Una mirada psicoanalítica sobre la crueldad en las subjetividades actuales, y la necesidad de recordar y “legislar” para no repetir.
“Me sentí como una hormiga que cree que está surfeando en la cresta de la ola cuando en realidad está siendo arrastrada por un tsunami. No hemos hecho más que empezar a pensar.”—Preciado Paul B, (2022 pág. 33)
Este escrito es un intento, uno más, de descifrar, desde el Psicoanálisis, las variables que se juegan en este momento histórico, en que los hechos y los acontecimientos son de tal naturaleza que nos impone el decir en cada momento, cuando se trata de abordarlo: “esto es nuevo, esto nunca sucedió”, ¿cómo entender que esto pueda decirse?, ¿cómo entender que el odio es una salida, que la crueldad se practica como conducta que recoge aprobaciones?, ¿cómo puede ser?
Traigo para ilustrar este estado de cosas, lo que relata Silvia Bleichmar (2002, pág. 89): A partir de una encuesta realizada en los EEUU, donde se elegía el personaje “más detestable” de los cuentos infantiles, ganó por amplia mayoría Cruella de Ville, la villana de la película “101 Dálmatas”. Dice: “…la madrastra de Blancanieves está celosa de su marido; la de cenicienta ama a sus propias hijas por encima de todo escrúpulo; el hada devenida mala de La bella durmiente actuó por resentimiento, por exclusión, por no haber sido invitada a la fiesta del bautismo…pero Cruella de Ville no tiene motivos, más que su vanidad, su falta de sensibilidad por el sufrimiento ajeno, la banalidad de su egoísmo, el hecho de que pueda quitar la piel del otro sólo para hacerse un objeto de lujo, ni siquiera para sobrevivir”.
En los personajes iniciales algo se juega con otro semejante, en Cruella no hay otro, las cuestiones se juegan en el puro narcisismo, en este caso de muerte.
Hablamos de autoerotismo que deviene con-su-mismo, en un fallido intento de completud narcisista como forma de abolir, ya no de alcanzar, el propio deseo.
Con-sumismo espiralado, camino laberíntico que no conduce a ningún “lado”, a ningún otro, termina en la propia voracidad que a modo de espejo se auto fagocita, es decir, el sujeto se consume a sí mismo.
Este desconocimiento del otro pone en juego lo que Freud (1930 pág. 138) nos dice, desde el Malestar en la Cultura…” el problema es aquí cómo desarraigar el máximo obstáculo que se opone a la cultura: la inclinación constitucional de los seres humanos a agredirse unos a otros; y por eso mismo nos resulta de particular interés el mandamiento cultural acaso más reciente del Super yo: «Ama a tu prójimo como a ti mismo».”, como si fuera posible resolverlo desde la propia obediencia al mandato.
Sin embargo, hay un lugar en el que esta resonancia es más perjudicial, y en el que el daño es mayor: el momento en que el sujeto en total desvalimiento nace a la cultura y el momento en que el sujeto intenta apropiarse de las posibilidades que le brinda su cultura. Hablo de la Niñez y de la Adolescencia.
Tomo palabras de Silvia Bleichmar (2002 pág.14 y 15) “Hay en la infancia un sentimiento de desvalimiento que da lugar a la más profunda de las angustias: se trata de la sensación de “des-auxilio”, de “des-ayuda”, de sentir que el otro del cual dependen los cuidados básicos no responde al llamado, deja al ser sometido no sólo al terror sino también a la desolación profunda de no ser oído. A tal punto es así, que puede devenir “marasmo”, un dejarse morir por desesperanza, por abandono de toda perspectiva de reencuentro con el objeto de auxilio”, última frase que nos refresca a Spitz.
Ser humano
Cruella de Ville es arrestada y encerrada en la cárcel; su crueldad es vista en la cultura, en su entorno cultural, como una conducta punible, delictiva finalmente y se condena. No la“crueldad”, sino su robo de los Dálmatas para sacrificarlos y cubrirse con su piel. Se condenan sus actos crueles, porque hay un mandato cultural que los prohíbe. La ley se sostiene porque hay una sociedad que la avala, que la apuntala.
Sabemos que los seres humanos no nacemos “ángeles”, repitiendo una cita freudiana esta vez desde “De guerra y muerte. Temas de actualidad”. Freud (1915 pág. 283) advierte que este universo simbólico se ve amenazado constantemente porque. “…la esencia más profunda del hombre consiste en mociones pulsionales de naturaleza elemental; ellas son del mismo tipo en todos los hombres y tienen por meta la satisfacción de ciertas necesidades originarias.” … “Ha de concederse que todas las mociones que la sociedad proscribe por malas -escojamos como representativas las mociones egoístas y las crueles- se encuentran entre estas primitivas”.
¿Por qué estos impulsos se manifiestan sin freno ni control en una sociedad determinada? Sabemos que están en nosotros, sin embargo, no es ese el problema, sino saber por qué aparecen. ¿Qué propicia, qué favorece la irrupción de estos impulsos egoístas y crueles. Y ¿por qué no se inhiben o manejan y/o reprimen?. ¿Será que esto no se produce porque los impulsos no dependen del manejo subjetivo, personal, sino de las formas de contención o facilitación de los otros “seres humanos”, de las leyes aplicadas, de las Instituciones creadas para tal fin?
Para que esto suceda no podemos obviar que nuestra cultura y en este caso nuestra civilización no ha construido un mundo amigable, hermanado, humano, igualitario y digno. El Poder Global, como nunca, se niega a la diversidad, a las diferencias, pregona un discurso único que no admite un otro discriminado, sujeto sexuado, ese otro está obligado a deshumanizarse, mutar a “ROBOT”, sin pensamiento propio, similar al zombi, cuyo afán es comer el cerebro humano, ¿para pensar? El robot es cargado con un programa que no es propio, no se cansa, no conoce la fatiga, no siente hambre ni dolor, el robot no ama, desconoce a los otros robots.
