NÚMERO 8 | Marzo, 2013

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Freud Dixit

Movimiento Psicoanalítico

Hemos seleccionado algunos párrafos del texto “Historia del movimiento psicoanalítico”. Fue escrito en el año 1914 para marcar las profundas diferencias entre el psicoanálisis y otras teorías psicológicas surgidas de las divergencias de Jung y Adler. Muestran, además, el motivo que impulsó a la formación de la Asociación Psicoanalítica Internacional y dan cuenta del estilo que le imprimió a la discusión científica. Nos muestran un aspecto más apasionado y beligerante de Freud. En esta misma línea, en “Pueden los legos ejercer el análisis” donde Freud hace un encendida defensa del analista no médico, encontramos la descripción de lo que denomina analista didáctico. Finalmente, una nota introductoria de un paper le sirve como excusa para hacer una aguda descripción de cómo veía el psicoanálisis americano. Tres textos con los que celebramos la permanencia de una institución psicoanalítica que no renuncia a mantenerse dentro de los lineamientos sostenidos por el maestro.

Dos años después del primer congreso privado de los psicoanalistas, se reunió el segundo, esta vez en Nuremberg (marzo de 1910). En el lapso trascurrido entre ambos, y bajo la impresión de la acogida que tuvo el psicoanálisis en Estados Unidos, de la creciente hostilidad hacia él en los países de lengua alemana y del inesperado refuerzo que significó la adhesión del grupo de Zurich, forjé un proyecto que puse en marcha en ese segundo congreso con el apoyo de mi amigo Sándor Ferenczi. Pensaba organizar el movimiento psicoanalítico, trasladar su centro a Zurich y darle un jefe cuya misión sería velar por su futuro. Como esta fundación mía despertó mucho desacuerdo entre los partidarios del análisis, quiero exponer con detalle mis motivos. Espero que después de ello se me ha de justificar, aunque se concluya que en realidad no hice nada prudente.

Juzgaba yo que el vínculo del joven movimiento con Viena no era ninguna ventaja para él, sino un obstáculo. Un lugar como Zurich, en el corazón de Europa, donde un profesor universitario había abierto su instituto al psicoanálisis, me parecía mucho más promisorio. Suponía, además, que un segundo obstáculo era mi persona, en cuya apreciación, por obra de las banderías, se habían mezclado con exceso la simpatía y el odio; se me comparaba con un Colón, un Darwin y un Kepler, o se me motejaba de paralítico general. Por eso yo quería retirarme a un segundo plano, y que lo mismo hiciera la ciudad de donde el psicoanálisis era oriundo. Además, ya no era joven, veía por delante un largo camino y sentía como algo abrumador que la obligación de ser jefe recayese sobre mí a una edad tan avanzada. Pero opinaba que un mando tenía que haber. Sabía demasiado bien de los errores que acechaban a quienes se consagraban al análisis, y confiaba en que muchos de ellos podrían evitarse si se instauraba una autoridad dispuesta a aleccionar y a disuadir. Una autoridad de esa índole había recaído al principio sobre mí a causa de la ventaja incomparable que significaban casi quince años de experiencia. Por eso, estaba en mi mano trasferir esa autoridad a un hombre más joven, que tras mi desaparición estuviera destinado, como cosa natural, a ser mi sustituto. No podía ser otro que C. G. Jung, pues Bleuler tenía mi edad y en favor de aquel hablaban sus sobresalientes dotes, las contribuciones que ya había hecho al análisis, su posición independiente y la impresión de segura energía que emanaba de su personalidad. Además, parecía dispuesto a entablar relaciones amistosas conmigo y a abandonar en mi honor ciertos prejuicios raciales que hasta ese momento se había permitido. Por entonces yo no sospechaba que esa elección, a pesar de todas las ventajas que acabo de enumerar, era harto desgraciada, pues había recaído sobre una persona que, incapaz de soportar la autoridad de otro, era todavía menos apta para constituir ella misma una autoridad, y cuya energía se encaminaba íntegra a la desconsiderada consecución de sus propios intereses.

