NÚMERO 10 | Marzo, 2014

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Ayer y Hoy

Arte y locura | José Eduardo Fischbein

Hace más de cien años apareció en escena el psicoanálisis como un tratamiento para el sufrimiento ocasionado por la enfermedad mental. Este instrumento rápidamente se utilizó más allá de la patología, para la indagación de la actividad humana; especialmente en el campo de las producciones culturales.

Cuando enfrentamos la posibilidad de hablar desde el psicoanálisis sobre “arte y locura”, lo primero que debemos aclarar es el sentido que le daremos a “locura”. Dejaremos de lado a la psicosis, para entrar en una significación más coloquial del término. Le haremos perder la significación precisa de la psiquiatría para ganar amplitud, nos referiremos a la “locura” como aquellos estados de exaltación del ánimo producidos por algún incentivo y los estados afectivos que la acompañan, cuyo resultado puede ser la creación. Pensaremos a la “locura” como acciones inconsideradas, desacertadas desde la lógica vigente en un momento determinado. Lógica que siempre impone estereotipos y repeticiones que tranquilizan, mientras que la “locura” del creador impone cambios, rompe con lo establecido e intranquiliza.

Esta “locura” se apodera durante un tiempo del creador y le hace hablar o actuar en forma distinta de la usual. La “locura”, esta forma extraordinaria que se plasma en alguna creación fue siempre tomada como una posesión divina. Posesión entendida en un doble sentido: el de poseer un don extraordinario o el de ser poseído por algún Dios o Demonio gestador de lo nuevo. ¿Es que sólo es posible crear en ese estado particular entre el furor y el delirio? ¿Sólo en ese estado compatible con el éxtasis místico? Estado pasional en el que algo extraño, sentido como si viniese “de afuera” se impone y toma posesión de lo que hay más adentro, en el alma del creador; llevándolo como por un impulso hacia la belleza, hacia algo valorizado como superior. Esta “locura” lo levanta, lo eleva por encima de lo normal, por encima de lo cotidiano. Es en este sentido que la “locura”, ya sea divina o demoníaca, se diferencia de la enfermedad del alma. De esta “buena locura” hablamos, al ocuparnos del arte y de la creación.

Quien no puede tomar las cosas con “locura”, no sabe vivir; y las artes han surgido sólo por la “locura” de los hombres de desear su trascendencia e inmortalidad. Sólo en este furor, en este frenesí, en esta exaltación e inspiración, se puede cultivar algo de lo nuevo que caracteriza a la creación. Podemos asegurar que todo genio tiene algo de “locura”, pero también afirmamos que no todos los locos son genios. Es allí donde nos preguntamos si es sólo una cuestión de cantidad lo que separa al genio del loco.

En su rastreo de los significados inconscientes, la teoría psicoanalítica relacionó la obra con la biografía del creador y preguntó por qué éste encuentra esa forma de expresión. Es un trabajo semejante al realizado con el síntoma y el sueño. Como en ellos, toda obra contiene algo que podemos develar.

Una propuesta actual dentro del campo psicoanalítico es no considerar la obra de arte sólo desde el modelo de la psicopatología, como exponente de una conflictiva patológica de su creador. Ésta no es ni la expresión lineal de la biografía de su creador, ni responde a una acción directa de la realidad objetiva del contexto donde se gestó, sino que nace del intercambio intersubjetivo, de la relación existente entre el autor y su contexto, contexto que contribuye al proceso creativo con la resignificación ulterior del objeto creado.

El arte es siempre intersubjetivo en el sentido de que su manifestación contemplaría no sólo al creador, sino también a quien está dirigida su producción. El fenómeno estético, al igual que la palabra, no puede sino capturarse desde el otro, quien ubica al objeto creado como a un texto en un contexto, es decir, en el devenir sociocultural del cual ese fenómeno emerge y en el que se inserta.

Aquí podemos seguir dos líneas interpretativas. La primera se refiere a cómo se creó y qué expresa. La segunda línea remite a cómo se comprende en relación con sí misma y los otros, es decir: la obra como objeto de conocimiento, ¿qué cambios o qué agregados aporta al campo artístico? ¿Cuál es su diferencia respecto de un objeto común? Esta segunda línea nos permite, además, estudiar si esa obra produce o no una transformación en el ámbito de la cultura.

La obra trasciende cuando quiebra convencionalismos, cuando rompe con las costumbres y las formas estereotipadas, imponiendo así cambios culturales. El objeto artístico engendrará una imagen; ésta se opondrá a conceptos ya establecidos y, en ese momento, se dará un diálogo transformador entre lo nuevo creado y lo ya existente sobre lo que se basa; lo que ya existe es una condición, ya sea para adherir o para oponerse a ello.

