NÚMERO 18 | Octubre 2018

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El lazo social y la construcción de subjetividad. Una perspectiva desde el Psicoanálisis | Enrique Ascaso

Vamos a partir de la premisa de que el Psicoanálisis surgió como necesidad de dar respuesta a la carencia e inconsistencia del ser humano que se puso de manifiesto en las producciones subjetivas de la modernidad.

Nacemos desvalidos, prematuros y desarraigados instintivamente. Es por ello que sostenemos que la constitución subjetiva se debe forjar en el encuentro con el Otro, quien no sólo debe asistir, contener y sostener durante el tiempo de desvalimiento, sino también transferir la energía libidinal y el sistema simbólico que sirve de sustento, que de esa manera van a tratar de suplir la ignorancia e impotencia iniciales.

El peligro del desvalimiento  ante las exigencias pulsionales y del mundo exterior, durante el período de inmadurez del yo, generan una dependencia inevitable de los Otros primordiales. Así, el prolongado tiempo de desvalimiento y dependencia, incrementa enormemente el valor del objeto que puede proteger, promoviendo la investidura narcisista de la imagen del semejante y creando la necesidad de ser amado de que el ser humano no se librará jamás.

¿Qué significa pertenecer a un nosotros?

Tanto la sociología como la antropología aportan respuestas sobre los aspectos simbólicos y culturales que hacen a la conformación de los grupos y colectivos sociales.

El Psicoanálisis de raigambre freudiana aportó para comprender cómo las construcciones simbólicas surgen por apuntalamiento en los diversos montajes pulsionales, así como las diferencias subjetivas no provienen únicamente de las desigualdades socio-económicas o de tradiciones culturales distintas, sino también de la desemejanza del goce de cada uno.

Los colectivos sociales suelen constituirse y organizarse para garantizar una acción común e intereses comunes y alcanzar un objetivo que no podría lograrse en forma aislada.

Para ello, se hace necesario  institucionalizar el proyecto e  intentar regular la convivencia de sus distintos componentes mediante la construcción de  un marco simbólico que regule las relaciones sociales.

De esta manera, la función de la institución es la transmisión de la vida psíquica a través de las generaciones, aquello que uno recibe de los que nos han precedido y lo que nosotros transmitimos a las nuevas generaciones.

Pero, como se desprende de las consideraciones iniciales, para que un grupo se constituya, no sólo debe haber un objetivo compartido, sino también una serie de alianzas inconscientes que aseguren las investiduras que mantengan el vínculo que, a su vez, exige una reciprocidad y una comunidad de investiduras narcisistas y objetales.

En los momentos en que, por razones políticas, se exalta el rasgo diferencial que aglutina, es inevitable caer en una identidad incuestionable y esta tendencia del ser humano de reconocerse en una identidad narcisista decanta en identidades que acentúan la exclusión de la diferencia.

En este sentido, como manifiesta E. Foulkes, la identidad puede devenir con facilidad en el lugar de la captación del goce identitario cuando se refuerza en la afirmación colectiva a un rasgo.

Cuando las sociedades y los grupos compiten por el mismo territorio, riquezas, etcétera, los orgullos identitarios pueden desarrollarse como fundamento de guerras, discriminaciones y exclusiones, es decir, diversas negaciones de la identidad de los otros.

La Identidad tiene componentes imaginarios y simbólicos,  pero, como venimos sosteniendo, hay otro elemento menos visible, otra dimensión identitaria que corresponde a otro registro: lo pulsional, el goce.

Los colectivos que fetichizan el rasgo de pertenencia terminan ignorando la existencia del diferente, sea étnico, racial, religioso, de opción sexual o ideológica.

René Kaës, desde otra perspectiva teórica, sostiene que hay distintos tipos de contratos y alianzas que posibilitan la constitución de vínculos familiares, de pareja, de grupo y comunidades y describe un tipo de alianza patológica que denomina ofensiva, que se establece sobre la base de una coalición organizada en vista de un ataque contra otro o más de un otro, con el fin de dominarlo, ejercer poder sobre él o destruirlo.

