NÚMERO 20 | Octubre 2019

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Entrevista a Gabriel Trebliner | Ileana Fischer

Gabriel Trebliner nos recibió en su consultorio del barrio de Belgrano. En compañía de unos mates, comenzamos una conversación en la que, en un discurrir afectivo y reflexivo, Gabriel compartió con nosotros algunos de los momentos que dejaron huella en su recorrido como analista. Un analista que inicia estudiando Medicina, pero que, en el encuentro con la experiencia de lo grupal en la escuela de Pichon Rivière, decide cambiar su carrera por la de Psicología. Dedica algunos recuerdos a su analista de la adolescencia y a sus profesores universitarios. En cada relato recupera una experiencia, a veces como anécdota. Esta entrevista es una invitación al lector a encontrarse con un analista que trata al juego como cosa seria y que, habiendo transcurrido muchos años desde sus inicios profesionales, aún hoy se entrega al descubrimiento elaborativo de su subjetividad.

Ileana Fischer: Gracias por recibirnos en tu consultorio y aceptar esta entrevista para Psicoanálisis Ayer y Hoy. Quienes compartimos con vos tareas institucionales te conocemos desde un punto de vista más profesional en relación con tus presentaciones, clases y supervisiones. Ahora nos gustaría conocerte un poco más desde un aspecto personal. ¿Qué te parece si nos contás cómo fue tu acercamiento al mundo psi?

Gabriel Trebliner: Lo primero que se me ocurre contarte es que el análisis y la terapia aparecieron relativamente temprano en mi vida desde la experiencia de ser paciente. Yo empecé la primera terapia cuando tendería unos 15 años. Me gustó eso de ir a charlar con alguien, alguien que tuviera tiempo para conversar conmigo. Fue una de las marcas que deben a ver influido en el recorrido. Otra marca que quiero resaltar es que durante un tiempo estudié Medicina. Estudiando Medicina empecé a hacer la escuela de Pichon Rivière. Pichon vivía todavía, la formación eran cinco años de una vez por semana. Era la época de la dictadura. Era todo un momento particular. En segundo año tuve de coordinadora a Ana Quiroga, justo fue el año en que Pichon falleció. Aún recuerdo la fiesta que se le hizo en el teatro Sha cuando cumplió 80 años.

Bueno, te venía contando de Ana Quiroga —a quien recuerdo como alguien muy lúcido y que me impactó en su modo de coordinación— que tengo muy presente la reunión siguiente a la muerte de Pichon. Mis compañeros y yo pensamos que Ana no iba a venir. Pero vino, y no te voy a decir que fue una de las mejores reuniones que tuve de grupo operativo, pero me impactó mucho su presencia. En un momento muy particular de duelo profundo, ya que ella era no sólo su compañera académica, sino su compañera en la vida. La verdad que esa fue otra experiencia que me marcó. A punto tal, que decidí dejar la carrera de Medicina y me metí a estudiar Psicología. Y acá estoy.

IF: ¿ Y cómo fue ese cambio de carrera?

