NÚMERO 17 | Mayo, 2018

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Adolescencia en riesgo: inseguros ¿quiénes? Poder, corrupción y violencia: ¿qué tenemos para decir? | Marta De Giusti

Trabajo libre presentado en la Mesa «Adolescencia en riesgo. Inseguros ¿quiénes?» organizada por la Comisión Científica, perteneciente al Ciclo «Miércoles en la Escuela», agosto de 2017.

Este trabajo[1] surge del escrito presentado en Brasil, en el IX Congreso de la Federación Latinoamericana de Asociaciones de Psicoterapia Psicoanalítica y Psicoanálisis (Flappsip) y cuya temática fue «Poder, corrupción y violencia».

Me resultó particularmente interesante investigar como psicoanalista estas categorías que hoy son moneda corriente dentro de la vida social. La pregunta entonces surgió de esta manera: ¿qué tenemos para decir los psicoanalistas acerca de estas temáticas: poder, corrupción y violencia?

Alguna puntualizaciones acerca del origen etimológico del término corrupción nos van acercando al tema. Proviene del latín corruptio y se encuentra conformado por el prefijo con-, que es sinónimo de “junto”, el verbo rumpere, que puede traducirse como “hacer pedazos”; y finalmente el sufijo -tio, que es equivalente a “acción y efecto”. Corrupción es la acción y efecto de corromper, esto es: depravar, echar a perder, hacer pedazos, sobornar a alguien, pervertir, dañar. El concepto, de acuerdo al diccionario de la Real Academia Española, puede tratarse de una depravación moral o simbólica. En otro sentido, la corrupción es la práctica que consiste en hacer abuso de poder. Se entiende como corrupción política al mal uso del poder público para obtener una ventaja ilegítima. Hasta aquí, como vemos, en estas definiciones se articula corrupción y poder que me lleva inevitablemente al punto de la violencia.

En particular he decidido desarrollar una idea en la que vengo trabajando hace tiempo: me refiero a la violencia contra los jóvenes, sea esta real o simbólica. Voy a tratar de analizarla a través de una cuestión candente en nuestro país, que probablemente se repita en otros lugares de Latinoamérica y que me parece importante revisar.

Para dar cuenta de la línea argumentativa que quiero compartir, me pareció de especial valor la siguiente frase de Freud:

 “Adorado hoy como un dios, puede ser muerto mañana como un criminal” (Freud, 1912-193)[2].

Este escrito entonces, plantea una invitación a reflexionar críticamente acerca de una aparente contradicción que sacude la subjetividad contemporánea.

Se trata de la relación de afectación mutua que existe entre lo joven como ideal regulador de la cultura actual, los jóvenes como sujetos de la experiencia en sus diversos escenarios y la marca que este ideal cultural introduce en la interrelación de los jóvenes con el mundo adulto como tal.

Es necesario establecer de entrada una aclaración conceptual: hablamos de “lo joven”, “los jóvenes” o “la juventud” como si se tratara de una realidad homogénea, susceptible de aprehender en forma integral y sin fracturas (hacer de un rasgo un todo); consideración que hace agua si miramos las producciones y variadas formas de expresiones culturales y sociales del “mundo juvenil actual”, que se presenta como un territorio heterogéneo, diverso, diferenciado internamente y complejo.

Nos podemos preguntar en este contraste que se produce, si estamos hablando de lo mismo. Evidentemente, no. Considero importante resaltar la contradicción que se establece entre lo heterogéneo en lo florido, ruidoso, creativo, de la producción de cada joven opuesto a la tersura de lo homogéneo cuando el ideal de la juventud se constituye como ideal cultural, es decir, para todos y todas igual, no hay diversidad, ni diferencias.

¿Cómo significar esta contradicción y qué consecuencias tiene en la interrelación del adolescente con el mundo adulto?

Para desarrollar esta pregunta, en principio, voy a ahondar en el tema del ideal.

