NÚMERO 13 | Marzo, 2016

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El hambre: esa espantosa falta de Ser | Judith Roitenberg

En este trabajo,  la autora se propone realizar un ejercicio clínico a partir de la síntesis del relato Biografía del hambre de Amelie Nothomb. Judith Roitemberg reflexiona acerca de la anorexia. Es muy interesante el eje de su trabajo en el que se pregunta si se trata de una enfermedad psicosomática, de un trastorno del comportamiento, de una distorsión de la imagen corporal o de una desregulación narcisista.

A fines del siglo XX, comenzó a difundirse una patología llamada anorexia nerviosa. En la década de los 60 y, a partir de los 70, se dio un incremento considerable de su incidencia y se habló, entonces, de epidemia. Esta patología, observada también en hombres, es más frecuente en la población femenina. La creciente incidencia de la anorexia/bulimia y las dificultades para un tratamiento exitoso constituyen un reto para la comunidad profesional dedicada a su atención. El conocimiento de esta afección es muy antiguo. Encontramos referencias de anorexia en Hipócrates y Galeno.

¿Se trata de una enfermedad psicosomática, de un trastorno del comportamiento, de una distorsión de la imagen corporal o de una desregulación del balance narcisista? La clínica muestra una diversidad y singularidad de configuraciones subyacentes que tienen sólo en común la profunda vulnerabilidad narcisista del período de la pubertad y la adolescencia femenina.

Utilizaré, para el análisis clínico que intento desarrollar, una breve síntesis de un relato literario: Biografía del Hambre de Amelie Nothomb editada por Anagrama, Barcelona, 2008, (Paris, 2004).

Es mi expectativa señalar algunos enlaces para delinear una visión que nos acerque al funcionamiento psíquico de la protagonista y, si es posible, de su familia.

Relato:

Es terrible la ausencia de hambre. El hambre soy yo. Siempre me he muerto de hambre. Hambre generalizada. Por hambre yo entiendo esa falta espantosa de todo ser. Ese vacío atenazador. Allí donde no hay nada imploro que exista algo. El hambre es deseo. El hambriento es un ser que busca. Era una niña super hambrienta de dulce y mi madre reprimía aquella pasión y pretendía engañarme con un queso repulsivo. Mi hambre se agravaba por el hecho de recibir lo que no deseaba. Hecho aberrante: ser una hambrienta obligada a comer. En su estado primigenio el hambre quiere lo mejor, lo espléndido, en cada dominio del placer. A los tres a cuatro años me contaba cuentos a mí misma. Un concentrado de sensaciones fuertes. Algo potente, insoportable, asqueroso. Era esa manera febril lo que me llevaba al trance en mis historias interiores. En búsquedas clandestinas encontraba algo rico y masticaba con ardor lo robado, que provocaba mi éxtasis. Mi padre era un bulímico empedernido. Un mártir alimentario. El hambre le fue inyectada a la fuerza desde el exterior y luego reprimida a perpetuidad. Fue un niño delicado y enclenque. Lo obligaron a comer y lograron en su estómago las dimensiones del universo. Come a una velocidad espeluznante con tanta angustia que parece no experimentar ningún placer. Se lo tilda de Bon Vivant. Sus curvas engañan. Es la ansiedad personificada. Incapaz de disfrutar del presente. Mi madre decidió que yo era mi padre. Allí donde había parecido ella vio identidad. Sabía que yo no era Patrick. Mi padre era cónsul, híper exigente de sí mismo y también esclavo de su manera de alimentarse. Mi madre  era la administradora de su esclavitud alimentaria ostentando el poder nutricional. Ambos mantenían una relación obsesiva con los alimentos. El caso materno era más difícil de delimitar. Mi padre también declaró que yo era él. Me hubiera gustado mostrarles quien era yo. Yo reinaba sobre el universo y sobre el placer. Y era la única en posesión de aquel tesoro, fuente ambigua de vergüenza a partir de mis 6 años, pero que a los 3, 4 se me aparecía como lo que era, la señal de una elección.