Yo juzgaba necesaria la forma de una asociación oficial porque temía el abuso de que sería objeto el psicoanálisis tan pronto como alcanzase popularidad. Entonces se requeriría de un centro capaz de emitir esta declaración: «El análisis nada tiene que ver con todo ese disparate, eso no es el psicoanálisis». En las sesiones de los grupos locales que compondrían la asociación internacional debía enseñarse el modo de cultivar el psicoanálisis, y ahí hallarían su formación médicos para cuya actividad podría prestarse una suerte de garantía. También me parecía deseable que los partidarios del psicoanálisis se encontrasen reunidos para un intercambio amistoso y para un apoyo recíproco, después que la ciencia oficial había pronunciado su solemne anatema contra él y había declarado un fulminante boycott contra los médicos e institutos que lo practicaban.

Todo eso, y nada más que eso, quería yo lograr mediante la fundación de la «Asociación Psicoanalítica Internacional». Era, probablemente, más de lo que podía obtenerse. Así como mis opositores comprobaron que no era posible detener al nuevo movimiento, a mí me aguardaba otra experiencia: no se dejaba conducir por los caminos que yo pretendía marcarle. Es verdad que se aprobó la moción presentada por Ferenczi en Nuremberg; Jung fue electo presidente, él designó a Riklin como su secretario, se acordó la publicación de un boletín para la comunicación entre el organismo central y los grupos locales. Como fin de la Asociación se estableció el siguiente: «Cultivar y promover la ciencia psicoanalítica fundada por Freud en su condición de psicología pura y en su aplicación a la medicina y a las ciencias del espíritu; alentar el apoyo recíproco entre sus miembros en todos los esfuerzos por adquirir y difundir conocimientos psicoanalíticos». (pag 41,43)

[…] Ahora tengo que mencionar dos movimientos separatistas consumados en las filas del psicoanálisis […] (Se refiere a Jung y Adler). Habría podido evitar la desilusión que me depararon atendiendo mejor a los procesos que sobrevienen a quienes están bajo tratamiento analítico.

[…] cuando mediante un empeñoso trabajo se ha logrado que uno de estos enfermos aprehenda algunas piezas del saber analítico y las maneje como cosa propia, todavía nos aguarda quizás esta experiencia: bajo el imperio de la resistencia siguiente arroja al viento lo aprendido y se defiende como en sus mejores días de principiante. Me estaba deparado aprender que en los psicoanalistas puede ocurrir lo mismo que en enfermos bajo análisis. (Pag 47)

Pero quiero agregar enseguida que jamás se me pasó por la cabeza motejar despectivamente y a bulto a los oponentes del psicoanálisis por el mero hecho de serlo, a excepción de unos pocos individuos indignos, aventureros y pescadores de río revuelto, de los que en tiempos de combate suelen infiltrarse en los dos bandos en pugna. Es que yo sabía explicarme la conducta de esos oponentes, y la experiencia me había enseñado que el psicoanálisis saca a la luz lo peor de cada hombre. Pero tomé el partido de no responder y, hasta donde alcanzaba mi influencia, de hacer que también otros se abstuvieran de la polémica. En las particulares condiciones en que se libraba la lucha por el psicoanálisis, me parecía muy dudosa la utilidad de una discusión pública o en la literatura especializada; ya conocía los métodos que llevan a obtener la mayoría en congresos o reuniones, y siempre fue escasa mi confianza en la equidad y en la buena disposición de los señores oponentes. La observación enseña que en la polémica científica los hombres que pueden mantener la cortesía, para no hablar de la objetividad, son los menos; y la impresión de una reyerta científica siempre me resultó horrorosa. Quizás esta conducta mía dio lugar a un malentendido y se me tuvo por tan manso o tan flaco de ánimo que no hacía falta tener cuidado alguno conmigo. Nada más falso; yo puedo denostar y enfurecerme tan bien como cualquier otro, pero no me las ingenio para hacer redactables las exteriorizaciones de los afectos que se agitan en el fondo y por eso prefiero la abstención total. (pág. 37)

[…] Tal vez habría sido mejor, en muchos sentidos, que yo hubiese dado libre curso a mis pasiones y a las de quienes me rodeaban. […] (pág. 38)

