NÚMERO 16 | Agosto, 2017

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Letra, música y Psicoanálisis | Elizabeth de Lara

Invitamos a la licenciada Elizabeth de Lara, que participa activamente como miembro de la Asociación, para que nos cuente su experiencia personal con la música.

Este año el Congreso de nuestra querida Escuela nos convoca con una provocativa palabra «experiencia» y la Revista digital, en este número, tiene la suya: «música»; por supuesto, ambas relacionadas con el psicoanálisis y los psicoanalistas.

Aprovecho la oportunidad que me ofrece la Revista para contarles mi experiencia con la música, por eso la relataré en primera persona y en nombre propio.

Les cuento: siempre me gustó escribir, mucho más que hablar, es el modo de expresión que mejor me calza. Uso distintas tonalidades de acuerdo al ánimo o a la temática que me despierte interés. Privilegié la simpleza, el vocabulario cotidiano, coloquial, y el humor, ese lubricante psíquico que distiende, desacartona y nos acerca a las personas y a los temas complejos de otra manera.

Tengo la necesidad de creer que será comprensible para cada uno de los lectores fuera del ámbito psicoanalítico. Pero les aseguro que jamás hubiese sospechado que un día llegaría a instalarse la música en mi mente, en mi vida y acompañar cada palabra escrita con su pulso.

Conciente de mi absoluta ignorancia ante las varas de medida de la música: melodía, armonía, ritmo, timbre, técnica, práctica y disciplina, pude eludir exigencias superyoicas —supongo que toda disciplina despierta— y me apropié descaradamente de una audacia, seguridad y convicción tal, que me era imposible interrumpir o abortar eso tan placentero que estaba viviendo. Y en un estado impregnado de sorpresa, adrenalina y alegría, nació la primera canción.

A partir de ese suceso, noche a noche componía alguna canción; las letras brotaban ante cualquiera de los temas que se ponía primero en la lista de mis inquietudes y motivaciones. Cuestiones muy íntimas, amorosas, románticas, festivas, tristes. Algunas me convocaban a las fuentes de sufrimiento que Freud describe en el Malestar de la cultura. Así surgieron canciones de protesta o de impotencia ante injusticias y conflictos sociales. Otras, dramáticas. Recuerdo una noche, hace años, cuando antes de dormir vi imágenes desgarradoras sin sonido en la televisión: se trataba de un terremoto que arrasó con centenares de vidas en un lugar del planeta. La angustia y el dolor de pecho me levantaron de la cama y compuse una canción; le di el nombre de «Ruleta rusa» por esto de no saber cómo, cuándo ni dónde, la «madre naturaleza» deja de cobijar y cambia azarosa, brusca y cruelmente los destinos.

Lacan dijo: «La música puede cubrir con sonido lo que no pertenece al registro sonoro».

Esta canción ¿se transformó en un mecanismo de defensa?, ¿sublimatorio? ¿catártico? ¿Buscaba el placer inmediato? o ¿liberarme del displacer? ¿Me habrá permitido cierto intento de elaboración ante lo siniestro, la vulnerabilidad, la muerte?

La música se convirtió en un acontecimiento significativo en mi vida. Modo versátil de expresión de cada uno de mis atravesamientos; muchas canciones, beneficios primarios, secundarios y múltiples emociones cobijadas en los formatos de bellos contenedores preexistentes, como zambas, tangos, baladas, boleros, valses, rock o blues

A partir de mi subjetividad, me dediqué a transitar esa experiencia más acompañada que nunca, con una guitarra, tres acordes, melodías y letras que surgían tomadas de la mano de mi voz.

Ese cálido encuentro de intimidad, libertad de expresión y un fiel público imaginario, además de placer, me aportó una nueva identidad, la de cantaautora. Lo reconozco con orgullo, pero con mucha humildad porque en cuanto al talento, doy fe y con testigos, que él ni un ojo me guiñó. Pensándolo bien, creo que mi talento consiste en mantener un estado de permeabilidad.

¿Y el psicoanálisis?

Dicen algunos psicoanalistas investigadores de esta relación, que hay mucho silencio del psicoanálisis sobre la música, que Freud escribió algo y un poco más Lacan.

Pero no tenemos dudas de que todo modo de expresión, desde el más sutil, artístico, burdo, hasta la enfermedad más descarnada, a partir del psicoanálisis lleva en su entramado movimientos pulsionales, un inconciente que no deja de mandar pistas de su existencia mientras juega a las escondidas o a camuflarse en sus infinitos disfraces.

Las canciones son metáforas y en ellas encontramos desplazamientos y condensaciones, no solo para quien las escribe o canta, sino para quien desea escucharlas (pulsión invocante dice Lacan)

La música afecta, conmueve, sugiere, despierta diferentes estados de la subjetividad. Produce lazos asociativos, conexiones inconcientes entre la melodía y lo singular del sujeto, como el mecanismo encubridor, al estilo del sueño. (Freud)

Impacta a quien la escucha, la toca o la compone. Estimula a la voz, involucra al cuerpo, despierta la imaginación, los recuerdos. Y lo mejor es que cuando una canción se nos «pega» y la escuchamos o cantamos mil veces no nos tildan de obsesivos. Es más, podemos hacer una adicción a su belleza, estridencia o suavidad sin que haga mal.

Acá quiero detenerme un poco porque hablo de lo liberadora que puede ser la música y el canto, pero no para todos: prejuicios e inhibiciones estarán al acecho. Hay personas que se inhiben más allá de sus capacidades. Pude observar a músicos con excelencia en el manejo de la técnica de su instrumento que no se animan a componer o a improvisar.

El acto creador queda sometido a una meta rigurosa que aplasta lo novedoso. Guitarristas que no se animan a cantar, vocalistas que no tocan ni las maracas. Siempre suele ser «uno» de la familia quien canta o el que afina, los demás a cantar solo en la ducha. Toman muy a pecho el dicho «zapatero a tus zapatos». Se animan a lo que creen saber, o a lo que esta socialmente valorado en su  entorno, nunca una cumbia en determinados contextos y si, todo vale en el momento mas divertido de las fiestas.

Privación-autoexclusión  de la posibilidad única y singular de vivenciar terrenos que podrían ser gratificantes y reveladores para nuestra calidad de vida, aun sabiendo que el sufrimiento es inherente a ella.

La música se apropia de la energía que generan las travesuras libidinales y nos permite jugar a libre demanda con la castración y la omnipotencia, bailar con Satanás, con Dios, sentir amor, odio, piedad. Los sponsores de estos encuentros como siempre son Eros y Tánatos, hasta que la muerte los separe.

La música, simplemente, es una de las formas de expresión y comunicación con la que contamos los humanos. No se trata de ser artistas, sino de sentirnos libres y responsables de nuestra posición de sujetos deseantes, para estar concientes y dispuestos a correr los riesgos inherentes a la vitalidad y a la vida en sociedad.

Acerca del autor

Elizabeth De Lara

Elizabeth De Lara

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