Mamá me contrariaba: yo era mi padre y él debía ser contrariado. Dios era yo en estado de placer o placer potencial. Nací en Japón. Mi Aya me cuido desde que nací hasta mis 4 años y para ella yo era una divinidad suprema. Me adoraba. Pero cuando nos fuimos ella se quedo en Japón. Añoraba a mi Japón natal y a mi Aya. Me sentía hambrienta de país.

¿Cuándo volvemos a casa? Pregunte, “Jamás” fue la respuesta. Jamás era el país en que vivía. Los Jamasianos saben, desde que nacen, que la vida es desposesión, desmembramiento. Yo Tenía hambre de mi dulce Aya, de mi hermana, de mi madre. Necesitaba que me abrazaran. Tenía hambre de sus ojos posados sobre mí. Hambre de la mirada de mi padre. Mi vínculo con él era cerebral. Yo amaba a mi hermosa madre. Ella me amaba de forma distinta. Encontraba su orgullo en “mi inteligencia”. Elogiaba “mis triunfos”. ¿Aquello era Yo? Yo me reconocía en mis sueños, en los sufrimientos de mis noches de asma, creando visiones sublimes para huir del sofoco. Mi boletín de notas no era mi DNI. Amaba a mi hermana y ella a mí por lo que yo era.

Cumplí 13 años en Birmania. Mi cuerpo se deformó. Era inmensa y fea y usaba aparato dental. Fui arrastrada por mi madre al club para nadar. Vi un chico ingles de 15 años y sentí algo dentro de mí. Horror: deseaba a un chico. En lo más profundo de mi insustancialidad hormonal solo reinaba el caos. Con mi madre fuimos a la playa. En el mar varias manos me quitaron la malla y entre mis piernas sentí un gran dolor que me penetraba. Grite fuerte y mi madre apareció a mi lado, rápidamente. Vi salir más allá, a unos muchachos que se iban corriendo. Tenía hambre de cataclismo. Mi cuerpo seguía creciendo. Odiaba mis pechos. Quería quemarlos como las amazonas. A estas agresiones opondría la más heroica resistencia. Bangladesh me enseñó que el hambre era un dolor que desaparecía muy de prisa. Empecé a odiar el hambre. Dejaría de comer. Después de dos largos meses de dolor: el milagro. El hambre desapareció. Había matado a mi cuerpo: Ya no sentía deseo por el Joven inglés. Ya no sentía nada. Adelgazaba y se derretía el espíritu. Quienes hablan de la riqueza de los ascetas merecerían sufrir de anorexia. Más allá del límite, lo que llamamos alma se marchita hasta desaparecer. No hay inteligencia en la anorexia. Las privaciones carecen de virtud. A los 14 pesaba 40 k. Vivía alejada de todo y sufría. Hostilidad hacia mí misma saludable. A los 15 con 1, 70 de altura y 32 k. Era un cadáver. En mi cabeza una voz decía: “Pronto morirá”. A los 15 y ½ sentí que la vida me abandonaba. Pero ocurrió algo increíble. Mi cuerpo se reveló vs. Mi cabeza y rechazó la muerte. Mi cuerpo fue a la cocina y comió. Todos los días. Los alimentos eran lo extranjero. El mal. Diablo significa lo que separa. Comer era el diablo que separaba mi cuerpo de mi cabeza. No me morí, hubiera preferido morirme. Los sufrimientos de la curación fueron inhumanos. Me sentía una gigantesca cucaracha incapaz de salir de aquella situación. Y de salir a secas. Vivía en mi habitación. Desde mi cama contemplaba el vuelo de los pájaros en el cielo. Me habría gustado ser libre de volar hacia cualquier parte. En cambio, permanecía encerrada dentro de mi cuerpo hostil y enfermo, dentro de una mente obsesionada por la destrucción. A los 17 años desembarqué en la universidad libre de Bruselas. Conocía ese cuerpo que había descompuesto. Ahora se trataba de reconstruirlo. La escritura como acto físico, constituyó una especie de tejido que luego se convirtió en mi cuerpo. (Fin del relato)

