NÚMERO 19 | Mayo 2019

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¿El análisis es un trabajo de duelo? | Perla Frenkel

Trabajo presentado en la Mesa: «¿El análisis es un trabajo de duelo? perteneciente al Ciclo Científico 2018: Tiempo y elaboración: avatares del trabajo psíquico,  octubre 2018.

El mar extraño

Peces raros se deslizan en las profundidades,

Flores ignotas lucen en la playa;

He visto rojo, amarillo y todos los demás colores-

Pero el mar resplandeciente es la visión más peligrosa,

Es fuente de sed y desvelo por las aventuras que habrán de venir:

¡lo que ha pasado en el cuento, me pasará también a mí!

Edith Södergran[1]

Si quieres saber, pregúntale a los poetas, cuánta verdad en el decir de Freud, entonces la poeta dice que hay flores ignotas, que el mar resplandeciente es la visión más peligrosa…

Cuestiones que me remitieron a la temática que hoy nos convoca, en el punto que nos hace pregunta. Quien viene al análisis, supongamos que quiere saber ¿qué busca y con que se encontrará?

Hay algo que caracteriza al psicoanálisis, algo misterioso y fundamental, el tema que siempre retorna, la base del psicoanálisis; me refiero a la cuestión de la vivencia de satisfacción perdida.

El objeto está perdido desde el vamos y esto es condición de deseo.

Entonces, cuando decimos castración ¿qué decimos? Falta el ser de goce absoluto, dicho en fácil: Nadie es gozante absoluto. La poeta nos decía que ella vio todos los colores ¿Es acaso esto del todo posible? Vean ustedes qué propuesta tendrán que atravesar quienes decidan aventurarse a un análisis: flores ignotas, el mar, profundidades peligrosas…

Ya Spinoza decía que la esencia del hombre es el deseo. Ahora, para poder entrar en su trama, es necesario perder, hay insatisfacción, hay desencuentro y curiosamente esta cuestión es propiciatoria, la pérdida nos mueve a seguir buscando.

En el tránsito del análisis, los caminos diversos nos presentan problemáticas de histeria, obsesiones, fobias. Seres sufrientes que evidencian diferentes modalidades de sacrificio.

Es así que nosotros, analistas, nos encontramos con que tenemos que dividir, por eso se llama psico-análisis; dividimos, cortamos; de la síntesis se ocupa el analizante. Quiero recordar que cuando los psicólogos del yo decían: el yo tiene función de síntesis omitieron que la frase de Freud es: “O mejor dicho tiene compulsión a la síntesis”. Siempre presente la ilusión…

Ya le decía Lacan a los filósofos: Ustedes se ocupan de lo que el hombre tiene, nosotros, de lo que no tiene. Nos disponemos a trabajar, Freud señala tres trabajos: trabajo del sueño, trabajo del duelo, trabajo del análisis.

Diremos respecto al duelo que en principio el objeto existe o existió; comparto el postulado de Allouch: “Una muerte que pone en duelo hace un agujero en lo real, no tiene que ver con pérdida de realidad”.[2]

Luego aclara que los fenómenos de duelo no son un retorno en lo real de lo que fue forcluido en lo simbólico, sino un llamado a lo simbólico y a lo imaginario provocado por la apertura de un agujero en lo real.

Entonces, digo: ¿Podemos nosotros pensar que en el momento en que un sujeto desea un objeto, que como tal es imposible, podemos hablar de un duelo esencial, ese que está implicado en el deseo mismo? Podemos pensarlo y ver como lo enunciamos.

El duelo transforma al doliente, sabemos, que se pierde lo que uno fue para el otro.

Haría un esquema como una T: arriba ubico narcisismo, en el medio castración, a la derecha duelo, a la izquierda melancolía, entendiendo esta como el modo en que no hay posibilidad de pérdida. De algún modo, la forma en que se tramite una pérdida da cuenta del modo en que se atraviesa la castración. Cuando se trata de la pérdida de un ser querido, hay momentos de cuasi alucinación, de reencuentro con el muerto, es que  en el duelo se entrega un trozo de sí.

