NÚMERO 21 | Mayo 2020

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Las violencias, una lectura desde el Psicoanálisis | Norberto Lloves

«¿Qué determina que las variadas y cambiantes formas de violencia insistan en la vida cotidiana de las personas, amenazando con su destitución subjetiva, afectando sus cuerpos y su misma existencia dentro del entramado social?» es el interrogante que nos propone Norberto Lloves. Sostiene que la violencia inserta en la condición humana encuentra modos de figurabilidad y expresión actual a partir de los escenarios que ofrecen las violencias epocales. Afirma, haciendo referencia a postulados freudianos, que la violencia, como manifestación de la agresividad, es inherente a la condición humana para el psicoanálisis. Y se pregunta acerca de cómo incide la violencia inherente a lo humano en la tarea del psicoanalista.

[…] lo imperativo del mandamiento “No matarás” nos da la certeza de que somos del linaje de una serie interminable de generaciones de asesinos que llevaban en la sangre el gusto de matar. […] si se nos juzga por nuestras mociones inconcientes de deseo, somos, como los hombres primordiales, una gavilla de asesinos.” (Freud. 1915, pp. 297.298)

 

Este número de la Revista Psicoanálisis Ayer y hoy nos invita a reflexionar sobre el tema de “Las violencias”; lo cual implica meterse de lleno en un tema que, a través de los tiempos y bajo diferentes figuras, no cesa de insistir en su actualidad.

¿Qué determina que las variadas y cambiantes formas de violencia insistan en la vida cotidiana de las personas, amenazando con su destitución subjetiva, afectando sus cuerpos y su misma existencia dentro del entramado social?

Pobreza extrema por distribución desigual de la riqueza, marginalidad, diversas y novedosas formas de esclavitud, discriminaciones a lo diferente, violencias de género, golpizas en manada, linchamientos en nombre del ejercicio de justicia, y así podríamos seguir con una lista interminable de múltiples manifestaciones de la violencia.

Cada época produce hechos que la caracterizan respecto de cómo irrumpe y manifiesta su propia dosis de crueldad. La violencia, como manifestación de la agresividad, tomando la cita del epígrafe, es para el psicoanálisis inherente a la condición humana. Freud postula como premisa del psicoanálisis que en todo psiquismo subsisten mociones primordiales bregando por su satisfacción, las que nomina como “incesto”, “canibalismo” y “gusto de matar” (Freud, 1927, p.10). En esta línea, podemos leer lo que le plantea a su amigo Frederik van Eaden: “(…) el psicoanálisis ha llegado a la conclusión de que los impulsos primitivos, salvajes y malignos de la humanidad no han desaparecido en ninguno de sus individuos, sino que persisten en lo inconciente (…) y esperan las ocasiones propicias para desarrollar su actividad”. (Freud. 1914, p. 302)

Se puede inferir de esta cita una hipótesis que propusimos con Cynthia Chantrill en el X Congreso de la Federación Latinoamericana de Asociaciones de Psicoterapia Psicoanalítica y Psicoanálisis (FLAPPSIP): “Figuras actuales de la violencia” que la violencia inserta en la condición humana encuentra modos de figurabilidad y expresión actual a partir de los escenarios que ofrecen las violencias epocales. Es decir, algo de lo propio, imposible de eliminar por ser parte del entramado psíquico, espera la ocasión para manifestarse siendo los significantes de cada tiempo los que aportan material para su realización.

Estos impulsos primordiales adquieren el carácter de una violencia interna a reprimir por efecto del ingreso a la humanización, ya que no hay incesto ni asesinato en la naturaleza, allí hay sólo instintos que buscan su descarga. Es la cultura la que, en intercambio con los estímulos internos, destituye el instinto e ingresa la lógica de la pulsión estableciendo un orden y una orientación para que estas mociones encuentren un cauce para la vida en sociedad. Camino social obligado, pues el intercambio con el medio es imprescindible desde los primeros tiempos de la constitución psíquica por la inmadurez con que nace y crece el ser humano. Tiempos míticos del origen, donde el desvalimiento psíquico y motor se convierte en la “fuente primordial de todos los motivos morales” (Freud 1950/1895, p. 363); es decir, que el Otro que cuida al niño también demanda e impone las normas de la cultura que prescriben y proscriben las satisfacciones que el niño demanda. Así se van constituyendo aquellas normas que intentan regular la dotación pulsional erótica y agresiva. Pero como estas normas son insuficientes en su capacidad de regulación, los impulsos insisten y se expresan formas variadas de violencia en el intercambio con los otros, como retorno de una cuota de agresividad no sofocada, constituyéndose en una de las fuentes del malestar en la cultura: “[…] el prójimo […] es una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infligirle dolores, martirizarlo y asesinarlo.”(Freud 1930, p.108)

¿Cómo es que se logra con esta insistencia de la inclinación agresiva el intercambio pacífico entre las personas?

