NÚMERO 24 | Octubre 2021

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Editorial | Número 24: «Sexualidades (parte II) | Ileana Fischer

«La realización del deseo no es asunto

de las realidades objetivas.

Depende de nuestro poder de satisfacernos

y de nuestro derecho a la satisfacción,

es decir, de la libertad para poner en marcha

los actos relacionales de nuestro cuerpo».

Mária Török

 

Este segundo número de 2021 de Psicoanálisis Ayer y Hoy es una invitación a continuar recorriendo una de las temáticas más revolucionarias en el campo del estudio de la vida de los seres humanos. El descentramiento de la conciencia y la sexualidad como fuerza pulsionante vital conforman dos grandes rupturas epistemológicas.

No basta llegar al mundo perteneciendo a la especie humana para constituirse en sujeto, sino que se requiere de la acción sexualizante de otro que con su deseo y acción nos introduzca al campo de lo simbólico y del deseo.

El pasaje del organismo al cuerpo erógeno en tiempos de la constitución primaria es una operatoria compleja que requiere del encuentro complejizante con un otro atravesado por la ley.

El concepto de sexualidad en psicoanálisis está ligado a trauma, pulsión, inconsciente, infantil, represión, Edipo, castración, fetichismo, masoquismo, ello, abuso, exceso, investidura, narcisismo, identificación, etc. 

En esta ocasión del número 24, «Sexualidades (parte II)», nos proponemos compartir temáticas como las conductas sexuales abusivas en la adolescencia, la relación entre aprendizaje y sexualidad, la sexualidad en los adultos mayores, herramientas técnicas en psicoanálisis, una entrevista al curador del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA) con relación a la exposición «Terapia», entrevistas a nuestros colegas institucionales para conocerlos más cercanamente, monografías de nuestros cursantes de las carreas de posgrado, comentarios y análisis de películas y algunas de las exposiciones destacadas de los ciclos Miércoles científicos, Malestar en la Cultura y Psicoanalistas con las letras.

En este número hemos dedicado la sección Dossier, que fue estrenada en el número 23, para homenajear mediante reseñas, entrevistas y comentarios a un querido psicoanalista y miembro de nuestra institución quien tristemente falleció en 2020 y a quien le debemos grandes aportes en el campo del psicoanálisis: Miguel Alejo Spivacow.

También hemos renovado la sección Freud Dixit que a partir de esta edición se denominará Psicoanalistas Dixit en la cual se encontrarán citas de analistas clásicos y contemporáneos sobre el eje temático de la edición. De este modo la revista busca ampliar su campo en el ámbito del psicoanálisis y honrar el espíritu pluralista y en permanente cambio de la AEAPG

Esperamos que disfruten la lectura y nos dejen sus comentarios.

Lic. Ileana Fischer
Directora Editoral


Reglamento para la presentación de trabajos

 

Acerca del autor

ILEANAFISCHER

Ileana Fischer

NÚMERO 24 | Octubre 2021

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Feminicidios: ¿una cara coercitiva de la globalización | Jules Falquet

Trabajo presentado en la Mesa «¿Feminicidios: ¿una cara coercitiva de la globalización» perteneciente al Ciclo «Malestar en la Cultura ONLINE», mayo 2021.

Esta conferencia presenta, desde la perspectiva de la imbricación de las relaciones sociales de sexo, raza y clase, las grandes líneas de mi análisis sobre las lógicas del aumento de la violencia contra las mujeres por parte de los hombres, sean anónimos, sean hombres armados de diferentes clases (policías, militares, mercenarios, pandilleros, etc.) en la actual fase neoliberal de este sistema-mundo colonial, racista, capitalista y patriarcal.

Utilizo el caso emblemático de los feminicidios acaecidos en Ciudad Juárez, México, para subrayar el hecho de que las mujeres somos atacadas no por nuestra “debilidad”, y mucho menos por algunos locos enfermos, sino, en el marco de lógicas estructurales globales, por la enorme cantidad de trabajo que nos obligan a realizar y el considerable potencial de rebelión que representamos.

Más elementos se pueden encontrar en mi libro : Pax Neoliberalia. Perspectivas feministas sobre (la reorganización de) la violencia. (2017). Buenos Aires: Madreselva, 155 p.(Se puede pedir o leer online en la página de la editorial Madreselva: https://editorialmadreselva.com.ar/product/pax-neoliberalia/

 

Ciclo «Malestar en la Cultura ONLINE»

Sabado 15 de mayo de 2021

Mesa: “Feminicidios: ¿una cara coercitiva de la globalización”

Panelistas: Jules Falquet

Coordinan:

Silvina Ferreira Dos Santos Y Miguel Tollo

 

PUEDE ACCEDER A ESTA CONFERENCIA EN NUESTRO CANAL DE YOUTUBE:

Acerca del autor

Jules Falquet

Jules Falquet

NÚMERO 24 | Octubre 2021

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«Whiplash»: ¿Cuál es el límite? Notas sobre la clínica del superyó | Área de lecturas lacanianas

A partir de un recorte de la película Whiplash, los autores proponen una articulación para pensar y trabajar la clínica del superyó. El Área de Lecturas Lacanianas hizo esta presentación el 2 de junio de 2021 en el marco del Ciclo de los «Miércoles en la Escuela» de la AEAPG.

«Sólo el hombre que acepta acercarse a otros seres

en su movimiento propio,

no para retenerlos en el suyo,

sino para ayudarles a ser más ellos mismos,

se hace realmente padre».

Éloi Leclerc

 

Introducción

En este trabajo vamos a desarrollar algunos aspectos del concepto de superyó. Tomaremos como eje central su carácter cruel y punitorio. Nos centraremos en la noción de superyó como imperativo de goce, los sacrificios que este impone y la relación del superyó con el yo ideal.

Propondremos una articulación con algunas escenas de la película Whiplash para pensar y trabajar lo que se denomina «clínica del superyó».

El Ideal del yo en Freud y Lacan

Los conceptos de Ideal del yo y Superyó suelen superponerse, cuando no confundirse en muchos textos freudianos. Pero no son lo mismo.

Lacan ubica al Ideal del yo como una instancia que debe ser distinguida del superyó, a diferencia de Freud que los ubica como una sola instancia psíquica, aunque con atribuciones paradojales.

En Freud el ideal del yo tiene un origen doble: es el heredero del narcisismo primitivo («Introducción del narcisismo», 1914) y también el heredero del complejo de Edipo («El yo y el Ello», 1923). Al final del Edipo, se resignan las investiduras eróticas de los padres y se las reemplaza por una identificación secundaria, que refuerza la identificación primaria: «Así como el padre deberás ser». De este modo se crea una nueva instancia.

En Lacan el ideal del yo se vincula tanto al registro imaginario como al simbólico. El rasgo unario es el núcleo del ideal del yo y proviene de la interiorización de un signo. Es el signo de asentimiento de la mirada del Otro que sostiene al bebe frente al espejo y lo autoriza a asumir la imagen especular como propia. Esa intervención simbólica del Otro permite que el niño se relacione con su imagen virtual. El ideal del yo es simbólico.

Al final del Edipo, con la adquisición de la metáfora paterna, el rasgo unario (núcleo del ideal del yo) devendrá significante unario. El padre aparece como donador de la castración y el niño se identifica con el padre. Esta identificación se llama Ideal del yo.

El superyó en Freud

El superyó aparece en «El yo y el Ello» como una de las instancias que componen el aparato psíquico, como la culminación de la propuesta estructural que se conoce como Segunda Tópica. Es en 1923 cuando Freud postula la existencia de «…un grado en el interior del yo, una diferenciación dentro de él, que ha de llamarse ideal del yo o superyó»[1].

Se forma como consecuencia del prolongado periodo de desvalimiento y dependencia infantil, como efecto de la represión o sepultamiento del Complejo de Edipo y de la interiorización de las exigencias y prohibiciones parentales. Aparece como una instancia que se ha separado del yo y lo domina a través de la crítica y la culpa.

Aun cuando el yo se fortalece en la madurez, el superyó es un recordatorio de la dependencia infantil y mantiene su imperio sobre este. La indefensión, como condición latente, permanece a lo largo de la vida.

Para Freud, el superyó reúne las funciones de autoobservación, conciencia moral e ideal del yo.

Si bien el aspecto cruel y punitivo del superyó es el más claro en la obra freudiana, hay algunos textos en los que le atribuye características menos críticas y más benevolentes. En «El humor» describe incluso una actitud cariñosa y consoladora del superyó hacia el yo. En «Esquema de psicoanálisis» postula que el superyó incluye el influjo de los padres en la infancia con relación al cuidado y la educación en la época de dependencia. Por el contrario, en la «Conferencia 31» postula que el superyó toma de los padres la función prohibitiva y castigadora, pero no, su «amorosa tutela»: «… el superyó, en una elección unilateral, parece haber tomado solo el rigor y la severidad de los padres, su función prohibidora y punitoria en tanto que su amorosa tutela no encuentra recepción ni continuación algunas»[2].

Freud plantea que el sentimiento de culpa de la humanidad proviene del parricidio. Fue el asesinato del padre de la horda en manos de sus hijos lo que promovió la alianza fraterna y la posterior nostalgia y culpa por el vínculo ambivalente previo.

En «El yo y el ello», Freud plantea que el superyó se enfrenta al yo como abogado del ello, ya que mantiene con él las más íntimas relaciones. El superyó toma su fuerza del ello. «Así como el niño estaba compelido a obedecer a sus progenitores, de la misma manera el yo se somete al imperativo categórico de su superyó»[3]. El superyó es heredero de lo cruel y lo punitorio. Castiga no solamente en función de los actos, sino también por los deseos y pensamientos.

La paradoja reside en la frase: «Así como tu padre deberás ser» aludiendo al ideal, y «Así como tu padre no te es lícito ser» en referencia a la prohibición incestuosa.

La severidad del superyó no es una repetición directa de las características de los padres. «El superyó del niño no se edifica en verdad según el modelo de sus progenitores, sino según el superyó de ellos: se llena con el mismo contenido, deviene portador de la tradición, de todas las valoraciones perdurables … a lo largo de generaciones»[4].

El rigor del superyó está en relación con la intensidad pulsional que debió reprimir. Cuanto más rápido e intenso fue el sepultamiento del Complejo de Edipo, más severo será el superyó. Al final del Edipo, se produce una regresión desde la elección amorosa hacia una identificación. El camino regresivo conlleva una desmezcla pulsional. La pulsión de muerte no ligada a Eros es acogida por el superyó. Freud postula que el yo se esfuerza en vano por complacer al superyó, ya que cuanto más virtuoso es el individuo, más severa es su conciencia moral. Cada nueva renuncia aumenta la severidad del superyó porque la pulsión de muerte no puede descargarse hacia el exterior.

La demanda del superyó es voraz e inagotable y su exigencia, ilimitada. La pulsión de muerte no tiene tope, hace un forzamiento permanente del principio del placer que puede llevar al sujeto hasta su propia destrucción.

La tensión entre la conciencia moral y el yo se expresa a través del sentimiento de culpabilidad. El rigor del superyó determina la gravedad de las neurosis.

El superyó en Lacan

Para Lacan, el superyó freudiano es paradojal. Postula que superyó e ideal del yo son dos instancias diferenciadas, según la relación que cada una mantiene con la ley.

Lacan describe al superyó como una ley insensata que implica el desconocimiento de la ley, y lo relaciona con el imperativo de goce. A partir de 1962, Lacan, tomando los textos de Freud, delimita al superyó como imperativo de goce ubicándolo en el registro de lo real.

En el Seminario 10, plantea que el superyó tiene que ver con la voz.

El superyó como imperativo refuerza las vías de goce del sujeto trazadas en su fantasma.

El ideal del yo, por el contrario, implica una ley normativa que incluye la castración y, en consecuencia, habilita el deseo.

El superyó invita constantemente a transgredir la ley de la castración, ley que supone la renuncia al goce que es imposible por estructura.

El superyó se expresa a través de enunciados discordantes, que no se deslizan por la cadena significante. Son enunciados oraculares, sentencias, mandatos inapelables y están marcados por una arbitrariedad fundamental.

Puede recriminar al yo tanto por lo que hizo como porque deseó algo prohibido o por aquello que no hizo que haría su ideal.

En este último caso, el superyó puede reclamarle al sujeto el no haber estado a la altura del yo ideal, de esa imagen sin tachadura, no atravesada por la castración, señalando la imagen yo ideal como aquella que debería alcanzar el sujeto para lograr la perfección.

El yo ideal y el ideal del yo. La castración en la imagen

Si bien Freud utiliza los términos de manera indiferenciada, Lacan traza una diferencia entre el yo ideal y el ideal del yo.

El yo ideal corresponde a la primera imagen que se forma en el campo del Otro, en el estadio del espejo. El estadio del espejo en la enseñanza de Lacan explica la constitución del yo. Transcurre aproximadamente entre los seis y los dieciocho meses de vida. El yo (moi) es, en su origen, un yo ideal. La imagen de unidad que observa el bebé en el espejo es la que produce el júbilo característico propio de la investidura narcisista.

El Otro simbólico, el tesoro de los significantes, regula la posibilidad de acceso a esa primera imagen en la que nos reconocemos como yo (moi). El Otro es indispensable para que, a la salida del estadio del espejo, las relaciones con el semejante vayan enriqueciendo y complejizando esa imagen yo ideal. El niño aprende a reconocer lo que es deseable para sí en la imagen del otro con minúscula (el semejante).

Lacan plantea una distancia necesaria entre el yo moi y el yo ideal.

Una vez establecida esta distancia entre el yo y el yo ideal, castración mediante, se genera una intensa tendencia a recobrar el narcisismo perdido.

La expectativa de recuperar ese sentimiento de euforia característico se desplaza a la posibilidad de cumplir con las condiciones del ideal del yo. Esto no es algo posible. El ideal del yo es un punto de referencia simbólico ─no alcanzable─ desde el cual nos sentimos bien o mal mirados.

Es esperable que, en las idas y vueltas entre el yo y el semejante, se inscriba la falta fálica en la imagen por lo cual ni el yo ni el otro aparecen tan completos como en el inicio del estadio del espejo.

La imagen yo ideal es mortificante, estática, congela al yo en una identificación alienante que no le permite «ir siendo».

Es justamente la castración, la falta en la imagen, la que habilita el deseo. La castración marca el punto en donde hay que detenerse, pues más allá de este ya no hay placer, hay goce (sufrimiento). La renuncia narcisista nos permite desear. Para poder disfrutar es necesario tener inscripta la falta. En la aspiración a la perfección, no hay placer posible, es mortífera.

