NÚMERO 18 | Octubre 2018

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Odisea de un análisis. Trabajando entre la espuma y el fuego | Grupo representante de la AEAPG en la Octava Jornada Clínica entre Instituciones: “Caso Georgette”

Trabajo elaborado por el Grupo representante de la AEAPG coordinado por Adriana Cabuli, y que fue presentado en la «Octava Jornada Clínica entre Instituciones. Similitudes y diferencias en el modo de pensar la clínica: Caso Georgette» que se desarrolló en el mes de septiembre de 2018.

¿Ya hablé del perfume del jazmín?

Ya hablé del olor del mar.

La tierra es perfumada.

Y yo me perfumo para intensificar lo que soy (…)

Perfumarse es una sabiduría instintiva (…)

es bueno perfumarse en secreto.

Revelación de un mundo

Clarice Lispector

 

Pensar un caso de manera grupal implica elegir algunas líneas de trabajo, entre muchas otras.

Al acercarnos al material notamos un modo de abordaje diferente a las posibilidades de nuestra clínica. Nos preguntamos cómo encararíamos un tratamiento que requiere una frecuencia alta de sesiones en las condiciones actuales, con un paciente que se presenta con una sintomatología somática tan “florida” y que en la primera entrevista da cuenta de su extrema vulnerabilidad.

¿Qué disponibilidad interna y externa es necesaria en un analista para sostener y promover un cambio psíquico en un paciente con estas características, que por momentos promueve fascinación y en otros, rechazo?

Entendemos que en este caso hubo una dupla analista-paciente dispuesta a realizar una recorrido conjunto.

El trabajo de Joyce McDougall está basado en un extracto de sesiones del quinto año de tratamiento. La paciente elige para que el caso sea publicado con el seudónimo “Georgette” (G.), significante con resonancias representativas de su conflictiva interna. Tiene 32 años, “delgada y bonita”, parece disfrazar su aspecto delicado y femenino.

Realizó un análisis previo durante el cual terminó con éxito sus estudios como pediatra, se divorció de su primer marido (elegido por su madre) y conformó una nueva pareja con la que tuvo dos hijos.

Su familia de origen estaba compuesta por sus padres, dos hermanas menores y su abuela. Las mujeres dormían de un lado de la casa y el padre en el lado opuesto. Este era hijo adoptivo de la abuela de G., su madre biológica había sido prostituta.

La madre de G. recibía en su casa a sus amantes usando, para estas ocasiones, un camisón de “crepe georgette”. La paciente dormía con un pañuelo de esa misma tela, regalado por su madre.

Al iniciar la lectura del material, la figura de la madre surge con mucha pregnancia, mientras que la figura paterna va cobrando presencia a lo largo del recorrido.

En los orígenes…

G. presenta trastornos somáticos graves. Consideramos importante remitirnos entonces a los momentos tempranos del vínculo con la madre y su ambiente.

Nos preguntamos cómo fueron los primeros tiempos de constitución subjetiva.

Para Freud existe una estructura yoica inicial denominada Yo real primitivo que tiene como función principal establecer una “primera orientación en el mundo”. Consiste en diferenciar los estímulos provenientes del propio interior, es decir, pulsionales, de aquellos que provienen del exterior y pueden resolverse a través de la motilidad (fuga). Los pulsionales sólo pueden ser resueltos con una acción específica. Es necesario que el contexto decodifique las necesidades del infans y produzca las acciones específicas a través de una disponibilidad empática.

En términos de Bion, sería la función de rêverie de la madre la que protege de las vivencias catastróficas de desamparo. La rêverie depende del estado mental de la madre como continente.

Según Maldavsky (1992), las perturbaciones en la constitución del Yo real primitivo ponen en riesgo la diferenciación entre exógeno y endógeno, ya que el dolor y el estancamiento libidinal borran esta diferencia. Para que el contexto filtre el exceso de cantidad y el Yo pueda rescatarse de su inermidad ante la pulsión, es necesario que se produzca una recepción tierna de dicha demasía que queda así neutralizada.

Un modo en que el infans resuelve la falta de vivencia para la pulsión, es cediendo a otro la actividad. De lo contrario, la fijación pulsional es a los órganos y el único procesamiento yoico posible es a la alteración interna en el intento de ligar libido, autoconservación y pulsión de muerte.

Resultan fundamentales un ambiente facilitador y una función materna que actúen como filtro de los excesos pulsionales. Cobra relevancia, así, la presencia de la ternura y la empatía.

Consideramos que en el vínculo entre G. y su madre hubo una inversión, ya que su cuerpo infantil fue soporte para la perentoriedad pulsional materna.

Sólo lograba convocar el cuidado al enfermarse con manifestaciones visiblemente explosivas en busca de la mirada materna. Búsqueda ilusoria, de la que resulta un encuentro fallido, sin lugar para la construcción de un vínculo tierno y empático. La paciente describe que la mirada de su madre era “erótica y fulminante”.