Freud, desde su perspectiva de la herencia filogenética, construye un mito del origen en Tótem y tabú (1913, pp. 142-148) para explicar cómo nace en la humanidad la posibilidad de una convivencia pacífica. Parte de un hecho violento: el asesinato del Jefe de la horda por la manada. Este crimen deja un espacio vacío que instaura, retrospectivamente, la obediencia al padre muerto. Así se organizan como Ley del padre las dos prohibiciones que ejercía con poder absoluto el Jefe de la horda: del incesto, promoviendo la exogamia y, el parricidio, que regula la agresión. La culpa por el asesinato establece un pacto fraterno donde se acuerda la pérdida de la libertad individual en pos de lograr una convivencia segura con el nuevo orden. Con la concesión de derechos iguales a todos los miembros de la liga de hermanos, la convivencia con obligaciones mutuas, limitaciones y habilitaciones para la vida en sociedad, se busca evitar recaer en el anterior estado de violencia sobre el semejante. Para este cometido, la violencia individual es sustituida por la violencia de la comunidad por medio del Derecho, el empleo de la violencia queda acotado al orden de la Justicia como concepto de equidad ante la Ley. Pero Freud es claro, la insistencia de la violencia del uno amenaza la integración social, por eso la libertad individual no es un patrimonio de la cultura, ofreciendo a cambio algún grado de seguridad.

Esta seguridad se sostiene en el sentimiento de culpa que se hereda de los ancestros por el crimen perpetrado en común. A esta culpa Freud la llamó angustia social, aquella que en el origen fue el motor de la sofocación pulsional y la conciencia moral: “Toda vez que la comunidad suprime el reproche, cesa la sofocación de los malos apetitos, y los hombres cometen actos de crueldad, de perfidia, de traición y de rudeza que se habían creído incompatibles con su nivel cultural”. (Freud 1915, p, 282).

Sin angustia social, gozar del prójimo se naturaliza, pudiendo llevar a los actos más crueles concebidos por la barbarie.

La violencia en el psicoanálisis cotidiano

¿Cómo incide la violencia inherente a lo humano en la tarea del psicoanalista?

La clínica psicoanalítica, en especial cuando se instala la transferencia, constituye un escenario privilegiado para analizar el ingreso de la subjetividad de la época a través de del relato del analizante, donde los sucesos de la actualidad moldean y colorean las presentaciones sintomáticas, dan letra a los textos que expresan fantasías inconcientes, se entrometen en los sueños y en las escenas transferenciales; es que la realidad psíquica se manifiesta apuntalada en la trama simbólica que ofrecen los significantes del tiempo en que se vive. Es así que la práctica clínica, en forma más o menos directa o indirecta, se puede ver atravesada con algunas de las tantas formas de presentación de la violencia epocal, dando figurabilidad para el despliegue de las fuerzas violentas que habitan desde los tiempos inmemoriales la misma condición humana.

Un paciente joven que consulta por un proceso de duelo, a los meses de tratamiento, decide investigar a su analista por Facebook; allí encuentra una referencia que le resuena contraria a su posición política militante, ubicando a su analista, respecto de la “grieta” del imaginario socio-político de la Argentina actual, como perteneciente al “bando opuesto”. En la sesión siguiente, con evidente enojo y en tono querellante, reclama que bajo esa condición no podía seguir su análisis. La resistencia, tomando los significantes de la época, había construido un escenario propicio para dar rienda suelta a una transferencia negativa que puso en riesgo el análisis.

Ante episodios como este, me pregunto: ¿Cuáles son las fuerzas que están en pugna en un análisis? ¿Con qué leyes se cuenta para su contención y regulación? ¿Cuándo algún despliegue de estas fuerzas puede adquirir el carácter de lo violento?

La clínica psicoanalítica produce un trabajo entre analizante y analista, sumergidos en el dispositivo analítico y el empleo ético del artificio transferencial, se (que) propicia el recuerdo y la repetición en acto de una nueva vieja historia, con el objetivo de pesquisar y tratar los complejos patógenos inconcientes que promueven ese “penar de más”[1] (Lacan 1964, pp. 173/4) que adviene a un análisis. Con estos elementos, entiendo a la “cura analítica” como efecto de un arduo trabajo de elaboración psíquica al servicio de promover nuevos modos de administración pulsional que propicie una vida productiva en el trabajo y el amor. Esta tarea se enmarca en los lindes que impone el infortunio de la vida ordinaria, sin olvidar los intereses, recursos y límites del analizante, quien comparte la responsabilidad de su propia cura: “El analista respeta la especificidad del paciente, no procura remodelarlo según sus ideales —los del médico— y se alegra cuando puede ahorrarse consejos y despertar en cambio la iniciativa del analizado.” (Freud. 1922, p. 247)

En este derrotero, siguiendo la experiencia con Dora, Freud concluye que en un análisis es preciso producir la convocatoria de los “(…) más malignos demonios que moran, apenas contenidos, en un pecho humano” y agrega respecto de la posición del analista: “(…) los combate, preparado para la eventualidad de no salir indemne de esta lucha” (Freud, 1905, p. 96).