Recuerdo una consultante que vino tras la muerte de su marido, finalmente. Había trabajado con él. Tras mucho tiempo de haber estado viviendo en lugares diferentes por separado, en provincias diferentes, cuando se jubilan vienen a Buenos Aires donde realizan un emprendimiento juntos y trabajan juntos. Venía muy triste la señora; en un momento de la tercera o cuarta entrevista, le pregunto algo respecto al lugar en que está enterrado su esposo, o sus cenizas, y me dice que lo tiene con ella en la mesita de luz.

O sea, hubo en ella un golpe a la posibilidad de convocar elementos simbólicos ligados al muerto.

A pesar del intento de venir, me dejó un llamado diciendo que no iba a comenzar una terapia. No podía ni quería dejarlo ir.

Para que alguien que atraviesa un duelo se vuelva deseante, tendrá que entregar algo de sí.

Es que hay un abismo entre trabajo y subjetivación de una pérdida; esta mujer suplementó la pérdida con un pequeño trozo de sí, pero erotizado. En el sufrimiento del duelo surge la cuestión del falo: cuando digo falo, digo falo-castración.

Escuchemos a Shakespeare quien en Julio César escribe: “Mi corazón está ahí en el ataúd, me fue arrancado por la muerte”. Bueno, sí, está allí, y lo abandono porque reconozco que le corresponde; este sería el final del duelo. Dado que el duelo como un psicoanálisis tiene fin.

Otra cuestión que quiero señalar es que no hay sustitución posible del objeto perdido en el duelo. En una carta de pésame que le escribe a Binswanger por la muerte de una hija, Freud dice en abril de 1929: “Sabemos que después de una tal pérdida el duelo agudo se atenuará, pero quedamos siempre inconsolables, sin encontrar sustituto. Todo lo que toma su lugar, aun ocupándolo enteramente, queda sin embargo siempre otro”.[3]

Regreso al trabajo del análisis. Según Zizek, cuando el paciente llega, está perturbado por un mensaje oscuro, indescifrable, pero persistente que lo bombardea desde afuera. Al final del tratamiento asume ese mensaje como suyo propio; lo enuncia en la primera persona del singular.[4]

Nosotros tenemos un recurso privilegiado, la palabra “Ni meras palabras ni despreciemos su empleo en psicoterapia” nos advierte Freud en la 1º Conferencia.[5]

Advertidos acerca del poder de la palabra en la cura, no dejamos de valernos de ella. Esto ocurre inclusive cuando el analizante no habla. Recuerdo una paciente que siempre empezaba la sesión convidándome un caramelo; yo siempre lo comía, ni bien ella me lo daba, hasta que un día me dijo: “Usted es igual que mi mamá comiendo caramelos” —madre recientemente fallecida por el progreso del cáncer que la dejó muda—. Algo de lo mudo como lo mudo de la pulsión de muerte se presentificó y, allí, comenzó a hablar.

¿Qué hacemos entonces como analistas con el poder de la palabra?

Renunciamos a ese poder. Renunciamos en el sentido de alguien que no está para persuadir ni para ordenar, porque si no se pierde en sus propios demonios.

 ¿Qué escuchamos como analistas? Palabras en las que hay algo distinto de lo que se quiso decir. Palabras que se ordenan en un chiste, en un lapsus, en un olvido; cuestiones del malentendido.

El analista escucha, puntúa, recorta.

Así es que retorna algo diferente de aquello que ha sido dicho. Aquí el efecto après coup sirve a la cura. En este tiempo peculiar, tiempo retroactivo, en el que lo posterior opera sobre aquello que precede, la de-construcción será interpretación. Se trata de un modelo de tiempo no cronológico, no lineal. Dos tiempos para la sexualidad, dos tiempos para el trauma; aquí es necesario el tiempo de resignificación.

