NÚMERO 16 | Agosto, 2017

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Volver sobre una marca | Jimena Arrebillaga

Ponencia de la Mesa «Los tatuajes en la adolescencia» organizada por la Comisión Científica AEAPG, perteneciente al Ciclo «Miércoles en la Escuela», abril de 2017.

Cuando me invitaron de la Escuela a presentar nuevamente mi tesis sobre tatuajes en la adolescencia, sentí varias cosas, pero sobre todo pensé que iba a ser un planteo obsoleto: después de todo, ya pasaron 10 años desde que la escribí. Así que me puse, por un lado, a releer lo que yo había hecho y, por otro lado, a buscar lo nuevo que podía haber sobre el tema. Ambos caminos me depararon sorpresas: ni mi tesis había quedado tan desactualizada como yo pensaba, ni había tantos avances sobre el tema. Tampoco fue una simple relectura del tema, como yo esperaba, sino más bien un proceso que me permitió rever varios conceptos psicoanalíticos y, sobre todo, mi propia postura clínica y subjetiva. Eso, más que nada, es lo que quiero compartir hoy con ustedes a diez años de aquella tesis.

El pasado

En 2004, al terminar la Especialización en Psicoanálisis con Orientación Clínica en Adolescentes (AEAPG en convenio con la UNLaM), empecé a pensar sobre el tema de la tesis que debía presentar para obtener el título. Después, pasarían tres años hasta poder terminar la tesis. El tema surgió de una simple observación: cada vez veía más tatuajes en la población adolescente general y en el consultorio. Los tatuajes ya no parecían una marca exclusiva de algún grupo particular, sino una presencia cada vez más generalizada.

Hasta ese momento se pensaba a los tatuajes, sobre todo, en relación con los déficits en la construcción de la identidad y de la simbolización de eventos traumáticos. A la hora de explicar este fenómeno, se relacionaba el acto de tatuarse como un intento de representar en el cuerpo lo no posible de representar en la psique, disparado por algún duelo no resuelto o por un síntoma con el que el sujeto no podía lidiar de otra forma, dentro de una estructura “patológica”.  Me pregunté, entonces, si podía haber otra lectura sobre el tatuaje en la adolescencia, qué otras maneras habría de conceptualizar al tatuaje en el marco de la cultura del momento. Mi tesis intentaría entonces dar una explicación psicoanalítica a la gran expansión de los tatuajes en los últimos años en la población adolescente. Sin negar que, en algunos casos, podían denotar la presencia de patologías.

Ya tenía el tema, que no es menor. Pero ahí me encontré con la dificultad que es para los psicoanalistas presentar trabajos “científicos” bajo reglas metodológicas muy diferentes de las que usamos a la hora de escribir trabajos dentro de nuestra comunidad teórica. Tenía que buscar cómo plantear y plasmar mis ideas en un formato de tesis de posgrado. Me fue muy difícil y fue un arduo aprendizaje, pero finalmente la idea fue tomando forma de proyecto de tesis. Esto es, había un planteo de problema, diferentes hipótesis que intentaban responder a ese problema, un desarrollo teórico de los conceptos que formaban parte de ese problema y, por último, una investigación presentada con entrevistas a adolescentes[1] para comprobar o rechazar las hipótesis planteadas.

El problema se planteó de la siguiente manera: ¿Cuáles son las características que adopta el fenómeno del tatuaje en la adolescencia normal, dentro de la cultura actual, desde la perspectiva psicoanalítica?  Y las hipótesis explicativas eran:

  • El tatuaje sería un intento de tramitación del proceso adolescente normal y constituiría una de las formas actuales que darían al adolescente la pertenencia a un grupo determinado.
  • Los tatuajes en la adolescencia podrían concebirse como un fenómeno transicional, tal como lo conceptualiza Winnicott, que permitiría atravesar el pasaje de la adolescencia y así elaborar algo del orden de lo psíquico.
  • La condición de permanencia del tatuaje permitiría atravesar este período de grandes cambios psíquicos y corporales que es la adolescencia normal.

Tenía un proyecto de tesis. A partir de allí, había que armarla y escribirla, proceso que también me llevó mucho trabajo y mucho tiempo. Les voy a comentar como quedó, solo brevemente; si les interesa más el tema la pueden buscar en la Biblioteca de la Asociación.