Estos colectivos desmienten que toda identidad es ambigua y que la propia extranjeridad  y contradicción retorna en el espejo del otro diferente, inmigrante, homosexual, musulmán o integrante de un colectivo ideológico diferente.

Es el rechazo de la propia extranjeridad, del extranjero interior que todos portamos, que retorna en ese Otro diferente.

Nadie nace de la nada, la tendencia narcisista a situarse en una posición fundamentalista, fundacional constante, hace que se desconozca que cada sujeto y cada grupo se apropia y en el mejor de los casos reinterpreta las producciones ajenas. Yo soy otros. Aunque ese yo tienda a desconocer su alienación fundante y se pretenda autónomo.

La lucha por la autoafirmación conduce con frecuencia a segregarse del otro y quedar atrapado en las redes del narcisismo y la autoestima identitaria, que en última instancia es mortífera. Mientras que la alternativa de diferir consigo mismo posibilita el desarrollo deseante.

Contradicciones del lazo social de los psicoanalistas

Nos gustaría partir de otra premisa: El Psicoanálisis en su práctica tiene una política, la política de la “No Dominación”. La política del Deseo.

¿Cómo nos posicionamos en las instituciones psicoanalíticas para sostener la excepción al lazo social dominante? ¿Cómo sostenernos en la distancia del discurso unificante que hoy nos envuelve?

Si el Psicoanálisis es un proceso que tiene por objetivo el develamiento subjetivo, la emergencia de lo singular y lo  irreductible a lo social ¿cómo se articula esto con las políticas institucionales respecto a la trasmisión del psicoanálisis?

Ningún acto creador deviene siguiendo el movimiento de la conciencia de una época, implica una subversión respecto de la razón clásica. La creación del Psicoanálisis consistió en eso y constituyó una práctica dirigida hacia la no-dominación.

Pensar hoy la trasmisión del Psicoanálisis en función de nuestro pasado institucional, es pensar la cuestión del poder.

Desde los primeros momentos, el proceso de institucionalización del Psicoanálisis fue problemático y conflictivo y lamentablemente cayó en una práctica del poder dirigida a la dominación apoyándose en un acto de desmentida.

El problema político que generó el enfrentamiento con Jung, dejó consecuencias importantes en la ideología política respecto al ejercicio del poder dentro de la International Psychoanalytical Association (IPA).

Si bien el aspecto más destacable de la producción freudiana respecto al abordaje de la cuestión política se produce por la incidencia e intervención del Psicoanálisis sobre el campo de la cultura, la faceta en la que muestra mayor contradicción es en su acción política concreta: la creación de la institución psicoanalítica. 

La IPA se fundó en 1910, siendo su presidente Jung, pero, debido a las diferencias planteadas, Jones propuso constituir un “Comité secreto” compuesto por los mejores y más fiables psicoanalistas analizados por Freud que pudieran tomar a sus expensas el futuro desarrollo del Psicoanálisis, independiente de los presidentes electos. “Sería más fácil para mí vivir y morir si sé que una asociación de este tipo es guardián de mi creación (…) tanto la existencia como la acción de este comité deberá constituir un secreto absoluto” (Freud).

Que Freud haya pretendido fundar una institución que sea guardián de su creación fue en contra de sus afirmaciones respecto a lo que sustenta a toda actividad científica, estableciendo las condiciones para el desarrollo de una organización dogmática y sectaria. Por otro lado, la constitución de un comité secreto para establecer el mecanismo de doble poder impidió la posibilidad de procesar y tramitar las diferencias.  

Las posteriores rupturas y escisiones, se produjeron no sólo por las diferencias teóricas y  la importancia otorgada a lo social en la constitución de la subjetividad sino fundamentalmente por el control de la trasmisión y el ejercicio profesional determinado por un posicionamiento ideológico y político que se asentaba en un acto de desmentida respecto al ejercicio del poder y por la inclusión del psicoanálisis en el ámbito universitario con la creación de la carrera de Psicología.