Entonces se escucha cómo se juegan en cada uno las marcas de ese inconciente atemporal. Marcas que, en su producción, dan una significación nueva al ser dirigidas a alguien que escucha de otra manera.[6] Que hace algo con eso, aunque sea la pavada de comer el caramelo.

Cuando el sujeto enuncia en primera persona, como decía Zizek, se apropia, transforma, puede hacer algo con eso, dejando aquello que era de una vez y para siempre.

Escuchen que bien lo dice el tango “Naranjo en flor” (Homero Expósito, 1944):

«Primero hay que sufrir, después amar,

después partir y al fin andar sin pensamientos…».

 
Como descripción del trabajo de análisis me pareció interesante, hay sufrimiento por la angustia que circula; después, amor al saber que le supongo tiene el analista; partir, porque el análisis concluye; y al fin andar sin pensamientos, liberado el camino para andar e irse hacia él, sin sometimientos superyoicos.

¿Cómo sería en términos de Freud?

En una carta a Fliess, del 16/04/1900, escribe Freud:

«…E. finalmente ha concluido su carrera de paciente con una invitación para la tertulia en mi casa. Su enigma está resuelto casi completamente, su estado es excelente, su ser enteramente cambiado, de los síntomas queda por ahora un resto. Empiezo a comprender que el carácter en apariencia interminable de la cura es algo sujeto a ley y depende de la transferencia. Espero que este resto no perjudique el éxito práctico. Estaba por completo en mis manos prolongar todavía más la cura, pero vislumbré que este especial compromiso entre estar enfermo y estar sano es deseado por los propios enfermos, y por lo tanto el médico no debe inmiscuirse. La conclusión asintótica de la cura, que en esencia me resulta indiferente, siempre es un desengaño más para los circunstantes. Por lo demás no quito mi ojo del hombre. Como él tuvo que acompañar todos mis errores técnicos y teóricos, creo que tal vez un caso posterior se resolvería en la mitad de ese tiempo. Que el Señor envíe pues este posterior».[7]

Eran los tiempos primeros del psicoanálisis. Sin embargo, nuestra experiencia recorre otra vez los caminos de Freud.

Un día finaliza el trabajo del psicoanalista y la carrera de paciente del paciente. Para decepción de los circunstantes, el analista queda fuera y nunca sabe cómo sigue y como terminará la cuestión. Pero no debe inmiscuirse, ese tratamiento concluye, el psicoanálisis sigue en la práctica con otros pacientes y también en el alma de quien terminó su carrera de paciente. Según la metáfora de la cura asintótica, al modo de las curvas que se prolongan sin llegar nunca a rectificarse, los caminos de paciente y analista han de transcurrir cada uno por su lado.

El trabajo del análisis no coincide del todo, no recubre del todo. Ni todo puede decirse con la palabra ni hay análisis completo. Es que hay un tope, hasta allí se llega. Es la lógica de la castración, la lógica del deseo, del acotamiento de los goces…

Pues sí, un día sucede el final sin el título de FIN, sin toque de clarines. Con el necesario duelo de cuanto uno fue para el otro, dejando nosotros como analistas de estar ahí, haciendo aquello que hacíamos. Y así es que el final sucede. En realidad lo hemos considerado desde el principio.

En la intervención psicoanalítica, en los caminos de la cura, el apres-coup, la resignificación, va a decir cómo sigue la historia de la que el analizante se ha apropiado, hablando ahora en primera persona del singular para dejar aquello que era de una vez y para siempre. Al darse cuenta el sujeto que aquel ser terminado y completo que debía ser y al que jamás accedió, es un deseo trasnochado respecto de un Otro, que él mismo intentó sostener y que se trasmite de una generación en otra, a los efectos de negar la muerte, el tiempo, las diferencias.