GT: Empecé la facu de Psicología en el año 78. Me sentí mucho más cómodo. Conocí gente con la que me llevé muy bien y hoy en día es mi grupo de amigos queridos. Allí pude encontrarme con personas con las que podía compartir cuestiones íntimas no sólo en el sentido personal, sino en el plano de las ideas, con las que se podía hablar de cuestiones de las que usualmente no se hablaba. Esto permitió, frente a la realidad externa hostil que se vivía, armar un lazo que fue muy importante para mí. Eso fue lo primero que encontré. Luego aparecieron nuevos textos que me parecían interesantes. Fue el primer acercamiento relativamente sistemático a Freud. Conocí a un profesor de la facultad con el que tengo una anécdota. Se llama Jorge Rodríguez a quie sigo viendo. Ahora hace un tiempo que no, pero nos seguimos encontrando ocasionalmente. A veces superviso con él. La anécdota es que me habían recomendado a Jorge para cursar Psicoanalítica 2, que eran posfreudianos. Era el año 79 y, como te imaginás, no existía ni el contestador automático. Por eso había que llamar y pegarla para encontrar a la persona. Lo llamé 50 mil veces a Jorge porque quería preguntarle los horarios en los que iba a dar la materia para ver si yo podía cursar con él. Finalmente di con él y fue tan escueto en su respuesta que pensé: “¡Que maleducado!”. Pero bueno, finalmente pude cursar con Jorge; también para mí fue un descubrimiento desde el punto de vista de lo teórico. Rodríguez en ese momento estaba haciendo la corrección técnica del Diccionario de Laplanche y Pontalis. Estuvo en la AEAPG varias veces, es un conocedor, un intelectual. Rodriguez nos explicaba acerca del trabajo que hacía con el diccionario y la correcciones. Era muy muy agradable escuchar lo que pensaba teóricamente. Me fui encontrando con ese interés en la facultad. Otra experiencia, que para mí fue muy importante y que también trajo consecuencias, fue cursar la materia Técnica y dinámica de grupos. En una época tuve la fantasía de dedicarme a los grupos. A partir de esa materia, del encuentro con el ayudante, me decidí a hacer un análisis en grupo. Duró muchos años y se utilizaba el psicodrama psicoanalítico. Fue muy importante por lo que me pasó en ese tiempo: me permitió formarme en psicoanálisis psicoanalítico. Estudié mucho tiempo con Toti García, alguien que trabajaba junto con Pavlovsky. Fueron lugares que frecuenté y conocí. Nunca fui un analista de grupo, pero si me interesan mucho los grupos. Me interesa mucho el psicoanálisis como modo de pensar las cosas. Hace un tiempito atrás falleció Hernán Kesselman que fue alguien que me nutrió mucho. Es raro esto que te estoy contando porque yo no me defino como analista de grupo, pero si mi adolescencia tuvo que ver mucho con los grupos. Y creo que me dediqué a la adolescencia tal vez por algo relacionado con eso. Una vez un analista me dijo una cosa, no sé si tiene razón, pero yo me lo creí. Me dijo que yo trabajaba con adolecentes porque lo había pasado muy bien en mi adolescencia.

IF: ¿Cómo es dedicarse al trabajo con adolescentes?

GT: Muchas veces pienso por qué un adolescente se viene a sentar acá y hablar con un tipo al que no conoce. No lo tengo teorizado, pero en la experiencia algunos pacientes adolescentes me dicen que en muchas ocasiones es la primera vez que pueden hablar con un adulto. Eso es importante. Dar el espacio. Hay algo de la presencia en el vascular del semblante que también forma parte de la posibilidad de la experiencia.

Ileana F: Cuando hablabas sobre tu recorrido universitario, una de las cosas que destacabas era el tema de los vínculos como presencia. También mencionaste el impacto que te causó la presencia de Ana Quiroga. Y ahora marcás esto de la presencia como analista en relación con la experiencia. ¿Cómo podrías pensar la cuestión del vínculo con la transferencia?

GT: Es interesante eso que decís. Uno podría tomar la versión de la transferencia desde la definición que conocimos casi desde un principio como la actualización de viejos clisé. Que si bien hay algo de eso, hay que tener en cuenta que la presencia real hace que en la transferencia se pongan en juego cosas con uno y no con otro. Y eso no forma parte de otra cosa que no sea la presencia. No en términos de quién es el analista, en términos de su intimidad o de su historia personal, pero si de una presencia. Para mí eso es invaluable, una presencia que organiza. Eso lo puedo vincular con la teorización que hace Winnicott cuando plantea lo de la madre suficientemente buena. Entre muchas de las funciones que cumple, una es la función de sostén y, para ser un sostén, tiene que haber una presencia. Ojo, no estoy planteando que el analista es como una madre suficientemente buena, sino que hago referencia a la función de sostén del analista en relación con la presencia real. Entonces, en el laburo con adolescentes, que un chico pueda hablar con un adulto y que haya un adulto que pueda escuchar, a veces inaugura una experiencia. A los pibes les digo que yo no soy embajador ni de su mamá ni de su papá, que no vengo a representar a nadie, y tienen que atravesar la experiencia de darse cuenta de eso. Sobre todo porque a menudo los pibes no vienen porque lo pidieron, sino porque los traen o los obligan. En ocasiones, algo se arma ahí. De pronto, de la obligación, empiezan a encontrar algo de lo que se pueden apropiar y deja de ser una obligación, independientemente de que a veces vienen y otras, no, ya que son adolescentes. Me parece que eso se juega así en la trama que se arma entre el analista y el paciente. Es decir, qué de inefable puede aparecer ahí para que ese chico encuentre que puede hablar con un adulto, uno muy particular…

