y vital.
También sabemos, por otro lado, que ser adulto mayor trae consigo experiencia, sabiduría, recuerdos de toda una vida, con todos sus avatares, vivencias que a lo largo de los años han ido moldeando y generando recursos emocionales y cognitivos que se pueden implementar en estos momentos. Bodni (2013) nos dice que como parte del proceso de envejecimiento se activa la pulsión de trasmitir (tal vez sea complemento de la pulsión del saber) asociada a la pulsión de conservación de la especie (Freud, 1938) Esta pulsión exige un nuevo trabajo al aparato psíquico pues entran en juego aspectos referidos al legado y al sucesor, que es quien recoge el legado.
Cada etapa en la vida tiene su momento de crisis. Desde que nacemos hasta que nos acercamos a la muerte, el ser humano va atravesando distintas etapas en su desarrollo y va reconfigurando su identidad. Es interesante anotar que las etapas de más cambios psíquicos, físicos y sociales son la adolescencia y la senectud. Son las etapas donde más duelos debemos hacer, con la diferencia que en la senectud también estamos cerca a la finitud y la idea de la muerte se convierte en un aspecto más a revisitar y reflexionar.
En esta última etapa o ciclo vital como lo llamaría Erikson, le corresponde como ejes críticos la integridad versus la desesperanza. Integridad vendría a ser en pocas palabras la aceptación de sí mismo, de su historia personal, de su proceso psicosexual y psicosocial, el reconocimiento del camino transcurrido, de la experiencia y la sabiduría acumulada, así como la capacidad de compartir y trasladar esa sabiduría a nuevas generaciones. Por otro lado, la desesperanza es el fracaso de la integración y del reconocimiento personal, es mirar hacia atrás y quedarse solo con los aspectos negativos, sin posibilidad de recrearse a partir de la experiencia acumulada. Es quedarse en el estancamiento.
Es muy interesante lo que nos plantea Quinodoz (2013) acerca de que parte del trabajo de envejecer consiste en intentar reconstruir e integrar nuestra historia interna con el fin de encontrarle un sentido final a nuestra vida, eso es lo que le da continuidad, la otra opción es paralizar el tiempo con la ilusión de mantener la muerte a distancia, creando la ilusión del tiempo infinito, lo cual solo trae parálisis y aburrimiento.
Algo que vengo reflexionando hace algún tiempo es acerca de los aspectos o condiciones que llevan a un adulto mayor a salir airoso de estos duelos y seguir reconectándose con un proyecto de vida, mientras que otros se sumen en la melancolía, el aislamiento, la retracción afectiva, irritabilidad y fastidio por la vida. En palabras de Erikson, que hace que algunos lleguen a un estado de integridad, mientras que otros de queden en la desesperanza.
Reconfiguraciones identitarias
Es así que surge en mí el tema de las reconfiguraciones identitarias, es decir, como ante una situación de crisis vital, como puede ser el ingreso a la vejez, algunas personas reconfiguran su identidad, la transforman, recogiendo y acomodándose de manera activa y creativa a este nuevo momento en sus vidas, permitiéndose a través de esta metamorfosis encontrar una ubicación y un sentido diferente a su existencia.
Creo que el psicoanálisis nos puede dar algunas luces para entender estos procesos. Vienen a mi mente distintos autores, desde Freud, con la idea de estas fuerzas que habitan nuestra mente, Eros y Tánatos, así como los conceptos de identificación y narcisismo, donde me resulta sumamente interesante el concepto de narcisismo terciario desarrollado por Mariam Alizade. Me llama la atención también el concepto de resiliencia desarrollado por Boris Cyrulnik, como la capacidad de recuperarse después de experiencias traumáticas o estresantes, no se trata de negar el dolor, sino sobreponerse al sufrimiento de manera creativa.
Vamos a tratar de dar cuenta de estos alcances teóricos a través de viñetas clínicas que nos acerquen a entender que puede estar pasando por la mente y el cuerpo de estos adultos mayores.