El superyó como imperativo de goce

Para Lacan, el superyó va en la dirección opuesta al deseo. Va en la dirección del goce. Dice Lacan: «… El superyó tiene relación con la ley, pero es a la vez una ley insensata, que llega a ser el desconocimiento de la ley … El superyó es, simultáneamente, la ley y su destrucción»[5].

La moral se opone al deseo, pero está a favor del goce. La moral superyoica se opone al deseo y lo condena con la misma energía que a su realización. Permite casi cualquier satisfacción que involucre sufrimiento. Inhibe la porción de agresión dirigida hacia afuera y en cambio sugiere dirigir esos impulsos contra sí mismo.

El superyó representa la ley moral dentro del psiquismo. Esta ley es abusiva e incluso injusta, ya que condena más a quien más la obedece.

Lacan propone que la ética del psicoanálisis es contraria a esta ley moral, y se rige por otra, la ley del deseo. Dice Lacan: «La castración significa que es preciso que el goce sea rechazado, para que pueda ser alcanzado en la escala invertida de la ley del deseo»[6].

El superyó en la clínica

Mabel Fuentes, en el Seminario: «El borde narcisista de las neurosis», plantea que en la clínica el superyó aparece bajo dos aspectos diferentes. En la clínica clásica del superyó, la melancolía se manifiesta a través de una conciencia moral excesiva y despiadada que tortura al yo a través de la culpa y los autorreproches. Cuando se debe resignar al objeto perdido, se sustituye esta investidura por una identificación y, en este camino regresivo, se produce una desmezcla pulsional que queda liberada la pulsión de muerte que es acogida por el superyó. Este proceso aumenta su crueldad y la severidad con la que castiga y denigra al yo.

Sin embargo, el superyó puede aparecer en la clínica también mostrando su otra cara. En los estados de manía, el yo tiene un sentimiento de triunfo, de omnipotencia, de falta de límites como si el superyó hubiera sido «aplastado». El superyó no se opone a las pulsiones ni las limita, sino todo lo contrario. No hay represión de la hostilidad ni de la sexualidad. Es el mismo superyó, el que empuja al sujeto al goce y lo incita a más para poder llevarlo a la ruina o incluso a la muerte. Fuerza a la pulsión al goce absoluto, imposible por estructura, más allá del principio del placer.

En ambos casos, el de la melancolía y el de la manía, falla la ley de la castración que pone un límite a la pulsión de muerte y, en consecuencia, el sujeto se ve arrasado.

Argumento: WHIPLASH

Andrew Neiman es un estudiante de jazz de primer año en el Conservatorio Shaffer, en la ciudad de Nueva York. Toca la batería desde niño y aspira a convertirse en un baterista de talla mundial como Buddy Rich.

Terence Fletcher es profesor allí. Es director de la orquesta principal. Lo ve a Andrew practicando y lo invita a formar parte de ella.

En su primer día de práctica, Fletcher lo cita a las 6 de la mañana. Andrew se queda dormido y en el apuro se tropieza y cae por las escaleras. Más tarde verifica en la pizarra que la clase es a las 9, pero se queda esperando.

Cuando llega el profesor, los alumnos se cuadran como soldados, se percibe un clima de fuerte tensión y Andrew observa sorprendido el maltrato que reciben los músicos. La violencia verbal escala. Fletcher despliega su gran sadismo.

Todos los alumnos se someten a los métodos del profesor. A Andrew le llega su turno: es maltratado física y emocionalmente hasta llegar a las lágrimas. Fletcher se burla. Los músicos agachan la cabeza mientras se percibe la furia en el rostro del director. En una charla de pasillo, el profesor descalifica al padre de Andrew por ser un simple profesor de literatura y justifica el abandono de la madre por este motivo.

Lo insta a Andrew a copiar a los grandes músicos porque considera que carece de modelos exitosos y, a partir de ese momento, practica de manera desaforada hasta que sus manos sangran.

El mismo día que había sido convocado a participar de la orquesta, invita a salir a Nicole, la joven que atiende la cafetería. Se muestra como un ganador. En el encuentro, ella le dice sentirse un poco perdida en la universidad y que extraña su hogar. Andrew le confiesa que le cuesta hacer amigos y que aún disfruta yendo al cine con su padre. Le cuenta que aspira a convertirse en un gran músico y se sorprende de que ella todavía no tenga un proyecto definido. Al tiempo, Andrew deja de verla para enfocarse exclusivamente en su carrera musical.

En una competencia de jazz, pierde una partitura que el primer baterista le había encomendado cuidar. Esto desata la furia de Fletcher. Andrew sustituye a su compañero sin mostrar ningún reparo por la forma en que consigue ocupar ese lugar. De este modo logra ser ascendido a primer baterista.

En una reunión familiar con sus tíos y primos, cuenta su logro. Se evidencia un clima de rivalidad entre los jóvenes. Se muestra pedante y descalifica a sus primos por no recibir el reconocimiento que cree merecer. El padre también cuestiona la idea que tiene su hijo acerca del éxito.

Andrew deja en claro su posición, quiere ser como Charlie Parker, ser reconocido como un gran músico sin importar el precio.

En una práctica de la orquesta, Fletcher, muy conmovido, relata la reciente muerte de un exestudiante en un accidente. Él creyó ver algo valioso en su alumno y gracias a ello había llegado a destacarse. Inmediatamente, para sorpresa de Andrew, propone una competencia entre los tres bateristas para lograr la titularidad. Gana el puesto y debe presentarse a una competencia al día siguiente.

De camino a la presentación, el ómnibus en el que viajaba pincha un neumático. Desesperado alquila un auto. Cuando llega se da cuenta que no tiene los palillos. Fletcher lo insulta. Si bien faltan pocos minutos para salir a escena, el joven decide ir a buscar las baquetas y, en el camino de vuelta, choca con un camión y vuelca. Ensangrentado llega al teatro, pero no puede tocar adecuadamente y termina a los golpes con Fletcher.

Esta situación determina su expulsión del Conservatorio. Un tiempo después, el padre de Andrew quiere que denuncie al profesor. Una abogada le aclara que la denuncia sería anónima para asegurarse de que no vuelva a ocurrir un evento como el acontecido que llevó al suicidio a un joven que padeció ansiedad y depresión por ser alumno de Fletcher.

A pesar de no estar muy convencido, acepta hacer la denuncia y abandona su carrera musical. Fletcher es despedido de su cargo como profesor en el Conservatorio.

Tiempo después, de manera casual, Andrew encuentra a Fletcher tocando en un bar de jazz y decide entrar. En la conversación Fletcher le dice que nadie lo ha entendido, que él quiere encontrar al próximo Charlie Parker, el que no se rinda nunca. El joven, seducido nuevamente, acepta la propuesta de tocar en su banda en un importante concurso.

En el momento del evento, para motivar al grupo, el director les dice que es un gran día, que les abrirá las puertas al estrellato o se las cerrará definitivamente. Andrew se muestra exultante. Cuando llega al escenario se da cuenta de que Fletcher le tendió una trampa y que no tiene la partitura del tema para tocar. Fletcher le dice, susurrando, que sabe que fue él quien lo denunció. Andrew intenta seguir a la banda, pero no lo logra. Los otros músicos lo increpan y él, avergonzado, deja el escenario. El padre, que estaba entre el público, va a su encuentro y, abrazándolo, le propone regresar a casa. El joven duda, pero vuelve al escenario para sorpresa del padre y de Fletcher. Irrumpe en escena y empieza a tocar la batería. Les indica a los músicos otra partitura y les marca el tempo. Fletcher resignado lo sigue y cuando quiere marcar el cierre del tema, Andrew continúa tocando un solo. Toca sin parar. La cámara hace foco en ambos protagonistas. Se observa una mirada de satisfacción, de complacencia…

Articulación

Andrew es un joven de 19 años que estudia música en el Conservatorio Shaffer de NY. Desde niño toca la batería y eligió hacer de esta pasión su carrera. Quiere ser un gran músico como Buddy Rich, un prestigioso baterista del ámbito del jazz, reconocido por su técnica y la rapidez en los solos.

Andrew no proviene de una familia de músicos. Su padre es profesor de literatura, a pesar de haber querido ser escritor. De la madre sólo sabemos que los abandonó cuando Andrew era muy pequeño.

Fue un chico solitario a quien no le resultó fácil hacer amigos. Esta dificultad persistió en la adolescencia. “Nunca vi la utilidad de tener amigos”, dice en una cena familiar.

Mantiene con su padre una relación de camaradería en la cual se evidencia amor, pero poca admiración.

Cuando Andrew conoce a Fletcher, se establece entre ambos un vínculo muy intenso. El profesor es profundamente admirado y temido por todos sus alumnos quienes aspiran a integrar su prestigiosa banda. Paralelamente, Fletcher es un maestro autoritario, cruel y sádico que genera en los jóvenes miedo y sometimiento.

La película muestra hasta dónde es capaz de llegar Andrew para ser elegido y ocupar un lugar.

Mabel Fuentes en su artículo «Del Edipo al fantasma»[7] dice: «El primer sentido de la existencia se encuentra hallando un lugar en el Otro». El abandono temprano de la madre fue una primera marca: Andrew no se sintió elegido, hecho traumático que da cuenta de la falta de alojamiento en el Otro primordial en los tiempos constitutivos del sujeto. Continúa Mabel Fuentes:

El hombre es el único animal a quién no le basta estar vivo, le es necesario que su vida tenga un sentido, y esto a consecuencia de haberse constituido en relación con Otro… El primer sentido de su existencia lo encuentra hallando un lugar en el Otro…El lugar del Otro se constituye porque hay alguien, habitualmente la madre, que suele intervenir cuando el bebé muestra con su llanto que se encuentra en un estado de urgencia, de modo que lo que en principio era una necesidad biológica pasa a ser objeto de una demanda al Otro. Otro concebido como omnipotente, con la capacidad de dar o privar según su capricho. De modo que en un comienzo el niño se ubica en posición de súbdito respecto de su Otro.

 

El padre es un hombre que parece no haber sido suficiente para que la madre se quedara a su lado y que no logró realizar su deseo de ser escritor. Es un hombre que tiene una imagen devaluada para Andrew. Fletcher propone la idea ilusoria de que es posible la existencia de una imagen sin falta, y genera fascinación en Andrew.

Señala a Charlie Parker como la imagen yo ideal, modelo de perfección, imagen no agujereada por la falta. Esta idea está contenida en la historia que le relata a Andrew a lo largo de la película. Para el director la perfección es no rendirse nunca hasta conseguir el objetivo que se presenta como un sentido coagulado con relación al goce. No importa si el sacrificio llevó a Charlie Parker a la muerte en tanto se consagró para la posteridad como un gran músico. Mabel Fuentes, en su seminario sobre la autoestima plantea:

La perfección no existe como tal, es una idea. El ideal del yo es una instancia simbólica. Cuando sale de ese terreno y se encarna en un ser hablante vuelven a aparecer las alternativas propias de la especularidad, el deseo de ser elegido. Se establece una demanda de amor hacia quién, por transferencia, ocupa el lugar del ideal del yo[8].

 

Fletcher refuerza la desvalorización de la imagen paterna al mismo tiempo que erige a Charlie Parker como el ideal de perfección. Parker fue un músico extraordinario cuyos excesos lo llevaron a una muerte prematura a los 34 años.

Andrew desea convertirse en un gran baterista y tiene por modelo a Buddy Rich. Fletcher quiere ser el mentor del próximo gran músico del siglo XXI y utiliza la anécdota de Charlie Parker para justificar sus métodos crueles y descarnados. Insiste en la propuesta de un ideal de baterista que no reconoce los límites de su propio cuerpo, que practica a intensidades inauditas y no se detiene, aunque le sangren las manos. Imagen de un más allá del principio del placer. Andrew desconoce el límite que el cuerpo le impone a la pulsión. Dice al respecto: «Ser el mejor músico del S. XX es mi idea del éxito. Prefiero morir ebrio a los 34 y que la gente hable de mi, que vivir rico y sobrio hasta los 90 y que nadie recuerde quien fui».

Desde las primeras escenas, Fletcher no muestra vacilación alguna: se presenta como un Otro sin barrar. Para Lacan es el padre gozador. Parece encarnar al padre de la horda, un padre cruel y despótico al que se ama y se odia, ya que no se somete a ninguna ley. Promueve entre los hermanos, los jóvenes de la orquesta, un vínculo de pura rivalidad, enfrentados en una pelea a muerte dado que no hay ley que apacigüe en una batalla por el puro prestigio, en una competencia con la finalidad de ser elegido.

Cuando Andrew cree haber conseguido un lugar estable en la banda, Fletcher convoca a Ryan Connelly y despierta en Andrew sentimientos de inquietud e inseguridad. Su puesto no está garantizado . Debe volver a ganárselo. Fletcher inicia con los tres bateristas una competencia descarnada, interminable y lleva a cada uno al borde de sus fuerzas. Son sometidos a una circulación especular sin límite. Todos son rivales. Fletcher ya había elegido a Andrew. Pero, para lograr crear su Charlie Parker, lo arrastra más allá del límite. En términos pulsionales más allá del principio del placer que lo empuja a un goce pulsional sin freno. Fletcher lo incita a no detenerse, a ir más rápido, a no parar. Trampa mortal a la que puede llevar la pulsión de muerte: «El goce es la satisfacción de la pulsión en ese tramo que lleva al sujeto más allá del principio de placer …el sujeto no goza, es gozado. El goce es la satisfacción de la pulsión de muerte»[9].

A pesar de la propuesta de Fletcher, cada uno de los tres bateristas responde de manera diversa en función de su propia historia, su propio fantasma. Ryan Connelly puede sostener una posición deseante: tener una novia, amigos y relativizar la autoridad del profesor diciendo: «Perro que ladra, no muerde». El segundo baterista padece una inhibición que le impide memorizar las partituras y termina abandonando la carrera de músico. Andrew, el protagonista, se ubica en una posición de sometimiento que lo conduce a situaciones autodestructivas: renuncia a la posibilidad de tener una novia porque la relación amorosa le haría perder tiempo de estudio. Practica hasta sangrar y, en lugar de descansar sus manos, se somete a baños de agua helada para poder continuar. Una vez más, vemos un forzamiento de la pulsión más allá del principio del placer, hacia la zona del goce.

