NÚMERO 8 | Marzo, 2013

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Construyendo Psicoanálisis

De cuando el eufemismo se transforma en pacto | Gabriel Trebliner

Síntesis de la ponencia de la Mesa: "Pactos perversos, satisfacción y sufrimiento, malestares de la época" perteneciente al Ciclo Científico: “Sufrimiento y satisfacción en la cultura actual. Una cuestión para el psicoanálisis”. Octubre 2012

“Nunca se sabe adónde se irá a parar

por ese camino; primero uno cede en las palabras y después,

poco a poco, en la cosa misma”

S. Freud

 

El título de la mesa que nos convoca es suficientemente pregnante como para permitirme reflexionar sobre algunas coordenadas de nuestra clínica cotidiana que, a mi criterio, se hallan presentes en situaciones que los psicoanalistas vivimos en nuestro quehacer.

Sabemos desde Freud, que la satisfacción nunca es directa, esto es, a medida que se van dando rodeos cada vez mayores hasta llegar a la descarga, decimos que el proceso secundario se manifiesta en su forma y en su modo de inscribir un recorrido distinto que el de la descarga directa.

De eso se trata nuestra clínica y nuestra propuesta de trabajo. De qué manera es posible que lo subjetivo pueda expresarse de forma tal que no recurra a lo que Freud denominó Agieren, actuar. Ya desde el caso de la Joven Homosexual, se plantea dicha cuestión y lo importante que es para nosotros los psicoanalistas el intento de sustraer al sujeto del circuito del actuar.

Este movimiento en algunos casos es infructuoso y en otros conlleva un tiempo en donde se despliegan estos modos de la descarga para dar luego lugar a la aparición, trabajo mediante, de palabras, sueños, relatos, donde lo que se muestra es el incipiente intento de ligar aquello que previamente aparecía sin ligadura.

F. tiene 17 años es varón, estudia, está en tercer año, repitió dos veces segundo año, “no estaba motivado y sin motivación no funcionó”. En su decir F. va mostrando una dosis de desimplicación con su circunstancia vital que le permite un transcurrir sin sobresaltos y, aparentemente, sin compromiso. Viene a sesión porque “está bueno, charlo un rato y mi vieja no me rompe las pelotas”.

Formulación que trae sus implicancias. F viene para que no lo jodan y su presencia en análisis tiene por objeto el de alguna manera incomodarlo. He aquí una situación que transita durante un tiempo en el tratamiento: ver cómo se va instalando la incomodidad y, desde allí, si es probable la aparición de alguna interrogación posible.

P., varón, 18 años, viene de distintos intentos de tratamiento que perduraron poco. Hace dos meses tuvo una situación complicada ya que en una reunión con amigos consumió una cantidad de cocaína que lo hizo tener convulsiones y acabar internado en una guardia. P. es consumidor ocasional de cocaína desde hace bastante tiempo y también como F., ha repetido en dos ocasiones, en este caso el tercer año. Cuando lo recibo él me dice que no sabe cuánto tiempo vendrá y que no tiene ganas de estar aquí.

Por supuesto que la situaciones que describo no son ajenas al trabajo con adolescentes, en ocasiones nos encontramos con dichos que nos imponen límites a priori, es decir, que esté claro que el deseo de estar allí no es de ellos, son otros los que les imponen su presencia.

El derrotero clínico es el que a veces me lleva a preguntarme por qué viene, si busca algo o sólo se trata de calmar a los adultos y, de ese modo, que todo quede igual aunque parezca que algo se está haciendo. ¿Qué aconteció en el tiempo en que el acudir a un analista es el modo de aquietar aguas y descansar en otro la función de acotar y domesticar aquello que es renuente a ordenarse?

Me estoy refiriendo a lo que denomino clínica de la incomodidad. Incomodidad planteada en términos de lo que la posibilidad de la instalación del vínculo transferencial irá mostrando y por sobre todo generará en el analista la inquietud que la incomodidad muestra.

A lo largo de los años de trabajo con adolescentes asisto a cuestiones que se repiten y que las puedo presentar como relacionadas con el concepto de Eufemismo. La Real Academia Española define así este término: “Manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”.

Señalo en relación a esto una repetición que incluye en ocasiones a los adolescentes, a los padres o a las autoridades de las instituciones donde los jóvenes desarrollan sus actividades. Hablo del modo en que las personas se refieren a cuestiones importantes intentando reducir la trascendencia o la implicación que se desprendería de lo dicho. Esta cuestión trae aparejado un posicionamiento particular frente a lo dicho o lo hecho que por supuesto también incluye al analista si él también se ubica del lado del eufemismo. Daré algunos ejemplos clínicos que ilustran lo dicho.

Años atrás, recibí un jovencito de aproximadamente 11 años que presentaba episodios ocasionales de encopresis. En la entrevista con los padres no apareció ningún relato que ubique estos episodios como ligados a alguna situación particular que permita pensar en una tensión que busca su descarga bajo esta modalidad.

Antes de ver al niño tuve varias entrevistas en las que desgranamos situaciones en donde el chico estaba involucrado y en las que ellos se ubicaban con una distancia frente a lo acontecido que empezaba a aparecer excesiva. En cada episodio los padres, cada uno a su manera pero coincidiendo, trataban de dar una respuesta “técnica”, es decir, lavaban la ropa, limpiaban lo sucio, y no preguntaban a su hijo cómo estaba, que pasó, o cómo se sentía, por supuesto tampoco hablaban del estupor o el enojo que el episodio les producía. Lo que ellos planteaban era que no querían dar trascendencia a los hechos para no mortificar más al hijo.