El conflicto que se planteaba por la introducción de cambios en el dispositivo y metodología para el abordaje clínico, en el fondo, se refería a la disputa por el poder para determinar quiénes estaban habilitados para ejercer como psicoanalistas y qué instituciones estaban habilitadas para transmitir el Psicoanálisis ya que en los distintos países no existía un control oficial por parte del Estado.

En Latinoamérica y Estados Unidos, ante el incremento de instituciones de orientación psicoanalítica que funcionaban por fuera del control de la IPA, esta intentó establecer una nítida diferenciación entre psicoanalista y psicoterapeuta de orientación psicoanalítica. Esta diferencia atendía a distinguir entre aquellos que egresaban de los Institutos adheridos a la IPA y aquellos que se formaban en instituciones no adheridas, o lo hacían mediante grupos de estudio no organizados sistemáticamente.

La doctora Marie Langer, en  “Psicoanálisis y Política: vicisitudes del movimiento psicoanalítico argentino” (1974), decía: “Únicamente es psicoanalista quien pertenece a una sociedad psicoanalítica, miembro de la IPA. Encontramos esta frase, con variaciones, en los reglamentos de todas las sociedades psicoanalíticas ‘oficiales’. Creo  que es la única vez que una ciencia es definida a través de una pertenencia a una institución. Esta norma es la base del prestigio científico y el poder económico que ofrecía y manejaba la institución. Estábamos en eso, sin tomar consciencia que, de un grupo de gente con buenas intenciones, nos habíamos transformado en sostenedores del aparato ideológico del estado”.

El debate sobre el encuadre y el dispositivo psicoanalítico continúa hasta nuestros días. En El pensamiento clínico (2002), André Green manifiesta: “… no se puede pasar por alto que el encuadre varía de un país al otro y de un movimiento psicoanalítico al otro, según que el psicoanálisis se ejerza en el ámbito privado o en una institución, etc.” (…) es forzoso comprobar que la práctica del psicoanalista tiene hoy una proporción importante de pacientes a quienes se  trata frente a frente. Esta forma de práctica se llama psicoterapia psicoanalítica. Constituye una de las modalidades cada vez más frecuente del trabajo de psicoanálisis, que hemos contrapuesto al trabajo del psicoanalista que entra al servicio de instituciones cuyo propósito esencial no es el tratamiento psicoanalítico. (… ) el aumento incesante de la psicoterapia psicoanalítica hacen necesaria una redefinición de las relaciones encuadre-sueño”.

La técnica o los dispositivos han ido cambiando (número de sesiones, uso del diván, interpretación de la transferencia, etcétera) de acuerdo a los cambios sociales, avances tecnológicos, también de acuerdo al tipo de problemas abordados y al cambio en su teorización.

El campo lacaniano tuvo un desarrollo diferente al de las instituciones que surgieron como desprendimientos de la IPA fundadas por psicoanalistas que, en su gran mayoría, continuaron perteneciendo a esa organización. En Francia, Lacan fue inhabilitado para formar psicoanalistas didactas de la IPA, siendo el principal argumento, que no respetaba el dispositivo tradicional, lo que motivó su desvinculación. Esta situación lo llevó a organizar una nueva Sociedad psicoanalítica en torno a su persona y el pensamiento desarrollado por él.  Es por tal motivo que los grupos y asociaciones que se organizaron en Europa y Latinoamérica no tuvieron que posicionarse respecto a la polémica de psicoanálisis y psicoterapia psicoanalítica ya que desde el origen se cuestionó el dispositivo tradicional y la expulsión de sus fundadores no resultaba un peligro para los mismos.

No obstante, en este sector del Psicoanálisis, también se produjo el conflicto en torno al ejercicio del poder y al modelo centralista y colonialista de lo que terminó siendo la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP) que reprodujo en gran medida los abusos institucionales que se le critican a la IPA.