En la conferencia de «Psicoanálisis y Medicina» (1966), Lacan dice:

Lo que yo llamo goce en el sentido en que el cuerpo se experimenta es siempre del orden de la tensión, del forzamiento, del gasto, incluso de la hazaña. Indiscutiblemente hay goce en el nivel en que comienza a aparecer el dolor y sabemos que es solo a ese nivel del dolor que puede experimentarse toda una dimensión del organismo que de otro modo permanece velada[10].

 

Fletcher encarna para Andrew la figura del Superyó en su vertiente cruel, sádica y gozadora. Cara siniestra del superyó que impide toda regulación posible.

En la escena del choque con el camión, Andrew sale del auto muy lastimado. No registra la situación ni su dolor ni la magnitud del choque. Llega ensangrentado al escenario, se sienta, hace intentos desesperados para tocar y se le cae un palillo. No puede sostenerlo ni sostenerse y Fletcher le dice: «Ya está». Andrew reacciona con un ataque de ira: lo insulta y se lanza encima del director a la vista de todos. Esto determina su expulsión irreversible del conservatorio.

En el Seminario «El borde narcisista de las neurosis», Mabel Fuentes dice: «La situación de ira no es original, es consecutiva al dolor. La ira es una reacción que el superyó utiliza para darle cauce a la pulsión de muerte»[11].

En la salida de borde por el lado narcisista, lo característico no es la ira, sino la ferocidad del superyó que, lejos de prohibir, empuja al desborde, anula el juicio: no se puede pensar ni elegir y arrastra al sujeto a la deriva tanática.

El padre y la abogada le piden a Andrew que testifique en contra de Fletcher a raíz de que un joven que, luego de haber sido alumno del profesor, padeció ataques de ansiedad y depresión y lo llevaron al suicidio. Si bien Andrew acepta denunciarlo, lo hace a desgano porque necesita sostener al Otro sin castrar, sin falta. El profesor hace consistir para él, la posibilidad del goce (imposible por estructura). Su padre intenta desalojarlo de este lugar alienado. En esta ocasión desempeña eficazmente su función. Trata, a través de la ley, de acotar el goce y establecer un límite para que opere la ley de la castración.

En esta escena, se muestran dos versiones del padre. Una de ellas encarnada en el padre de Andrew: un padre frágil con quien es difícil confrontar. La hostilidad que Andrew no puede desplegar hacia afuera, en la confrontación propia de la adolescencia, alimenta la ferocidad de su superyó. La otra versión la encarna Fletcher: es el padre despótico y terrible, el padre de la horda. El profesor le otorga la ilusión de poder ser el número uno sin pagar el precio de la castración, pero que lo deja a merced de su arbitrariedad caprichosa.

Sobre el final de la película, Andrew vuelve a encontrarse con Fletcher en un bar. Mantienen un diálogo acerca de lo sucedido en el conservatorio. Fletcher afirma:

La verdad es que no creo que la gente haya entendido lo que yo estaba haciendo en Shaffer. No estaba ahí para dirigir. Cualquier idiota puede mover los brazos y mantener un tempo. Estaba ahí para empujar a la gente más allá de lo esperado. Pienso que es una necesidad absoluta. Si no, estamos negando al mundo el siguiente Louis Armstrong, el siguiente Charly Parker. Ante esto Andrew le pregunta: “¿Cuál es límite?”

 

Marta Gerez Ambertin dice que el sujeto cumple con el ritual sacrificial y termina por encontrar que es el sacrificio mismo el que materializa ese castigo que pretendía impedir y que, mientras más entrega, mayor es la deuda, mayor es la demanda que debe satisfacer. Son las voces del superyó las que formulan el imperativo: «Debes pagar, pacificar a ese bebedor insaciable de sangre que llevas en tu interior. Si no lo haces, el mal recaerá en ti, te estarás condenando en la vida terrenal y aún más allá»[12].

En la escena final, se inicia la venganza de Fletcher, escena en la que para cada uno se juega su lugar. Fletcher advierte a los músicos que:

Esta noche les puede cambiar la vida. El público allí afuera puede hacer un llamado y ustedes ser contratados por las mejores casas de jazz. Pero si lo hacen mal, pueden empezar a buscar trabajo de otra cosa. Porque la otra cuestión es que esta gente, nunca olvida.

 

Fletcher le tiende una trampa: no abre el show con el tema previsto, sino con uno que Andrew no conocía y del cual no tiene la partitura. Se le acerca y le dice: «Sé que fuiste vos». Andrew intenta seguir a la banda, pero no lo logra y Fletcher le señala: «Quizás no tengas el don».

Andrew abandona el escenario y detrás de las cortinas lo está esperando su padre quien le dice: «Vamos a casa». Instante de vacilación ante dos salidas posibles: identificarse al lugar de resto y aceptar la propuesta melancolizante del padre o volver al escenario. Andrew vacila, pero decide regresar a escena desafiando a Fletcher. Comienza a tocar Caravan de Buddy Rich, dándole a los músicos la marca para que lo sigan. Luego de un tiempo de perplejidad, Fletcher se acopla y, cuando concluye la obra, Andrew toca un solo excepcional, destellante. Fletcher, desconcertado primero, le pregunta qué hace y luego, extasiado, le ajusta la batería y lo dirige. Andrew se deja dirigir. Van ensamblados, a tempo, hasta disminuir el ritmo y finalizar la partitura. ¿Cómo entender esta escena? Se trata de un corte con el Otro, corte con el sometimiento?

¿Podemos pensar que Andrew recupera su deseo, tocando como Buddy Rich, y que así se libera del acoso superyoico?

Siempre que el yo ceda en su deseo, el superyó volverá a mortificar. Lacan dice en su Ética del psicoanálisis: «De lo único que puede uno sentirse culpable es de haber cedido en su deseo»[13].

Otra lectura posible, menos optimista, sería que Fletcher triunfa, su propuesta se impone y en la escena final el profesor mira extasiado al joven quien finalmente logra encarnar la imagen esperada para confirmar que “empujar más allá del límite” saca a relucir la genialidad.


MIÉRCOLES EN LA ESCUELA ONLINE 2021

MIÉRCOLES 2 DE junio DE 202i | ÁREA DELecturas lacanianas

MESA: «Whiplash: ¿Cuál es el límite?

Notas sobre la clínica del superyó»

PANELISTAS:

Fabian Bendersky, Lic. Alejandra Cassin

Lic. Delia Koltun, Lic. Cintia Izrael

Lic. Mirna Lewinzon, Lic. Gabriela Tempelsman

Lic. Miriam Waldman

COORDINA:

Lic. Andrea Vizio

 

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Notas al pie

[1] Freud, S: (1923) “El yo y el ello” (p. 30), OC. Buenos Aires, Amorrortu editores

[2] Freud, S: (1933) “Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis”. Conferencia 31 (p. 58).OC Buenos Aires, Amorrortu editores

[3] Freud, S: (1923) “El yo y el ello” (p. 49). OC Buenos Aires, Amorrortu editores

[4] Freud, S: (1933) “Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis”. Conferencia 31 (p. 62). OC Buenos Aires, Amorrortu editores

[5] Lacan, Jacques (1953-1954) Seminario 1: “Los escritos técnicos de Freud” (p.161), Paidós.

[6] Lacan, Jacques. Escritos 2: “Subversión del Sujeto y Dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”, Siglo 21 ediciones, Buenos Aires,1988, p. 807.

[7] Fuentes, Mabel.(2012-2013). Del Edipo al fantasma . Revista Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados. Volumen 34. (p. 22).

[8] Fuentes Mabel. ( 2020). Seminario a Distancia “La Autoestima: Un elemento clínico a considerar. La imagen de sí en el desfiladero del deseo del Otro” (Clase 4).

[9] Fuentes Mabel (2020). Seminario a distancia: “La Autoestima: un elemento clínico a considerar. la imagen de sí en el desfiladero del deseo del Otro” (clase 4.)

[10] Lacan, Jacques (1966). Psicoanálisis y Medicina.Intervenciones y Textos 1. (pág 95). Buenos Aires. Ediciones Manantial SRL.

[11] Mag. Fuentes Mabel (2011). Seminario a distancia: El Borde Narcisista de la Neurosis II. Problemas especiales en la cura analítica.(Clase 4).

[12] Gerez Ambertìn, M. (2008). “Entre deudas y culpas: Sacrificios. Crìtica de la razòn sacrificial”. Buenos Aires: Letra Viva.

[13] Lacan Jacques. (1959-1960). Las Paradojas de la Ëtica o ¿has actuado en conformidad con tu Deseo?. La Ética del Psicoanálisis. Seminario 7.( pág 379). Buenos aires, Ediciones Paidós.

Bibliografía

Freud, S (1905) El chiste y su relación con lo inconciente. En OC: Amorrortu editores.

Freud, S. (1914) Introducción del narcisismo. En OC, T. XIV, Buenos Aires: Amorrortu editores.

Freud, S. (1923) El yo y el ello. En OC, T. XIX, Buenos Aires, Amorrortu editores.

Freud, S. (1938) Esquema de psicoanálisis. En OC, T. XXIII, Buenos Aires, Amorrortu editores

Freud, S. (1933.[1932]) 31a Conferencia. La descomposición de la personalidad psíquica. En OC, T. XXII, Amorrortu editores

Freud, S. (1913-1914) Tótem y tabú. En OC, T. XIII, Buenos Aires, Amorrortu editores

Lacan, J. (1962-1963) Seminario 10 “La angustia”. Texto establecido por Miller, J, A. Buenos Aires- Barcelona-México. Editorial Paidós.

Lacan, J. (1949) “El estadio del espejo como formador de la función del yo [je] tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica”. Dos. Escritos 1, Argentina, Siglo XXI Editores.

Lacan, J. (1956-1957) Seminario 4 “La relación de objeto”. Texto establecido por Miller, J, A. Buenos Aires- Barcelona-México. Editorial Paidós.

Lacan, J. (1955-1956) “Subversión del Sujeto y Dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”. Seis. Escritos 2, Argentina, Siglo XXI Editores.

Lacan, J. (1953-1954) Seminario 1 “Los escritos técnicos de Freud”. Texto establecido por Miller, J, A. Buenos Aires- Barcelona-México. Editorial Paidós.

Lacan, J (1960-1961) Seminario 8 “La transferencia”. Texto establecido por Miller, J, A.

Buenos Aires- Barcelona-México. Editorial Paidós.

Lacan, J. (1959-1960) Seminario 7 “La Ética del Psicoanálisis”. Texto establecido por Miller, J, A. Buenos Aires- Barcelona-México. Editorial Paidós.

Fuentes, M. (2010) “El borde narcisista de la neurosis I- Problemas especiales en la cura analítica”. Seminario a distancia. Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para graduados.

Fuentes, M. (2011) “El borde narcisista de las neurosis II – Problemas especiales en la cura analítica”. Seminario a distancia. Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para graduados.

Fuentes, M. (2019) “El acting-out: un desafío en la clínica psicoanalítica”. Seminario a distancia. Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para graduados.

Fuentes, M. (2020) “La autoestima: un elemento clínico a considerar. “La imagen de sí en el desfiladero del deseo del otro”. Seminario a distancia. Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para graduados.

Gerez Ambertìn, M. (2008) “Entre deudas y culpas: Sacrificios. Crìtica de la razòn sacrificial”. Buenos Aires – Letra Viva.

Bendersky, F; C, Izrael; D, Koltun; M, Lewinzon; G, Tempelsman; M, Waldman (2019) “La construcción del fantasma en la adolescencia”, trabajo presentado en él área científica de la Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para graduados”.

NÚMERO 24 | Octubre 2021

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Una temporada con Miguel Alejo Spivacow en «Los malditos lunes» | Norma Álvarez y Silvina Foks

Norma Álvarez y Silvina Foks, coordinadoras del grupo creado por Miguel Alejo Spivacow, «Los malditos lunes», nos cuentan la historia de este taller teórico-clínico y su funcionamiento. Cálida y emotivamente, nos relatan la experiencia de enriquecimiento profesional y vincular que atravesaron junto a nuestro querido colega. También contamos con comentarios y experiencias de cada uno de los miembros del taller.

En una confitería al aire libre, a fin del verano de 2005, Miguel Spivacow les propuso a Silvina Foks y a Graciela Andrés ─a quienes conocía de experiencias previas─ que cocoordinaran con él un taller teórico-clínico. Graciela Andrés desempeñó ese rol hasta que renunció para continua su formación en la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires (APdeBA).

Así fue el comienzo de este grupo por el que pasaron muchos colegas conocidos.

Miguel fue docente de la AEAPG durante muchos años y supervisó la práctica clínica de muchos de nosotros en algún momento.

El taller pasó por distintas etapas en las que se trabajó con diferentes modalidades. Al principio funcionó con la modalidad de supervisión con invitados. Miguel siempre aceptaba nuestras propuestas, fue muy generoso en su modo de transmitir y sumamente inclusivo. La experiencia de conocerlo y trabajar con él fue invalorable, siempre estuvo abierto a las ideas más increíbles y le resultó fácil conseguir compañía porque su palabra era muy convocante.

Nuestro grupo se caracterizó por ser muy abierto y de clima muy cordial. Esto favoreció a que los colegas que presentaban material clínico pudieran mostrar su manera de trabajar y sus intervenciones. Esta dinámica permitía escuchar el aporte de los integrantes del grupo. El impulso de Miguel para producir y exponer nuestros escritos fue muy importante.

De trabajar solamente material clínico, pasamos a recibir invitados de pensamiento distinto y, a veces, lo hacíamos intencionalmente para escuchar cómo trataba el caso cada uno de los terapeutas. El intercambio en esta etapa fue muy rico.

A esta, le siguió otra época en la que nos mostró que era un gran lector y estudioso. Nos propuso ver teoría sobre una patología una semana o dos durante todo el año, y ver casos las otras dos semanas del mes. Nos pedía aportes, pero siempre tenía en su cabeza los materiales teóricos, los autores que acababa de leer o, a veces, algo de Freud que creía fundante.

Cuando tocaba leer un material teórico, todos esperábamos que Miguel tomara primero la palabra. Con su gran poder de síntesis, nos daba rápidamente los conceptos más importantes del artículo que habíamos leído.

Muchos nos preguntan el enfoque teórico o la escuela que seguimos. En realidad, si bien Miguel se especializó en parejas y tenía un gran respeto por Kaës, su forma de trabajar fue muchísimo más ecléctica. No tenemos una formación exclusiva, cada uno de nosotros trabaja desde su enfoque.