Quizá yo tenga parte de culpa, por mi política de evitar la publicidad en vastos círculos. Si hubiera dado ocasión o prestado mi aquiescencia para que el psicoanálisis ocupase a las sociedades médicas de Viena en tormentosas sesiones, donde se habrían descargado todas las pasiones y preferido en voz alta todos lo! reproches e invectivas que los participantes tenían en la lengua o guardaban en su corazón, quizás hoy estaría levantado el ostracismo que pesa sobre el psicoanálisis y este no sería ya un extranjero en la ciudad que fue su patria. […] (pág. 39)

Freud, S. (1914): “Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico”, AE, XIV, páginas 37, 38, 39, 41, 43 y 47

En efecto, en modo alguno consideramos deseable que el psicoanálisis sea fagocitado por la medicina y termine por hallar su depósito definitivo en el manual de psiquiatría, dentro del capítulo «Terapia», junto a procedimientos como la sugestión hipnótica, la autosugestión, la persuasión, que, creados por nuestra ignorancia, deben sus efímeros efectos a la inercia y cobardía de las masas de seres humanos. Merece un mejor destino, y confiamos en que lo tendrá. Como «psicología de lo profundo», doctrina de lo inconciente anímico, puede pasar a ser indispensable para todas las ciencias que se ocupan de la historia genética de la cultura humana y de sus grandes instituciones, como el arte, la religión y el régimen social. […]

[…] A fin de realizar estos análisis hacen falta cierto número de analistas para quienes diversos conocimientos de la medicina poseerán un valor sumamente escaso. No obstante ello, estos analistas -los llamaremos «didactas»- deberán haber recibido una formación particularmente cuidadosa. Para evitar la atrofia de esta última, es preciso darles oportunidad de recoger experiencias en casos instructivos y probatorios, y como personas sanas a quienes les falte el motivo del apetito de saber no se someterán a un análisis, sólo podrá ser en neuróticos donde los analistas didactas -bajo cuidadoso control- se eduquen para su posterior actividad no médica. […]

Freud, S. (1926): “¿Pueden los legos ejercer el análisis? Diálogos con un juez imparcial”, AE, XX, página 233

Oigo decir a menudo que el psicoanálisis es muy popular en Estados Unidos y no choca allí con la misma obstinada resistencia que en Europa. Pero numerosas circunstancias me estropean la satisfacción que ello me produce. Me parece que la popularidad del nombre del psicoanálisis en Estados Unidos no significa ni una actitud amistosa hacia su causa ni una particular difusión o profundización de su conocimiento. Considero prueba de lo primero que, si bien en Estados Unidos se obtienen con facilidad y en abundancia recursos monetarios para toda clase de empresas científicas y seudocientíficas, nuestras instituciones psicoanalíticas nunca obtuvieron apoyo. Tampoco es difícil demostrar lo segundo. Aunque Estados Unidos posee muchos valiosos analistas y por lo menos una autoridad, como lo es el doctor A. A. Brill, las contribuciones a nuestra ciencia provenientes de ese vasto país son magras y no aportan nada nuevo. Psiquiatras y neurólogos se sirven a menudo del psicoanálisis como método terapéutico, pero en general demuestran escaso interés por sus problemas científicos y su significación cultural. Con harta frecuencia los médicos y autores norteamericanos exhiben una insuficiente familiarización con el psicoanálisis, de suerte que apenas conocen sus términos y unas pocas consignas, lo cual, empero, no altera en nada la seguridad con que emiten sus juicios. Esas mismas personas confunden al psicoanálisis con otros sistemas de doctrina que acaso se desarrollaron a partir de él, pero hoy son inconciliables; o se forjan una mescolanza de psicoanálisis y otros elementos, y presentan ese proceder como prueba de su broad-mindedness {amplitud de criterio}, cuando en verdad sólo demuestra su lack of judgement {falta de criterio}.

Freud, S. (1930): “Nota Introductoria al número especial sobre psicopatología de The Medical Review of Reviews”, AE, XXI, página 252.

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GRACIELACOHAN

Graciela Cohan

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