NÚMERO 13 | Marzo, 2016

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Adolescer en tiempos de «selfies» | Cristina Marchiaro

Trabajo presentado en la Mesa: «Adolescer en tiempos de 'selfies'» perteneciente al Ciclo Científico 2015: «Narcisismo, del mito a la clinica», septiembre 2015.

Comenzaré por puntualizar algunas cuestiones generales sobre la adolescencia, para referirme luego a las implicancias que acarrea para el narcisismo, y finalmente me centraré en las particularidades que puede presentar la clínica con adolescentes en nuestra época.

Ese tiempo de la vida que definimos como adolescencia, toma su importancia por el valor que le cabe en la constitución de la subjetividad, y tiene su causa inaugural en las transformaciones del cuerpo biológico y el empuje pulsional del segundo despertar sexual. Golpe de lo real que conmueve la estructura, entendida por Lacan como producto de un triple anudamiento de los registros: real, simbólico e imaginario.

En Freud ese momento segundo, es tiempo de resignificaciones que producen nuevos enlaces del material psíquico. Se trata de una constitución psíquica aún no cerrada donde la vida sexual, según señala en Tres ensayos de teoría sexual (1905), debe encontrar su forma definitiva y consumar «el hallazgo de objeto, preparado desde la más temprana infancia» (pág.202). Pero la elección de objeto se despliega primero en el terreno de la fantasía y como afirma: «A raíz de estas fantasías vuelven a emerger en todos los hombres las inclinaciones infantiles, sólo que ahora con un esfuerzo somático» (pág. 206-207).

La reedición del Edipo (1) coloca al adolescente frente a la necesidad de una nueva renuncia que le exige poder apoyarse en el significante del Nombre del Padre, si cuenta con su inscripción, para poder decir no al empuje incestuoso y conformar las condiciones de posibilidad que le permitan salir a la escena del mundo en busca de objetos sustitutivos. Pondrá a prueba entonces la estructura en la escena exogámica y las identificaciones logradas en el primer despertar, es decir, los «títulos» si los tiene guardados «en el bolsillo» a partir de la salida edípica. (2)

Desde lo biológico están dadas las condiciones para hacer posible el acto sexual, pero desde la realidad psíquica su realización comporta un proceso de subjetivación. Se tratará de poder poner a jugar la pulsión en la trama simbólica que el cauce del deseo pueda otorgarle, abriendo así la posibilidad de satisfacciones parciales, acotadas por efecto de la castración y alejadas por tanto de la búsqueda de una satisfacción plena y sin medida, que es empuje mortífero más allá del principio de placer.
Pero el deseo requiere el sostén que el fantasma puede darle y es la adolescencia el tiempo donde el fantasma puede completar su construcción y consolidarse. Por ello la clínica de la adolescencia se presenta en general más alejada de las formaciones del inconsciente y de la tarea de desciframiento, y nos acerca en cambio a las problemáticas del acto (inhibición, acting out, pasaje al acto) y a las derivas pulsionales que se manifiestan como impulsiones, excesos y adicciones.

La construcción del fantasma implica el hecho de que un sujeto logre darse una respuesta a la pregunta por el deseo del Otro, interrogante enigmático y siempre angustiante, que puede formularse en términos de: ¿qué quiere el Otro de mí, más allá de lo que me demanda? Por ende contar con el fantasma es a su vez una defensa para no quedar expuesto a la demanda inconsciente del Otro, que es demanda pulsional, y que el sujeto puede registrar como exceso que impacta sobre su propia imagen-cuerpo.

El sujeto dividido por su entrada al mundo del lenguaje, por efecto del significante, se coloca en relaciones lógicas con un objeto, el objeto a, que en tanto perdido, caído, podrá funcionar como causa de deseo, en el marco de una escena imaginaria con una trama simbólica (Lacan, 1962-63). Pero el objeto no se puede presentar como puro real despojado, sino que requiere alguna imagen con que cubrirlo, por eso se hace necesaria la intervención de la imagen narcisista del cuerpo. Algunos ropajes que puedan permitir contar con una imagen amable para captar la mirada y el interés de los otros, y a su vez depositar el objeto tras la pantalla imaginaria que pueda ofrecer un semejante o un partenaire sexual.

El impacto que en la adolescencia sufre el narcisismo implica la inestabilidad de la imagen del cuerpo propio y la consecuente alteración en la economía libidinal. Necesita rearmar su imagen, como joven y sexuado; para ello, las condiciones en que se fundó el narcisismo en la infancia, tienen una importante incidencia. Si pudo construir un yo alejado de la imagen de yo ideal, que es aquella que el Otro como espejo reflejó por ser la que lo complacía; podrá sentirse entonces amado aun no coincidiendo con la imagen infantil que la mirada del Otro convalidó, y no tendrá que agotarse intentando alcanzar la perfección. El impacto de la castración sobre el yo, en tanto imagen-cuerpo, hiere el narcisismo permitiendo al niño salir de esa suerte de esfera narcisista de goce que conformaba junto a su madre (Lacan, 1960-61).