El grupo de los «Malditos lunes» sigue activo, trabajando y conteniendo a sus miembros. La muerte sorpresiva del líder no nos separó, sino que nos dio fuerza para seguir, a pesar de todo, como creemos que él lo hubiera hecho.

El último gran evento, que tuvo mucho éxito, fue la invitación a Fiorini. Miguel tenía un gran respeto por los maestros, por la gente que había dejado huella y conocimientos. Lamentablemente no pudimos avanzar con lo que iba a ser un ciclo. La muerte truncó nuestro proyecto y nos dejó desconcertados por un tiempo. Luego reformulamos y reafirmamos nuestro deseo de seguir siendo una actividad de la Escuela (AEAPG) y de recibir nuevos miembros. En fin, continuar con el camino trazado.

Por último, queremos transmitir la impronta que nos dejó Miguel con su calidez, su respeto, su manera de entender la clínica. Quedará para siempre en nosotros que tuvimos la suerte de compartir con él tantos años en este querido grupo.

Algunos comentarios de integrantes del taller:

Myriam Poteriaca: Nunca olvidaré la calidez inigualable de Miguel como tampoco el estímulo a la inteligencia ─creativa, diferente y abierta─ sumada al respeto por el otro.

Rosana Shocron: Trabajar con Miguel conllevaba humildad, inteligencia en un ambiente súperameno y de respeto.

Alicia Gilabert: Un hombre comprometido con la profesión, con sus alumnos, colegas. Además de ser un estudioso, era espontáneo y creativo.

Fabiana D´Acunto: La calidez en la transmisión del conocimiento abría interrogantes con respeto y humildad.

Ana Rosende: Un gran hombre con capacidad para transmitir no sólo su conocimiento sobre el psicoanálisis. Un verdadero maestro.

Pablo Mazzei: Era un placer, trabajar, estudiar y aprender con Miguel (y no solo de Miguel). Su humor ácido y su ironía generaban un muy buen clima.

Malena Murga: Miguel era un entusiasta de las personas. Se interesaba por comprender a todos y a cada uno.

Estamos en funcionamiento con la idea plena de que a las personas como a los pacientes hay que saber recibirlos y también dejarlos ir.

 

 

 

 

 
 

Acerca del autor

Norma Álvarez

Norma Álvarez

Silvina Foks

Silvina Foks

NÚMERO 24 | Octubre 2021

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Entrevista a Santiago Villanueva | Graciela Cohan

La exposición Psicoanálisis y Arte, presentada este año en el MALBA, nos condujo a Santiago Villanueva, uno de sus curadores. Artista y curador, docente y autor, con generosidad nos permite compartir en este número  un recorrido por las conexiones entre el psicoanálisis y el arte que fueron elegidas para esta muestra.

Graciela Cohan: ¿Qué significó para vos participar de la curaduría de esta exposición titulada «Terapia» en el Malba[1]? ¿Cómo se fue armando este proyecto y la selección de las obras? ¿Cómo atravesaron la enorme dificultad que significó la pandemia? (Si se puede saber, nos gustaría conocer cómo fue la cocina del proyecto)

Santiago Villanueva: «Terapia» fue una idea originada por Gabriela Rangel que en ese entonces era directora artística del Malba. Desde los inicios de su gestión, pensó un proyecto donde interactúen arte y psicoanálisis. En visitas anteriores a la ciudad, ella había percibido desde muchos aspectos este eje como algo para desarrollar en una exposición, sobre todo, por el uso de ciertos términos psicoanalíticos en el habla cotidiana. También el proyecto surge luego de conocer el trabajo de Luis Felipe Noé, «En terapia», que reúne una serie de dibujos que el artista realizó en situación de análisis. A partir de esta idea, convocó a Verónica Rossi, curadora del Malba, y a mí para pensar esta pregunta con una amplia selección de obras que abarcan desde los años veinte hasta la actualidad.

La primera decisión fue no contar una historia lineal del psicoanálisis en Argentina y que la muestra no exponga ese vínculo de forma literal, sino que se pueda plantear desde diferentes situaciones sin agotar la temática, más bien, proponiendo ciertas interacciones y pensando otra historia del arte argentino posible fuera de los parámetros de la historiografía más canónica o visitada por historiadores de arte. Es por esto que la exhibición inicia con una instalación de arte contemporáneo, la reconstrucción de la obra de Marisa Rubio, «La mujer de negocios que se lamentaba de no vivir en el campo», que funciona como un espacio ambiguo, de transición, que puede pensarse como un prólogo o un preludio a las preguntas o problemas que la exhibición busca rodear. Esta intervención tiene un carácter escenográfico que refiere a cierto imaginario de sala de espera, funeral, consultorio privado, etc. Luego de atravesar esa sala, el espectador se encuentra con otras diez salas en donde se intercalan obras con documentos.

El diseño museográfico es clave, una gran parte de la sala fue elevada para generar un extenso balcón que contiene al surrealismo como un espacio desde donde observar el resto de las salas y que devela, desde el inicio, los diferentes conflictos. Los núcleos de la exhibición trabajan la relación entre lo siniestro, el psicoanálisis y el arte, la autorrepresentación y la autobiografía, las apropiaciones del Test de Rorschach, la relación entre happening y psicodrama, el vínculo entre artes visuales, locura e instituciones psiquiátricas, el temprano proceso de institucionalización del psicoanálisis y los movimientos contraculturales y sus disidentes en los años setenta y ochenta. Todo esto teñido por la tensión entre lo público y lo privado, lo político y lo íntimo.

La exhibición cuenta con alrededor de doscientas cincuenta obras, de las cuales la gran mayoría provienen de colecciones privadas. Muchas de ellas son de psicoanalistas o psiquiatras y también de instituciones psicoanalíticas privadas como la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) y públicas como la Colonia Oliveros en Santa Fe. Por este motivo, muchas obras cargan con un carácter doméstico. Tuvieron poca circulación en instituciones culturales o exhibiciones recientes, lo que aparece evidenciado no solo en sus tamaños, sino también en la incorporación de ciertos autores no muy estudiados.

Fue fundamental, más allá de las obras, trabajar con ciertos registros audiovisuales como el video donde María Rosa Glasserman y Tato Pavlosky se encuentran en el Instituto Moreno en Beacon o la película Heroína, una adaptación del libro de Emilio Rodrigué. A su vez, se encuentran muchas publicaciones y libros que refieren al psicoanálisis y también escritos y dibujos de artistas realizados durante sus terapias, como es el caso de Guillermo Iuso y Martha Peluffo.

Con relación al contexto de pensar la exhibición, gran parte de la investigación se desarrolló durante la pandemia que limitó el acceso a ciertos archivos y bibliotecas. Sin embargo, esto, en un punto, fue reemplazado por numerosas entrevistas a protagonistas del campo psicoanalítico y de las artes visuales en Argentina.

GC: ¿Cuáles serían, según tu opinión, los efectos que la “pulsión psicoanalítica” generó y genera en el arte argentino?

SV: Los vínculos entre arte y psicoanálisis fueron muy diferentes según el momento. Muchas rupturas o cambios en las artes visuales también influenciaron cambios en el psicoanálisis. No es una relación unidireccional, sino que es un vínculo más cercano y complejo. En ese sentido, la relación más evidente se inicia con el surrealismo donde se comparte una raíz común con el psicoanálisis y se da un ida y vuelta mucho más fluido. El mismo psicoanálisis se nutre de muchos conceptos y recursos del surrealismo para incorporar a su disciplina.

En los años cuarenta, se suma al binomio «psicoanálisis y surrealismo» la abstracción y el arte concreto y, desde ese lugar, la relación con el diseño y la ciencia se amplía a otros campos de conocimiento en un período donde el psicoanálisis empieza a tener un carácter institucional más firme.

En los cincuenta, con el auge de lo grupal, algunas dinámicas del psicoanálisis se van a trasladar al análisis de obra, sobre todo, con la figura de Franco Di Segni, discípulo de Enrique Pichon-Rivière.

En los años sesenta, con la difusión del psicoanálisis en los medios masivos de comunicación, muchas obras lo ironizan o incorporan el humor como una manera de comentar sus vicios y sus lugares comunes. Así es el caso de Psexoanálisis, la película de Héctor Olivera con escenografía de Edgardo Giménez. Esta fue una década acompañada de nuevas experiencias como fue la experimentación con el LSD en el consultorio de Alberto Fontana. Tal vez sea el punto de contacto más intenso entre prácticas experimentales del psicoanálisis y la producción de imágenes, por ejemplo, el caso de Marta Minujín y Narcisa Hirsch. También hay una relación entre las vanguardias de arte de los medios y psicoanálisis, y experiencias compartidas en torno al teatro y mencionar el caso de Jorge Bonino o el «Sopapismo», propuesta teatral que cruzaba psicodrama y happening.

En los años setenta, las tensiones entre política y psicoanálisis influencian a muchos artistas. La ruptura de la APA a inicios de la década va a visibilizar ciertos desgastes del psicoanálisis e influenciar a toda una generación, sobre todo, a aquella en torno al Centro de Arte y Comunicación (CayC) como el Grupo de los 13. La llegada de David Cooper en 1969 y la introducción de la antipsiquiatría van a incidir sobre la dinámica de trabajo grupal en los artistas e insertar ciertos procesos experimentales inéditos hasta el momento.

En los ochenta, comienza un período de mayor disconformidad en algunas publicaciones como El Porteño donde se denuncian los abusos en el uso de electroshock en manicomios. En esa década, precisamente en 1986, se organiza la primera marcha contra los psicoanalistas que partió desde la Plaza del Congreso a la Facultad de Psicología (facultad de la normalidad, como ellos la llamaban). En este espacio se cierra un poco el recorrido que no se muestra cronológico, pero que está presente en la exhibición. Todos estos ejes están acompañados de obras contemporáneas.

GC: De acuerdo a tu experiencia, ¿en el campo del arte argentino, se mantiene el impulso renovador y revolucionario que el psicoanálisis imprimió a movimientos como el surrealismo? ¿Podrías mencionar algunos dentro del contexto actual?

SV: En la exhibición nos importa también resaltar ramificaciones y derivas del psicoanálisis y no pensarlo como una práctica unificada. Por eso nos interesa el psicodrama, el esquizoanálisis o las prácticas alternativas en el campo de la salud mental y cómo el arte interactúa en esos espacios. En especial, pensar los efectos que tiene actualmente la sanción de la Ley de Salud Mental en 2010 y los sucesivos procesos de despatologización que proponen hoy ciertos grupos.

La muestra no exhibe, pero sí utilizó, para la formulación de su estructura de pensamiento, prácticas terapéuticas vinculadas al arte como la figura de Lygia Clark en Brasil y los ensayos de Suely Rolnik sobre la decolonización del inconsciente. Nuestra investigación se centra en Argentina, pero no deja de lado cómo el psicoanálisis fue trabajado en lugares como Brasil y México. También hay otrxs artistas que no se encuentran en la exhibición, pero que sí formaron parte de los programas públicos, por ejemplo, Florencia Rodríguez Giles y Sol Pipkin que piensan terapias alternativas más allá del psicoanálisis.

De lxs artistas exhibidos, quien mejor responde a esta pregunta es la práctica que Marisa Rubio desarrolló en los últimos diez años con la creación de un personaje llamado Naranja Milano Questa que creó la «Teoría del quehacer actoral cotidiano para intérpretes». Para comprobar esta compleja formulación, ideó una serie de personajes o ejercicios que realizan diferentes actividades: Helena Lindelen, profesora de mandalas; Javier Lesa, escritor y pintor; el mendigo, que pide limosna en la puerta de una iglesia y Clara Smart, que crea su biografía a partir de una serie de terapias psicoanalíticas, primero en el hospital Ameghino y, luego, en el Centro Dos, tras sufrir un desdoblamiento en su personalidad. Estas sesiones fueron registradas en dos libros y en una serie de videos que están actualmente proyectados en «Terapia».

GC: Uno de los aspectos más revulsivos del psicoanálisis en su época fue darle carácter científico al estudio de las sexualidades desde el punto de vista subjetivo, no solamente orgánico, sino psíquico. ¿Cómo influyó este aspecto, el de la libre expresión de las sexualidades en el arte argentino?

SV: Este punto se plantea ya en un espacio dedicado al cruce entre sexualidades y surrealismo con una serie de obras de Fermín Eguía, Aída Carballo y Manuel Aja Espil. El dibujo El eros cultural de Aída Carballo de 1980 que, a pesar de ser ella una artista que proviene de otras generaciones, visibiliza gran parte de los postulados que en los años setenta y ochenta van a formar parte del debate público. La publicación del libro La homosexualidad femenina. Respuestas del psicoanálisis a una cuestión sumamente eludida, en 1972, va a despertar un clima de debate sobre todo por la participación de Marie Langer, un personaje referencial y muy discutido en la escena underground de ese momento. Para ese tiempo, en 1973, se publicará el texto «La moral sexual en Argentina» redactado por el Grupo de estudios de Política Sexual y el Frente de Liberación Homosexual que funcionará como un espacio de cruce entre los feminismos y las militancias homosexuales de ese momento y que será el punto de partida para denunciar el sistema opresor de la sexualidad, del cual formaba parte el mismo psicoanálisis. Ya entrados los años ochenta, otras respuestas vendrán por el lado del grupo San Telmo Gay, integrado por el poeta Miguel Ángel Lens, presente en la exhibición a través de una serie de volantes que difundían el pensamiento de Wilheim Reich, acompañado de una serie de dibujos e ilustraciones. Más allá de los documentos, este tema se complejiza con la aparición de la pintura de Marcia Schvartz y su obra El psicoanálisis. Con rabia roía el cráneo por dentro y por fuera, de 2018, que funciona, a su vez, como una imagen-síntesis de la exposición.

GC: Santiago, te agradecemos mucho esta interesante entrevista en la que compartiste tus conocimientos como artista y curador.

Notas al pie

[1] Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba)

NÚMERO 24 | Octubre 2021

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Violencias en lo familiar. Incidencias en los procesos adolescentes | Silvia Amalia Lastra

Trabajo presentado en la Mesa «Violencias y abusos» perteneciente al Ciclo Científico 2021: «Interrogantes clínicos. Conjeturas diagnósticas», julio 2021.

«¿Fue o no verdad que golpeé la puerta cerrada antes de romper los vidrios? ¿Y fue o no verdad que pediste y te negaron? ¿Y fue o no verdad que te ultimaron a gritos y te despreciaron y te negaron para siempre?».

