NÚMERO 23 | Mayo 2021

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Entrevista a Janine Puget | Osvaldo Maltz

Entrevista a Janine Puget realizada el viernes 25 de octubre de 2019 en el marco del Congreso AEAPG: XII Congreso anual y XXXII Symposium: «Laberintos Identificatorios: Marcas y Movimientos», Ciudad de Buenos Aires.

Introducción

Tuve la oportunidad de entrevistar a Janine  Puget en el marco del Congreso de la AEAPG en el año 2019, en un espacio de conversación con psicoanalistas titulado: «Laberintos identificatorios, los vínculos y sus anudamientos».

Pude certificar su calidad humana, su enorme humildad, su capacidad de cuestionamiento de aspectos rígidos y estandarizantes en el ámbito psicoanalítico y su comprometida visión del sujeto como sujeto social.

Quiero destacar su sello distintivo que deja como legado: su permanente compromiso con los derechos humanos, un recorrido teórico-clínico de excelencia, su legítimo interés en la articulación del psicoanálisis con lo social, su singular aporte para la comprensión de las problemáticas vinculares de familia y pareja, su apertura para la complejización del pensamiento psicoanalítico y para lo novedoso que cada época convoca a pensar.

En la entrevista Janine reflexionó acerca de sus marcas identificatorias en su trayectoria como psicoanalista; compartió su modo de pensar el psicoanálisis vincular, los mundos superpuestos analista-paciente y el malestar cultural actual.

Aportó su visión personal acerca de la temporalidad y causalidad en psicoanálisis donde el presente no sólo está creado por el pasado, sino que el presente crea pasado e introduce novedad. Además, resaltó la importancia de la relación del sujeto con los conflictos y la tolerancia para vivir en permanente incertidumbre y complejidad.

Agradezco la oportunidad de haber conocido a Janine Puget y quiero compartir el re-cuerdo, aún hoy presente, de haberla acompañado al taxi que la llevaba a su consultorio donde seguía atendiendo a sus grupos de estudio, pacientes y parejas, llena de entusiasmo y vitalidad, agradecida de haber sido distinguida como Socia Honoraria por el Consejo Directivo de la AEAPG.

En pocas palabras, una mujer extraordinaria. Te extrañaremos.

Mag. Osvaldo Maltz


Desgrabación de la Entrevista JANINE PUGET*

Osvaldo Maltz: Buenos días a todos. Soy Osvaldo Maltz, Secretario Científico de la Asociación. En primer lugar, quiero agradecer la presencia de todos ustedes a esta actividad que para nosotros es un privilegio. La hemos incorporado al Congreso hace unos años y consiste en conversar con psicoanalistas. Hoy tenemos el honor de contar con la presencia de la doctora Janine Puget para abordar el tema «Laberintos identificatorios, los vínculos y sus anudamientos». Quiero agradecer a la Comisión Organizadora del Congreso tener la oportunidad de conversar con alguien de su talla que para mí es invalorable. Quisiera contarles la dinámica de esta actividad antes de presentar a la doctora: he pensado unas preguntas que me parecen interesantes para seguir el recorrido de Janine y después va a haber un espacio de unos quince minutos, aproximadamente, para que quienes quieran intercambiar y dialogar.

Voy a presentar a Janine Puget: médica psicoanalista, miembro titular de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires (APdeBA) y de la Asociación Internacional de Psicoanálisis (IPA), ex directora del Departamento de Familia y Pareja de APdeBA, miembro fundador de la Asociación Argentina de Psicología y Psicoterapia de Grupo (AAPPG), premio Sigourney 2011, maestra de psicoanálisis IPA-APdeBA, doctora honoris causa de la UBA y de la Universidad de San Luis en 2018. Tiene la humildad de decir simplemente que es autora de numerosos libros y artículos en revistas nacionales e internacionales. Otros pondrían todos sus títulos y ella no, sello muy particular que valoro mucho.