Con tantas migraciones, esta joven padecía de un exceso de realidad a la que debía adaptarse rápidamente. Según Winnicott, si existe un elemento de dificultad en el terreno psicosomático, el infante empieza a desarrollar un ser falso en tanto lleva una vida en la mente escindida. El self genuino se vuelve psicosomático, escondido. Cuadro propio del ser falso intelectual. Los logros académicos son descollantes, pero es un engaño. Ya que no se observa el verdadero sufrimiento que puede arriesgar la destrucción a su vida. Amelie dependía de sus padres. Su padre cónsul la llevaba con su familia a distintos destinos y los procesos de crecimiento se vieron interrumpidos complicando su desarrollo. En pleno placer y apego, junto a su aya y en su amada ciudad natal, debe abandonar su reino. El descubrimiento de la sexualidad infantil pareciera quedar interrumpido, se separa de su figura de apego, su aya. Por el estilo familiar, se precipitan, en forma brusca y culpabilizante, la represión de la sexualidad infantil incipiente. Su madre adosa su hija a su marido y la inhibe, como a él. Amelie desafía, reprime y se va viendo esforzada a escindir su mente de su cuerpo y sus afectos. Así trata de reequilibrar su funcionamiento. Estos componentes preparan el estallido en una adolescencia complicada. La pareja de padres tiene una vida pública y otra privada. En la pública, la mujer acompaña a su esposo. En la vida privada, el hombre acepta y delega la regulación de «todo» en su esposa. La mujer regula y se vincula a través del control de los afectos, conductas, sentimientos. También sustrae a Amelie de los placeres sensibles de la glotonería. Puede sentir y facilitar los afectos positivos como «la inteligencia» de su esposo y de su hija. Más que madre, parece una administradora, asistente o nutricionista. Se observa una dificultad profunda de lograr intimidad emocional y psíquica en diversos ejemplos clínicos, en la relación de madres con hijos con trastornos psicosomáticos. Recordemos el asma nocturna en Amelie. Sus ahogos. Ella siente que con las únicas que experimentó afecto verdadero fueron con su aya y con su hermana que la aman sin condiciones. Con los hombres, no puede sentir emociones, o bien, con el cerebro, alejada del mundo «sensible», o con suma violencia, como el abuso en la playa.

Amelie reclama con apetito a su madre y la respuesta que obtiene es que se conforme con poco. Su madre admira su intelecto. Pone distancia afectiva con su hija. Winnicott, señala que si la madre falla en su adaptación al bebe y esto se transforma en el modo habitual de relación entre ambas, la mente infantil toma a su cargo parte de la función materna y se convierte en sustituto del cuidado haciéndose el infante madre de sí mismo.

La escisión entre los mundos de esta familia que tanto sacrificio les impone, obliga a Amelie y a su hermana a aislarse en el lugar en que habitan por ser extraño, riesgoso. Tanto, que las obliga a recluirse en su vivienda para sobrevivir. En el momento vital en que su vida adolescente las volcaría hacia lo externo, Amelie refuerza la reclusión en una inmovilización de su cuerpo y de su necesidad de hambre. La solución es no sentir. En este pasaje al acto logra reprimir la voluptuosidad de sus deseos, suprimirlos, ante los conflictos que le plantean y, también, escinde su mente de su cuerpo de tal modo que atenta contra su vida. La madre intenta regular la circulación de su libido y Amelie ofrece su rechazo más acérrimo. Decide aniquilar toda circulación libidinal. La hermana pareciera dejar en manos de la madre las formas del intercambio en lo privado y en lo público, como su padre. En el antagonismo madre-hija, cada una es poseedora de un super poder: Amelie tiene la super hambre y reina sobre su aya para quien es una divinidad hasta sus 5 años. Luego esto cae abruptamente. La madre pasa a tener el super control. Parece una pulseada de poderes y reinos. Los adolescentes que buscan instituir su narcisismo fuerzan a la más ferviente oposición. En esta lucha desigual entre dos mujeres, el elemento tercero está ausente. Podría ejercerlo el padre, pero se encuentra atrapado en el conflicto entre su cuerpo y sus mundos. Oponerse a la madre acotaría la exigencia de sumisión que ella propone y daría a Amelie alternativas de acceso a su sexualidad, a sus placeres y búsquedas personales. En lugar de una apertura con pares, queda la joven atrapada en un duelo madre-hija, sin arbitraje.