Alejandra Pizarnik, Diarios.

 

 Introducción

Este trabajo se propone desplegar algunas cuestiones relativas a las violencias en lo familiar que interfieren en la constitución subjetiva adolescente y sus posibles abordajes en el marco de la universidad abierta a la comunidad.

El entrecruzamiento entre la clínica y lo académico tiene lugar a través del Programa “Modelo de Intervención Psicoterapéutico en Niños, Niñas y Adolescentes en situación familiar difícil” perteneciente a la Secretaría de Extensión Universitaria (Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires, UBA). Programa de Extensión conformado por una directora, tres supervisoras y l@s terapeutas a cargo de los tratamientos[1]. El dispositivo se organiza a través de sesiones (individuales o eventualmente vinculares) y de una reunión de familiares. Las sesiones, la reunión mensual del grupo de familiares y las semanales de l@s profesionales transcurren en las aulas de la facultad.

Sostenemos un funcionamiento en red al interior del Programa a través de las supervisiones, los encuentros de lecturas, los ateneos con psicoanalistas invitad@s y el co-pensar permanente. Y al exterior, en el intercambio con escuelas, hospitales, defensorías, juzgados y otros programas de atención dentro de la facultad.

Cabe señalar que la denominación de lo familiar es tomada de Moscona y Matus quienes aluden, a través de este término, a distintas configuraciones vinculares en las que coexisten de manera peculiar las funciones parentales, filiales y fraternas, así como diferentes formas de paridad y pertenencia. Configuraciones vinculares que representan lazos de reciprocidad, mutualidad y continuidad en el tiempo.

Si bien las conflictivas explicitadas en la admisión son diversas, una característica recurrente, que va surgiendo a medida que avanzan los tratamientos, es la violencia en lo familiar. Es esencial subrayar el sufrimiento y el dolor que provoca dicha violencia. El abuso sexual no ha aparecido en los motivos de consulta, pero emerge en la narrativa de las historias familiares.

En numerosas ocasiones la vulnerabilidad social se suma al desamparo psíquico. Generaciones atravesadas por las heridas abiertas de lo no tramitado que retorna sin posibilidades de ligadura. Como equipo nos encontramos entonces a NNA (niños, niñas y adolescentes) quienes, además de afrontar la especificidad de sus trabajos psíquicos, han de lidiar con aquello no elaborado que circula a lo largo de pesadas cadenas genealógicas.

Violencias y sobresufrimiento

El término violencia tiene numerosos recorridos conceptuales, acepciones y precisiones dentro del territorio psicoanalítico.

Para la caracterización de dicha noción en este escrito, partimos del Diccionario de configuraciones vinculares en donde se define como violencia

… al ejercicio absoluto del poder de uno o más sujetos sobre otro, que queda ubicado en un lugar de desconocimiento; esto es, no reconocido como sujeto de deseo y reducido, en su forma extrema, a un puro objeto. Dicho de otro modo, consideramos a la violencia por su eficacia, la de anular al otro como sujeto diferenciado, sumiéndolo en una pérdida de identidad y singularidad que señala el lugar de la angustia. (Pachuk, Friedler, comps., 1999)

 

En esta definición resuena el concepto de violencia secundaria de P. Aulagnier que remite a un arrasamiento de la alteridad y de la instancia yoica (en su capacidad de pensamiento autónomo, en su derecho al secreto y al diseño del proyecto identificatorio).

Por su parte, C. Rojas particulariza las violencias contextuadas en lo epocal y el impacto en el sufrimiento familiar. La autora distingue formas ineludibles de sufrimiento que hacen al malestar en la cultura, trabajado por Freud, de aquellas enlazadas a los excesos vinculares. Estas últimas provocan lo que la psicoanalista denomina «sobresufrimiento». Un sobresufrimiento relacionado con el dolor psíquico, despojado de palabras y sentidos. (Rojas, 2017)

Familias, violencias y adolescencia

Coincidimos con S. Flechner quien sostiene que pensar la agresividad y la violencia en la adolescencia supone un espectro que abarca desde la afirmación saludable del propio espacio hasta la repetición de vivencias traumáticas. En los procesos adolescentes, construcción subjetiva con firma propia, la violencia puede ser leída como un impedimento para volverse un@ mism@ oponiendo acto a representación.

¿Qué ocurre entonces cuando la violencia instalada en el medio familiar obtura tramitaciones saludables de la adolescencia?

A través de dos fragmentos de materiales de adolescentes atendid@s en nuestro Programa abramos este interrogante.

Durante la mañana de un domingo del pasado año, una de las terapeutas recibe un whatsapp de Luciano. Hacía dos años que no tenía noticias de él. El adolescente debió cerrar su tratamiento cuando se fue a vivir a zona sur. Luciano había sido paciente en el Programa entre sus 14 y sus 16 años. El Equipo de Orientación Escolar (EOE) había sugerido la consulta ya que lo veía decaído y triste. En la admisión la madre relata que Alberto, el padre de Luciano, está en prisión. Había abusado de dos sus primas. Bety, la mamá, ponía suma atención en que su marido no ejerciera violencia sexual contra su hijo. No obstante, nunca pudo percibir que este hombre abusaba de sus sobrinas en su propia casa.

La de Bety es una larga historia de violencias padecidas. Nacida en el interior de nuestro país, su padre fallece cuando ella tenía 5 años. La madre vuelve a casarse y se traslada de provincia y deja a Bety y a sus nueve hermanos con la abuela. Al cabo de unos años regresa a buscarl@s. Se mudan con ella y el padrastro, quien tenía severos problemas con el alcohol. Este hombre abusaba de Bety y de tres de sus hermanas. Era tanto el maltrato que el grupo de hermanos se va del lugar y ocupan una casa abandonada, casi derruida. Bety manifiesta no llevarse bien con su hermano mayor porque abusó de ella cuando tenía 13. Con relación a estos sucesos de su vida, la mamá de Luciano manifiesta: “Traté de olvidarme”.

El equipo evalúa como fundamental, en este caso, acoger a esta madre dentro del dispositivo, por lo cual se habilitan entrevistas con una terapeuta. Bety asiste, pero se encuentra sometida nuevamente a una relación de pareja en la que prima la opresión sobre ella y su hijo. Finalmente, no renueva la vacante de Luciano en su colegio de Capital, se mudan al Gran Buenos Aires y el adolescente deja el tratamiento.

En aquella fría mañana del invierno de 2020, Luciano contacta a su analista porque la relación con su novia ha terminado. Se siente deprimido. A partir de una entrevista que mantiene por videollamada, vuelve a ingresar al dispositivo. Esta vez Luciano realiza un movimiento a partir de su búsqueda singular de una contención que cobije sus estados de angustia. Quizás este nuevo trayecto de análisis se torne una oportunidad para el adolescente para trabajar una violencia que atraviesa las generaciones al modo, como diría Kaës, de un objeto no transformable.

El segundo material que quiero compartir con Uds. es el de Nieves, adolescente de 18 años quien convive con su madre y su hermana de 3 con diagnóstico de autismo, hija de una segunda pareja de la madre. El padre ha formado una nueva familia en la que tiene dos hijos y casi no ve a la adolescente.

La madre de la paciente es una mujer con frecuentes desbordes. En entrevistas Mariela refirió que con Nieves solían tener peleas en las que terminaban “agarradas de los pelos”. Relata que desde que era pequeña exigió mucho a su hija, quien respondía bien, ya que siempre fue responsable y estudiosa. Agrega que al presente la encuentra “muy adolescente” y que no sabe cómo manejarla.

En 2019 se inicia un proceso terapéutico con Nieves que continúa durante los tiempos de pandemia en los que la paciente ha comenzado el CBC (Ciclo Básico Común). Se siente perdida en la cursada virtual y expresa además que la exigencia de su madre “le saca las ganas de todo”.

En una entrevista de Mariela con la analista de la adolescente, asegura que le produce mucho odio verla como un vegetal. Esta madre reconoce que estalla de manera constante y es muy hiriente con Nieves.

Debido a esta situación, el equipo indica un tratamiento individual para Mariela. Al dificultarse la derivación para la atención presencial durante el aislamiento, se decide que la terapeuta que coordina el grupo de familiares mantenga algunas entrevistas con esta madre.

En otro fin de semana del 2020, la terapeuta del grupo nos comunica que Mariela no pudo localizar a la analista de Nieves y le envió una captura de pantalla en la que la paciente decía que se iba a cortar los brazos con un sacapuntas y, así, dejaba de ser un problema. Luego de una fuerte discusión, la adolescente se había encerrado en su cuarto y no le respondía. Podemos contactar a la analista, quien llama tanto a Mariela como a Nieves. Se organiza para que el padre se acerque inmediatamente y la lleve a Nieves a su casa, en principio, por unos días.

Más tarde, con referencia a los cortes, Nieves afirmará que ya lo había hecho otras veces, pero que la madre no se había percatado porque nunca la mira.

Asegura A. Aryan que el adolescente se siente violentado cuando se percibe in-existente como sujeto. La amenaza narcisista es clave para entender por qué, sin poder pensar, recurre a acciones de violencia contra el objeto externo o contra sí mismo. En el caso de Nieves, hallamos a una adolescente que vuelca contra sí misma el odio y la intrusión provenientes de una madre desbordada. Adolescente que tampoco encuentra contención en un padre cuyo interés en esta hija es prácticamente nulo. Las heridas que Nieves se autoinflige denotan la imposibilidad de una manifestación psíquica de su sufrimiento. La angustia, por instantes inenarrable, se revela a través de la descarga en su propia corporeidad.

Abordajes y herramientas

Inevitable es, por supuesto, advertir que las viñetas a las que hice referencia transcurren en pandemia y aislamiento. En ese sentido deviene esencial considerar a M. Zelcer quien señala que la superposición de tiempos, espacios, relaciones laborales y familiares incrementaron las tensiones y el nivel del conflicto y hostilidad en el interior de algunas familias.

Asimismo, los movimientos de l@s adolescentes se encontraron ceñidos principalmente al recinto del hogar. Situación complicada en una encrucijada en la que se requiere tanto el fortalecimiento de los lazos exogámicos como el des-asimiento de lo parental.

Incluidas las particularidades que nos atraviesan en la clínica durante la covid-19, es importante, desde el Programa, seguir haciendo uso de nuestra caja de herramientas. Caja de herramientas con una combinatoria de recursos que nos remite al pensamiento de S. Gomel quien asegura que la propuesta de un trabajo familiar frente a la consulta por un niño o adolescente ─acompañada en ocasiones de la indicación paralela de análisis individual para el mismo─ intenta mantener alejadas dos ideas:

  1. La problemática infantil o adolescente como mero reflejo de la conflictiva parental
  1. La suposición de un psiquismo acabado que, a partir de cierto momento, deja de encontrar parte de su apoyatura en lo vincular

La intervención en lo familiar, que actúa en relación al sufrimiento ligado a los vínculos, puede tornarse una oportunidad para habilitar transformaciones del psiquismo singular. Sabemos que l@s adolescentes necesitan puntos de anclaje tanto para afianzar su proyección hacia el futuro como para el neo-armado de su edificio identificatorio. En ocasiones se sostiene que en la clínica con adolescentes incluir estrategias terapéuticas en el ámbito de lo familiar podría desfavorecer la construcción de la intimidad y la independencia. En ese sentido deviene valioso el concepto de autonomía vinculada, noción que refiere al crecer y discriminarse “solo con otro” (Rojas, 2006), operación en intersubjetividad.

Para concluir

F. Ulloa nos explica que la salida de una encerrona trágica está dada por la posibilidad de convocar a una terceridad que medie.

En esta línea se encuentra la labor que realizamos como equipo en circunstancias en las que las violencias en lo familiar ocupan el primer plano. Labor que tiene por objetivo alojar, contener para propiciar que los afectos descualificados puedan hallar anclajes en lo representacional enlazado a la palabra. Procuramos crear así condiciones para una tramitación que atempere el (sobre)sufrimiento que interfiere en la constitución de la subjetividad de NNA.

CICLO CIENTÍFICO 2021
«Interrogantes clínicos. Conjeturas diagnósticas»

Miércoles14 de Julio
Mesa:
“Violencias y abusos”
Panelistas:
Mag. Silvia Lastra
Lic. Susana Toporosi
Coordina:
Lic. Marta De Giusti

 

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Notas al pie

[1] El equipo está conformado por la directora, María Eugenia Otero; las supervisoras Cristina Blanco, Silvia A. Lastra, Graciela Saladino; y las terapeutas Rocío Ahumada, Guido Ciambella, Adolfo Gambetta, Agustina Cóccaro, Patricia De Paula, Alejandra Nasello, Graciela Suárez.

Bibliografía

Aryan, A. Violencia y agresividad en la adolescencia. Notas sobre metapsicología y psicopatología de la violencia. Psicoanálisis-Vol. XXXIX- n. 1 y 2-2017-pp. 29-43

Becco, L. y Trevisan, F. Conversando con Ulloa. Revista Diagnosis Número 3. Fundación Prosam. Buenos Aires: 2006. Recuperado de http://www.revistadiagnosis. org.ar/index.php/diagnosis/index. Publicación anual electrónica

Flechner, S. De agresividad y violencia en la adolescencia. Revista uruguaya de psicoanálisis. (En línea) (98). ISSB 1688-7247 (2003)

Freud, S. (1930 [1929]) El malestar en la cultura. Obras completas Volumen 21. Buenos Aires, Amorrortu Ediciones, 1996. Pp. 58-140

Gomel, S. Abordajes y estrategias en psicoanálisis vincular: Acerca de la indicación. Actualidad Psicológica. Septiembre 2007. Pp-11-13

Gomel, S. Violencia familiar en pandemia. A la búsqueda de un nosotros. Revista Topía Año XXXI-Número 91-Abril 2021. Pp. 24-25

Marín. M. T. Capítulo 5 Lo familiar y sus senderos. Paridades. Configuraciones parentales y fraternales. Alianzas entre pares. Fraternidades, colectivos abiertos, tramas sociales. Matus, S. y Moscona, S. (Compiladoras). Buenos Aires, ediciones Conjunto, 2020. Pp. 151-179

Otero, M. E. Dispositivos actuales. La universidad abierta a la comunidad. Revista Generaciones Pensar con el Psicoanálisis niños/as-adolescentes-familias. Año 4 Número 4. Buenos Aires, Eudeba, 2015. Pp. 171-182

Pizarnik, A. Diarios. Buenos Aires: Lumen, 2010. P. 251

Rojas, M.C.  Clínica de la Adolescencia: una perspectiva sociovincular. Publicado en Actas Jornada Anual de la Asociación Argentina de Psicología y Psicoterapia de Grupo. Buenos Aires, 2006 

Rojas, M. C. Violencia familiar. Diccionario de Psicoanálisis de las Configuraciones Vinculares Pachuk, C., Friedler, R. (Coordinadores). Buenos Aires: Ediciones Del Candil, 1998. ISBN 987-97342-0-3. Pp. 325-329

Rojas, M.C. Familia y patologías graves: abordajes teórico-clínicos. La cuestión de la etiología. Actualidad Psicológica. Septiembre 2007. Buenos Aires. Pp.5-7

Rojas, M.C. Los adolescentes y los otros: apuntalamiento y vulnerabilidad.