El desarrollo teórico de la tesis concluía comprobando las hipótesis planteadas. La idea principal era que el joven necesita todas las herramientas posibles para transitar el pasaje de la adolescencia: porque es traumática en sí misma, porque implica un trabajo de elaboración, porque es un momento de reestructuración psíquica muy fuerte en el que los duelos y el cuerpo son tan importantes y en el que la figuras paternas decaen. El aparato psíquico no alcanza a elaborar todo esto y la cultura actual no facilita este transbordo, no da instrumentos necesarios.

En ese marco entran además las “marcas” de la época: no hay confrontación con los adultos ni instituciones que funcionen de bases identificatorias; la imagen es lo preponderante y el cuerpo de la juventud lo más valorado; los excesos de la comunicación y el narcisismo extremo dejan un vacío que se intenta llenar con consumismo.

En este momento cultural y vital, el tatuaje como marca en el cuerpo viene a servir de posible herramienta de elaboración. El cuerpo se erige en facilitador de simbolizaciones, vía esta imagen/marca, de estos procesos internos y externos del joven. Sería como un elemento facilitado por la cultura (de la imagen) para poder ser utilizado en pos de esta transición tan difícil. El tatuaje convoca a la mirada del otro que lo reconoce y le devuelve una imagen de sí mismo, una identificación. Los jóvenes ponen el cuerpo para marcarlo con una imagen que simboliza algo y que el otro capta y les devuelve de sí mismos. En un momento de grandes cambios, algo queda plasmado en el cuerpo inalterable, elegido por ellos, controlado, que es externo, pero también interno. Por todo esto podríamos decir que el tatuaje funciona como una transicionalidad que hace de puente “entre” ser niño y adulto; permite dicha transición en la medida en que da la posibilidad de tramitarla, y se representa en esa “zona intermedia”, que no es adentro ni afuera, que sería el lugar que se le da al cuerpo para tatuarse.

Los adolescentes deciden cuándo se lo quieren hacer, en qué parte del cuerpo lo quieren y ponen mucha atención en el contenido del dibujo. Esto daría la pauta de que el tatuaje es tratado como algo externo, como un “objeto”, pero que también tiene mucho de lo interno (al igual que en un objeto transicional). Una vez hecho, lo miran como algo que quedó “ahí afuera”, que se puede mostrar, y a lo que pueden acceder cuando quieran, pero que también pueden ocultar o reservar para ellos mismos. Funciona como un límite al mundo externo y denota autonomía sobre el propio cuerpo y los padres. Es un signo que dice algo de mí, es parte de mi biografía.

La reedición

Haciendo este trabajo de relectura y esta síntesis (muy escueta) de la tesis, me siguieron pasando cosas. Primero: ¡no podía creer haber hecho yo semejante trabajo! Por un lado, por ser un trabajo tan grande, tan exhaustivo. Por otro lado, por ser tan lineal: al releerlo diez años después lo encontré un poco rígido para mi gusto. Al releerla, en parte me reconocía ahí y en parte no, tenía una sensación de extrañeza.

En esos días me encontré con alguien que me dijo: “Vos sos la que se puso a hacer una tesis muy joven, cuando nadie la hacía. Esa sos vos”. Y yo pensé: esa no soy yo; esa era otra persona, diez años más joven, sin hijas, con menos experiencia clínica y menos vivencias… Después hablé con una amiga escritora que tiene varios libros publicados y, al contarle todo esto, me di cuenta de que esta tesis podía ser mi marca. Mi tatuaje. El tatuaje que (me) hice hace diez años, que es una inscripción mía de aquella época, que me representa, que tenía en aquel momento un significado para mí y para los otros, y que me devolvía una imagen de mí misma. Pero es una imagen que hoy cambió. La interpretación que yo le doy es distinta y, probablemente, la de los otros también. Yo soy distinta hoy aunque la inscripción siga siendo la misma. Y esto me abrió una puerta para hablar acá algo de lo nuevo de esta tesis, de lo que cambiaría, de lo que yo leo hoy de esto que inscribí tiempo atrás.

Esto me lleva a pensar algo muy interesante de la teoría psicoanalítica y de la clínica. Es importante darse cuenta de que no sólo los conceptos teóricos nos cambian; la vida misma nos modifica, los momentos vitales por los que estamos pasando cambian nuestra forma de ver el mundo, los pacientes, las patologías, etc. Hay algo que hoy yo no leo igual de este tatuaje mío. Y me pregunto si no pasará lo mismo con los adolescentes, aquellos de mi investigación. Si ese tatuaje que creíamos que tenía la facultad de ser inalterable y perdurable en el tiempo, no lo era solamente en virtud de la imagen que lo componía. El tatuaje no cambia, pero sí puede cambiar su significado subjetivo y, en ese sentido, no es inalterable del todo.