Aun así las imágenes avaladas por los padres en la infancia, pueden no ser vestiduras válidas para el adolescente en su salida al mundo o, por el contrario, pueden permitirle tomar algunas cualidades, algún atributo con el cual vestirse y poder contar entonces con una imagen digna y agradable para ofrecer, sin requerir la permanente aprobación del Otro (Amigo, 1999).

La posibilidad del lazo con los otros, los semejantes, puede contribuir a su vez a estabilizar el narcisismo, ante la amenaza de cierto desfallecimiento yoico, y los sentimientos de insuficiencia o falta de recursos que el adolescente registra cuando intenta posicionarse frente a las elecciones que se le demandan, o que él mismo se demanda: posición sexuada y elección del partenaire, estudios, trabajo e inclusión en grupos sociales diversos. Igualmente siempre habrá un grado de oscilación entre la imagen que el Otro convalidó en la infancia como yo ideal y la nueva imagen que intenta configurar.

En tiempos de desafío, de necesaria y dolorosa confrontación con los padres, el adolescente busca un lugar que le permita reconocerse más allá de ellos. Por eso remarca sus diferencias, promoviendo incluso el rechazo, poniendo en cuestión el alcance y la calidad del amor parental. A su vez, en su ir y venir, requiere poder alejarse sin por ello perder el alojamiento en el deseo de su Otro primordial.

La posición que asuman los padres resulta así crucial para transitar la separación. Si sostienen con su presencia un marco estable, si sus propios narcisismos toleran las críticas y la caída del lugar idealizado que ocupaban para el otrora niño, si son capaces de ofertar o señalar opciones deseantes en el mundo y transmitir ideales que sostengan en la actualidad de sus propias vidas; todo ello compromete el devenir del adolescente.

Ahora bien: ¿Qué particularidades cobra la encrucijada adolescente en la actualidad? Reflexionar sobre el modo en que él o los discursos imperantes impactan en los procesos de subjetivación, puede permitirnos pensar acerca de qué modalidades del padecer parecen estar potenciadas en la actualidad; sin diluir lo subjetivo en lo social, se tratará entonces de poder leer qué hace síntoma en nuestra época.

Freud (1930[1929]) no sólo intentó definir el valor que para el progreso civilizador podía otorgar la cultura, sino también en qué medida era fuente de malestar. Lacan (1969-70) formalizó la estructura del discurso, para dar cuenta de la incidencia que los procesos socio-culturas podían tener sobre la subjetividad a lo largo de la historia y de qué modo los discursos (3) producían diversas formas de relación entre los sujetos, regulando la economía de los goces. Luego, en una conferencia en Milán (1972), definió el discurso del capitalista que, rompiendo la estructura general que primero había precisado, generaba la modificación del lazo social, promoviendo la relación del sujeto con los objetos de consumo que el desarrollo tecno-científico producía; y que podemos decir ha proliferado mucho más en nuestros días. Pero ya tiempo antes señalaba (Lacan, 1962-63) que «el deseo es cosa mercantil, que hay una cotización del deseo que se hace subir y bajar culturalmente» (pág.207).

En nuestra época el deseo parece tener escaso valor y en cambio se promueven distintas modalidades de satisfacción, tras la oferta de objetos de consumo masivo que en lo inmediato proponen saciar, pero lejos de ello abren en algunos casos un apetito voraz. Dispositivos tecnológicos, objetos de diseño, objetos de lujo que otorgan valor a la imagen de quien los porta y que, rápidamente, se vuelven obsoletos y desechables.
También se alienta el consumo de fármacos y psicofármacos, señalándolos como necesarios para seguir funcionando de modo eficiente; así como de sustancias que o bien anestesian, o bien producen el golpe de sensaciones intensas. Todos objetos que no contribuyen a señalar la falta que causa la pregunta por el deseo, para comprometerse subjetivamente en sus vías, sino que por el contrario empujan a ir por más y son origen de graves dependencias que dan lugar a la pérdida de la dignidad subjetiva. En ese caso el sujeto, lejos de hacerse representar por el significante, cede el mando a los objetos que prometen darle más satisfacción, y queda a merced del superyó que como mandato de goce lo incita a demandar: «dame más, aún quiero más».