UCES – Revista Desvalimiento Psicosocial, Vol. 3, N° 1, 2016. Pp. Recuperado de: http://dspace.uces.edu.ar

Rojas, M.C. Violencias epocales y sufrimiento familiar. Revista de Psicoterapia Psicoanalítica Tomo IX Número 2 Mayo 2016. Pp. 5-16. Recuperado de: http://bvspsi.org.uy

Toporosi, S. “Me corto y me quiero matar”. Adolescentes que interpelan al sistema de salud pública. Revista Topia Año XXV-Número 75-Noviembre 2015. Pp. 24-25

Zelcer, M. Pandemia: efectos en las familias. Algunas observaciones desde el psicoanálisis. Revista Topía Año XXXI-Número 91-Abril 2021. Pp.18-19

Acerca del autor

Silvia Amalia Lastra

Silvia Amalia Lastra

NÚMERO 24 | Octubre 2021

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Humor, inteligencia, ternura. Palabras para recordar a Miguel Spivacow | Bettina Kamelhar

En este relato sentido y amoroso, Betina Kamelhar nos describe la experiencia con uno de sus maestros, Miguel Spivacow, y de qué manera influyó en su formación como psicoanalista.

En primer lugar, quiero agradecer al Comité Editorial de la Revista Digital de la AEAPG su invitación para transmitir en palabras el afecto y la importancia que Miguel tuvo para mí.

Miguel fue uno de mis Maestros. Su modo de pensar, de hacer en su clínica y de poder compartir permanentemente con otros su generosa disposición fue muy significativo a lo largo de mi formación como analista. Solidario con sus aportes y conceptualizaciones, siempre abierto a escuchar al otro en su diferencia con una mirada crítica, pero no desubjetivizante, dio lugar al aporte de cada uno, sin temor a perder el suyo. Sólo alguien tan bien formado y con un trabajo propio tan profundo pudo ocupar esa posición en la docencia compartiendo su praxis.

El azar hizo que me tocara como docente en una materia de la Maestría en un momento personal muy particular. Por un lado, venía de un recorrido de varios años de formación en instituciones lacanianas, que había elegido cuando terminé la carrera de Psicología en la UBA. Por otro, me encontraba en el sexto mes de embarazo de mi segundo hijo. En ese contexto conocí a Miguel. Descubrir su estilo clínico y su forma de transmitir el psicoanálisis me inspiraron el deseo de seguir formándome con él en algunos espacios dentro y fuera de la institución.

Fue un referente que me acompañó y alentó a aparecer con mi propia voz. Durante varios años tuve un espacio de supervisión en el que fui pensando mi clínica. Siempre interesado en escucharme, me hacía reflexionar sobre mis intervenciones y en los efectos que producían. El concepto de eficacia clínica fue uno de sus aportes esenciales para pensar los materiales. Trabajábamos de forma artesanal, uno por uno, a cada paciente que llevaba a la supervisión. Otro concepto muy importante en este ámbito era el de cambio de posición subjetiva. Tenía un modo de pensar al sujeto con una lucidez que incluía el cuerpo teórico del psicoanálisis, la experiencia clínica, su propio análisis y la calidez tierna de una persona muy sensible y humana.

El grupo de “Los malditos lunes” en la institución fue otro de los lugares que compartí con él y con otros colegas donde disfrutábamos del encuentro. Pudimos contar con sus reflexiones en la lectura de nuestra clínica, articulándolo con lecturas teóricas que iba pensando a partir de nuestras preguntas e intereses teóricos y generar así marcos clínicos diferentes de un modo inteligente. Trabajábamos los procesos que organizan la intervención para construir caminos y trayectos diferenciados de los tratamientos. Surgían cuestiones que hacen a la técnica a partir del estilo de cada analista. Con sus intervenciones en el trabajo de la transferencia y la contratransferencia, sin a prioris cerrados que obstaculizaran la escucha, hacía posible soportar la incertidumbre que nuestra clínica tenía por momentos, sin el apuro de llenar con sentido aquello que aún no se sabía sólo por la necesidad de apaciguar nuestras angustias. Poder hacer un diagnóstico lleva un recorrido y se va construyendo con el trabajo en el vínculo transferencial y en el saber hacer con eso. En este sentido, Miguel transmitía la idea de que un paciente se curaba primero en la cabeza del analista.

Otro tema fundamental en su pensamiento era la ética del psicoanálisis entendida como la capacidad de dejar afuera por un rato la Moral y los ideales de uno para poder escuchar a otro lo más despojado de prejuicios que pudieran interferir en el decir de un analizante con relación a su deseo. En otras palabras, escuchar a un otro.

Supo transmitir la importancia del no-todo como la posibilidad de pensarnos castrados, y también que existe un límite para el hacer del analista sosteniendo una posición humilde, pero no ingenua.

Fue un gran Maestro para mí y una referencia muy importante que voy a extrañar.

Agradezco profundamente estos años compartidos, su trabajo, su humor y la ternura con que supo escucharme.

 

Acerca del autor

Bettina Kamelhar

Bettina Kamelhar

NÚMERO 24 | Octubre 2021

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Hacia una teoría freudiana de los afectos | Santiago Alejandro Chalukian

Trabajo elaborado en el marco de la cursada de la materia Metapsicología I de la Especialización en Psicoanálisis con Orientación Clínica en Adultos, Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados (AEAPG) en convenio con la Universidad Nacional de La Matanza (UNLaM). Partiendo de los desarrollos referidos a los sentimientos inconscientes en el artículo Lo Inconciente (Freud, 1915), el autor se propone realizar aportes que permitan balizar el territorio de una posible teoría freudiana de las emociones.

Introducción

Hace un par de años cursé un posgrado en Psicoanálisis Vincular. Una de las actividades contempladas en la cursada fue la confección de un informe pericial psicológico en el marco de un hipotético proceso de revinculación de una niña con su genitor. La tarea resultó un desafío por varias razones que bien podría haber anticipado. Sin embargo, hubo al menos una dificultad que me resultó imprevisible: ¿cómo traducir el pensamiento psicoanalítico en términos tales que el juez pudiera comprender el contenido de la pericia?

En retrospectiva, habría que reconocer que mi capacidad de previsión resultó bastante pobre. Un informe pericial es siempre un espacio de encuentro entre disciplinas diversas, donde la capacidad de traducción resulta tan importante como la competencia profesional. Cada campo disciplinar desarrolla un código, un lenguaje propio. Y no sólo eso, sino que propone un modo particular de interpretar la realidad. Al colocarnos fuera de ese contexto discursivo, de ese marco interpretativo, perdemos la clave hermenéutica (que, naturalmente, es lingüística), operamos en un espacio ajeno a todos los consensos sobre los que se asienta todo intercambio en el seno de nuestra comunidad profesional. Algo se pierde irremediablemente en toda traducción. A veces, lo fundamental. Ahora bien: se machaca con esta cuestión de lo que se pierde en la traducción desde siempre. Conozco traductores profesionales obsesionados con la dimensión de la pérdida. Lo que no se hace notar con igual insistencia es que algo se conserva e, incluso, algo se gana en la traducción.

Hago esta reflexión porque la pericia me deparó no sólo un desafío inesperado, sino un hallazgo. No me referí en la redacción a deseos o pulsiones ni a mecanismos de defensa. No realicé ninguna referencia a complejos o fijaciones. El mejor articulador disciplinar que me fue posible encontrar fueron las emociones (incluso me tomé la licencia de referirme a un técnicamente cuestionable “conflicto emocional”). Esto resultó para mí una revelación porque involuntariamente se presentó un interrogante para el que (como de costumbre) no tenía una respuesta satisfactoria: ¿qué son las emociones para el psicoanálisis? Tanto hablar de ellas y no podía dar una definición. Una multitud de referencias, inarticuladas, me prestaron flaco auxilio: representación y afecto, los destinos del monto de afecto, la cantidad, la pulsión, lo económico, las dos teorías de la angustia y un eco que afirmaba que no engañaba, la culpa, el amor, el odio, los celos, la envidia, la gratitud, el sentimiento de inferioridad, el oceánico, los sentimientos inconscientes, los sociales… Sin lugar a dudas, el hallazgo no era casual: el psicoanálisis está plagado de referencias a los sentimientos y las emociones. Lo que no podía recordar era algún artículo freudiano donde se desarrollara una teoría de las emociones. Aún no lo encuentro.

En este breve trabajo me propongo extraer de algunas ideas respecto a una teoría psicoanalítica de las emociones a partir del artículo de «Lo Inconciente» (Freud, 1915) en el que se trata la cuestión de los sentimientos inconscientes. Utilizaremos esta referencia, tan discreta como excepcional en la obra de Freud, para emprender una exploración preliminar en procura de colocar alguna que otra baliza en el territorio de la que podría ser una Teoría freudiana de las emociones (si es que tal cosa existe). Nos limitaremos a trazar algunas conexiones con momentos previos y posteriores de la obra sin pretensión de exhaustividad.

El contexto de producción al interior de la obra

Es siempre importante, a la hora de considerar los desarrollos teóricos de Freud, situarlos en el contexto del momento de la historia de su obra, comprender cuál era el centro de gravedad de su interés al momento de la producción, con qué conceptos contaba y, sobre todo, cuáles aún no habían sido concebidos. El artículo que indagaremos en esta oportunidad, «Lo Inconciente», es de 1915. Un año antes encontramos un texto clave, «Introducción del Narcisismo» (Freud, 1914), y diez años antes «Tres ensayos de teoría sexual» (Freud, 1905). Mencionamos estos dos textos en particular porque consideramos que nos brindan información clave respecto al momento de la elaboración en que se desarrollan las indagaciones metapsicológicas ¿Qué podemos extraer de estas referencias?

Para empezar, podemos afirmar que Freud se encontraba en una suerte de momento de viraje, de impasse teórico. Nos explicamos: con el abandono de la teoría traumática declarada en la carta 69 a Fliess (Freud, 1897), el interés de Freud queda consagrado progresivamente a la indagación de la fantasía y el ello. Pero, en este momento de la obra, diríamos que este camino de investigación se encuentra en crisis (suscitada en gran medida por la introducción del concepto de narcisismo y las dificultades de incorporar a la psicosis a una teoría fundamentalmente pulsional).

Strachey (1966) afirma algo excesivamente habida cuenta de la importancia capital que la defensa tiene a lo largo de toda la obra, que desde el abandono del «Proyecto de psicología para neurólogos» (Freud, 1895) «…el interés de Freud se apartará de la defensa para aplicarse al estudio del ello durante más de 20 años …» (p. 335). El sentido de semejante afirmación probablemente sea el siguiente: Freud renuncia a la elucidación profunda del mecanismo de la represión, se contenta con una compresión acerca de sus resultados, el divorcio entre la representación y el monto de afecto, y pasa a centrarse en la psicosexualidad, en el factor económico (también esto es relativo, se comprenderá, hablamos de primacías, antes que de exclusividades). En cualquier caso, interesa que las indagaciones metapsicológicas son justamente las que aparecen luego de esos veinte años referidos por Strachey y que, en particular, en el texto que abordaremos («Lo Inconciente»), Freud trata en un capítulo acerca de la «Tópica y dinámica de la represión» (aunque en verdad el título es engañoso porque el aporte fundamental es la incorporación de consideraciones económicas para completar así la tríada metapsicológica). Para más evidencia, ese mismo año redactará un artículo titulado «La Represión». (Freud, 1915)

Entonces, nos encontramos a un Freud que, en el marco de una teoría centrada en las pulsiones con ya diez años de desarrollo, comienza a revisar la cuestión de la defensa. Con esto podríamos pensar que, en el seno de una teoría pulsional consolidada, se propone retomar su interés por desentrañar cuestiones pendientes. Nada más lejos de la realidad: la teoría pulsional misma, dijimos, se encontraba en crisis. Por eso junto a «Tres Ensayos…» señalamos a la «Introducción del Narcisismo». La inclusión de este concepto clave es tan necesaria a partir de las revelaciones suscitadas por el estudio de la dementia praecox como problemática. El dualismo de pulsiones sexuales y de autoconservación ha dado lugar a un pseudo dualismo fruto de la introducción de un narcisismo primario: la libido yoica y la libido de objeto. Vemos cómo Freud en verdad se ve apremiado por la necesidad. Es probable que este haya sido el motor principal de sus incesantes innovaciones: la inclemencia de la evidencia clínica para con sus postulados.

Otro dato importante referido al momento de la producción, e interesa particularmente a nuestro tema de indagación, es recordar que nos encontramos en la primera teoría de la angustia (la segunda llegará recién en 1926 con «Inhibición, síntoma y angustia»). Va de suyo, por lo establecido previamente, que aún no contamos con el segundo dualismo pulsional ni la teoría estructural.

El monto de afecto

La relación entre la cantidad y el afecto aparece en Freud muy tempranamente. Ya en «Las Neuropsicosis de defensa» (Freud, 1894), y mencionamos este texto temprano porque nos sorprende que en lo tocante a este tema exista semejante continuidad a lo largo de toda la obra, se propone la hipótesis auxiliar de que «…en las funciones psíquicas cabe distinguir algo (monto de afecto, suma de excitación) que tiene todas las propiedades de una cantidad —aunque no poseamos medio alguno para medirla—; algo que es susceptible de aumento, disminución, desplazamiento y descarga, y se difunde por las huellas mnémicas de las representaciones como lo haría una carga eléctrica por la superficie de los cuerpos…» (p. 61). Recordemos que para 1984, muy sintéticamente, la teoría sostenía que fruto de un conflicto de inconciliabilidad se producía, en las neuropsicosis de defensa, un divorcio entre la representación y el monto de afecto.

