NÚMERO 10 | Marzo, 2014

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Miércoles Científicos

Del sufrimiento que el psicoanálisis alivia y las satisfacciones que posibilita | Julio Nejamkis

Trabajo presentado en la Mesa: "Del sufrimiento que el psicoanálisis alivia y las satisfacciones que posibilita (parte 1)" perteneciente al Ciclo Científico 2012/2013: “Sufrimiento y satisfacción en la cultura actual. Una cuestión para el psicoanálisis”, septiembre 2013.

Después de haber escuchado varias ponencias sobre el tema trataré de tomar este tema desde otra perspectiva, que no invalidan las descripciones anteriores, sólo agregarán un vértice distinto.

Me referiré a lo que Chasseguet-Smirgel llamó “enfermedad de idealidad”. La evolución humana en su conjunto brota de “la nostalgia de un paraíso perdido”; todos nosotros “estamos siempre en busca del tiempo perdido”.

Freud nos enseñó que la frustración es el motor para el desarrollo psicológico, la añoranza de recuperar la experiencia de unicidad y omnipotencia primordiales por vía del Ideal del Yo, la idea es que ese camino se acorte y el sufrimiento consiguiente se atenúe; la maduración y el desarrollo traen como consecuencia el dolor del crecimiento. No se logra por la desmentida de la separación y la búsqueda de un ideal erótico, estético o religioso, con su consecuencia el autosacrificio.

Aceptar los límites es una tarea de toda la vida y estudiar el Ideal del Yo nos permitirá entender por qué es tan difícil tolerar las limitaciones de la vida; sabemos que el Ideal del Yo es heredero del narcisismo y fue descripto por Freud antes que el Superyó.

En el “Malestar en la cultura” Freud nos dice que si el hombre se afana sin descanso en la búsqueda de su perfección perdida, jamás podrá alcanzarla verdaderamente. Al parecer esa búsqueda es la base de los logros más sublimes, pero también de los errores más nefastos del espíritu humano. Como dice la autora: “el deseo de colmar la falla entre el yo tal como es y tal como quisiera ser (lo que se refiere siempre, en último análisis, al momento en que “él fue su propio ideal”).

La fantasía incestuosa que debe ser diferenciada de la pulsión sexual, se relaciona con el ideal del yo, pero aclarando que me refiero al Edipo paradojal que es aquel que pone al individuo en una situación sin salida; este Edipo está sumergido en el narcisismo y por lo tanto es fundante del ideal del yo.

Al concepto freudiano de Hilflosigkeit o sea la impotencia primaria del niño para valerse de sí mismo y sus consecuencias, sigue la necesidad de hacer del “Edipo temprano o paradojal” no sólo el núcleo de las neurosis sino de la vida mental del ser humano en general.

La idea del narcisismo y la omnipotencia perdida da lugar al reconocimiento del otro como distinto de “sí mismo”, por lo tanto, va de suyo que la aceptación de la dependencia es una condición necesaria para el desarrollo del Yo, cuando en su lugar aparece la sumisión o sometimiento surge el penar y la insatisfacción.

La autora antes señalada dice que: “La roca de la realidad no consiste sólo en la diferencia de sexos sino en lo que es absolutamente correlativo, como la otra cara de una misma moneda: la diferencia de las generaciones”. Cuando en 1914 Freud introduce el ideal del yo en la teoría psicoanalítica destacará el hecho de que la idealización concierne al “objeto”, y la sublimación a la pulsión. Cuando falla esta idealización el individuo entra en depresión y si el ideal a alcanzar es muy grande sucumbe a la melancolía. La originalidad del concepto de ideal del yo consiste en realidad en ser un concepto bisagra entre el narcisismo absoluto y la objetalidad, entre el principio del placer y el principio de realidad, para Freud el ideal del yo es un “grado en el desarrollo del Yo”.