Las formas en que circulaba la sexualidad en la familia acotaba los lugares a un binomio de santas o putas, violentando a G. por el exceso o la prohibición. Son reiterados los ejemplos: dormir con la madre, saber de sus amantes, la desautorización y exclusión del padre, la santidad de la abuela paterna, entre otros.

La hipótesis de McDougall es la existencia en determinado tipo de polisomatizantes de una fantasía cruel de prohibición de separarse del cuerpo materno. El temor en G. al riesgo de estallido y despedazamiento de su cuerpo fue una constante. Tal como sucedía con el dragón del mito de San Jorge al que se le daban de comer bebés en sacrificio, la madre de G. sacrificaba la individuación de su hija sosteniendo un vínculo profundamente ambivalente.

La fantasía de G. de ser una santa —tal la interpretación de la analista— se contrapone a la convicción de ser un dragón ávido de sangre. Avidez originada en la insatisfacción libidinal. La relación originaria fallida dificultaba seriamente la construcción de la vivencia de “ser”. La respuesta que G. halló a su desvalimiento fue el desarrollo de una relación osmótica. Dos episodios en la transferencia lo ejemplifican. Uno de ellos es cuando la paciente, al observar la piel bronceada de la analista, le expresa: “¡Qué le ha hecho a mi cara?”. En otro episodio exclama: “¡Qué sorpresa, acabo de cruzarme en la calle con nuestro marido!”.

Los momentos de separación de su analista son acompañados con profundas vivencias de inestabilidad y vacío, manifestando trastornos somáticos como eczemas y edemas, expresión del desvalimiento que la deja “en carne viva”. Aquello que se oponía a la mejoría de su patología corporal, era la fantasía de dejar de existir. Pagaba con “carne sufriente” para evitar el encuentro con la angustia por la falta de “ser”.

Espósito y Lustgarten (2010) han estudiado las nociones de inmunidad e identidad. Resultan valiosas aplicadas al estudio de los procesos de la patología alérgica tal como padecía G. En estos casos, los procesos psíquicos se caracterizan por la indiferenciación entre lo propio y lo ajeno, y por una defensa exagerada de la frágil identidad que conlleva el riesgo de la autodestrucción. La rigidez en el intento por preservar la identidad, frágilmente construida, lleva al despliegue de una lógica identitaria que difícilmente se arriesgue al “entre” o al pensamiento paradojal. Enfoque que abriría el juego a lo espontáneo y a la contradicción considerada como una oportunidad para el descubrimiento.

Los ataques del dragón

En los comienzos de la vida psíquica, las sensaciones olfativas tienen preeminencia. Los olores para G. revestían una profunda importancia que remitían a lo más primario. El olor de los mariscos le provocaba reacciones alérgicas. Aludía a las figuras parentales fusionadas, traduciéndose en desarrollos psíquicos paranoides.

Diversos aspectos de lo olfatorio se van manifiestando y tramitando. Esto da cuenta del cambio psíquico que promueve el proceso analítico al propiciar el pasaje del olor como pura sensación al olor en tanto evocante.

Emociones tales como la tristeza, la excitación y el entusiasmo le resultaban intolerables. Su modalidad para enfrentar el conflicto estaba basada en el alejamiento de aquello que le producía placer. Por tanto, la pulsión infantil de investigar y de “husmear” se reprimía violentamente regresando el desarrollo libidinal —en camino inverso— a investir el cuerpo.

En la adolescencia G. comienza a salir con un joven que le genera emociones que plasma en su diario íntimo, dando cuenta de un mundo interno fantasmático. El padre, al espiar el diario, descarga su violencia y severidad castigándola física y verbalmente: “su orgía de odio duró tres días”. Ante el registro del surgimiento en G. de lo pulsional con algún rastro de subjetivación se desencadena en el padre una locura furiosa. De esta manera cercena el deseo sexual, el deseo de investigar y el despliegue de la fantasía. Podemos decir que el padre reforzó la modalidad endogámica.

Los pacientes con vivencias profundas de desamparo remiten a momentos arcaicos: experiencias de fusión primaria e indiferenciación del adentro y del afuera. Como plantea Maladesky (2005): “Lo que está en juego en estos casos es la paradoja constituída por el par angustia de intrusión-angustia de separación. Así se fundamenta el concepto de distancia de objeto que no afecta a la problemática del deseo sino a la formación del pensamiento.”

Avanzado el viaje terapéutico, G. logra trabajar sobre la polisemia del significante “mariscos”. Se inicia así el pasaje de la figura del “padre lagunoso” a la de un “padre fascinante”, posibilitando una dinámica edípica, exogámica.