Parto de la idea de que lo jovense ha establecido contemporáneamente como un ideal cultural, casi podríamos decir globalizado.

La formación del ideal no es un tema menor en psicoanálisis, por lo contrario, se trata de un concepto complejo que nos remite en la teoría a Yo Ideal-Ideal del Yo y Superyó, estructurantes del aparato psíquico

Brevemente veamos los modos de inscripción de los ideales en el Sujeto. Los ideales conforman puntos de tensión entre la historia colectiva, la historia oficial del sujeto y el modo en que este tramita estos puntos de tensión.

Es el desamparo inicial que funda en un mismo momento la necesidad de un otro (la madre) que provea las acciones específicas necesarias para la vida y, al mismo tiempo, instala “una precariedad que por ser originaria nos acompañará en cada avatar de nuestro destino” (Viñar). En la dialéctica de la satisfacción y la carencia “ser o no ser” se plasman las identificaciones primarias que constituirán el yo y su ideal concebido este con las características todopoderosas del objeto, asimismo con aquello que los padres colocan como “su majestad el bebé”. Estamos en el territorio del Yo Ideal. El pasaje desde la especularidad (relación dual con la madre) al registro tríadico posibilitará su acceso al orden simbólico. Llegamos al Ideal del Yo, heredero del Complejo de Edipo a través de la renuncia narcisista al Yo Ideal. Operación de castración mediante, se ingresa al territorio del “no todo”.

El Ideal del Yo instala una inscripción temporal que no tiene el Yo Ideal. Su constitución misma implica una modificación del Yo que produce una disyunción entre el Ideal y el Yo.

De estructura bifásica, el Ideal del Yo instala al mismo tiempo el modelo: “Así (como el padre) debes ser”; y la prohibición: “Así (como el padre) no te es lícito ser”. Desde esta perspectiva, la prohibición del incesto y parricidio abre el camino a la diferencia sexual y a la diferencia entre generaciones. La ley, entiéndase por tal la ley paterna, en su dinámica pide: renuncia pulsional y apertura a la sublimación y, al mismo tiempo, otorga posibilidad de intercambio, de perpetuación de la estirpe, abre al Sujeto la idea de proyecto, de rodeo y de esperanza. Inscripción temporal “que establece en el aparato psíquico un tiempo de demora irreductible en el campo de la satisfacción narcisista”. Esta temporalización, que tiene efectos fundamentales, “introduce la figura del porvenir en el espacio imaginario del yo, transforma la urgencia de la satisfacción narcisista en oportunidad de experimentar las vicisitudes del encuentro con los otros” (Miguelez, 2009)[3]. Proyecto y porvenir sacuden el tiempo de la infancia eterna habilitando en el joven ideales, allí donde sólo había Yo Ideal.

Una pequeña viñeta acerca de la urgencia del Yo ideal. Una adolecente de 14 años me decía con mucha angustia en sus primeras entrevistas:

—Todavía no sé lo que quiero ser y ya se me acaba el tiempo

—Me aterra pensar que puedo ser como mi mamá o mi papá

Vacío identificatorio que acontece en la mutación adolescente y terror frente a la eterna repetición de lo mismo se presentan dramáticamente en los discursos adolescentes, que nos hablan de la necesidad de ir construyendo en el trabajo de análisis la dimensión temporal que precisa el armado de un proyecto vital, algo que está puesto en cuestión en la cultura actual. Como parte de este proceso adolescente, la pregunta alrededor de “quién soy” y “qué quiero ser” se imponen, y será a partir del juego identificatorio como se constituirá el Ideal del Yo, apuntalado por la eficacia de la función paterna y la presencia de otros mediadores simbólicos que deben ser ofrecidos por la sociedad.