Lo que nos interesa subrayar aquí es la identidad aparente entre suma de excitación, cantidad y monto de afecto. Este es un tema que en este momento de la obra no se problematiza demasiado. En apariencia se da por hecho que se entenderán las razones de la identidad. De todas formas, vale esta mención para ubicar cómo Freud, desde el comienzo mismo de su obra, asocia el afecto con el monto de excitación, al punto de identificarlos. Creemos que existe una distinción entre ellos, ya que el afecto es una sensación registrada por la conciencia. Esta se corresponde a los aumentos o disminuciones de cantidad de excitación. De esto se deduce que el afecto requiere de la actividad de registro del yo de la cualidad, requiere incluso de la conciencia. Veremos que para 1915 la cuestión pasará a revestir importancia cuando se considere el problema de los sentimientos inconscientes.

Valga como observación que Freud se refiere en 1894 implícitamente a la cantidad ligada, ya que parte siempre de una unidad inicial entre afecto y representación, de modo que podríamos, forzando un poco sus afirmaciones a la luz de lo que afirmaba ya entonces acerca de las neurosis actuales, que la cantidad no ligada, no unidad a representación, sin mecanismo psíquico interviniente, también tomarían entonces la forma de un afecto: la angustia. Desde ya, todo esto armoniza con la primera teoría de la angustia.

Sentimientos inconcientes

El tercer apartado del artículo metapsicológico de «Lo Inconciente» (Freud, 1915) trata específicamente acerca de los sentimientos. Las elucidaciones vertidas en sus breves páginas son fundamentales para comprender la concepción freudiana de los afectos (nótese que no estamos realizando distingo alguno entre afecto, sentimiento y emoción, que consideramos ajeno al campo psicoanalítico).

Freud parte del concepto de pulsión. Afirma que la pulsión en sí nunca es objeto ni de la conciencia ni del inconciente. La pulsión sólo puede ser representada en el psiquismo en general por la representación. Esto armoniza perfectamente con lo establecido ya en «Tres ensayos» donde afirma: «…Por “pulsión” podemos entender al comienzo nada más que la agencia representante {Reprdsentanz} psíquica de una fuente de estímulos intrasomática en continuo fluir …» (p. 153). Sintéticamente, la representación es el representante de la pulsión, en sí, inaprensible.

Lo que nos interesa de esta declaración, que no hace sino recordar desarrollos anteriores, es que como al pasar Freud realiza una afirmación que nos interesa. La incluimos textualmente: «…Si la pulsión no se adhiriera a una representación ni saliera a la luz como un estado afectivo, nada podríamos saber de ella…» (p. 173). Juzgamos esta afirmación crucial. De ella se desprende que la cantidad pulsional, si se nos permite la expresión, posee dos modos de hacerse patente: la representación, por un lado, el estado afectivo, por el otro, como dos destinos posibles. Desde ya, no es un listado exhaustivo de los destinos de la pulsión que Freud ha explorado en otro artículo del mismo año («Pulsiones y destinos de pulsión»). Pero interesa que los dos aparecen diferenciados entre sí. Esto supondría que son operaciones diferentes. Veremos si esta deducción se sostiene sin contradicción posteriormente.

A continuación Freud se refiere a los afectos inconscientes. Señala lo evidente, a saber: que la conciencia tenga noticia de un afecto es inherente a su esencia. Entonces, así como sería erróneo referirse a una pulsión inconciente, también lo sería hablar de sentimientos inconscientes. Ahora bien, ¿de dónde procede este uso lingüístico? Freud parte de la constatación clínica de que el afecto puede ser percibido, pero erróneamente fruto de un proceso de represión de su representante genuino y su enlace con una representación sustitutiva a la que se le concede expresión. O sea, que la expresión afecto inconciente compete a uno de los destinos del factor cuantitativo de la pulsión a consecuencia de la represión (persiste como tal, es mutado en afecto cualitativamente diverso o sofocado exitosamente). Esto supone que, en los casos en que la represión consume una inhibición del desarrollo de afecto, este sólo persiste como una posibilidad de planteo (de amago), diríamos en otras palabras, como un potencial de desarrollo de afecto que no se ha desplegado.

Reflexionemos un poco respecto a las implicaciones de este último desarollo. Un afecto es tal que aparece por entero dependiente de la representación a la que se enlaza. Operada una representación y aparecido un sustituto representacional para el factor cuantitativo, el afecto experimentado puede no guardar relación alguna con el de origen. Quizás algo de esto tenga que ver con aquello de que la angustia no miente, ya que el resto está sujeto a tal capacidad potencial de cambio, que parecería tratarse de una metamorfosis. En todo caso, la naturaleza de la representación es la que determina el carácter cualitativo del afecto. O sea, no es algo propio de la cantidad, sino de la representación. Y no hay razón para creer que esto ocurre sólo con los afectos secundarios a la represión. Los afectos legítimos, lo son porque se gestan en su representación genuina simplemente.

Parece una verdad de perogrullo afirmar que la cantidad carece de cualidad, porque estamos acostumbrados a pensar en relación de mutua exclusión cantidad y cualidad. Pero un análisis más profundo revela que no resulta tan obvio. Sería perfectamente plausible asumir que existan cantidades de diversa naturaleza soldadas, por así decirlo, a cierta cualidad. Incluso, me atrevo a decir, esta última interpretación probablemente responde más a la concepción de sentido común, además que recuerda a la teoría medieval de los humores.

Llegados a este punto, desarrollando la diferencia entre representación y afecto (el primero sí puede permanecer en tanto tal inconciente), Freud lanza la siguiente definición que es, a nuestro entender, la más poderosa como definición de sentimientos en el texto: «…las representaciones son investiduras ─en el fondo de huellas mnémicas─, mientras que los afectos y sentimientos corresponden a procesos de descarga cuyas exteriorizaciones últimas se perciben como sensaciones…» (p. 174). Esta definición es contundente. Freud entiende a los sentimientos como procesos de descarga. Esto los coloca junto a las descargas motrices. Freud aclara que existe una diferencia entre las dos formas de descarga: el imperio que el Cc tiene sobre los afectos es menor. Empero, nos permitimos señalar que si damos crédito a lo que se afirma de los monjes orientales que consagran su vida a la meditación, parece que esto sería mejorable en gran medida con el entrenamiento, lo cual no deja de incrementar la similitud entre ambos procesos de descarga.

¿Qué son estos procesos de descarga que no involucran la motilidad voluntaria? Creemos que son descargas al cuerpo. Cosas sentidas en el cuerpo. En el libro A cada cual su cerebro, Plasticidad neuronal e inconciente, de Ansermet y Magistretti (2012), ellos refieren a que junto con las representaciones existen emociones involucradas: «…las sensaciones conservadas a la par de su representación bajo la forma de lo que Antonio Damasio denomina marcadores somáticos, algo así como la memoria corporal (…) sensaciones más o menos perceptibles en su propio cuerpo…» (p. 101). En este libro, entre otras cosas, se hace mención a la importancia de la amígdala cerebral y su conexión con el sistema neurovegetativo y endocrino que, a su vez, controla nuestras vísceras y sistema hormonal. Estos desarrollos armonizan con la idea de los afectos como procesos de descarga en lo somático, a la vez que explican la dificultad mayor de su control debido a que tomarían la vía del sistema nervioso autónomo.

El orígen de las emociones

Existe un punto que no explica esta teoría: la universalidad de las emociones. Es un hecho, científicamente reconocido, que las emociones básicas son de carácter universal. Aquí nos permitimos realizar, puntualmente, un salto en el tiempo dentro de la historia de la teorización freudiana ¿Cómo se explica esta universalidad del patrón de descarga típico de cada emoción? La respuesta que da Freud es el trauma. Así como la angustia tiene su modelo en el trauma del nacimiento, del resto de las emociones en «Inhibición, síntoma y angustia» (Freud, 1926) se declara: «…Los estados afectivos están incorporados {einverleiben} en la vida anímica como unas sedimentaciones de antiquísimas vivencias traumáticas y, en situaciones parecidas, despiertan como unos símbolos mnémicos. Opino que no andaría descaminado equiparándolos a los ataques histéricos, adquiridos tardía e individualmente, y considerándolos sus arquetipos normales…». (p. 89).

Esta respuesta, aunque satisfactoria, nos aparta de la consideración exclusivamente económica, y obliga a considerar la existencia de huellas mnémicas en el ello interpuestas entre la representación, original o sustitutiva, y el proceso de la descarga. Esta huella ancestral dictaría el modo particular de descarga, esta suerte de conversión normal. Nos preguntamos, por otro lado, por los alcances de la analogía con la conversión, con la que creemos poder establecer un distingo más allá del origen del trauma: la vía por la que se consuma la histeria no parece involucrar tanto al sistema autónomo como aquella presente en las emociones. Nos explicamos: en «Algunas consideraciones con miras a un estudio comparativo de las parálisis motrices orgánicas e histéricas», Freud (1893) afirma que la histeria actúa en «…sus parálisis y demás manifestaciones como si la anatomía no existiese o como si no tuviese ningún conocimiento de ella (…) Toma los órganos en el sentido vulgar, popular del nombre que llevan: la pierna es la pierna hasta la inserción de la cadera, y el brazo es la extremidad superior tal y como se dibuja bajo los vestidos…» (p. 206). De esto podemos deducir que la conversión opera sobre el cuerpo erógeno, sobre una representación de cuerpo, atravesado por el significante, al decir de Lacan, recortado. Asumimos aquí el riesgo de sugerir que, en el caso de las emociones básicas, la vía de descarga es de otra naturaleza: se trataría de una descarga a lo somático, no al cuerpo erógeno, que se hace sentir sólo por sus efectos. Es este, lo reconocemos, un punto de máxima especulación.

La angustia

Por último, no podríamos dejar de mencionar, al menos al afecto por antonomasia para el psicoanálisis: la angustia. Sinceramente, comenzamos por confesar que un estudio mínimamente serio de este tema, resultaría inabarcable y escaparía por completo a la intención de este trabajo. Así y todo, sería una omisión inadmisible.

La angustia como afecto displacentero sería un proceso de descarga corporal típico acompañado de la percepción del mismo (esto último vale también para todo el resto de los afectos, naturalmente).

La primera teoría de la angustia es fundamentalmente económica. En el «Manuscrito E», Freud (1894) sostiene que «…la fuente de la angustia no ha de buscarse dentro de lo psíquico…» (p. 229). Se trataría de un factor físico de la vida sexual. La energía sexual somática acumulada, no ligada, diríamos, sin mecanismo psíquico, se descarga como angustia. Esto se apoya básicamente en la teoría freudiana que por entonces tenía acerca de las neurosis de angustia.

Un segundo momento, armónico con este planteo, afirma que en las neurosis encontramos angustia, fruto del proceso represivo que disocia representación de afecto. Esta, antes de ser aplicada a una nueva representación o dirigida al cuerpo por conversión, se libera directamente como angustia.

En la «Conferencia 25», (Freud, 1917) sostiene por primera vez que el modelo de la angustia vendría dado por la primera reacción frente al trauma ante el incremento de cantidad de excitación durante el nacimiento cuando se interrumpe la homeostasis intrauterina. En palabras de Freud: «…el acto del nacimiento, en el que se produce ese agrupamiento de sensaciones displacenteras, mociones de descarga y sensaciones corporales que se ha convertido en el modelo para los efectos de un peligro mortal y desde entonces es repetido por nosotros como estado de angustia …» (p. 361). Es una vivencia arquetípica, dirá años después.

Llegado 1923 asistimos a un cambio fundamental en la teoría de la angustia. En «El yo y el Ello» (Freud, 1923), destacará que «…El yo es el genuino almácigo de la angustia …» (p. 57), lo cual supone que la angustia parte del yo y no ya del ello. El yo aparece retratado como «…una pobre cosa sometida a tres servidumbres y que, en consecuencia, sufre las amenazas de tres clases de peligros: de parte del mundo exterior, de la libido del ello y de la severidad del superyó …» (p. 56). O sea que la angustia pasa a ser entendida como una suerte de sistema de alarma contra el peligro por parte del yo. El mecanismo operaría como una especie de reflejo de huida que «…retirando su propia investidura de la percepción amenazadora, o del proceso del ello estimado amenazador, y emitiendo aquella como angustia …» (p. 57).

Finalmente, en «Inhibición, síntoma y angustia» (Freud, 1926), ahonda en la diferenciación entre angustia traumática y señal, ya esbozada en la «Conferencia 25»: «…cuando se revuelve contra un proceso pulsional del ello, no le hace falta más que emitir una señal de displacer para alcanzar su propósito con ayuda de la instancia casi omnipotente del principio de placer…» (p. 88). De esta forma la angustia aparece sólidamente vinculada a la castración (aunque no sea el único tipo de angustia) y a la defensa: «…el complejo de castración es el motor de la defensa …» (p. 109). En esta nueva versión de la angustia, ya no se tratará de libido reprimida, sino de una herramienta del yo para enfrentar una situación de peligro.

A modo de síntesis

Recapitulemos las definiciones que pudimos extraer respecto a la comprensión freudiana de los afectos en general. Los afectos pueden ser entendidos como uno de los destinos posibles de la pulsión, como un proceso particular de descarga en lo somático y su correspondiente percepción, siguiendo los arquetipos de traumas ancestrales al modo de universales síntomas conversivos (que, sin embargo, parecen diferenciarse de ellos en la medida que comprometería al sistema nervioso autónomo). Son constelaciones de sensaciones sentidas en el cuerpo de origen endógeno.

La cualidad del afecto está determinada por las representaciones a las que la cantidad se anuda, al punto que, en el caso en que en las neurosis el mecanismo represivo separa la representación del afecto y le confiere a este último una representación sustitutiva, la cualidad del proceso de descarga correspondiente puede verse completamente alterada.

Ahora bien, la angustia aparece como un afecto excepcional. Para empezar por su particular importancia por la utilidad que tiene para el yo en el proceso defensivo: como señal es una alarma que pone al principio del placer a su favor frente a un peligro discernido. Pero, sobre todo, porque es producida (como señal) por el yo. En esto se diferencia del resto de los afectos entendidos como destinos de la pulsión, a no ser que haya que hacer extensivo a todos los afectos lo afirmado para la angustia. Creemos que este es un interrogante que reviste un enorme interés. Si, por ejemplo, aplicáramos la misma lógica que a la angustia al resto de los afectos básicos, o sea, si los incluyéramos dentro del yo como su almácigo, como herramientas: ¿qué utilidad tendría cada afecto?, ¿servirá cada afecto como vía de comunicación entre el yo y el ello, ya no por amenaza, sino ante otras cuestiones? Y si eso fuera así, ¿servirían para ganar imperio sobre el principio del placer?, ¿cómo modificaría tal concepción nuestra imagen del psiquismo?