Si bien Lacan cuestionó la técnica sostenida en la figura del analista como ideal, proponiendo no dirigir al analizando en especial en el sentido de guía moral, y el estar advertidos en caer en ningún ejercicio del poder, en el sentido de la dirección de conciencia, tuvo la misma dificultad que Freud al momento de organizar el colectivo institucional.

Como respuesta surgieron otras organizaciones de asociaciones con un modelo federativo donde se consideran y respetan las singularidades institucionales y regionales.  Así se formó la Federación Latinoamerciana de Asociaciones de Psicoterapia Psicoanalítica  y Psicoanálisis (FLAPPSIP) y Convergencia Lacaniana, entre otras organizaciones internacionales.

El mito de Edipo, en su dramática, revela tanto el problema de la sexualidad como del saber y del ejercicio del poder, el problema de la autoridad. Estas  dos últimas cuestiones que se encuentran planteadas en el análisis que Michel Foucault efectúa del mito, no siempre se les presta la debida atención dentro del ámbito psicoanalítico, en especial, dentro del espacio de la institución psicoanalítica donde se confunde el espacio clínico del Psicoanálisis (análisis del analista, supervisión) con los dispositivos de control y habilitación de los psicoanalistas.

En la práctica analítica, a través de la transferencia también se despliegan las tres cuestiones. Lacan, a lo largo de sus desarrollos teóricos, se dedicó a investigarlas y arribó a los conceptos de: goce, Sujeto Supuesto Saber y discurso del Amo, proponiendo que “el analista debe preservar su posición de no-dominio, de su necesaria imperfección…”, de esta manera el discurso analítico se ubica como envés del discurso del Amo. El analista no trasmite un saber, su función es preservar el deseo del sujeto que le demanda. Esto implica una posición de escucha, de neutralidad y borramiento difícil de soportar ya que demanda efectuar renuncias importantes para el narcisismo del analista.

En el lazo social de los psicoanalistas, la pretensión de la institución única y la idea que la trasmisión y el desarrollo del Psicoanálisis son incompatibles con los principios que rigen al resto de las organizaciones sociales, tuvo consecuencias negativas para su organización, decantando en prácticas hegemónicas y políticas de dominación, dificultando las confrontaciones teóricas y del dispositivo analítico. 

Cuando los puntos de crisis no pueden ser contenidos y procesados dentro de una institución, producen un espacio extra-territorial. Ese resto, ese espacio excluido de la organización originaria queda a la espera de la producción de un nuevos discursos y la creación de nuevos colectivos sociales y organizaciones que lo contengan. 

El desafío del movimiento psicoanalítico es no caer en el ideal de un psicoanalista tipo sin perder la especificidad de su práctica. Que no se pierda de vista que cada acto analítico apunta a ser un acto fundacional, creador, con la potencialidad de escribir la historia de otro modo. El dispositivo analítico se concibió con el objetivo de promover un acto de deconstrucción subjetiva de tal forma que posibilite la apertura a nuevas condiciones. Un cambio en la posición subjetiva que implique al sujeto en su circunstancia para poder realizar acciones adecuadas y específicas en la modificación de la realidad.

Bibliografía

Ascaso, E. (Septiembre de 2018). El malestar en la cultura. La desmentida en tiempos de incertidumbre. En M. A. Tollo (Presidencia), Malestar en la Cultura. Ciclo de conferencias, Asociación Escuela Argentina de Psicoterpia para Graduados, Buenos Aires.

Ascaso, E. (2012). El Complejo de Edipo en la construcción social y subjetiva de la realidad. Revista Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados. (34), pp. 53-70.

Fulkes, E. (2010). Identidad, goce y multiculturalidad. Buenos Aires: Letra Viva

Kaës, R. (2009). Les alliances inconscientes. París: Dunod. 

Waisbrot, D. (2002). La alienación del analista. Buenos Aires: Paidos.

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Enrique Ascaso

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