Esta manera de explicar el intercambio que se produce en un análisis da cuenta de un trabajo que no podría definirse como pacífico. Por lo tanto, pareciera que cierto orden de “violencia” es algo que podría irrumpir en algún momento del proceso analítico.

Con esta afirmación me surgían dos preguntas: ¿Cuál es el material con que se trabaja en un análisis que puede aparecer con violencia? ¿Qué es lo que combate un analista?

Ante estos interrogantes, quiero compartir una breve viñeta clínica:

Una joven mamá de un niño de tres años consulta llorando desconsoladamente. Una idea obsesiva, con angustia, asaltaba su pensamiento: Si es lo que más quiero —decía—cómo puedo pensar en hacerle daño a mi hijo, hasta pienso que tengo que esconder los cuchillos para no lastimarlo, que por mi culpa se va a enfermar. No entiendo, es como si hubiera otra persona mala en m, ¿o será que yo quiero eso? Y, así, invadida por una idea tan ajena y a la vez tan íntima, daba cuenta de un padecimiento que, en el sentido más cruento del término, la torturaba con una violencia inédita y de origen desconocido; violencia dirigida a su bien más preciado: su pequeño y amado bebé. Estas ideas hostiles fueron cediendo con el análisis en la medida que surgían asociaciones sobre su propia historia familiar, con recuerdos dolorosos y, en especial, del vínculo tormentoso con su propia madre. Las ideas cesaron hasta que llegó su segundo hijo; a las pocas horas de parirlo, retornaron, ahora dirigidas al recién nacido.

En la clínica, si hay algo que se presenta de modo violento, por lo menos para la subjetividad de quien lo padece, son las irrupciones del inconsciente, con ese modo disruptivo, extraño y desgarrador de la ilusión de completud del yo.

Las pesadillas que despiertan; los olvidos y los lapsus que ruborizan y agitan a los sorprendidos corazones; la emergencia de esa angustia que la medicina moderna nomina como “ataque de pánico”; los miedos “insensatos” ante peligros que aparecen como injustificados: las diferentes figuras en que se expresa lo siniestro, la compulsión de repetición, la conciencia moral despiadada, así como las inexplicables inhibiciones que malogran la capacidad de producir, de trabajar o de sentir placer y, ni qué decir de los síntomas en el cuerpo, allí donde eso tan propio se puede transformar en algo tan ajeno.

Con este material trabaja el analista, en tanto se entienda que en esas manifestaciones de los deseos inconscientes está en juego algo de la verdad del padecimiento del analizante.

¿Qué es lo que transportan estas producciones para causar semejantes tormentos?

No sólo se trata de la afrenta narcisista que significa la división del sujeto, también se trata de “lo demoníaco”: esa íntima exterioridad que da cuenta de la propia exigencia pulsional ignorada, rechazada y proscripta, en tanto guarda los caracteres bestiales que habitan al sujeto y bregan por su manifestación. Recordemos que las prohibiciones que impone la cultura recaen sobre el incesto, el asesinato y el canibalismo.

Con este material se trabaja en un análisis.

A veces, cuando la “violencia” de este material irrumpe en un análisis, implica un verdadero riesgo para la dirección del tratamiento.

Juana, ese día, llega decidida y, con aire amenazante, interpela a su analista sobre quién se va a hacer cargo de la falta de resultados terapéuticos en el año de tratamiento; que está igual que al principio, con todo el tiempo que perdió y la plata que puso, al final vino para nada, y que eso sólo se puede resolver con una compensación: que la analista le devuelva el dinero que le pagó en ese año. Juana renovaba en la transferencia, con sus reclamos reivindicatorios, las protestas destinadas hasta ese momento a su familia, actualizando en el espacio analítico un escenario para su despliegue. En este caso, con la pasión inflexible que conducía el reclamo, la resistencia no dio lugar a nuevas asociaciones que permitan historizar los condicionamientos infantiles de esa pasión, derivando en un final abrupto y violento. Es que, en tanto se instala la transferencia, se pueden construir en acto estos modos violentos de manifestarse los deseos incestuosos y asesinos, tramitándose en una dimensión inconsciente, procuran por satisfacciones sustitutivas que toman al analista en “calidad de objeto”. (Freud, 1916, p. 404)

¿Cómo hace un analista para hacer soporte de ese lugar de objeto de una demanda pulsional y no morir en el intento?

