Este trabajo indaga sobre la conceptualización de lo femenino en la obra de Freud. La autora analiza los límites y tensiones de dicha teorización a través del debate e intercambio epistolar que este mantuvo con Marie Bonaparte.
“En las profundidades de la carne materna, la naturaleza hizo de mí, a través del sexo, una mujer fracasada, pero en revancha, a través del cerebro, casi un hombre”.— Bonaparte, 1950
Introducción
La pregunta por lo femenino viene de antaño. No es algo dado ni evidente, sino que es una cuestión de la que todos parecen tener una opinión: sobre si algo es femenino o masculino, sobre si una persona debería actuar de determinada manera por ser mujer u hombre, sobre los roles en una familia o en la sociedad en base al género, y más. Y, sin embargo, pese a tanta certeza, uno se pregunta qué implica realmente ser mujer o ser hombre. Frente a esto, Freud (1933) afirmó: “lo que constituye la masculinidad o la feminidad es un carácter desconocido que la anatomía no puede aprehender” (p. 106); asimismo, el autor plantea el uso de “masculino” y “femenino” como cualidades anímicas, proponiendo a la bisexualidad como constitutiva en el ser humano y que una persona se comporta en algunos puntos masculinamente y en otros femeninamente.
En el presente artículo, me propongo investigar la teorización de Freud acerca de la feminidad. Para ello, tomaré algunos intercambios que mantuvo con Marie Bonaparte en los que el debate entre ambos ilumina los límites y tensiones de esa teorización. A su vez, utilizaré como subtítulos frases de los autores que den cuenta del contenido a desarrollar.
El enigma de la feminidad ha puesto cavilosos a los hombres de todos los tiempos
Freud (1923, 1924) postula que, en la infancia, el interés por los genitales y el quehacer genital cobran una significatividad dominante, y que lo que diferencia la organización genital infantil respecto de la definitiva del adulto es que, para ambos sexos, hay un primado del falo. Por tanto, en la fase fálica hay algo masculino pero no algo femenino: la oposición es entre masculino y castrado. Lo masculino abarca la actividad, el situarse de manera masculina en el lugar del padre para mantener comercio con la madre; mientras que lo femenino supone la pasividad, hacerse amar por el padre.
En este punto, Freud (1923, 1924, 1925) afirma que sólo se puede explicar este hecho en el niño, ya que le falta tener un mayor conocimiento de los procesos correspondientes en la niña. Es más, refiere que “el material se vuelve aquí -incomprensiblemente- mucho más oscuro y lagunoso” (1924, p. 185). Así, para el autor, el clítoris de la niñita se comporta al comienzo en todo como un pene, hasta que, por la comparación con un niño, percibe que el suyo es “demasiado corto” y lo siente como un perjuicio, una razón de inferioridad y, a partir de ahí, cae víctima de la envidia del pene. Aquí, sabiendo que no tiene algo que le gustaría tener, se bifurca el complejo de masculinidad en la mujer que, de no ser superado, podría deparar dificultades en el desarrollo hacia la feminidad. En este punto se señala que hay una diferencia esencial en la que la niña acepta la castración como un hecho consumado, mientras que el varón tiene miedo a la posibilidad de su consumación.
Además, Freud (1924) propone que es raro que el complejo de Edipo en la niña vaya más allá de la sustitución de la madre y de la actitud femenina hacia el padre y que, deslizándose a lo largo de la ecuación simbólica, la niña tiene por deseo recibir un hijo como regalo del padre. Ambos deseos -el de poseer un pene y recibir un hijo- permanecen en lo inconsciente, donde se conservan con fuerte investidura y contribuyen a preparar a la mujer para su posterior papel sexual. Asimismo, considera que la menor intensidad de la contribución sádica a la pulsión sexual, relacionada a la mutilación del pene, facilita la mudanza de las aspiraciones directamente sexuales en aspiraciones tiernas de meta inhibida.