Alfonso, 69 años: “Mi vida cambió con la jubilación, al comienzo no lo sientes, parecen vacaciones, pero después te vas como anquilosando, y eso no quiero para mi vida. Me ha tomado más de un año sobreponerme, ¡no quiero estar metido en mi casa frente al televisor¡ Ahora estoy estudiando y manejando mi propio fondo, estoy aprendiendo, quiero volver a sentirme productivo, que genero ingresos y me gusta lo que estoy haciendo. Hace tres años, no imaginé que estaría en esto.”
A partir de esta viñeta pensaba en dos conceptos importantes, por un lado, la primacía del Eros sobre el Tánatos, en esta lucha entre la apatía y el aburrimiento frente al deseo de reinventarse, de generarse nuevos retos que lo conecten a la vida. La primacía del Eros va de la mano con una capacidad muy importante referida al Yo, me refiero a la plasticidad yoica, que tiene que ver con la flexibilidad adaptativa, que le permite al Yo cambiar de estrategia y dejar atrás respuestas rígidas cuando la realidad lo demanda, para adaptarse de manera flexible ante los cambios y las exigencias del entorno. Para esto el Yo hace uso de una variedad de recursos adaptativos, cognitivos y afectivos, así como mecanismos de defensa flexibles según la situación, evitando la parálisis y la inercia psíquica.
Flechner (2023) nos dirá que la palabra clave es Atreverse, esto es, lanzarse a la aventura de no caer en el camino de la inactividad, el duelo y el dolor, y esperar pasivamente la muerte. El objetivo sería aceptar el desafío e ir en busca de cierta transformación, de esto que nosotros llamamos reconfiguraciones identitarias. Sin embargo, nos dice que estos cambios solo son posibles si estamos dispuestos a aceptar que la muerte llegará algún día.
José, 75 años: “Estoy en un momento de mi vida donde menos, es más. Toda mi vida me dediqué a crecer profesionalmente, tener éxito económico, llenarme de cosas materiales. Ahora siento que todo me sobra, que no lo necesito, más bien, me trae problemas. Ahora me interesa más disfrutar de lo cotidiano, de las pequeñas cosas, de una buena conversación, o de ver cómo puedo ayudar a las personas, eso me está llenando más en estos días. Siempre me preocupé por tener, ahora solo quiero ser”.
Freud (1914) describe dos tipos de narcisismo, el primario, donde aún no existe una diferenciación yoica y el narcisismo secundario donde hay un interjuego entre la libido objetal y la libido del Yo. A partir de esta viñeta creo que podemos reconocer el narcisismo terciario o senescente, descrito por Mariam Alizade (1987) al referirse a un movimiento narcisista que surge ante la posibilidad de la muerte y del dolor. Se concibe el narcisismo como dinámico, organizador y estructurante de la vida psíquica.
El narcisismo terciario aparece como una forma de afrontamiento de la finitud de nuestra existencia. Hay una resignificación del Yo, el equilibrio libidinal, trasciende al Yo y al otro, la relación con el objeto cambia, aparece la relación con un objeto que puede ser distante, que incluye a un Otro desconocido (objeto lejano). El Yo no recupera todas las catexias, por eso se habla de una desnarcisización del Yo. En este narcisismo encontramos que parte de uno mismo se proyecta en la exterioridad, se dispersa, se extiende. El amor cambia, tiene un sentido más amplio que relaciona al sujeto de manera diferente, ya no reducido a los objetos inmediatos. Hay más respeto por sus semejantes, aunque estos sean personas que no conocerá. El sujeto no se siente el centro del mundo, entonces el orden de lo social tiene otra importancia, y la solidaridad está presente, hay un trabajo creativo con la sociedad, sin esperar algo a cambio.
César, 67 años: “Desde que nació mi nieta, hace 5 años, mi vida dio un giro total, diría que cambió hasta mi identidad, o una parte de ella. Ahora soy TATA, así me renombró mi nieta cuando apenas comenzaba a hablar, y ahora, cuando ella me pregunta de verdad como me llamo, yo le digo TATA. Soy el mismo, pero a la vez distinto, apareció un nuevo sentido en mi vida y redescubrí la ternura, que había quedado olvidada y relegada por muchos años”.