El ideal del yo implica la idea de “proyecto” como dirían Fain y Marty de “esperanza”, y este concepto deriva de la idea de la capacidad de espera, y cuando no se puede dar un espacio y un tiempo, como diría Lucas Prodan: “No sé lo que quiero pero lo quiero ya”, da lugar a un grado insatisfacción desoladora.

No hay que confundir poner límites con frustración extrema, como dice la autora: “La ausencia en el alba de la vida de satisfacciones narcisistas puede conducir a una genitalización prematura de las pulsiones, así el narcisismo queda escindido de la corriente pulsional y pasa a investir un Ideal del Yo desmesurado.”

Más adelante nos dice la autora que: “Las perturbaciones de la evolución hacen correr al sujeto el riesgo de abandonar esos rodeos para alcanzar la satisfacción siempre esperada, a favor de una vía más corta, por regresión, proceso que podemos considerar como ligado a la acción de la pulsión de muerte” o como yo lo considero de autodestrucción.

En 1932 en “Nuevas conferencias” Freud dice: “En lo que atañe a la conciencia moral, Dios ha realizado un trabajo desigual y negligente, pues una mayoría de los seres humanos no la han recibido sino en escasa medida, o no lo suficiente para que valga la pena hablar de ella”. Cuentan que Alexander dijo que el superyó es soluble al alcohol, pero esa disolución es la elación narcisista, el reencuentro del Yo y el ideal. La autora nos agrega que: “los fenómenos colectivos parecen particularmente aptos para provocar la desaparición del Superyó”.

Con respecto a la felicidad uno de los elementos fundamentales es el acto creador que,  siguiendo el punto de vista que he detallado, está determinado por el deseo narcisista de recuperar la completud perdida y, por lo tanto, un reencuentro entre el Yo y el ideal. Para que esto suceda es necesario que el niño logre en la identificación con su madre proyectar en ella ese ideal perdido y, al mismo tiempo, poder con el tiempo y la paciencia de ésta separarse para lograr ideales propios.

Dos son los síntomas clásicos de la infelicidad: por un lado la culpa cuyo origen es la transgresión a los límites establecidos por el superyó y, por otro lado, la vergüenza que aparece cuando no se alcanzan las metas exigidas por el ideal del yo. Como dice Freud: “El adulto se avergüenza de sus fantasías y se esconde de los otros, los cría como a sus intimidades más personales, por lo común preferiría confesar sus faltas a confesar sus fantasías”.

Con respecto al exhibicionismo nos dice la autora: “Mostrarse, ver la reacción del otro, adquirir así un sentimiento de existir, secuencia que caracteriza al exhibicionismo, muestran la dificultad experimentada en ser observador de sí mismo, en poder asegurar la regulación de su autoestima”.

Edith Jacobson dice que: “El ideal del yo primitivo se liga con el deseo de ser uno con el objeto de amor. Aún nuestro combate incesante por la unidad entre el yo y el ideal del yo refleja la eterna persistencia de ese deseo”.

Herbert Rosenfeld ha considerado: “El ideal del yo en la perspectiva de 1914, y llevándola hasta sus últimas consecuencias, como una operación de rescate del narcisismo que el sujeto efectúa por su propia cuenta, en virtud de su nostalgia de la época en que era para sí su propio ideal”.

Por otro lado Freud en “Nuevas conferencias” nos dice que: “El superyó del niño no se edifica según el modelo de sus progenitores, sino según el superyó de ellos; se llena con el mismo contenido, deviene portador de la tradición de todas las valoraciones perdurables que se han reproducido por ese camino a lo largo de las generaciones”.

Por último, como podemos enfrentarnos con el sufrimiento de nuestra pérdida del paraíso: por un lado, creando obras que constituyan dobles de nuestro Yo, por otro, podemos proyectar nuestro Yo psíquico en nuestro Yo corporal y gozar de él; por último, aceptando la mirada de los otros que es nuestro espejo y elaborando nuestra desilusión.

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Julio Nejamkis

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