Es que, para crecer, para armar vínculos, para sostener ideales, para amar, los adolescentes necesitan que el mundo les ofrezca el miramiento por sus condiciones materiales de existencia, la de cada joven, los recursos simbólicos, políticos y culturales que rigen el mundo social para cada joven, y de un mundo adulto que lleve adelante la responsabilidad de transmitir entre otras cosas, las reglas sociales, las distancias generacionales, la importancia de la palabra y la ley en tanto lo que se puede y lo que no se puede, que hacen posible la vida en sociedad .

Como vemos, nada de lo social es homogéneo y, por el contrario, lo diverso crea condiciones particulares de existencia en el mundo juvenil.

Entonces, el ideal de “lo joven” ¿es ideal para quién? ¿De qué se trata un ideal cultural?

Escuchemos a Freud (1915) cuando nos dice: (…) los objetos predilectos de los hombres, sus ideales, proceden de las mismas percepciones y experiencias que los más aborrecidos por ellos, y en el origen se distinguen uno de otros solo por ínfimas modificaciones[4].

La cultura construye mediante sofocación de estos sentimientos hostiles, y bajo coacción, sus ideales más altos y preciados, creando una ignorancia particular acerca de su origen: que el ideal desciende de lo más abyecto y/o rechazado.

En este sentido, considero que “lo joven” se constituye a partir de un juicio de atribución excluyente, en un universo contemporáneo donde la desposesión de este “supremo bien” parece precipitar al vacío de la nada a quien no lo posee.

¿A quién favorece la construcción del ideal cultural de lo joven?

Indudablemente al mundo adulto que intenta despojar y apropiarse de un atributo que, en sí, el propio joven no necesita dado que lo posee. En este sentido, considero que como ideal social se encuentra más cercano a la lógica narcisista del Yo Ideal que a la lógica simbólica del Ideal de Yo. Homogeneidad de lo existente al servicio de sostener la desmentida de la vejez y del ser atravesado por la muerte, apelando para ello a un punto crucial de la estructura humana: la necesidad de que no existan los límites en nuestra humana naturaleza, exigencia de eternidad[5] que nos induce a creer en la posibilidad de sustraernos a lo transitorio, a lo perecedero en y de la existencia.

 “Adorado hoy como un dios, puede ser muerto mañana como un criminal”

Esta idealización de “lo joven” puede, paradojalmente, acompañarse de expresiones hostiles hacia la juventud por parte del mundo adulto

Esta hostilidad, que puede llevar a la muerte, se ha observado en la historia de la humanidad con diferentes ropajes. Podemos citar a Arnaldo Rascovsky y su concepto de “filicidio”, quien trabajó extensamente la matanza de jóvenes en manos de la Gerontocracia como sistema de poder. Nos corresponde como analistas implicados en nuestro tiempo investigar qué figurabilidad o qué figurabilidades toma esta formulación en este momento histórico y social que nos toca vivir e intentar comprender de qué forma algo idealizado puede transformarse en objeto e instrumento de violencia institucional y social.

Les traigo como ejemplo paradigmático un tema correspondiente a la Justicia Penal Juvenil de nuestro país, tema del día, que en este momento provoca mucho debate, mejor diríamos, mucha violencia. Me refiero al Proyecto de modificación de la Ley del Régimen Penal Juvenil, ley 22278, impulsado por el Ministerio de Justicia de la Nación, donde propone bajar la edad de punibilidad en los jóvenes de 16 a 14 años. En este proyecto se juntan dos cuestiones opuestas: por una parte, la necesidad de reformar la ley vigente desde la dictadura militar que choca con la Convención sobre los Derechos del Niño; por otra parte y al mismo tiempo, el proyecto considera que es necesario reducir la edad penal. Es decir, que para instaurar un marco legal respetuoso de los Derechos Humanos es necesario reducir la edad penal. Este contrasentido es rechazado por los Organismos de Derechos Humanos, Unicef y Organizaciones especializadas en infancias y adolescencias que postulan que es inconstitucional y que, además, reducir la edad mínima no es eficaz como medida de política criminal., que empeora la situación de los chicos lejos de mejorarla ya que contribuye a demonizar a la infancia pobre.