IF: Un adulto que no les demanda y que no les propone ideales.

GT: Por supuesto. El análisis es una especie de escenario muy diferente al afuera, pero al mismo tiempo que contiene los elementos del afuera. En realidad es lo mismo con un adulto, con un niño o con un adolescente, pero con los adolescentes me parece la trama de poder armar esa presencia, ese escenario, es un lindo desafío.

IF: Quisiera retomar algo de tu recorrido en la formación. Luego que terminaste la facultad ¿qué siguió?

GT: Estuve un tiempo trabajando en el equipo de niños del Hospital de Lanús. Fue una linda experiencia. Ese fue mi primer encuentro con lo clínico y fue valioso. Tuvo sus avatares y temores. Cuando uno termina la facultad, está lleno de expectativas y con una especie de furor curandis, y después te encontrás con la clínica, el hospital y eso te va mostrando límites y las posibilidades.

IF: ¿De qué forma pensás que te marcó el hospital en tu modo de ser analista?

GT: Mucho. Voy a contar otra pequeña anécdota que tuvo que ver con el trabajo con niños en el hospital. Una vez me tocó atender a un pibe de esos que en una época se los llamada hiperquinéticos. El pibe no paraba. Yo venía imbuido con la premisa del juego y de que había que dejarlo jugar. Un día el paciente me planteó un juego muy peculiar. Consistía en que íbamos a jugar a los cowboys. Yo iba a ser el indio y él el cowboy que venía persiguiéndome. En el hospital no había una caja de juego para cada niño, sino que había una caja con elementos que los niños compartían. Entonces él me atrapa, el cowboy atrapa al indio y con un ovillo de hilo de la caja me empieza a atar como si fuera un matambre. Yo lo dejaba jugar y hablábamos, hasta que me dí cuenta de que yo no me podía soltar. En ese momento pensé que si al niño le pasaba algo yo no lo podía ayudar. ¿Por qué cuento esta anécdota? Porque de ese juego y de esa posibilidad de jugar hay algo que se transformó en literalidad. Hay una distancia entre el juego y la literalidad. Yo podría haber jugado a que él me atara sin la literalidad de que me ate. Otra experiencia que me marcó del hospital es que cuando hay una necesidad insatisfecha en el orden de la realidad es muy difícil trabajar. Uno puede acompañar. El hospital te muestra esa parte de la realidad.

IF: Tomo el tema del juego, la escena que nombraste bastante y el psicodrama, y te invito a que nos cuentes algo acerca de tu participación en el Colectivo Teatral. ¿Es un modo de jugar?

GT: Efectivamente, recupero un espacio de juego. Ojo, que cuando digo juego no digo que siempre sea divertido. Hay juegos que rondan la angustia. La cuestión es como uno lo supera. Si bien no soy actor, reconozco que conocí partes mías que no conocía. Estar en el Colectivo me permitió muchas cuestiones: recuperar mis grupos de la adolescencia, recuperar viejas historias. La paso muy bien con ellos. Me gusta lo que hacemos, aunque a veces me angustian algunas cosas. Uno se compromete con lo que hacen. En la obra que estamos ensayando, hay cosas que evocan en mí situaciones de mucha angustia. El teatro es otro modo de procesar cuestiones vinculadas a la angustia. Es una experiencia. Diría que el análisis y la escena teatral son espacios intermedios de experiencia en los que uno está comprometido y la presencia tiene un lugar preponderante.

Ileana: Muchas gracias por esta conversación.

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