Vamos a empezar. Cuando uno va a realizar una entrevista —o por lo menos mi Superyó lo puso en esos términos— además de leer algo del entrevistado, uno tiene que tener información acerca de su recorrido. Una de las cosas que me llamó la atención es que encontré que usted fue secretaria de Enrique Pichon Rivière en una clínica de Buenos Aires. Quería preguntarle cómo fue esa experiencia y cómo la marcó.

Janine PugetJanine Puget: Sí, es cierto, fui secretaria de Pichon antes de ser médica y todas esas cosas. Él tenía una clínica en la calle Copérnico, que llamábamos la Clínica Copérnico, y tenía un talento especial de comunicación social, con lo cual ser secretaria no impedía que yo pudiera asistir a discusiones clínicas que hacían los médicos psicoanalistas, aunque yo no lo fuera. Seguramente algo me marcó, aunque en el momento no podía decirlo, pero se ve que de alguna manera a las personas que me entrevistan les parece que significa algo este asunto de haber sido su secretaria. Yo no me doy cuenta, pero es como una marca de origen que podría decirse que sería mi familia social. Le atribuyen una especie de paternidad que, en lo social, no sé si se llamaría paternidad, pero sí que me tiene que haber marcado como ruptura con algo. En realidad fue así, ese comienzo de trabajo psicoanalítico de secretaria rompió con algo en términos de la trayectoria que venía teniendo, y empecé con el psicoanálisis. Así que, seguro que influyó.

OM: Haciendo un poco honor al tema del Congreso, los laberintos identificatorios y las marcas, ¿qué marcas identificatorias le dejaron quienes fueron sus maestros y analistas?

JP: Pienso que he tenido suerte, ya que vincularme con interlocutores válidos para discutir temas de filosofía y de psicoanálisis a lo largo de mi vida. No fueron tantos, sin embargo, fueron bastantes porque con cada uno de ellos estuve trabajando muchos años. Uno fue Klimovsky, por ejemplo, con el cual nos reunimos por cuarenta años semanalmente en mi casa a estudiar con un grupo que iba cambiando, aunque dos o tres éramos siempre las mismas. Estudiar con Klimovsky era riguroso, no se conversaba, se estudiaba con él, y era un privilegio. Él decía que era el grupo más largo que tuvo en su vida porque de las universidades lo echaban y en cambio nosotros no. Hemos pasado años difíciles con él, trabajando en las catacumbas —como decía—, es decir, durante toda la dictadura. Nos ayudó mucho tener ese grupo para pensar y prepararnos para un futuro que no sabíamos cuál era.

Soy seguidora de Leonardo Wender y con él trabajamos también dos veces por semana durante más de veinte años, rigurosamente, para hablar de nuestras inquietudes y cada tanto escribir algo. Otro ha sido Isidoro Berenstein que se transformó en Isidoro-Janine como si fuésemos una marca de fábrica. Durante treinta años, nos juntamos dos o tres veces por semana para trabajar, discutir y escribir juntos.

Después, por supuesto, hubo otras personas, mis analistas, gente con la que uno hizo un recorrido y paró.

OM: ¿Hay algún analista en particular que quiera mencionar?

JP: Sí, puedo decir que me analicé con Marie Langer —mi análisis didáctico— y con Rebe Alvárez de Toledo. Son también dos personajes que creo que marcaron mucho la historia del psicoanálisis. Mimí, en la idea de insertar o, por lo menos, de ocuparse de la política y la realidad social en el psicoanálisis. Y, si bien no ha escrito especialmente cómo incorporó al psicoanálisis su visión de lo que es el ser sujeto social, de todos modos hizo una apertura, y no importa que no haya llegado a hacer un cuerpo teórico adecuado. Dijo: «Bueno, acá nos pasa algo y tenemos que ver de qué se trata»; después lo hizo activamente cuando fue a Nicaragua donde daba clases de psicoanálisis, pero su actividad social era justamente ir directo al campo.

En la vida de uno, hay influencias de todo tipo. Desde mi aspecto francés, serían René Kaës y Didier Anzieu, ellos también fueron importantes para mí. Un poco compañero de ruta es Kaës, con el que seguimos discutiendo permanentemente en nuestras diferencias, y él dice que decimos lo mismo y yo digo que decimos diferente, pero ya entre nosotros es así, estamos acostumbrados.