Silvia Bleichmar (2016 pág.22) insiste en destacar los “primeros tiempos” en la estructuración del aparato psíquico recordándonos: “…que no se puede considerar alteridad en sentido estricto, en la cual no hay proceso de subjetivación, si no hay reconocimiento de la alteridad del otro en primer lugar, de parte del adulto que tiene a su cuidado al niño”.
No se puede afirmar en “sentido estricto” porque en “los primeros tiempos” las coordenadas espacio y tiempo no son registradas por la cría; hablamos del estado fusional de la cría humana en el que el pecho y el bebé no están discriminados. Se juega allí el pasaje a ser sujeto y esto es habilitado por la mirada, el reconocimiento del adulto hacia el bebé. Esta interdependencia determina que para que el sujeto sea tal debe reconocerse como alteridad, desde la propia mismidad del adulto. Esto sucede cuando la madre o el adulto tratan de entender qué necesita, qué le pasa a su bebé, esto es un reconocimiento de la alteridad del bebé, y fundamenta, es, constitutivo de su mismidad.
Por lo tanto, la subjetivación es posible porque hay alteridad, un sujeto discriminado, semejante sexuado, en proceso de humanización.
Aquí decimos que las fallas que puedan interrumpir estos desarrollos pueden manifestarse en patologías en término de retrasos madurativos, y desde la clínica de la actualidad en casos de trastornos de conducta severos, impulsividad, violencia.
Estamos en un momento de estadio presubjetivo, cercano a las instancias preedípicas, lejos del Yo de Realidad definitiva, donde la estructuración mantiene estable la barra de la represión y la división intersistémica está consolidada.
La crueldad epocal
Una primera característica es que está lejos del Yo de Realidad definitiva en cuanto a la estructuración del Aparato Psíquico.
Si pensamos los funcionamientos del psiquismo previo a la instalación de la subjetividad en el cachorro humano, y en lo preedípico, nos encontramos con otros destinos pulsionales: transformación en lo contrario y vuelta sobre sí mismo, la indiscriminación, el pegoteo, la no-castración, que, de no metabolizarse, no resolverse, no ligarse, generarán una enorme dificultad para apropiarse de las experiencias y vivencias, sobre todo comunitarias, en el mundo.
Según Éric Sadin (2022 pp. 36/7) “estaríamos ante “la era del individuo tirano”: el advenimiento de una condición civilizatoria inédita que muestra la abolición progresiva de todo cimiento común para dejar lugar a un hormigueo de seres esparcidos que pretenden de aquí en más representar la única fuente normativa de referencia y ocupar de pleno derecho una posición preponderante.”. Más adelante (pág. 37) agrega: “…no prevalece ya ningún punto de referencia identificable, donde se haga reinar voluntariamente la inestabilidad permanente, donde ciertas pulsiones se puedan expresar sin encontrar mayores obstáculos, haciendo oscilar una dinámica continua de caos que provoque incertidumbre personal y disolución de las estructuras sociales.”.
Si pensamos como Freud (1921 pág. 67), que la “Psicología individual es simultáneamente Psicología social”, y retomamos lo presubjetivo y lo preedípico, con la irrupción de estas “mociones primitivas (egoísmo y crueldad entre otras) sin los diques del asco, el pudor frente a la mirada del otro, ni de la vergüenza, que si se pierde “jamás se vuelve a encontrar”, tenemos los ingredientes que apuntalan las afirmaciones del autor.
De allí la necesidad de destacar el componente ético como red de contención de estas “mociones primitivas”. Freud en El Malestar en la Cultura (1930 pp. 137/8) define a la Ética como “El punto… de desolladura de toda cultura.” Y más: “La ética ha de concebirse como un ensayo terapéutico”.
Es aquel recurso que intenta desarraigar el “máximo obstáculo que se opone a la cultura: la inclinación constitucional de los seres humanos de agredirse unos a otros”.
Pensamos una Ética que no sea sólo un anuncio de lo que se tiene que hacer, una obligación, un mandato.
Por lo contrario, después de superar momentos en que, (Freud 1921 pág. 91) “…cada uno cuida de sí mismo sin miramiento hacia los otros, los lazos recíprocos han cesado, y se libera una angustia enorme, sin sentido”, como un acto de conciencia, encontremos las palabras, las consignas que nos vuelvan a reunir en un vital llamado a Eros, para que en comunidad podamos comenzar de nuevo.
Recordar y legislar, recurrir a la Ley para no repetir. Una construcción que debemos cuidar y proteger, un nuevo ciclo nos desafía.
Notas
1 Esp. Lic. José Andrés Cernadas. 15 40278670. Jacernadas225@hotmail.com
Bleichmar, S. (2002) Dolor País. Edit. Libros del Zorzal.
Bleichmar, S. (2016) Vergüenza, culpa, pudor. Relaciones entre la psicopatología, la ética y la sexualidad. Edit. Paidós.
Preciado, P. (2022) Dysphoria mundi. Edit. Anagrama.
Sadin, É. (2022) La era del individuo tirano. El fin de un mundo común. Edit. Caja Negra.
Freud, S. (1915) De guerra y muerte. Temas de actualidad. Amorrortu. Vol. XIV.
Freud, S. (1921) Psicología de las masas y análisis del yo. Amorrortu. Vol. XVIII.
Freud, S. (1930) El malestar en la Cultura. Amorrortu. Vol. XXI.