Entiendo que, con el marco legal que representa el dispositivo analítico, asociación libre y atención flotante, anudado al acuerdo entre analizante y analista de crear un espacio de trabajo en el terreno de la palabra, tenemos los condimentos mínimos necesarios para instaurar una legalidad que regule los términos del encuentro y que la violencia pulsional pueda encontrar un marco simbólico para su tramitación psíquica.[2]

Por lo tanto, no se trata de renunciar al lugar de objeto de esa fuerza pulsional, ya que es motor del trabajo analítico, dice Freud: “Lo adecuado a fin es, justamente, denegarle (versagen) aquellas satisfacciones que más intensamente desea y que exterioriza con mayor urgencia” (1918, p. 170). Es aquí donde, desde el punto de vista técnico, importa la regla de abstinencia: denegación que se dirige exclusivamente a las satisfacciones sustitutivas implicadas con la “dinámica de la contracción de la enfermedad” (Ibíd., p.158) cuyo fin es sostener la insatisfacción que impulsa el análisis.

Pero esta decisión del analista puede traer otras consecuencias: la no correspondencia de amor puede dar lugar a la hostilidad del analizante, cuyo destino dependerá de las condiciones de existencia que se hayan podido construir para el trabajo de análisis.

Para finalizar

¿Qué pasa con lo pulsional del analista? ¿Cómo regula esa violencia que lo habita?

Freud previene sobre las tentaciones que pueden invadir al analista desde el poder con que lo inviste la transferencia. Plantea los peligros para el análisis cuando se interviene poseído por un espíritu samaritano, que lo conmina a dar al analizante “lo que todo ser humano tiene derecho a esperar del prójimo” (Ibíd., p.159) o si, impulsado por una “ambición pedagógica” (Freud 1912, p.118), alecciona desde ideales y da consejos. Ambas situaciones son propicias para el despliegue de la violencia del profesional desde el lugar del analista. Desde esta perspectiva es donde importa ubicar los límites de la función del analista, en tanto no debe tomar al paciente como objeto de su propia fantasmática, ni dirigir la cura en función de sus ideales ni instilar sugerencias motivado por prejuicios teóricos o personales.

Pero como el analista también está habitado por exigencias pulsionales inconcientes, las que podrían encontrar un lugar de expresión en la dirección de un tratamiento; me pregunto: ¿Cómo hace para sostener su función?

Aquí entramos en el terreno de la ética.

Lacan sitúa los pagos que debe hacer un analista para sostener su función, tomando en cuenta la economía libidinal que le compete a su lugar en la transferencia. Son renuncias necesarias para tener las cuentas claras con su deseo, ya que no es posible el ejercicio de la función sin tropiezos; por lo tanto, el analista: “Paga con palabras, sus interpretaciones; paga con su persona, en la medida en que por la transferencia es literalmente desposeído de ella. (…) Finalmente es necesario que pague con un juicio en lo concerniente a su acción.” Juicio que considera una exigencia mínima, en tanto “una parte de esa acción permanece velada para sí mismo.” (Lacan. 1959/60, p. 347).

Por eso entiendo que hay una dimensión ética en el requisito de la experiencia del análisis personal, la supervisión, la formación teórica, el intercambio con los pares y el ejercicio de la escritura en la formalización de la clínica, pues implican las renuncias esenciales del analista ante lo incognoscible de sus propias apetencias pulsionales y la falibilidad del ser que lo habita: falta en ser develada por la insistencia de lo pulsional y las producciones del inconsciente.

Notas al pie

[1] De esta forma, Lacan nomina a la paradojal satisfacción que transporta en el padecimiento psíquico.

[2] Además entiendo al juego, al chiste y al humor como recursos elaborativos, pero también pacificadores en tanto encuentren un lugar en el trabajo de análisis.

Bibliografía

Chantrill, C. y Lloves, N. (Mayo, 2019): La violencia de la clínica y los cuidados del analista. En D. Cwaigenbaum (presidente),  Figuras actuales de la violencia. Ponencia de la Mesa Plenaria llevada a cabo en el X Congreso Latinoamericano de la Federación Latinoamericana de Asociaciones de Psicoterapia Psicoanalítica y Psicoanálisis (FLAPPSIP), Montevideo, Uruguay.

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Norberto Lloves

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