Eso me llevó a pensar que habría que tener en cuenta cómo cambia la interpretación de ese mismo dibujo con el paso de los años, de las experiencias vividas y de otros momentos del sujeto. Entonces, el tatuaje no sería ya el mismo. Seguiría sirviendo como depositario simbólico, pero de otros contenidos y de otros procesos subjetivos internos. Lo que reforzaría, creo yo, su carácter transicional. Pero no fijo, inmutable. Esto es algo nuevo que yo le agregaría a la tesis. Aquello que en aquel momento yo pensaba sincrónicamente, como un ancla en un momento de cambios, ahora, visto a través de un proceso más largo de tiempo, lo pienso de manera más dinámica. Y creo que esto es interesante porque la rehistorización en la vida de un sujeto es constante. Si bien en la adolescencia es una tarea principal y es la primera vez que el sujeto lo vive tan conscientemente, varias veces más vamos haciendo este trabajo de rehistorizarnos y de reubicarnos en quiénes somos, como sujetos, padres, analistas, hijos, etc. Eso es algo que tampoco se me había ocurrido pensar con tanta claridad en aquel momento. En la tesis parecía como que en la adolescencia uno rehistorizaba, definía quién era, y listo: tarea concluida. Hoy creo que no es así, y eso me llevó a cuestionar la linealidad general de la tesis, en la que todo el planteo parece estar hecho de una manera muy estática.

Por otro lado, con el paso del tiempo, también veo que algunos aspectos, como las características de la cultura actual, se han acentuado de tal manera y se han vuelto tan extremas que a lo mejor hoy es más fácil ver todo desde esta perspectiva. Es tanto mayor hoy la preponderancia de la imagen y de la inmediatez y del individualismo que ya ha cambiado la manera en la que se dan los procesos de subjetivacion. Ahora veo al tatuaje como un elemento multideterminado, casi ineludible de la cultura actual para ser utilizado por los adolescentes. Condensa tantas características culturales valoradas y se ha expandido tanto más en la sociedad y en varias edades que ya no es un tema tan particular a tratar. Pero no pierde su especificidad de ícono cultural para plasmar una parte de la identidad que denota pertenencia y autonomía al mismo tiempo. Es un signo individual, pero cultural a la vez. Y en esto, la tesis fue un puntapié revelador. Va a ser interesante también ver cómo sigue transformándose y cambiando de significado para la clínica de aquí en más, ya que va a estar presente casi ineludiblemente. Y ese es un desafío para los analistas de adolescentes.

Volver a hoy

Charlando de esta idea con otra amiga y colega me encontré con un libro (que ella me prestó) de David Le Breton, La edad solitaria, que dice cosas muy parecidas a las que yo decía en la tesis. Le Breton habla de las marcas corporales en la adolescencia como un “acto de pasaje” versus el pasaje al acto. Me pareció muy interesante esta definición en juego de palabras con el concepto contrario que también es muy común en la adolescencia. Dice que pueden funcionar como tal si es que contribuyen a ritualizar ese momento tan esencial de la vida (y queda implícito que tatuarse también puede ser un acting). Resalta que es un signo de autonomía del sujeto y de su cuerpo. También señala que los tatuajes pueden acompañar el tránsito delicado hacia la adultez, aumentando la confianza en sí mismos porque ponen fin simbólicamente a un momento de incertidumbre y generan un sentimiento de control sobre el sí mismo. Y por todo esto los considera un objeto transicional.