A posteriori, y por las suyas, el analizante dará cuenta de su cambio. Nosotros, en tanto analistas, quedamos afuera.

Nos sostiene el deseo de analizar, renovado en cada análisis ante el trabajo del inconsciente que se hacer ver, de a ratos, en las dudas, en las lagunas, en los olvidos, marcados como la señal bordada en el vestido de Sigfrido[8] y en los encuentros con lo Real, causa del deseo. Todo cuanto nos convoca a intervenir por vía de la palabra, de la palabra como acto.

Retomo lo dicho al principio: ¿Qué sucede en un análisis: un ser humano que sufre acude a nosotros y junto a él transitamos un tiempo acotado para que, mediante el acto y la palabra en transferencia, consiga, por fin, irse como dice el tango sin pensamientos…

¿Qué quiero decir con esto? Que el analizante podrá dejar sus saberes consabidos, sus sometimientos a algún Otro topoderoso e inexistente y podrá así transitar con mayor libertad los enigmas de su ser.

Y nosotros hoy, a diferencia de Freud, no lo invitamos a comer a casa, pero, al igual que el padre del psicoanálisis, esperamos nos deriven otro analizante…

Notas al pie

[1] Edith Södergran: S. Petersburgo 1892 – Finlandia 1923. Poeta en lengua sueca. Poemas y La lira de septiembre (que creó en medio de una depresión y una extrema pobreza producto de la revolución rusa) son sus obras más conocidas

[2] (2006). Erótica del duelo en tiempos de la muerte seca.  Buenos Aires: Ediciones literales.

[3] Freud, S. y Bingswanger, L. (1995). Correspondance (1908-1938). París: Calmann-Lévy.

[4] Zizek, S. (2001). El espinoso sujeto. El centro ausente de la ontología política. Buenos Aires: Paidós.

[5] Freud, S. (1991). Los actos fallidos. 1º conferencia. Introducción. En J. L. Etcheverry (Traduc.), Obras Completas: Sigmund Freud (Vol. 15, p. 15). Buenos Aires: Amorrortu (Trabajo original publicado 1916 [1915]).

[6] A veces alcanza un cambio en la puntuación. Notemos, por ejemplo, la diferencia entre estas dos formas de puntuación en un texto. La primera forma es la siguiente: Una voz clama, en el desierto abran camino a Jehová. La segunda forma es: Una voz clama en el desierto, abran camino a Jehová. (Is 40: 3).

[7] Freud, S. (1996). Carta 242. Em S. Freud, Cartas a Wilhelm Fliess 1887-1904 (p. 448).  Buenos Aires: Amorrortu.

[8] S. Freud, S. (1991). El olvido de los sueños.  En J. L. Etcheverry (Traduc.), Obras Completas: Sigmund Freud (Vol. 5, p. 510). Buenos Aires: Amorrortu (Trabajo original publicado 1900).

Bibliografía

Allouch, J. (2006). Erótica del duelo en tiempos de la muerte seca.  Buenos Aires: Ediciones literales.

Freud, S. (1991). Los actos fallidos. 1º conferencia. Introducción. En J. L. Etcheverry (Traduc.), Obras Completas: Sigmund Freud (Vol. 15, p. 15). Buenos Aires: Amorrortu (Trabajo original publicado 1916 [1915]).

Freud, S. (1991). El olvido de los sueños.  En J. L. Etcheverry (Traduc.), Obras Completas: Sigmund Freud (Vol. 5, p. 510). Buenos Aires: Amorrortu (Trabajo original publicado 1900).

Freud, S. (1996). Carta 242. En S. Freud, Cartas a Wilhelm Fliess 1887-1904 (p. 448). Buenos Aires: Amorrortu.

Freud, S. y Bingswanger, L. (1995). Correspondance (1908-1938). París: Calmann-Lévy.

Zizek, S. (2001). El espinoso sujeto. El centro ausente de la ontología política. Buenos Aires: Paidós.

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Perla Frenkel

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