Este quizá es el ejemplo más claro de reconfiguración identitaria, el nacimiento de una nieta trae consigo un movimiento nuevo, se adquiere la condición de abuelo, nominación nueva en el curso de la vida, roles y funciones hasta ese momento solo imaginadas. Cambia también la percepción y la relación con los hijos, quienes se constituyen ahora como padres. Es una experiencia que reconfigura, que permite revisitar vivencias con los propios abuelos, ya ausentes, y a partir de allí y de la propia experiencia personal como nieto, le permite ir configurando una imagen, una identidad de abuelo. La reinvestidura narcisista constituye un baño de vitalidad, no solo por el nuevo vínculo de amor y ternura que se empieza a gestar, sino también por el sentido de trascendencia que se adquiere, es como hacerle un guiño a la finitud, e imaginar que se puede trascender en el recuerdo de los hijos y los nietos. Me viene a la mente la película Coco (Viva, la vida es una fiesta), que seguramente todos conocen. Los abuelos trasmiten cultura, tradiciones y raíces a sus nietos, y estos a cambio les devuelven frescura, espontaneidad, vitalidad y alegría, dándoles un baño de narcisismo.
El ser abuelos, al ser un tipo de relación diferente al de ser padres, permite en muchos casos reparar, ahora con la calma que dan los años y sin las preocupaciones propias de ser padres, los abuelos pueden darse la oportunidad de reparar, a partir del nuevo vínculo con los nietos, aquellas desavenencias y resentimientos que tuvieron con los hijos. Sin embargo, no todo es agradable, ni totalmente saludable, en muchos casos como nos lo menciona Luis Kancyper (2002), el amor va de la mano del poder, que puede ser trófico o tanático, y muchas veces este último trata de imponer sus deseos sobre los nietos, para que ellos reencarnen los ideales incumplidos.
Como diría Bodni (2013) “La pretensión omnipotente de trasmitirlo todo será patente de una trasmisión narcisista, y su meta será entonces perpetuarse a partir de convertir al otro en un doble, en cambio la aceptación de los límites de la transmisión da cuenta de una modalidad objetalizante, lo cual permitirá sostener la permanencia de muchas identificaciones, las suficientes para dejar un registro que los sucesores pueden cuestionar o recrear”.
A partir de estas tres viñetas he querido mostrar como en la vida estamos en un constante proceso de cambio, resolviendo crisis, manejando conflictos, lidiando con realidad tanto externa como interna, y como la llegada a esta última etapa de la vida nos sigue planteando retos y posibilidades de cambio y reconfiguración. Conceptos como plasticidad yoica, narcisismo, identidad y pulsión de transmisión nos ayudan a entender un poco mejor cómo funciona la mente, en especial en esta etapa de la vida.
Cuando la memoria fenece
Es muy común la pérdida de memoria inmediata o reciente en los adultos mayores, en especial en los ancianos, el cerebro va cambiando con la edad, procesa la información de manera más lenta y reduce la eficacia de las neuronas para fijar nuevos datos. Sin embargo, la memoria retrógrada se encuentra preservada, en especial debido a la consolidación a largo plazo y la fuerte huella sináptica en la corteza cerebral. Es muy común en estos casos que el adulto mayor no recuerde lo que almorzó, pero si recuerda con lujo de detalles eventos que ocurrieron en su niñez.
Les comparto una viñeta:
Luisa: “Mi mamá tiene 83 años y está recordando cosas de niña que antes no nos contaba, que no sabíamos de ella. Desde muy pequeña, 5 años, mi abuela la mandaba sola en el tren hasta otro pueblo a visitar a unas tías, y ella lo cuenta como una aventura, que a veces se pasaba la estación y bajaba en otro lugar, y la gente le preguntaba donde iba y la encarrilaban para que llegue a su destino, ella siempre alegre y decidida. Nos cuenta cosas de su vida que luego corroboramos con la familia y son ciertas. Recién puedo valorar no solo a la mamá dedicada a sus hijos y su esposo, sino a esa mujer valiente que supo salir adelante desde muy chiquita, siempre con una sonrisa en el rostro. Ahora se lo digo, que valiente que eres mami”.