Algunas citas:

  • “Las marcas corporales son topes identitarios. Formas de inscribir los límites sobre la piel. (…) Para el joven la búsqueda del sí mismo pasa por la apropiación del cuerpo percibida inicialmente como un otro, un otro distinto de sí mismo, en que el joven apenas se reconoce, pero al cual está adherido”.[2]
  • “Las intervenciones en la piel son intentos de modificar las fronteras entre el adentro y el afuera, un ejercicio de franqueamiento de un paso delicado. (…) Su uso de las marcas corporales es un esfuerzo por domesticar simbólicamente el cambio”.[3]
  • “La marca a veces es vivida como un elemento fundador del sí mismo. Ademas del valor en boga del sentimiento de pertenencia que despierta, el signo procura también el sentimiento de haber roto por fin con la indiferenciación con los padres, y en particular con la madre. La marca es el signo de separación del cuerpo materno para acceder a un cuerpo propio y a una identidad personal. Es la búsqueda de desmaternización del cuerpo”.[4]
  • “En la vida cotidiana, la marca se transforma en un objeto tradicional. (…) El contacto con ese objeto, fuertemente cargado afectivamente, permite tomar distancia o recuperar la seguridad”.[5]

Lo esencial no tiene temporalidad

Me impresionó leer hoy algo tan similar a mis hipótesis de aquel momento y, no sólo porque alimentó mi narcisismo, también porque parece mostrar que lo esencial de la tesis (esa cosa que yo pensaba encontrar obsoleta) no ha cambiado tanto. Eso me llevó a pensar en lo que permanece a pesar del paso del tiempo. En aquello que no cambia por ser primordial, y es a eso mismo a lo que apunta el psicoanálisis. A pesar de estar en tela de juicio en los tiempos que corren, el psicoanálisis sigue apuntando a lo primordial: a los procesos internos que estructuran al sujeto, que son los mismos.

Aunque hay cambios culturales que modifican la subjetividad y las manifestaciones sintomáticas (que se conforman en un ida y vuelta entre ambas), la manera en la que se forma el aparato psíquico y los elementos que se ponen en juego en un adolescente son los mismos. En la clínica seguimos viendo el mismo proceso de crisis y de duelo que implica este período de la vida y la necesidad de simbolización que conlleva, más allá de que sus ropajes puedan ser diferentes. El proceso adolescente sigue necesitando de la confrontación generacional para ser facilitado, sigue teniendo que apropiarse del cuerpo nuevo, sigue necesitando redefinir su identidad (sexual) y su lugar en el mundo. Y tener un espacio analítico al servicio de eso, pensado en términos de transferencia y del inconsciente, tiene aún hoy un valor enorme para acompañar ese proceso. Pensar en el tatuaje como posible herramienta que les sirva a los jóvenes para alivianar ese tránsito, entonces, es casi una responsabilidad de cualquier analista de adolescentes. Entenderlos en sus modos, sus grupos, sus tribus y todo lo que los conforma como tales es poder meterse en su mundo para estar más cerca de ellos y poder ayudarlos mejor.

Eso me llevó a pensar en otra particularidad del tatuaje que hoy en día es cultural, masivo y generalizado y, al mismo tiempo, también muy propio e individual, muy de cada uno. Tatuarse es, en un punto y muchas veces, un acto de pasaje muy solitario. Comparado con los ritos de iniciación que se hacían antiguamente para que un joven accediera a la adultez, en los que participaba toda la tribu, o con la crianza de los niños y jovenes que se hacía en red, me llama la atención lo solos que estamos ahora. Millones de adolescentes haciendo lo mismo, pero cada uno solo. Inmersos en la era de las comunicaciones y las no distancias de Internet, paradójicamente nuestros adolescentes deben arreglárselas muy solos para atravesar este período. Para ello cuentan con elementos muy individuales como el tatuaje.

En ese sentido creo que el psicoanálisis también sale en nuestra ayuda y es la herramienta especial para esto porque trata justamente de la singularidad. Lo esencial del psicoanálisis es escuchar a cada sujeto en particular, en su propia subjetividad. Y de ahí que le sea difícil, como decía al principio, hacer generalizaciones teóricas o investigaciones de este tipo, aunque obviamente ello no implique que no sean útiles o necesarias. Los tatuajes en la adolescencia siguen siendo posibles herramientas de elaboración, pero sabemos que nuestro deber último como psicoanalistas es escuchar a cada adolescente en particular y ver qué tiene para decir ese tatuaje suyo, propio e individual sobre esa persona única e irrepetible y esa historia que  se construye y reconstruye permanentemente.

 

Notas al pie

[1] Se trataba de jóvenes transitando un proceso adolescente “normal”, sin patología grave diagnosticada, y que tuvieran un solo tatuaje en el cuerpo.

[2] Le Breton, D. (2012). La edad solitaria (p. 90), Santiago de Chile: LOM.

[3] Op. cit., pág. 92.

[4] Op. cit., Pág, 96.

[5] Op. cit., Pág 99.

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Jimena Arrebillaga

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