El aspecto auto sacrificial del síntoma parece sostener un intento de salvaguardar un sentido de sí misma y un grado de autodeterminación en un contexto que es percibido como ofreciendo una posibilidad de autonomía muy incierta. El ascetismo es una forma de tramitar la situación traumática, de aliviar el dolor psíquico insoportable que es reemplazado por el sacrificio del cuerpo, dolor voluntario, elegido. Pero también es una forma paradojal de resistencia, de oposición a la extrema atención, significación y valoración que se presta a lo exterior, a la superficie del cuerpo.

El crecimiento desmesurado de su cuerpo, como describe esta joven, la acerca al padre y la aleja de su madre. Amelie no se siente amada… Esto es probable que la haga rechazar su cuerpo gigante. El no comer ¿podría ser un intento de detener su crecimiento para consuelo de su madre? ¿Sufre por verse tan distinta y lejana a ella?

Amelie recurre a procedimientos extremos para perder peso y esto le genera una dinámica de autocentramiento, rituales y aislamiento. La pérdida de peso, la alteración del juicio sobre su propia imagen corporal y la desnutrición son responsables de la afectación corporal y del riesgo de muerte.

Según D.W.Winnicott, un detalle ambiental efectivamente persecutorio puede determinar que una joven, como Amelie, se repliegue a alguna forma de escisión. Es decir, que si diagnosticáramos al trastorno como enfermedad psicosomática, aquel implica una escisión mental organizada como defensa contra la persecución generalizada del mundo repudiado. La defensa se organiza como escisión que protege contra la aniquilación y como protección del psique-soma. Su valor positivo es que mantiene enlazada a la psique con el funcionamiento somático. Sin embargo, esta definición no explica por qué la joven compromete lo autoconservativo, ya que atenta contra el cuerpo y su vitalidad.

Si tomáramos lo psíquico como causa del trastorno, pensamos a la anorexia/bulimia como enfermedad mental. En la Universidad de Rosario, en el año 2003, Silvia Bleichmar nos dice que las anorexias actuales no son trastornos de la alimentación, sino que tomarlos como síndrome sería una desarticulación de la etiología ya que aluden a una descripción fenoménica y se nos anula la posibilidad de comprensión. Describe anorexias psicóticas con angustia por temor al envenenamiento y, neuróticas, relacionándolas con rasgos de la sintomatología histérica.

Si hay mayor pobreza de contenidos mentales, mayor será la derivación de los conflictos hacia el cuerpo. Esta hipótesis es sostenida por la Escuela de Psicosomática de la que Pierre Marty y colaboradores (1992) nos hablan de fallas en la constitución psíquica. Por una debilidad del preconsciente que no provee el enlace representacional, impide la tramitación del afecto por vía psíquica.

En este caso, la inestabilidad o pérdida precoz de las referencias de protección y apego de la infancia, a partir del imperativo de autonomía, lanza a Amelie y a su hermana a la pérdida y a duelos posibles, pero evitados.