La obra de arte necesita tanto de su creador como además del discurso cultural que permita la emergencia de su sentido y la expresión de su propia voz. Ella se completa al ser ubicada en un contexto, allí adquiere identidad y genera su propio sentido, su propio tiempo. Gracias a la lectura que hacen los otros, el objeto artístico entra a formar parte de un texto, un patrimonio del mundo exterior al que sus representaciones pertenecen.

Cuando el artista crea, no es consciente de lo que quiere decir su obra. Ésta cumple una función catalizadora y hace decir al otro, al espectador u oyente. El autor desaparece tras la obra. El espectador adviene también origen y autor, en tanto receptor y codificador, otorgándole a la obra un significado que la transforma en un objeto estéticamente válido. A diferencia de lo que ocurre con el síntoma, la obra de arte es irreductible al sujeto que la ha creado. Desde su inicio adquiere autonomía respecto de él. Sus destinos se separan. La obra cobra vida propia y atraviesa las fronteras del autor. La cultura otorga a la obra de arte una dimensión temporal distinta. La separa de la finitud del artista, humano mortal, a quien su obra lo trasciende. La vida y la temporalidad del artista no están dadas por la persona, sino por la obra. Y ésta, con su mayor temporalidad, cuasi eterna, transformará secundariamente la imagen de su creador en inmortal.

La obra de arte no deja de producir nuevos sentidos en el devenir del tiempo, y esto es lo que sustenta su vigencia. Nunca está terminada, sino que quien la recibe es el que intentará completarla a través de nuevos sentidos. Una vez creada, se recreará en cada nueva lectura, en cada nueva interpretación. Así es como deviene independiente de su autor y adquiere vida propia, constituyéndose en un fermento que posibilita cambios culturales. No son las personas sino sus creaciones las que cambian nuestro universo, ya que éstas pertenecen al patrimonio compartido.

Desde esta dimensión intersubjetiva, los artistas no serán tomados como enfermos a los que se debe curar, sino como sanadores, especie de médicos chamanes cuya obra rompe la inercia petrificada de los sistemas establecidos, dislocando un orden que ha sido cristalizado y que tiene un peso dominante. Los artistas abren un nuevo camino, establecen un nuevo lenguaje que recobra el genuino pensar del sueño, cortando con el efecto devastador de las repeticiones y del control de lo establecido.

También podemos tomar al artista como una especie de héroe visionario, conquistador de nuevos terrenos que entrega para que sean habitados por los sueños de la gente. Libra una lucha mortal contra la rigidez de los procesos repetitivos y de imitación. Su potencial creador rompe las murallas de la copia otorgándole nueva vida simbólica a un producto que intenta dar expresión a las necesidades de las conflictivas de su época. Su producción está dirigida a contener angustias, superar crisis y mostrar las paradojas del sujeto y de su tiempo.

Por último quisiera hablarles del universo del artista en el cual el creador se exilia. Los creadores viven en un exilio simbólico que tiene dos fuentes: por un lado, la necesidad de escapar de la tensión impuesta por sus propios conflictos, y por el otro, la necesidad de hacer algo para disminuir dicha tensión. Es un camino que el creador recorre a partir de la ilusión de encontrar un equilibrio. En este camino abandona lo conocido con la expectativa de solucionar su malestar. Parte hacia lo desconocido con la ayuda de su imaginación en el intento de descubrir un lugar propicio para refugiarse en él, compartiéndolo con quienes abonarán su trascendencia. El artista pasa por dos momentos: uno íntimo y otro compartido. El primero es el de la gestación de la obra, momento que va desde la frustración, ya que se crea sobre un objeto perdido, hasta el placer frente a lo creado, que restituye lo que se perdió. El segundo momento es el de la entrega de la obra al otro, al espectador o al oyente. Esto dará trascendencia al artista.

Este exilio es iniciado por la huida frente a la percepción de una situación frustrante y expresa el deseo no sólo de abrir un espacio creador en el cual encontrar lo inhallable, aquello que eluda el sufrimiento humano, compartiéndolo con los otros destinatarios de su obra. En este exilio simbólico, lugar de la creación, se da en el artista movimientos de tolerancia a la desorganización, al desorden, a la incertidumbre, al desconocimiento, a la ambivalencia y la confusión, estos estados de “locura” se acompañan por un dialogo con las voces de sus Dioses o Demonios internos que sirven de constante interlocución. Este diálogo lo lleva a poder transitar sus emociones sin eludirlas, modificando la realidad cotidiana a través de la producción de otra realidad representada por su creación.

Acerca del autor

José Eduardo Fischbein

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