Por otra parte, estadísticas de la Corte Suprema de la Nación y Unicef revelan que desde el año 2000, la cantidad de delitos cometidos por menores descendió tanto en la justicia nacional como federal. Estos datos indican que no es el delito juvenil la causa de la violencia criminal en la sociedad ni que es significativa la incidencia de los delitos graves cometidos por menores de 16 años. En este sentido, se propone que discutir la refundación de la justicia juvenil en la Argentina no culmine dotando al país de un marco legal que, revestido de algunas garantías procesales, acentúe la descarga punitiva sobre los adolescentes. Equipos interdisciplinarios especializados consideran que para púberes y adolescentes la dimensión casi excluyente de una ley penal para adolescentes debe centrarse en la conceptualización propuesta por las políticas de prevención que, básicamente, impida confundir sanciones con protección. Las personas menores de edad no pueden ser perseguidas, juzgadas y castigadas como los adultos. En este sentido, el necesario debate acerca de cómo sancionar conductas ilícitas en los adolescentes, no puede ocultar la cuestión de fondo que es la necesidad de fortalecer políticas y mecanismos de inclusión social, de ejercicio de ciudadanía, de promoción y protección integral de niños, niñas y adolescentes. No hay mejor prevención que la inclusión

¿Qué consecuencias se deslizan de este proyecto?

  • La criminalización de la juventud en su conjunto. Ingresa la problemática de la población juvenil afectada en territorio penal, criminalizando los conflictos y sus efectos. En otras palabras, la saca de sus ámbitos naturales donde deberían estar para ser atendidos, esto es, los ámbitos de la salud mental y las políticas públicas de inclusión social.
  • La construcción en el imaginario social de una falsa perspectiva. Ubica a los adolescentes como la principal amenaza para la convivencia social, con la consecuente “demonización” de los adolescentes pobres (“pibes chorros”) que redunda en discriminación cuando no en maltrato y abuso policial contra ellos.
  • Desmiente la moratoria propia de la pubertad y la adolescencia en su transición al mundo adulto, adjudicando a un púber-adolescente la máxima severidad y penalidad que se instituye para los adultos (uniendo el poder y la violencia).

Queda así la violencia del lado de los jóvenes, colocando en ellos un poder imaginario que ubica la “inseguridad” y el aumento de las estadísticas de criminalidad dependiente de esta franja etaria, estigmatizando a la juventud como peligrosa y con una potencial criminalidad.

Por último, otro riesgo, y por cierto no menor, es que las organizaciones criminales, comandadas por adultos vayan en busca de menores de 14 años para poder efectuar delitos que dejen impunes a los verdaderos responsables.

¿Por qué esta insistencia de bajar la edad de imputabilidad?

En el contexto histórico de la República Argentina desde la década de los 90 se ha registrado un incremento significativo en formas delictivas mucho más sofisticadas que el delito callejero: la criminalidad económica-financiera, la corrupción política, el narcotráfico, la trata de personas, etcétera. La impunidad de la que gozan muchos de sus autores genera descreimiento en las instituciones y pone de manifiesto la selectividad del sistema penal. Si seguimos haciendo historia, en el contexto de la dictadura militar se produjeron terribles atrocidades por parte de los gobernantes: asesinatos sistemáticos de adolescentes, de hombres, de mujeres, de niños, torturas, apropiación de niños, robos, … Delitos aberrantes de formas aberrantes del poder que nunca fueron juveniles. Nótese, en función de lo dicho, que el delito, ni antes ni ahora, es básicamente juvenil; más bien podemos pensar que el delito es una construcción social. El ejemplo más importante lo tuvimos durante este año 2017 donde en el discurso oficial surge la siguiente contradicción. Con contradicción me refiero a posiciones antagónicas que no se pueden sostener al mismo tiempo. Por un lado, se quiere bajar las penas por delitos atroces de lesa humanidad (recientemente la sentencia del 2×1) y, por otro, se propone bajar la edad de punibilidad de los adolescentes por delitos comunes.