OM: En su trayectoria tan vasta como psicoanalista, ¿cómo ve el psicoanálisis hoy y al psicoanálisis vincular en particular?

JP: No hay un psicoanálisis vincular, hay muchas personas que se ocupan del concepto de vínculo, formas más tradicionales, más al estilo Winnicott, por ejemplo, Bion y otros que han hecho algún corte. No es cuestión de agregarle hipótesis a un modelo ya hecho, sino probablemente meternos en los laberintos, en las dificultades y desafíos que implican introducir un nuevo vocabulario, que sería en el que yo estoy, que dibuja un cuerpo teórico que rompe y tiene que convivir con el cuerpo teórico de lo singular.

Están todos los que se ocupan de lo relacional, como los intersubjetivistas que también hablan de vínculo, pero con su modelo y no rompen con el modelo del psicoanálisis. Empiezan de una manera y siguen de otra. Así como hay otros que empiezan de una manera y siguen de otra. Yo empiezo simultáneamente ubicando al sujeto singular teniendo que convivir con el sujeto social, y eso es una complicación. Para mi concepción de lo que sería lo vincular, necesito hacer convivir dos cuerpos teóricos heterólogos que no lo hacen armoniosamente, ya que no es lo mismo ser sujeto social con todo lo que implica como constitución subjetiva, que ser sujeto de su propio mundo interno. Esa es mi manera de pensarlo, que no es aceptada en general, pero no importa. Debo decir que es una preocupación que tuve desde mi comienzo porque, cuando entré al seminario en la Asociación Psicoanalítico Argentina (APA) —como uno hacía— rápidamente con Marie Langer, Usandivaras y otros fuimos preguntándonos qué pasa con el psicoanalista que sólo ve una población de un lado tipo, y qué pasa con la gente que no tiene esa educación y formación y que necesitan también ser atendidos psicológicamente. Una de las primeras cosas que nos llamaba la atención, en un grupo que teníamos de distribución de los pacientes, era que, cuando yo hacía entrevistas sola con una persona para ver a dónde derivarlo, cuando entraba al grupo, no era la misma persona. Si estamos solos pasa algo y, si estamos en un grupo, pasa otra cosa; y creo que ese fue el comienzo de mi trabajo que sigue hasta hoy, y que hizo que en ese momento creáramos la Asociación de Grupo justamente pensando que la APA no daba cuenta de lo que es ocuparnos de la salud mental y el sufrimiento de las personas. En su comienzo, el mismo cuerpo teórico servía para uno y para lo otro ajustándolo un poco, después, poco a poco, fue evolucionando.

OM: A su criterio ¿hasta dónde es posible abordar lo vincular en terapia individual? ¿Cuándo indica usted terapia vincular?

Entrevista a Janine Puget - Congreso AEAPG 2019JP: Para mí la terapia individual también es vincular, pero vincular con dos cuerpos teóricos. Para pensar cómo trabaja el psicoanalista, uso algunas hipótesis que manejo para mi cuerpo teórico vincular: eso es Isidoro-Janine. Tuvimos que incorporar algunos conceptos que no estaban en el cuerpo teórico psicoanalítico; uno de ellos fue cuestionar el concepto de transferencia porque incluye la idea de que el analista es objeto de transferencias y no sujeto, objeto de lo que el analizado necesita o supone necesitar. Pero entonces ahí no cabe el analista sujeto, con sus opiniones, sus gustos, sus preferencias, sus valores, que no interpreta si no interviene en la sesión psicoanalítica como otro, como sujeto. Es decir, que no le explica al paciente el porqué de su sufrimiento, sino que opina y se hace ver interviniendo a su manera en el campo de análisis. A veces, cuando eso sucede, algún paciente me dice: «Yo no he venido para escuchar sus opiniones, he venido para que se ocupe de mi sufrimiento». No le doy una clase, pero la idea sería que yo también soy persona y opino esto y lo otro. Eso lo hemos llamado intervención, entonces el analista trabaja haciendo interpretaciones, cada uno a su manera y con su modelo, y haciendo intervenciones que interfieren el campo vincular. Hay que incluir un vocabulario que no está en el concepto de transferencia.