Notamos en este caso, como a pesar del envejecimiento cerebral propio de la edad, aún en esas circunstancias, la vida nos da la oportunidad, a esa madre y a esa hija, de reconfigurar su identidad, de valorar aspectos antes no tan reconocidos, de mirar y reconocer la historia personal desde otro lugar, logrando que la persona adulta mayor se sienta más reconocida, y también logrando que los hijos puedan tener una mirada diferente y más reconfortada de sus padres ancianos.
Palabras finales
¿Es posible el trabajo psicoanalítico con los adultos mayores? Tengamos en cuenta que Freud a sus 48 años decía que era imposible el psicoanálisis con personas mayores de 50 años, sosteniendo que la elasticidad de los procesos mentales no era la misma, ahora sabemos que la plasticidad de las funciones mentales continúa muchos años más. Lo que también sabemos es que cuando trabajamos con adultos mayores y ancianos el tema de la finitud y de la muerte están mucho más presentes, no solo en la mente del paciente, sino también en la mente del analista, en especial cuando es también adulto mayor. Mucha de la resistencia a trabajar con ancianos radica en nuestra propia imposibilidad de enfrentar y pensar nuestra propia muerte, en la medida que vayamos asumiendo este trabajo elaborativo nos será más cómodo y cercano el trabajo con los adultos mayores.
Como psicoterapeuta soy un convencido que siempre se puede promover el cambio, no importa la edad, siempre se puede ofrecer un espacio seguro, donde las personas puedan hablar de sus emociones, de sus penas, de sus dolores y ayudarlas a encontrar un lugar más integrador en la mente. Al igual que Quinodoz (2009) considero que no hay límite de edad en cuanto a la capacidad de comenzar un psicoanálisis, quizá puede ser más corto o quizá estar más atento a alguna enfermedad o incapacidad, pero, por otro lado, los pacientes mayores pueden tener incluso mayor capacidad para elaborar ciertas cuestiones como vínculos tempranos, duelos, angustias o sensación de soledad mediante la sublimación.
Existen otras opciones de trabajo, además de las sesiones de psicoterapia individual o familiar. Se puede trabajar a nivel grupal institucional, a modo de grupo operativo o psicodrama, se pueden ir elaborando las distintas posibilidades de reconfiguración identitaria que pueden ir descubriendo. Procurar que este espacio grupal les permita elaborar estos aspectos y ayudar a construir resiliencia, como dice Cyrulnik (2016), ayudar a desarrollar la capacidad de hacer frente a las adversidades de la vida, transformar el dolor en experiencia creativa, para fortalecerse y salir fortalecido de ellas, fomentando el apoyo de la familia, la cultura, el apego seguro, y darle significado a la vivencia y continuidad a nuestra existencia.
Alizade, A. (1987). Una dirección del narcisismo: acerca de sus movimientos y transformaciones. En: Revista de Psicoanálisis. 44(01), pp. 097-107.
Bodni, O. (2013). La delegación del poder en el envejecimiento humano. Psicolibros ediciones.
Cyrulnik, B. (2016). Los patitos feos. La resiliencia: Una infancia infeliz no determina la vida. Gedisa.
Erikson, E. (1974). Identidad, juventud y crisis. Paidós.
Flechner, S. (2023). Envejecer es humano. Revista Uruguaya de Psicoanálisis, 86-110.
Freud, S (1914). Introducción al narcisismo. En: Obras Completas. Madrid: Biblioteca Nueva, 1972.
(1920). Más allá del principio del placer. En: Obras Completas. Madrid: Biblioteca Nueva, 1972.
(1923). El yo y el ello. En: Obras Completas. Madrid: Biblioteca Nueva, 1972.
Kancyper, L. (2002). En: Ser abuelos: un continuo sin fin. Sidea.
Martínez Sousa, D. (2021). Adultos mayores, sexualidad y envejecimiento. En: Intercambio Psicoanalítico, 12 (2), pp 273 – 284.
Quinodoz, D. (2009). Growing old. A Journey of self-discovery. Routledge.
Quinodoz, D. (2013). Inscribir la vida en el tiempo. En: Revista de Psicoanálisis de la Asociación Psicoanalítica de Madrid ; (69): 167-183.