El mercado tiene por fin homogeneizar, borrar la singularidad para ofertar mercancías generando nuevas demandas; haciendo un culto de la imagen muchas veces con valor fetiche, exacerbando la banalidad y la ostentación. Hoy más que nunca el mundo parece revestir el carácter omnivoyeur con que lo calificó Lacan (1964), una suerte de «gran hermano» omnividente, un panóptico global que invita a vivir la vida como espectáculo.

Creo que cabe abrirnos la pregunta: ¿Con qué recursos cuenta la cultura en nuestros días para cumplir con su función de regular y distribuir el goce, inhibiendo los excesos que resultan gravosos para la vida y ofertando modos de satisfacción pulsional atemperados?

Igualmente es importante distinguir que no todos los sujetos resultan afectados en igual medida por la lógica del discurso capitalista y el empuje del mercado, sin embargo, sabemos que los adolescentes son especialmente vulnerables y, algunos por sus condiciones sociales y económicas, suman a las determinaciones de su historia singular, carencias y desamparo graves que los confinan a la marginalidad.
Colette Soler (2007) afirma que el discurso actual pone en el lugar del deseo lo que llama el «narcinismo» (neologismo que conjuga el narcisismo y el cinismo), en el que prima la búsqueda de realización individual en soledad, lo que lleva a la fragmentación de los lazos sociales dejando a cada uno con su propio goce. Al mismo tiempo, destaca que la pérdida de los ideales colectivos, la caída de referentes valiosos y respetables, coloca a los sujetos frente a la posible emergencia del sinsentido, que se manifiesta «cuando la tensión libidinal de las conquistas narcisísticas disminuye» (pág.35).

Podemos pensar que si se busca tan solo la autopromoción, si se trabaja para la imagen sin sostén simbólico, se tratará de una imagen puramente alienada a la mirada del Otro, que es a quien se supone satisface. Si los logros persiguen una finalidad ególatra, no podrán ser capitalizados como logros fálicos para el sujeto, en tanto un logro toma valor fálico cuando no obtura la falta sino que la señaliza. A su vez buscar el éxito exclusivamente para obtener brillo narcisista lleva a la competencia agresiva, rebajando las relaciones con los otros a la mera rivalidad especular, por faltar la necesaria mediación de referencias simbólicas que son las que otorga la función del ideal del yo, permitiendo la salida de la captura narcisista.

Cuando un adolescente va en busca de una mirada de reconocimiento y aceptación, cuando espera signos de amor, muchas veces se pierde intentando hacer consistir imágenes que lo muestren exitoso, divertido, en permanente disfrute, y él mismo se convierte en producto que se ofrece para consumir. Trata de capturar el instante en la imagen que da conformidad a las valoraciones colectivas, componiendo una suerte de caleidoscopio de la felicidad. Pero, por los relatos de muchos jóvenes, sabemos cuán lejos pueden estar a veces sus vivencias subjetivas de aquello que dan a ver.

Compartiré el recorte de un material clínico, en el cual se suman a la problemática singular de una adolescente, algunas marcas que considero responden a la incidencia de nuestra época.

Se trata de una jovencita de 19 años que se presentó en un estado de significativa desorientación y gran conmoción. Con un relato acelerado y desordenado que se interrumpía abruptamente, intentaba comunicar que había terminado la relación con su novio, iniciada cinco años atrás. Hacía tiempo había querido dejarlo, pero los acontecimientos se habían precipitado de modo inesperado, por obra de un azar en donde ella no podía situarse.

Conoció a una chica que se presentó como lesbiana y se acercó mostrando abiertamente su interés en ella, fue a partir de ese momento que no pudo dejar de mirarla, no pudo pensar en otra cosa; curiosidad, atracción, no podía precisarlo. Rompió con su novio e inmediatamente inició una relación con aquella joven, comunicó a su familia acerca de su nueva pareja y subió fotos junto a ella en las redes sociales. Pero pronto se encontró abrumada, dolida por la ruptura de su relación anterior, aunque sin querer detenerse a pensar.

En el último tiempo según decía su novio no la miraba y no compartían momentos juntos. Sumido en su propio desorden, consumía regularmente marihuana y era descripto como un muchacho abúlico y carente de deseo. Ella pensó que no había vivido nada aún y le faltaba experimentar muchas cosas.

Nunca se había sentido atraída por las mujeres, pero esa chica mostró su deseo y resultó un imán. Se trataba de una joven que se movía en ambientes muy diversos, consumía cocaína y tenía gustos y amistades muy diferentes a las de ella. A su vez le pedía que la acompañara a fiestas y salidas continuas, y fue así como se encontró participando de la euforia colectiva, como asistiendo a un gran espectáculo.