OM: Hay un artículo que usted escribió con Wender, que ha sido referencia bibliográfica de muchos de nosotros, en el que plantea el tema de mundos superpuestos entre el analista y paciente. Si tuviera la oportunidad de agregarle algo hoy a ese trabajo ¿qué diría?

JP: En realidad ya le agregué porque hice una segunda versión más afinada a la cuestión vincular. Lo que descubrimos con Wender, en su momento, al hablar de paredes que se rompen, era que el mundo exterior entraba por la ventana y, lo que considerábamos culposamente nuestras distracciones, en realidad no lo eran, sino que el analista era sujeto también, entonces, escucha desde su ser sujeto, su marco social. Eso sucedió en el momento en que APA se dividió entre APA y APdeBA y todo un grupo se fue a APdeBA. Los consultorios estaban llenos de chimentos, y Leo y yo los escuchábamos porque algunos pacientes querían saber qué opinábamos y ver si se tenían que ir de APA o quedarse. Nosotros queríamos saber cuáles eran los argumentos, entonces, no esperábamos a los pacientes con la mente limpia, sino, atentos a lo que nos decían. Nos sentimos medio culpables y nos preguntábamos si estaba bien o mal. Creíamos que estábamos infectados, hasta que empecé a decir lo mismo que con lo de los grupos al principio, que era natural, que éramos siempre sujetos y siempre esperábamos a los pacientes con una escucha interpretadora e interventora.

Muchas veces había datos de la vida diaria que compartíamos y que hacía, por ejemplo, que si un paciente nos hablaba de que fue a ver una película muy interesante, quizás, si teníamos idea de ir al cine ese día, íbamos a ver esa película si pensábamos que ese paciente opinaba como nosotros. Entonces fuimos viendo que en realidad somos sujetos siempre, tenemos una escucha no sólo de científicos que buscan el porqué del sufrimiento y de qué manera transformarlo, sino también sujetos con una escucha interesada en la vida pública. En este caso, poco a poco, me fui interesando cada vez más con todo lo que es insertar la política en el marco teórico psicoanalítico, tema que hoy es particularmente complejo, puesto que estamos a dos días de un momento importante de la vida política argentina. En su momento, mi mayor preocupación fue en relación al terrorismo de estado y la violencia, el tema de las torturas y efectos sobre las personas de estas situaciones. Todo esto hizo que fuera urgente ocuparse. La realidad social nos provee todos los días la posibilidad de tener que pensar políticamente, políticamente no es partidario, sino pensar cómo insertar las opiniones políticas o un pensamiento político, incorporar el conflicto como algo necesario para la vida diaria, algo ineludible que, a veces, las instituciones autoritarias —que obviamente no es esta— imaginan eludir el conflicto, cuando lo que tenemos que incorporar es que es conflictivo vivir, pero es un conflicto lindo.

OM: ¿Ve que el malestar cultural se espeja en determinadas problemáticas vinculares y familiares? ¿Hay nuevas tensiones producto del malestar cultural actual que quedan reflejadas en problemáticas específicas de los vínculos de pareja y familia?

JP: Vengo trabajando mucho sobre la idea de qué quiere decir dialogar y no es tan fácil. En general uno habla más desde un discurso de la sabiduría que no admite la intervención y la presencia del otro. Esta no es la situación. El diálogo implica estar siempre interferido por lo que piensa el otro, con lo cual, permanentemente hay un conflicto. Sigo discutiendo hace mucho el malestar en la cultura y, desde ya, no suscribo todo lo que dice Freud en su escrito porque es como si hubiera una idea de que habría un bienestar posible en el malestar en la cultura y con momentos donde hay más o menos malestar, pero habría que poder llegar a un bienestar, una especie de coincidencia, de combinación armoniosa. Lo que vengo proponiendo es que hay que amigarse con los conflictos y que la vida social es conflictiva justamente porque introduce las diferencias inevitables, el espacio entre dos que hace a cualquier vínculo, la ajenidad del otro, la alteridad del otro que nunca va a coincidir con lo mío.