Luego de siete años, remiten algunos de sus trastornos somáticos, excepto las alergias cutáneas y edemas. La analista, creativamente, nomina como “frutos prohibidos” a los alimentos que las provocan. A través de esta creación, se evidencia una analista conectada con el mundo fantasmático de la paciente. A la vez construye representaciones transicionales que —con una impronta cultural y religiosa— facilitan la tramitación de dolorosas y conflictivas vivencias. El mundo emocional y representacional de G. rebosa de dualidades e imágenes religiosas: santa-puta, placer-dolor, culpa, castigo y sacrificio.

Los frutos del análisis

El análisis de un sujeto puede circular por diversos caminos, según el analista con el cual se encuentre. Esta paciente halló en McDougall una analista que la invistió como su madre no pudo.

Piera Alaugnier plantea la importancia de las entrevistas preliminares y los movimientos de apertura de un tratamiento en un posible paciente. En este caso, G. hizo de la analista el soporte de las intensas cargas afectivas de sus proyecciones. De haber sido rechazada, se hubiera producido la reapertura de una herida con un posible efecto desestructurante. Esta situación fue captada por la analista.

Aulagnier (2003) plantea que un analista debe realizar un autodiagnóstico sobre su capacidad de investir y de preservar una relación transferencial con ese sujeto singular que le consulta. Propone que toda demanda de análisis responde a una motivación al servicio del deseo de vida. También es necesario que Tánatos se haga presente dentro del contexto de esta experiencia para ser desenmascarado, permitiendo un trabajo de reintrincación pulsional.

G. consulta con McDougall luego de haber leído sus escritos, confiando en que ella le facilitaría desplegar su “problemática psíquica muy enferma”.

La transferencia da cuenta de la realidad del inconsciente y posibilita al analista comprenderla in situ. Pertenece a la realidad psíquica, pero toma elementos de la realidad objetiva que le permite manifestarse.

Al finalizar la primera entrevista, la descompensación de la paciente muestra su aspecto dragón que controla, asusta y, a la vez, seduce a la analista. Esta parece no tener opción y se ve “forzada” a tomarla en tratamiento; la seduce al descompensarse y la implica al traer dos sueños con ella.

El sueño con la analista embarazada con una niña en su falda, marca el profundo temor a estar destinada a no tener un lugar.

Por un lado G., parece apropiarse de la analista como se siente apropiada por su madre. Hiperpresente y ausente a la vez. Le hace sentir el atrapamiento y la seducción erotizándola e inmovilizándola con sus ataques somáticos.

Por otro lado, a través del sueño, construye una expresión simbólica en la búsqueda de ser mirada, convocando un modo de encuentro diferente a las explosiones del cuerpo.

Lo que sucedió en las primeras entrevistas preanuncia las manifestaciones transferenciales que ocuparon el primer plano de la escena en el curso de la experiencia.

Difícil tarea la de favorecer la movilización y reactivación del conflicto psíquico infantil que desgarra a G. Es notable que, sumida en este teatro infanti,l logre ser responsable del cuidado de otros niños, sus pacientes y sus propios hijos.

Para finalizar…

Georgette, una espuma, una textura, lo sensorial derramado, es una niña y una mujer. Su piel dañada apenas le da existencia.

Fusión y límite cobran importancia, expresándose en el escenario de este cuerpo-teatro donde los trastornos le hablan a una analista capaz de ser espectadora participante.

Sus olores y perfumes son como diques protectores en esa frontera llamada piel. Georgette es pulsión que desborda en el olor arcaico de deseo y rechazo.

Las intervenciones analíticas en este tipo de pacientes apuntan, en un inicio, a ir construyendo sentido. Al significar las experiencias afectivas con más discriminación se alcanza una mayor integración del funcionamiento psíquico. Ante el desamparo, la analista funciona como continente empático, habilita así el surgimiento de las “locuras privadas” de la paciente.

El análisis fue propiciando un intercambio libidinal en el que se cuestionaba la lógica del “volar los puentes para que el enemigo no se acerque”. Con esta modalidad de exceso de preservación, no lograba registrar el riesgo de daño a aquello que se buscaba cuidar. Ante la fantasía de intrusión y de abandono, la analista promueve el contacto, el intercambio. Lentamente se da el pasaje de la indiscriminación a la construcción de lo singular y propio.

El análisis fue posibilitando el armado de una historia ficcional que mediara entre las fantasías patógenas y aquellas representaciones que facilitaran la exogamia. En ese sentido considerar este proceso como una “aventura”, tal como lo plantea la analista, abre las puertas a un espacio psíquico de libertad.

Los analistas hoy, atravesados por las lecturas de nuestros maestros, así como por las propias escrituras, enriquecemos el trabajo para seguir repensando nuestra labor. A veces la tarea es ardua, los puntos de referencia y el horizonte se desdibujan. En otros momentos el surgimiento de una epifanía, cuando el insight se transforma en un hito relevante, nos permite afirmar que “vamos por buen camino” alentando nuestro quehacer.

Bibliografía

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