Más allá de que Freud ubica estos procesos en el inconsciente y describe lo que sucede en el armado del aparato psíquico, cabe preguntarse, no obstante, en qué medida estas formulaciones teóricas reflejan no sólo una descripción del desarrollo psíquico femenino, sino también el imaginario social de una época -y también del presente- que concibió a la mujer como naturalmente orientada hacia la maternidad, la ternura, la renuncia y las tareas del hogar. Las aspiraciones tiernas de meta inhibida, la aceptación de la castración como hecho consumado: todo ello dibuja una figura femenina cuyo lugar en el mundo está dado de antemano, no por la anatomía solamente, sino por el orden simbólico que la rodea. La inferioridad frente a la potencia, la actividad frente a la pasividad, el cuidado frente al deseo: estas oposiciones no son sólo parte de los conceptos psicoanalíticos, sino que también son representaciones sociales que cualquiera puede reconocer en su experiencia cotidiana.
En suma, Freud (1925) ubica, como una de las consecuencias del efecto de la envidia del pene y la inferioridad del clítoris, que la naturaleza de la mujer está más alejada de la masturbación. En parte, podría ser, según el autor, porque la masturbación en el clítoris sería una práctica masculina y el despliegue de la sexualidad tendría como condición la remoción de la sexualidad clitorídea. En base a su observación clínica, Freud plantea que, tras los indicios de la envidia del pene, sobreviene una intensa contracorriente opuesta al onanismo, lo cual presupone un preanuncio de la oleada represiva que en la época de la pubertad eliminará gran parte de la sexualidad masculina para dejar espacio al desarrollo de la feminidad. Así, en palabras de Freud (1925), “el conocimiento de la diferencia anatómica entre los sexos esfuerza a la niña a apartarse de la masculinidad y a encaminarse por vías que lleven al despliegue de la feminidad” (p. 274).
Continuando con la diferencia entre los sexos, Freud (1925) opina que el nivel de lo éticamente normal es otro en el caso de la mujer debido a que el superyó nunca deviene tan implacable e independiente de sus orígenes afectivos como en el caso del varón. También justifica rasgos que “la crítica ha enrostrado desde siempre a la mujer” (p. 276), tales como un menor sentimiento de justicia, menor inclinación a someterse a las grandes necesidades de la vida, el dejarse guiar en sus decisiones por sentimientos tiernos u hostiles y demás. Igualmente, rescata que todos los humanos reúnen en sí caracteres masculinos y femeninos, de suerte que la masculinidad y la feminidad puras “siguen siendo construcciones teóricas de contenido incierto” (Freud, 1925, p. 276).
Es una persona de elevada inteligencia, tiene la capacidad de trabajo de un hombre
Marie Bonaparte fue una princesa que comenzó su análisis con Freud en 1925 y se interesó en la investigación de la sexualidad femenina, en particular, de la frigidez la cual decía padecer-. Este problema, que ella experimentaba como la incapacidad de alcanzar el orgasmo sin estimulación clitoridiana la aquejó al punto de realizarse tres cirugías para acortar la distancia entre el clítoris y la vagina -motivo por el cual, en base a su estudio, no podía tener un orgasmo por vía vaginal-. No obstante, lejos de quedarse en lo personal, Bonaparte convirtió esa experiencia en objeto de investigación, produciendo una interesante teoría sobre la sexualidad femenina que dialogó de cerca con la de Freud, a veces acompañándola y otras veces tensionándola.
En el intercambio con Marie Bonaparte, Freud reconoció que no era una vergüenza ni era patológico necesitar al clítoris para llegar al orgasmo (Freud, 1929, 29 de enero). Aquí se puede observar un cambio respecto de lo que había postulado previamente acerca de lo que es la feminidad normal y el desarrollo al cual se espera que la mujer arribe. En este punto, el analista se sinceró respecto de que la frigidez sería un problema que las mujeres tendrían que resolver algún día, sumado a que lo que tenía para decir sobre la feminidad era incompleto y fragmentario (Freud, 1930, 20 de febrero).
Asimismo, sobre la doble moral sexual, Freud reconoció que, “con razón o sin ella”, las mujeres son tratadas con más dureza que los hombres en lo referente a los excesos sexuales. Para él, dado que la naturaleza pone al clítoris funcional al mismo nivel que al pene, es esta diferencia anatómica la que, en cierto modo, implementa la doble moral de la sociedad (Freud, 1927, 21 de mayo, p.233).