Hay una tendencia a imaginar que si uno está con otro, en algún momento se van a acabar los conflictos cuando es al revés. A veces he recibido parejas que dicen: «Nos queremos, hace cuarenta años que estamos juntos, pero nos aburrimos. Está todo bien ubicado: familia e hijos, pero no tenemos nada que ver, nada que decirnos». Entonces me parece que han luchado como quien lucha por llegar a la jubilación y después se aburre terriblemente por ser jubilado. Para la mente de las personas, en el futuro todo va a andar bien y eso, obviamente, no es vida; el futuro todos los días hace algo distinto. El título de su Congreso está pleno en ese tema: laberintos, desafíos y conflictos que dependen de la época, de la cultura. No son los mismos conflictos en Latinoamérica que en Europa. Por ejemplo, yo misma cuando hablo en Europa no uso  el mismo vocabulario que con el que habló acá. A veces, a los europeos les parece que aquí está todo mal, pero son valores culturales. Creo que en cada institución también hay ciertos vocabularios que hacen a la institución y que en ocasiones estamos tratando de incorporar el marco anterior y entonces explotan. No quiero agregar más cosas a lo que Freud nos enseñó. No se debería decir cualquier cosa porque escribe tan bien que cuando uno lo lee dice: «Justo, lo pensó como yo». No pudo haberlo pensado como yo, porque en esa época había muchas cosas que no existían; pero uno necesita un apoyo para autorizarse a pensar lo que uno piensa. Hay que autorizarse sin el apoyo de Freud, no porque lo despreciemos, pero aceptando que hay temas actuales que hace cien años no se podrían haber considerado.

OM: ¿Ante qué problemáticas piensa que el psicoanálisis no pudo dar respuesta? ¿Tiene la impresión de que hay una deuda del psicoanálisis con alguna temática?

JP: Yo no lo veo como deuda, lo veo como que, en cada época, cada día, el psicoanálisis tiene que volverse a plantear algunas cosas. El sufrimiento no es el mismo, sufrimiento en sí es sufrimiento, pero depende de la situación, del momento, de a qué está expuesto. La ley del mercado en 1900 no era tan importante como lo es ahora, los valores que nos manejan o los que tenemos que incorporar hoy no son los mismos. Entonces, sí hay una deuda, al nivel de la incorporación del sujeto social con sus propias dinámicas. Ser sujeto social no es una evolución de ser sujeto singular que pasa a ser social, como el chico que va a la escuela y socializa. Creo que los parámetros con los que se piensa el sujeto social no son los mismos que con los que se piensa el sujeto singular. Pensarme a mí misma en mi monólogo interno no es lo mismo que dialogar. Hay monólogos que uno va haciendo que molestan poco, que los puede modificar, pero el diálogo es una intervención difícil.

Decir que es una deuda es pedirle al psicoanálisis que hiciera algo cuando no se daban las condiciones. Por algo en Europa, hoy en día, hay temas que aparecen: violencia social, muchos títulos de congresos que hablan de lo social, de sexualidades varias. ¿Qué son? ¿Se modificó el Edipo y de golpe hay una sexualidad social? Son temas que surgen porque se nos vienen imponiendo desde afuera; no es que el psicoanálisis se complejizó, sino que nos golpearon la puerta y venimos recibiendo pacientes queer, por ejemplo, o de cualquier tendencia sexual. ¿Tenemos cuerpo teórico para eso? ¿Nos metemos en el lecho de Procusto para que quepan? ¿O decimos que no sabemos? ¿Qué quiere decir sexualidades? Y entonces tenemos que inventar hipótesis que tengan que ver con eso. No es una deuda, sino que el mundo nos dice: «Muévanse, gente, ocúpense de lo que está pasando».