 Cuando hago referencia a lo técnico me refiero a la modalidad de los discursos científicos técnicos que dan respuesta a las situaciones, dejando por fuera cualquier singularidad, cualquier interrogación.

Los padres consultaban conmigo luego de que el niño hubiera ido a tratamiento con una colega por algunos años. En las entrevistas diagnósticas con el niño lo voy conociendo y va desplegándose la posibilidad de que se instale un vínculo terapéutico. Para mi sorpresa cuando le pregunto por sus episodios de hacerse caca, él se sorprende y me dice que nunca le preguntaron nada al respecto, ni sus papás ni la psicóloga anterior. C. queda sorprendido y cuando pregunto en que está pensando, me responde que creía que yo no sabía nada de eso porque antes no le habían preguntado. Mientras esto sucede juega con plasticola y con mucha fuerza aprieta el pomo, vaciándolo y dejando una mancha pegoteada y líquida que lo ensucia a él y a la mesa donde estamos jugando y conversando.

Me generó interés en este tratamiento el uso del silenciamiento como expresión de la disociación de lo angustioso.

En el relato del niño, que luego los padres corroboraron, fue destacable el silencio de la colega que se ubicó de manera especular con el silencio parental, ella también dio una respuesta “técnica”.

Entonces, señalo al eufemismo como un modo de bordear la cuestión, de intentar eludirla, con el consiguiente empobrecimiento de los recursos subjetivos. Hablamos de las consecuencias que trae a nivel personal eludir el punto de conflicto en detrimento de la posibilidad de elaboración, lo que tiende a ubicar al sujeto proclive a la actuación.

A. es un varón de 16 años, va al colegio, sin mayores dificultades en lo académico. Sus padres están preocupados porque cuando vuelve del colegio sale con sus amigos del barrio (paran todos en una placita cerca de la casa) y vuelve tarde, aunque a la mañana se levanta y va al colegio sin inconvenientes. A veces trae a casa cosas que no son de él y que cuenta que las encontró en la calle. Sus padres se lo mencionaron como algo “raro” y A. les dijo que él es “un hombre de suerte”. Como llega tarde por la noche, ellos no se enteran en qué estado vuelve o si vuelve con alguien, ya que ambos se levantan temprano para ir al trabajo. La queja de los adultos es que tienen un hijo muy difícil de controlar y ya no saben más qué hacer. A los pocos días, ellos se enteran por un vecino que dice haberlo visto que A. junto a un amigo rompió el vidrio de un auto para robar la radio del vehículo.

El enojo de los padres, sobre todo del papá, produce un silencio entre ellos. El padre dice en una entrevista: “Si le hablo es para reputearlo, me decepcionó, estoy muy enojado”. En el trascurso de dicha entrevista el padre cuenta una idea que estuvo pensando para que A. frene: tiene un amigo comisario al que le pedirá “que le dé un susto”, es decir, que de alguna manera fragüe una situación policial, que al decir del padre, hará que finalmente A. logre calmarse.

Nuevo eufemismo, esta vez por vía de una mentira que el padre supone adquirirá ribetes definitivamente correctores. Será otro, autoridad que le parece más capacitada que él mismo, pero mucho menos implicada, el que logre poner un freno a su hijo y también a su malestar.

Señalo nuevamente esta modalidad eufemística, en que se van presentando en la actualidad cuestiones relacionadas con la no implicación, la ausencia de una posición que sea referente y un modo de satisfacción que podríamos llamar irresponsable, ¿quién es el que pone los límites?, ¿quién es el que domestica lo indomeñable?, ¿quién es el que asume una posición de confrontación que permita salir de lo especular que promueve la tensión agresiva?

En todo caso, los analistas ¿somos buscados para domesticar lo indómito?, lo cual definiría una determinada posición ética en relación al trabajo del analista.

En los últimos tiempos también observamos, frente al desfallecimiento de algunos analistas, el incremento de algunas intervenciones medicamentosas que tienden a acallar ¿domesticar? al sujeto y resolver una cuestión problemática, la que tiene que ver con por qué vías se alcanza la satisfacción. Desfallecimiento que tal vez encuentra un límite en relación a la confianza en el dispositivo analítico y no con la indicación necesaria de una intervención médica.

Nuevo eufemismo que se recubre con el significante Trastorno y que conlleva como desarrollo un por fuera del sujeto, liberándolo de toda responsabilidad en su cuestión personal.

Debemos decir que las cuestiones planteadas en estas líneas tienen que ver con las experiencias clínicas cosechadas a lo largo de los años por mí y en el intercambio con colegas en donde pude ir perfilando algo de estas breves reflexiones con la intención de seguir pensando la relación entre técnica, ética y clínica.

Pienso nuestra tarea como ligada a lo “artesanal”, es decir, cada analista impone su “sello” personal a su trabajo, que lo hace distinto del resto. Lo técnico se aleja de nuestra tarea en la medida en que deja por fuera ese sello del que hablé más arriba. Es decir, si hay un “saber hacer” en la clínica dependerá más de lo que Freud planteó con la fórmula del trípode (análisis personal, supervisión y estudio de la teoría) que nos pondrá, en el mejor de los casos, a resguardo de lo que planteé como el eufemismo del analista y, en ese sentido, de pactos implícitos que dejan por fuera la incomodidad de sostener un análisis para quedar del lado de la comodidad de un saber “técnico”, que carga de sentido, que tiene respuesta asegurada frente a cualquier contingencia.

A modo de conclusión: planteo la idea del eufemismo, incluyendo a paciente y analista, como forma en que el discurso sostiene un pacto renegatorio al servicio de eludir la incomodidad del malestar en juego.

Acerca del autor

GTrebliner

Gabriel Trebliner

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