Por su parte, Bonaparte no se limitó a investigar la sexualidad femenina desde afuera, sino que ella misma resultó ser su caso de estudio y se sometió a tres cirugías que no tuvieron el éxito que ella esperaba. Más allá de que sus planteos respecto de la importancia de que un orgasmo se diese tan solo con la estimulación de la vagina y no del clítoris, obedeciendo a la máxima según la cual proponía esto como algo femenino, ella igualmente cuestionó la “actitud de la sociedad patriarcal”, en la que el hombre puede permitirse todo y la mujer debe aceptarlo todo, sonreír y agradecer (Bonaparte, 1932, 1 de agosto). A su vez, la analista se describía a sí misma como una mujer con cerebro de hombre, o como alguien que no se había convertido en mujer con la edad ni con el análisis (Bonaparte, 1932, 1 de agosto).
Conclusión
Freud construyó una teoría rigurosa del desarrollo psicosexual femenino; sin embargo, él mismo reconoció que lo que tenía para decir sobre la feminidad era incompleto y fragmentario y que la gran pregunta acerca de qué quiere la mujer había quedado sin respuesta tras muchos años de estudio. Esta honestidad, propia del autor, revela a un Freud atrapado entre la observación clínica y los supuestos de su época. Bonaparte, por su parte, encarnó esta misma tensión de manera singular. Teorizó la feminidad desde adentro, desde un cuerpo que experimentó como ajeno, con un cerebro masculino que no se adaptaba a lo que se esperaba de una mujer. Y, al mismo tiempo, fue quien más directamente cuestionó el orden que tanto Freud, como la sociedad de su tiempo, daban por sentado.
La pregunta por lo femenino, entonces, no tiene una respuesta única ni universal. Lo que este recorrido permite pensar es que ser mujer es una construcción que ocurre en el cruce entre lo que el inconsciente produce, lo que la anatomía impone, lo que la cultura prescribe y lo que cada quien hace con todo eso. Una construcción siempre incompleta, como el propio Freud admitió, y siempre en tensión, como lo demostró la vida de Bonaparte. Pero quizás lo más relevante sea esto: si la feminidad no es un destino anatómico fijo ni una esencia inmutable, entonces hay un margen para que cada una defina qué significa ser mujer para sí misma. No desde la nada, porque nadie elige fuera del lenguaje, del inconsciente y de la historia que le precede. Pero sí desde un lugar propio, singular, que ninguna teoría puede agotar del todo. Bonaparte lo intentó, a su manera y con sus contradicciones. Y en ese intento, más que en las cirugías o en los tratados, quizás esté su legado más duradero.
Amouroux, R. (Ed.). (2022). Marie Bonaparte – Sigmund Freud: Correspondance intégrale, 1925-1939. Flammarion.
Bonaparte, M. (1932, 1 de agosto). [Carta a Sigmund Freud]. En R. Amouroux (Ed.), Marie Bonaparte–Sigmund Freud: Correspondance intégrale, 1925–1939. Flammarion.
Caparrós, N. (2002). Correspondencia de Sigmund Freud. 1926-1939, El ocaso de una época. Los últimos años, 5.
Freud, S. (1923): La organización genital infantil (Una interpolación en la teoría de la sexualidad). En Obras completas (vol. XIX). Amorrortu Editores.
Freud, S. (1924): El sepultamiento del complejo de Edipo. En Obras completas (vol. XIX). Amorrortu Editores.
Freud, S. (1925): Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos. En Obras completas (vol. XIX). Amorrortu Editores.
Freud, S. (1927, 21 de mayo). [Carta a Marie Bonaparte]. En R. Amouroux (Ed.), Marie Bonaparte–Sigmund Freud: Correspondance intégrale, 1925–1939. Flammarion.
Freud, S. (1929, 29 de enero). [Carta a Marie Bonaparte]. En R. Amouroux (Ed.), Marie Bonaparte–Sigmund Freud: Correspondance intégrale, 1925–1939. Flammarion.
Freud, S. (1930, 20 de febrero). [Carta a Marie Bonaparte]. En R. Amouroux (Ed.), Marie Bonaparte–Sigmund Freud: Correspondance intégrale, 1925–1939. Flammarion.
Freud, S. (1933). Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis. En Obras completas (vol. XXII). Amorrortu Editores.