La revolución tecnológica y atender por Skype, por ejemplo, no existía cuando yo me formé. ¿Es distinto? ¿Es igual? ¿Facilita o no la comunicación? ¿Con qué nos manejamos para estas nuevas formas de conexión? Que los chicos se conecten con tres aparatos al mismo tiempo, ¿eso es disociación? ¿O tienen un cerebro distinto al nuestro? Evidentemente, sí. Un chiquito en la cuna nace con el conocimiento para saber manejar la tablet; eso no se lo enseñaron los padres porque muchas veces no saben. Entonces ¿qué hacemos con eso? ¿Pensamos que son confusos? ¿Que va a salir todo mal? Saben cosas que los padres no saben. Los chicos que enseñan a los padres, ¿no eran los padres los que enseñaban a los hijos? Ahí tenemos una cantidad de temas que nacen por lo que nos entra por la ventana y por circular. Hay psicoanalistas que logran hacerlo con El malestar de la cultura o en algunos textos sociales de Freud, y otros que dicen: «Bueno, no, no le hagamos decir lo que no pudo decir; pero sí hagamos algo con esto nuevo que pasa».

OM: Me interesa saber su posición: dentro del campo psicoanalítico, hay una tensión entre pensar el pasado como origen de las dificultades presentes y pensar un presente que crea pasado y que crea novedad, ¿cómo lo ve usted?

JP: Me estudió un montón. Creo que algo de esto estoy diciendo: una cosa es el presente que nos interfiere de forma permanente y nos mueve de sillones cómodos en los que tratamos de instalarnos, y otra cosa es un presente leído a la luz del pasado. La complejidad de las identificaciones y de los mecanismos identificatorios, en general —que tiene que ver con el título este Congreso— sería que uno siempre puede remontarse al origen, mientras que el presente no tiene origen, crea futuro, pero no un futuro que es repetición del pasado, sino un futuro que es puro desconocimiento, puro requerimiento de una nueva visión. Nosotros hemos pecado, eso sí, creo que hemos exagerado con el asunto de que el presente está creado por el pasado. Tiene marcas del pasado, puede ser que tenga algunas marcas, pero es un presente que es menos presente porque no altera, sino que complejiza el pasado; mientras que el presente presente es un presente donde en todo momento de la vida no tenemos un referente de nuestro pasado, es decir, no tenemos un referente de nuestro pasado de manejar una tablet, eso no existía. Entonces ¿qué hacemos con eso? ¿Decimos que es igual a la máquina de escribir? No. Tenemos que aceptar que suceden cosas en el mundo actual que no están incluidas en nuestro pasado y que nos conflictúan y nos exigen un nuevo vocabulario.

OM: Si consideramos que estamos atravesados por una época con predominio de funcionamientos narcisistas, ¿usted piensa que eso marca un sello diferencial en las problemáticas vinculares y familiares hoy en día? ¿Es una cualidad particular a la época el mayor rechazo a la alteridad del otro, la mayor dificultad para escuchar al otro en su alteridad radical? Estas problemáticas con predominio del Yo ideal, ¿usted las puede constatar en las problemáticas que asiste en su práctica como psicoanalista de pareja y de familia?

JP: No tengo respuesta, no sé si somos más o menos narcisistas que antes. Tengo la impresión, tal vez más esperanzada, aunque seamos un poco duros, de que hay más apertura para hacer entrar la alteridad y ajenidad del otro, que nos falta cuerpo teórico, que no sabemos bien qué hacer, y que decimos «esto es parecido, esto es lo mismo», pero que también se sabe que no es exactamente lo mismo, es decir, que damos lugar. Tengo la impresión, a nivel de narcisismo, que la teoría en la época de Freud cabía mejor que ahora. Creo que hoy en día se sabe que existe el otro, el ajeno, que se maneja mal, que se maneja con prejuicios; se maneja no aceptando diferencias, inventando conceptos como la grieta, pero existen diferencias que no sabemos cómo tratar porque es difícil no remitirlo a que ya lo sabemos. Por ejemplo, lo asaltan a uno y se lo contamos a una amiga y dice que es lo mismo que le pasó a la otra. No, yo te quería contar lo mío, que me asaltaron a mí, si no no me escuchás porque me remitís a lo que otro ya pensó. Entonces nunca puede ser lo mismo, pero hay una tendencia, ante la dificultad de aceptar lo no conocido, a decir que es parecido, que políticamente también pasa: «Es lo mismo que pasó en tal época». No puede ser lo mismo, el mundo cambió, las relaciones internacionales cambiaron, nunca puede ser lo mismo que hace diez años, o veinte o cincuenta; tendrá algunos parecidos porque se llama política, pero no es lo mismo.