Así las cosas. Me parece necesario ampliar el eje del debate ¿de qué se trata, de la seguridad o de la impunidad?

No puedo dejar de preguntarme: el terror, la impunidad, cuarenta años después de la dictadura militar argentina ¿ubicados del lado de los niños, de los púberes, de los jóvenes??

Para concluir

Los discursos instituyentes, que amparan, modelan y construyen ideales, valores y rituales, van conformando nuestras percepciones y nuestra manera de pensar el mundo, por eso son discursos instituyentes de los cuales debemos estar advertidos.

El ideal cultural se engarza para dar figurabilidad a estos discursos y, en este sentido, el ideal cultural puede estar del lado del Ideal del Yo o del Yo Ideal. Que queden del lado del Yo Ideal va a implicar una lógica más ligada al narcisismo, efecto de que hay un solo lugar, incompartible (uno y solo uno para dos) que impone medidas excluyentes (cuando no eliminatorias) donde se elude la Ley y la responsabilidad que le compete. Situaciones de poder. Fascinación, efecto hipnótico y sugestivo que se extiende por nuestro mundo globalizado borrando las diferencias.

Que el ideal cultural quede del lado del Ideal del yo, es admitir los límites, lo perecedero de la existencia, la filiación generacional y la responsabilidad como actores y ciudadanos en las vicisitudes del mundo que habitamos.

La adolescencia tiene la particularidad y el privilegio de enhebrar el tiempo. Es tiempo de pasado y de futuro.

El desafío como adultos es construir con ellos el presente… porque si no es ahora, ¿Cuándo?

Notas al pie

[1] Trabajo presentado en el IX Congreso Flappsip: Psicoanálisis. Un mundo en transformación. Teoría, clínica y cultura, Porto Alegre, Brasil, mayo 2017.

[2] Freud, S. (1967). Tótem y Tabú. En Ensayos XXVI al XCVII. Sigmund Freud (Vol. 2, p. 1775). Madrid: Biblioteca Nueva

[3] Miguelez, L. V. (Mayo, 2009). Reflexiones sobre un lazo que no es siempre ardid. En C. Dematine (Secretaria científica), El superyó: acerca del malestar entre pulsión y ley, Ponencia de la Mesa «Ideal del yo y lazo social» del Ciclo científico 2009 Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados, Buenos Aires.

[4] Freud, S. (1986). La represión. En En J. L. Etcheverry (Traduc.), Obras Completas: Sigmund Freud (Vol. 14, p. 145). Buenos Aires: Amorrortu (Trabajo original publicado 1915).

[5] Freud, S (1991). La transitoriedad En En J. L. Etcheverry (Traduc.), Obras Completas: Sigmund Freud (Vol. 14, pp. 309-312). Buenos Aires: Amorrortu (Trabajo original publicado 1916 [1915]).

Bibliografía

Freud, S. (1967). Tótem y Tabú. En Ensayos XXVI al XCVII. Sigmund Freud (Vol. 2, p. 1775). Madrid: Biblioteca Nueva

Freud, S. (1986). La represión. En En J. L. Etcheverry (Traduc.), Obras Completas: Sigmund Freud (Vol. 14, pp. 135-152). Buenos Aires: Amorrortu (Trabajo original publicado 1915).

Freud, S (1991). La transitoriedad En En J. L. Etcheverry (Traduc.), Obras Completas: Sigmund Freud (Vol. 14, pp. 309-312). Buenos Aires: Amorrortu (Trabajo original publicado 1916 [1915]).

Miguelez, L. V. (Mayo, 2009). Reflexiones sobre un lazo que no es siempre ardid. En C. Dematine (Secretaria científica), El superyó: acerca del malestar entre pulsión y ley, Ponencia de la Mesa «Ideal del yo y lazo social» del Ciclo científico 2009 Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados, Buenos Aires.

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Marta De Giusti

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