Amelie vive su cuerpo como «un cuerpo extraño», como algo ajeno o amenazante. Es fuente permanente de malestar, angustia e insatisfacción. Para hacer frente a la exigencia de trabajo psíquico que la apariencia del cuerpo impone, Amelie toma una decisión extrema: auto infligirse un gran dolor para evitar un malestar mayor (conflicto intrapsíquico). Decide entonces ser esclava —como su padre— de una mortificación corporal: la extrema delgadez como imperativo, buscando quizá acercarse a su madre, buscando su admiración y amor a su cuerpo.

La violencia real y la violencia fantasmática sobre los cuerpos de esta familia parecen un tema reprimido. Recordemos el abuso que sufrió Amelie en la playa del que nadie comenta.

La subjetividad de la protagonista se conforma —como toda persona— en una trama vincular, efecto de las ligazones de los miembros de su familia. La reacción de Amelie es producto de significantes traumáticos que quedaron sin elaboración psíquica y se despliegan en el atrapamiento anoréxico. Los efectos influyeron en la construcción sintomática de ella y de sus padres. Una dinámica transgeneracional influye en Amelie retenida en identificaciones disfuncionales para sí misma.

Hipótesis sobre la salud mental

Los cuidados maternos ofertan una base segura, accesible, estable y confiable, cuyas respuestas físicas y emocionales reconfortan y tranquilizan al bebe afligido o asustado. Esta conducta materna da por resultado un apego seguro en sí mismo y predispone a la salud mental del individuo. Madre y bebé constituyen una fusión que le otorga el Ser al bebé vs falta de todo ser a la que se refiere Amelie. El sistema de apego es un regulador de la experiencia emocional del bebe y del niño pequeño. Se activa cuando el bebé siente temor. Funciona hasta que el bebe organice un sistema de adaptación al medio que lo rodea. Contribuye al desarrollo psicológico del potencial del infante y funda su madurez e independencia.

Conclusiones

En ambos padres se observa una captura del ideal como mensaje exitista y superficial. Una pura exterioridad. Amelie se opone a esta visión de los mundos familiares con un dolor profundo:

  • Ante la exterioridad y un ataque exterior que la rodea y la hace sufrir.
  • Ante una interioridad que le reclama satisfacción a la que ella rechaza con angustia no sabiendo manejar su cuerpo indomeñable.
  • Ante el desajuste materno respecto de su hambre de afecto auténtico.
  • Ante la ausencia de un padre que acote a la madre, que cuide y proteja a su hija de las exigencias ilimitadas y tiránicas de su madre.
  • En nuestro ejercicio clínico proponemos romper el circuito intergeneracional. En el dolor y sufrimiento opresivo familiar, se filtra la infancia de los padres y tiende a repetirse de forma incesante. Sugerimos como abordaje la consulta del grupo familiar. Entrevistas para situar las escisiones familiares, los lugares rígidos que han asumido y las consecuencias en el desarrollo puberal de las hijas con sus efectos psicopatológicos. Se indicaría simultánea y sucesivamente, trabajo individual para Amelie en el que revisar sus modelos identificatorios y relaciones de apego destacando su autoimpuesto soporte intelectual, ayudar a tramitar las pérdidas sin duelar y movilizar lo que ha quedado encapsulado en cada integrante de esta familia.

Hipotesis del trastorno

En Zukerfeld y Zukerfeld las creencias y formas de pensar y sentir influyen en el funcionamiento corporal y, desde el campo del comportamiento, se desarrollan interrelaciones que repercuten sobre lo familiar-social y sobre el propio funcionamiento psíquico, y predisponen a la vulnerabilidad somática como predominio de una forma de funcionamiento psíquico con insuficiente organización representacional, carencia de recursos mentales y tendencia a la descarga, asociado a vivencias traumáticas sin representación psíquica. Se dificulta enfrentar situaciones estresantes, disminuye la tolerancia a pérdidas significativas y desamparo, surgen como consecuencia comportamientos de riesgo generando un estado de vulnerabilidad.

Bibliografía

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Acerca del autor

Judith Roitenberg

Judith Roitenberg

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