OM: En una entrevista que le hizo Página12 en 2018, usted hizo un comentario que me pareció muy interesante. Dijo que su propuesta psicoterapéutica, más que apuntar a resolver conflictos, apunta a amigarse con los conflictos. Me gustaría que amplíe un poco más cómo piensa esta idea.

JP: Cuando empecé a ser analista, creía que tenía que resolver conflictos de algún tipo. Muchos historiales de la Escuela inglesa —y lo digo con respeto— tienen eso, algo que es muy lindo, ejercicios clínicos muy finos y detallados en los que el paciente empieza confuso y termina en análisis con el sueño justo que hacía falta para cerrar el broche. Yo nunca tuve un paciente así. La sutileza con la que van manejando y la forma de incorporar el último sueño está muy bien. Desde ya, no es como trabajo yo, porque justamente no podría hacer eso. Podría decir que alguien se maneja mejor con sus conflictos sin reducirlos, sino aprendiendo de ellos. Entonces me parece que el término aprender de los conflictos o amigarse es estar viviendo en permanente complejidad, en permanente incertidumbre porque no voy a llegar nunca a un cierre, a algo sólido. Es lo mismo por lo que están ustedes acá. Si ustedes dijeran: «Con lo que yo sé alcanza» no valdría la pena que vengan a un Congreso porque ya sabrían todo. Uno, a medida que estudia, tiene más ganas de aprender o más incógnitas que es lo que nos lleva a seguir adelante. El mundo se nos complica mucho más a medida que vivimos.

A buena hora, digamos. El problema es cuando se trata de que el mundo no nos complique más, con comentarios que en general dicen: «¡Ay!, ahora descanso tranquila». No, no puede descansar tranquila porque uno permanentemente está convidado a conectarse con dificultades, pero que son los desafíos. Como un deportista que dijera: «Como gané esto ya está, ya me consagré». No, le dan ganas de hacer más ejercicio. Lo mismo nos tiene que pasar a nosotros, nos tenemos que ir complejizando cada vez más y así se nos abren mundos mucho más difíciles y creo que, en este momento, con lo que sabemos, para el analista, el mundo es mucho más difícil porque los chicos no están ubicados dónde estaban, los sexos tampoco, las parejas no se forman igual que antes, la subjetividad social, en todos sus sentidos, enfrenta diferentes conflictos. Hay una cantidad de situaciones nuevas que hacen que la extranjeridad y la ajenidad del mundo nos complique mucho más la vida y nos interese mucho más también, es un estímulo muy importante para vivir.


Palabras de homenaje por Natán Sonis

Perdimos una amiga, una maestra, un referente.

Personalidades como ella no abundan.

Generosa con sus reflexiones que marcan épocas en nuestras lecturas psicoanalíticas.

Valiosa en su permanente empeño en no quedarnos con slogans y asumir la necesaria creatividad en la lectura de textos fundamentales.

Conocerla fue enriquecerse con su sabiduría, con su perspectiva de la vida.

En el año 2019, durante nuestro Congreso, fue nombrada «Socia Honoraria», nunca mejor utilizado el término.

Nos honraba con su pertenencia, con su permanente aceptación a nuestras invitaciones a mesas, simposios, presentaciones, con su batallar por los derechos humanos, y tantas actividades más.

Con agradecimiento por haberla conocido, homenajeamos a Janine Puget


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ENTREVISTA A LA DOCTORA JANINE PUGET

CONVERSANDO CON PSICOANALISTAS:

«Laberintos identificatorios: los vínculos y sus anudamientos»

DRA. JANINE PUGET

Entrevistador: MAG. OSVALDO MALTZ

 

Notas al pie

* Desgrabación realizada por Diego Maltz.

Acerca del autor

Janine Puget

Janine Puget

Osvaldo Maltz

Osvaldo Maltz

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