Hemos de confesar que el tema es tan interesante como inabarcable. Esperamos, al menos, haber sido fieles a nuestro propósito: balizar el territorio de una posible teoría freudiana de las emociones. Antes de terminar, nos tomaremos el atrevimiento de apostar, en base a nuestras exploraciones, a que dicha teoría efectivamente existe e, incluso, es un elemento clave en el armazón general del psicoanálisis. No sólo eso, sino que, habida cuenta de la gran cantidad de conocimiento acumulado en otras áreas del conocimiento, bien podría ser un fructífero punto de intercambio con otras disciplinas.

Bibliografía

Ansermet, F., & Magistretti, P. (2012). A cada cual su cerebro. Madrid: Katz Editores.

Freud, S. (1893 [1888-93]). Algunas consideraciones con miras a un estudio comparativo de las parálisis motrices orgánicas e histéricas. En J. L. Etcheverry (Traduc.), Obras Completas: Sigmund Freud (Vol. 1). Buenos Aires: Amorrortu Editores.

Freud, S. (1894). Las neuropsicosis de defensa (Ensayo de una teoría psicológica dela histeria adquirida, de muchas fobias y representaciones obsesivas, y de ciertas psicosis alucinatorias). En J. L. Etcheverry (Traduc.), Obras Completas: Sigmund Freud (Vol. 3). Buenos Aires: Amorrortu Editores.

Freud, S. (¿1894?). Manuscrito E. En J. L. Etcheverry (Traduc.), Obras Completas: Sigmund Freud (Vol. 1). Buenos Aires: Amorrortu Editores.

Freud, S. (1950 [1895]). Proyecto de psicología para neurólogos. En J. L. Etcheverry (Traduc.), Obras Completas: Sigmund Freud (Vol. 1). Buenos Aires: Amorrortu Editores.

Freud, S. (1897). Carta 69. En J. L. Etcheverry (Traduc.), Obras Completas: Sigmund Freud (Vol. 1). Buenos Aires: Amorrortu Editores.

Freud, S. (1905). Tres ensayos de teoría sexual. En J. L. Etcheverry (Traduc.), Obras Completas: Sigmund Freud (Vol. 7). Buenos Aires: Amorrortu Editores.

Freud, S. (1914). Introducción del Narcisismo. En J. L. Etcheverry (Traduc.), Obras Completas: Sigmund Freud (Vol. 14). Buenos Aires: Amorrortu Editores.

Freud, S. (1915). Lo inconciente. En J. L. Etcheverry (Traduc.), Obras Completas: Sigmund Freud (Vol. 14). Buenos Aires: Amorrortu Editores.

Freud, S. (1915). La Represión. En J. L. Etcheverry (Traduc.), Obras Completas: Sigmund Freud (Vol. 14). Buenos Aires: Amorrortu Editores.

Freud, S. (1917 [1916-17]). Conferencia 25, La angustia. En J. L. Etcheverry (Traduc.), Obras Completas: Sigmund Freud (Vol. 15). Buenos Aires: Amorrortu Editores.

Freud, S. (1923). El yo y el ello. En J. L. Etcheverry (Traduc.), Obras Completas: Sigmund Freud (Vol. 19). Buenos Aires: Amorrortu Editores.

Freud, S. (1926 [1925]). Inhibición, síntoma y angustia. En J. L. Etcheverry (Traduc.), Obras Completas: Sigmund Freud (Vol. 20). Buenos Aires: Amorrortu Editores.

Strachey, J. (1966). Introducción al Proyecto de psicologíapara neurólogos. En J. L. Etcheverry (Traduc.), Obras Completas: Sigmund Freud (Vol. 1). Buenos Aires: Amorrortu Editores.

Acerca del autor

Santiago Alejandro Chalukian

Santiago Alejandro Chalukian

NÚMERO 24 | Octubre 2021

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Alojando aprendizajes en las infancias | Pierina Sarmiento

El siguiente escrito corresponde al trabajo integrador final del Seminario «Dificultades para el aprendizaje y psicoanálisis» de la AEAPG coordinado por la Lic. Ileana Fischer. El aumento de consultas que recibo sobre niños, niñas (cada vez a edades más tempranas) y adolescentes para evaluar y diagnosticar sus dificultades para el aprendizaje me despierta la motivación y el interés para responder el siguiente interrogante: ¿cómo pensamos y qué incluimos en el diagnóstico psicopedagógico?

«(…) La infancia es tiempo de cambios, es movimiento.

¿Qué ocurriría entonces si en ese devenir queda coagulado

un único sentido como puede ser un diagnóstico de una supuesta enfermedad mental?»

(Untoiglich, 2011)

 

Palabras preliminares

Muchos son los interrogantes que me abrió el recorrido por este seminario. Intentaré seleccionar aquellos que, como profesional de la psicopedagogía clínica, los siento más cercanos a mis desafíos de la cotidianidad laboral-profesional. Ellos son:

  1. ¿Por qué hablamos de niños en situación de aprendizaje y no solo de cerebros que aprenden?
  2. ¿Cuáles son las condiciones subjetivas necesarias para el aprendizaje?
  3. ¿Qué características tiene el síntoma y cómo lo podemos diferenciar del trastorno para el aprendizaje?
  4. ¿Cómo pensamos y qué incluimos en el diagnóstico psicopedagógico?
  5. ¿A que nos referimos al hablar de modalidad cognitiva?

De todos ellos, seleccionaré el interrogante número 4 para el desarrollo de este trabajo: ¿cómo pensamos y qué incluimos en el diagnóstico psicopedagógico?, deseando realizar un desarrollo acorde a dicho recorte. Aquí vamos…

Desarrollo

«¿Cómo plantear entonces, en una sigla,

toda la complejidad de lo que

le ocurre a un sujeto?»

(Janín, 2012)

 

Para comenzar, quisiera compartir que la cuestión del concepto de diagnóstico psicopedagógico es aquello con lo que me encuentro cotidianamente al ser interpelada por la demanda apresurada de las familias y de las instituciones escolares acerca de ¿qué diagnóstico tiene este niño/niña/adolescente?, enmarcando esta pregunta dentro del discurso epocal actual, invadido por los diagnósticos como etiquetas y rótulos, caracterizados por ser cerrados y estáticos, que coartan la posibilidad de un sujeto en constitución.

En este sentido, Untoiglich (2011) sostiene que la lógica del mercado hoy también se impone en los modos de realizar diagnósticos. El DSM pone de manifiesto una modalidad de búsqueda de respuestas rápidas, de supuesta satisfacción del cliente sin tiempo para los procesos y para el encuentro con lo doloroso, con poco compromiso por parte del profesional en el sostén del niño y su sufrimiento. Parece más sencillo imponer una etiqueta diagnóstica que tomarse el tiempo para indagar acerca de sus padecimientos.

Cuando se utilizan diagnósticos de manera apresurada para etiquetar, se les ofrece a los niños ─y a su entorno─ una etiqueta que lo nombra de un modo determinado y ese nombre cierra las posibilidades de estructuración.

Como profesional de la psicopedagogía, en las entrevistas con los padres y/o con los equipos de orientación escolar (también con colegas y otros profesionales de la salud mental), surgen de su parte las preguntas como: ¿qué tiene este niño?, ¿cuál es su diagnóstico?, ¿por qué no aprende?

En primer lugar, para dar respuesta a ello, considero importante mencionar que, desde una perspectiva psicoanalítica, consideramos al aprendizaje escolar como un proceso complejo que subyace a la adquisición de conocimientos y que es activado y promovido en un ámbito institucional en el que se ponen en juego funciones cognitivas y aspectos subjetivos que producen una transformación y complejización duradera del sujeto. (Schlemenson, 1995)

Desde este lugar (Fischer, 2021), la perspectiva psicoanalítica recortará para la reflexión los aspectos subjetivos que están implicados en el aprendizaje escolar. Esos aspectos subjetivos tienen que ver con los modos singulares de cada quien para incorporar las novedades escolares y acercarse a ellas y que se vinculan a la función simbólica y la modalidad cognitiva. Estos modos singulares se referirán a procesos de representación sucesivos de las objetividades escolares.

Consideramos que el modo de relación que establece un sujeto con las objetividades escolares es conforme a las modalidades histórico-subjetivas fundantes de su psiquismo. Desde este punto de vista, la selectividad y restricción en el acto de aprender podría pensarse como una reedición de aspectos constitutivos del sujeto que remiten al modo de relación con las figuras primarias y que se despliega en el ámbito escolar. (Schlemenson, 1996)

Schlemenson (2001) propone que el diagnóstico es una investigación en la que el objeto de estudio es el niño con problemas de aprendizaje y que el problema por dilucidar es establecer qué elementos de la historia libidinal del niño tienen relación con las características de sus producciones simbólicas actuales. Y nuestra función es establecer una relación significativa entre la historia del sujeto y el problema de aprendizaje por el que nos consultan.

Acercarnos a un sujeto con una dificultad para la tarea de aprender implica tener en cuenta la situación en la que se presenta. Es decir, al tratarse de sujetos en tiempos de constitución, al estar en permanente cambio, construcción y remodelización psíquica, las aproximaciones diagnósticas son siempre presuntivas, momentáneas y contextualizadas dentro de un campo determinado. (Bleger, 1963)

Todo ello que venimos mencionando será considerado e incluido en el proceso diagnóstico situacional del niño por el que nos consultan. Es decir, tomamos al diagnóstico en sentido amplio donde vamos a investigar, distinguir, diferenciar, explorar cuáles son las posibilidades cognitivas, los recursos emocionales y simbólicos que tiene ese niño. Como, así también, distinguir cuáles son aquellos aspectos de la función simbólica que están más restringidos y cuáles podrían ser sus causas.

En este punto es importante lograr reconocer si la dificultad está especialmente en el aprendizaje o si está en la constitución misma del psiquismo. Ya que de ello dependerán también nuestras intervenciones. En ocasiones nos encontramos con que la dificultad en el aprendizaje en realidad corresponde a una dificultad en la estructuración psíquica y, en ese caso, como psicopedagogos, deberíamos derivar para que ese niño reciba un abordaje psicoterapéutico, en primer lugar, que tienda a colaborar con la estructuración del psiquismo. O también distinguir si es posible un abordaje interdisciplinario entre las dos áreas.

Frente al motivo de consulta (Fischer, 2021), es interesante situarse desde la posición que supone que aquello que nos presentan como desajustado no es más ni menos que un modo singular de producción del sujeto que está cargado de significación. Este posicionamiento nos aleja de pensar a la dificultad de aprendizaje como un déficit del sujeto y nos acerca a leerla como un modo de expresión de algún aspecto de la subjetividad. Nuestra escucha tenderá a brindar una dimensión histórica que nos permita conocer los movimientos y modos de constitución de ese sujeto que derivarán en la comprensión de su posicionamiento ante el conocimiento.

De esta manera, en el diagnóstico abordamos, entonces, tres dimensiones. A saber: 1) el aspecto histórico (incluye la historia libidinal y el modo de ejercicio de las funciones primarias), 2) el aspecto estructural (refiere a los aspectos metapsicológicos: tópico, dinámico y económico), y 3) el aspecto clínico que refiere a la descripción de la presentación del motivo de consulta.

Palabras finales

Considerando lo anteriormente descripto, es importante tomar el tiempo del diagnóstico como un tiempo de investigación de cómo funciona el psiquismo, cuál es la modalidad cognitiva de ese niño, por qué motivo se aproxima de ese modo a las objetividades escolares, cuáles son los aspectos de su historia que están involucrados en ese modo singular de apropiarse respecto de la escolaridad, cuáles son las representaciones que tienen los padres acerca del aprendizaje, cómo es el vínculo de ese niño con su maestro y con sus compañeros de clase, de qué manera inviste las objetividades escolares, cómo es la institución educativa a la que pertenece (cuál es su idiosincrasia, su estilo, su ideario), cuáles son los discursos de época donde crece este niño.

Es posible que nuestras intervenciones sean sobre dichos espacios o sectores al que el niño pertenece (entorno primario, escuela, espacio social y época) y no necesariamente solo con el niño, ya que es posible que él sólo esté poniendo de manifiesto algo sintomático que no está en él, sino que está, por ejemplo, en las expectativas o valores familiares o de la escuela a la que pertenece. 

Bibliografía

Bleger, J. (1963). Situación y campo. En J. Bleger, Psicología de la conducta (pp. 42-44). Buenos Aires: Paidós.

Fischer, I. (2021). El niño en situación de aprendizaje. Seminario a distancia: Dificultades para el aprendizaje y Psicoanálisis. Asociación Escuela de Argentina de Psicoterapia para Graduados. Buenos Aires. 2021.

Fischer, I. (2021). Metapsicología de las dificultades para el aprendizaje. Seminario a distancia: Dificultades para el aprendizaje y Psicoanálisis. Asociación Escuela de Argentina de Psicoterapia para Graduados. Buenos Aires. 2021.

Janín, B. (2012). Los adolescentes y los estigmas. Revista RUEDES, 2 (4), pp 13-28.

Schlemenson, S. (Comp.) (1995). Cuando el aprendizaje es un problema. Buenos Aires: Miño y Dávila, p. 13.

Schlemenson, S. (1996). El aprendizaje: Un encuentro de sentidos. Buenos Aires: Kapeluz.

Schlmenson, S. (2001): El diagnóstico psicopedagógico. En S. Schlemenson (Comp.), Niños que no aprenden. Actualizaciones en el diagnostico psicopedagógico (pp. 15-40). Buenos Aires: Paidós.

Untoiglich, G. (2011). En la infancia los diagnósticos se escriben con lápiz. Actualidad psicológica, 36 (396), pp. 2-5.

Acerca del autor

Pierina Sarmiento

Pierina Sarmiento

NÚMERO 24 | Octubre 2021

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Entrevista a Adriana Cabuli | Graciela Cohan y Aníbal Repetto

En un cálido encuentro, Adriana Cabuli nos ha permitido conocer su recorrido: desde su formación en la Escuela hasta su colaboración comprometida en los distintos espacios de la Asociación en los que se ha desempeñado. Nos transmite con entusiasmo las actividades que despliega actualmente y también comparte reflexiones sobre nuestra práctica como analistas en este momento.