Luego de varias entrevistas y algunas intervenciones su discurso comenzó a ordenarse, pudo pensar y armar un relato; fue posible entonces construir relaciones causales y abrir algunos enigmas.
Transmitía un profundo desamparo. Su madre nunca había podido seguir adelante con su vida después de haberse separado de su padre, y la convocaba en busca de apoyo ante su propia angustia e inestabilidad. De hecho el inicio de su noviazgo había coincidido con el tiempo de disputas y quiebre de la relación entre sus padres, y ella parecía haber encontrado en esa relación amorosa un precario sostén para ser uno en común-unidad con él, encontrando a su vez un lugar en la familia de él, a la que en ese tiempo adoptó como propia.

Su padre luego de la separación tuvo problemas laborales y económicos, y desde entonces no se hacía presente más que de modo intermitente y fugaz. Así fue que esta joven al finalizar la escuela, dejó su casa e intentó iniciar dos carreras universitarias que rápidamente abandonó. Según decía le costaba sostener todo lo que emprendía, y su madre le reclamaba por no responder a la imagen de niña estudiosa y obediente, que no causaba problemas en su infancia.

En el tiempo que comenzaba a transitar su adolescencia se cortaron las amarras y afirmaba haber tenido que arreglárselas por sí sola. Estudio, trabajo, sostén económico; librada a sus propias elecciones no podía emprender una búsqueda deseante y tampoco sabía hacia dónde orientarla. Querer probarlo todo no es elegir, y la diversidad del menú no genera por sí misma el deseo.

Todo adolescente necesita convalidar la vigencia del deseo y el amor del Otro, es ese su reaseguro para poder tejer el puente que lo lleve más allá de los padres.

Para encontrar un lugar diferente al que le dieron en su infancia, el adolescente precisa contar con un buen sostén narcisista. La constitución del narcisismo, mediada por la mirada y el amor del Otro, comporta la posibilidad de contar con la unidad de una imagen- cuerpo, para ser uno más con los semejantes. La incorporación del rasgo unario en cambio, hace a un sujeto único y valioso en su singularidad. Es la inscripción de esta marca simbólica, la que en tanto significante puede representar al sujeto y, a su vez, comandar la organización de las identificaciones. Hacer uso del rasgo singular hace posible cuestionar la multiplicidad de sentidos provenientes del Otro, y versionar los ideales definiéndolos con un estilo propio.

En la clínica se tratará del intrincado cruce entre las determinaciones históricas siempre singulares de cada adolescente y los encuentros afortunados o desafortunados que son obra del azar, sumados a las transformaciones sociales que los atraviesan. Esta serie cobrará implicancia diversa, en función de los recursos subjetivos con que se arribe a la adolescencia. Ese tiempo de la vida, que podría mejor definir con una estrofa de un poema de Roberto Juarroz que dice:

La ilusión de la vida por delante
se conjuga con el verbo
de la vida por detrás
(Novena Poesía Vertical)

Notas al pie

(1) Lacan centra el Edipo en la operatoria simbólica de la metáfora paterna, en la cual el significante del Nombre del Padre sustituye al significante del Deseo de la Madre (que resulta entonces reprimido), liberando al niño del lugar de falo imaginario de la madre.
(2) Así se refirió Lacan en su Seminario 5 (1957/58) a los “títulos” donados por el padre que quedan a la espera de la pubertad, el niño recibe entonces los efectos normativos de la castración.
(3) Se trata de los cuatro discursos que definió como: discurso del amo, discurso del analista, discurso histérico y discurso universitario.

Bibliografía

Amigo, S. (1999). Clínica de los fracasos del fantasma. Buenos Aires, Letra Viva, 2012.
Freud, S. (1905): Tres ensayos de teoría sexual, A.E., VII.
Freud, S. (1914): Introducción del narcisismo, A.E., XIV.
Freud, S. (1930 [1929]): El malestar en la cultura, A.E., XXI. .
Lacan, J. (1957-58): El Seminario. Libro 5: Las formaciones del inconsciente, Buenos Aires, Paidós, 1999.
Lacan, J. (1960-61): El Seminario. Libro 8: La transferencia, Buenos Aires, Paidós, 2003.
Lacan, J. (1962-63): El Seminario. Libro 10: La angustia, Buenos Aires, Paidós, 2006.
Lacan, J. (1964): El Seminario. Libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 1973.
Lacan, J. (1969-70): El Seminario. Libro 17: El reverso del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 1992.
Soler, C.: ¿Qué se espera del psicoanálisis y del psicoanalista?, Buenos Aires, Letra Viva, 2009.

Acerca del autor

Cristina Marchiaro

Cristina Marchiaro

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