NÚMERO 10 | Marzo, 2014

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Miércoles Científicos

Del sufrimiento que el psicoanálisis alivia y las satisfacciones que posibilita | Mabel Fuentes

Trabajo presentado en la Mesa: "Del sufrimiento que el psicoanálisis alivia y las satisfacciones que posibilita (parte 3)" perteneciente al Ciclo Científico 2012/2013: “Sufrimiento y satisfacción en la cultura actual. Una cuestión para el psicoanálisis”, noviembre 2013.

Si el psicoanálisis existe no es sólo gracias a Freud, sino también a las primeras histéricas que lo interpelaron con su sufrimiento. Así nació tanto un método de investigación, como un tratamiento de las neurosis, haciendo de la sanción terapéutica el indicador de la corrección o equivocación en las hipótesis formuladas por el analista.

Al mismo tiempo Freud deja bien claro que su invención no pretende eliminar de la vida humana todo sufrimiento, ni mucho menos conseguir la felicidad.

Desde el principio habla de transformar la “miseria neurótica” en el “infortunio corriente”.

En “El malestar en la cultura” deja bien claro que la felicidad es una utopía, algo que todos buscamos pero que sólo es dada al hombre de modo episódico.

Y que nuestros variados intentos por eludir el sufrimiento que nos es inherente por nuestra condición humana están de antemano destinados al fracaso.

Dice Freud: “El sufrimiento nos amenaza por tres lados: desde el propio cuerpo que, condenado a la decadencia y a la aniquilación ni siquiera puede prescindir de los signos de alarma que representan el dolor y la angustia; del mundo exterior, capaz de encarnizarse en nosotros con fuerzas destructoras omnipotentes e implacables; por fin, de las relaciones con otros seres humanos.”. Frente a la magnitud de estos poderes, “no nos asombra que el ser humano ya se estime feliz por el mero hecho de haber escapado a la desgracia, o de haber sobrevivido al sufrimiento (…) y que en general, la finalidad de evitar el sufrimiento relegue a segundo plano la de lograr el placer.” (Freud, 1929, pg.3025 BN).

Esos son los dos costados que integran la aspiración humana a la felicidad, por un lado evitar el dolor y el displacer, por otro vivenciar intensos sentimientos placenteros.

Ese programa, que fija una finalidad a la vida, no es otro que el del principio de placer, ese programa es irrealizable, está en pugna con el mundo entero.

Esto que anunciaba Freud hace más de ochenta años, es una noticia que en esta época la humanidad se resiste a aceptar por todos los medios.

Queriendo tomar al toro por las astas, los progresos tecnológicos solucionan problemas a la misma velocidad que crean otros nuevos. La era industrial se encargó de facilitarnos montones de tareas, con el módico costo de estropear el planeta. La necedad de algunos corre pareja con el consentimiento distraído de otros, y morimos por las “enfermedades de la civilización”. No deja de sorprenderme cuando voy a buscar a mi nieto a la escuela, los carteles pegados en su puerta: “Jugate por el movimiento”, “Moverte te hace bien”…

¿Qué puede haber pasado para que haya que recomendarle a un chico que se mueva? Es que el placer de moverse fue reemplazado por la adicción a la Xbox y otros “jueguitos” donde “el jugar” justamente está ausente.

De todos los métodos enumerados por Freud para preservarse del sufrimiento, en los últimos años creció en proporciones preocupantes el uso de los “quitapenas”: sustancias químicas que o bien producen sensaciones placenteras, o bien nos impiden percibir estímulos desagradables. Así, un número creciente de personas de cualquier edad, buscan apartarse del peso de la realidad.

Todos los medios que Freud describe para eludir el sufrimiento tienen consecuencias, y en última instancia fracasan.

Si bien algunos parecen más recomendables que otros… Así, tenemos un listado: la técnica dirigida por la ciencia, las drogas y sustancias embriagadoras, dejarse llevar por la seducción de lo prohibido, el refugio en las fantasías, la locura, el aislamiento social, los delirios colectivos, la fuga en la neurosis ; suenan más peligrosos que el amor, el sexo, el trabajo (oficios manuales), el yoga, el goce de la obra de arte y de la belleza, la sublimación cuyo paradigma es la satisfacción que el artista experimenta en la creación o el investigador en el descubrimiento de la verdad.

Antes de zambullirnos en la noción de satisfacción recién mencionada, me parece importante que nos interroguemos acerca de si debiéramos o no, agregar el psicoanálisis a la lista, y en qué sentido.

En cuanto al sufrimiento que viene desde el propio cuerpo o desde el mundo exterior, pareciera que el psicoanálisis no fue diseñado para operar sobre él, y sin embargo, en distintos ámbitos, sea en la interconsulta médica, sea en situaciones de catástrofe natural o crisis económica, el psicoanalista tiene algo para aportar. No es en esos momentos donde la escucha atenta del inconsciente rendirá sus frutos, no obstante el trabajo de aceptar la parte de la realidad que ha sido herida por lo real traumático, de tejer una nueva trama psíquica a partir de lo imaginario y lo simbólico, se ve favorecido por la intervención del psicoanalista.

Lo propio del psicoanálisis es el trabajo con lo que falta. La esencia de su operación es ubicar lo real como causa de deseo. Si por ejemplo, se desmiente una pérdida de algo o alguien significativo para el sujeto, no es posible hacer el duelo, y por consiguiente no se puede sustituir y destinar esas investiduras a otro objeto de amor u otra actividad. También ocurre en los casos en los que alguien ha perdido cierta posición en el mundo que le daba sentido a su vida y tiene que construir otra escena desde donde ubicarse. Por ejemplo, una paciente había sido millonaria años atrás, y en el momento de su análisis tenía simplemente un buen trabajo, ella no podía aceptar ese cambio, no disfrutaba de nada de lo que conseguía. En su fantasma el único yo (moi) posible para ella era millonaria. Fuera de esa situación, como una más de clase media concebía su vida solamente como “supervivencia”.

“¿Qué imagen le doy a mi hija?” decía. “Una fracasada” Su imagen yoica anterior le hacía obstáculo a forjar algún deseo.

Nos acercamos así a la tercera fuente de sufrimiento mencionada por Freud: aquel que proviene de la relación con los otros. En este terreno nos queda claro desde un principio que es una cuestión de la que el psicoanálisis se ocupa. Sea de los otros actuales o históricos, de los que están en el entorno o en la fantasía del paciente, ese modo de relacionarse con ellos es motivo tanto de sufrimiento como de satisfacción.

¿Pero, es que sufrimiento y satisfacción se encuentran en polos opuestos?

Nos dice Lacan: “Es evidente que la gente con que tratamos, los pacientes, no están satisfechos, como se dice, con lo que son. Y no obstante, sabemos que todo lo que ellos son, lo que viven, aun sus síntomas, tiene que ver con la satisfacción. Satisfacen a algo que sin duda va en contra de lo que podría satisfacerlos, lo satisfacen en el sentido de que cumplen con lo que ese algo exige.” (Lacan, 1964, pg. 173).

Se trata, dice luego, de algo que satisfacen por la vía del displacer. “Para una satisfacción de esta índole, penan demasiado. Hasta cierto punto este penar de más es la única justificación de nuestra intervención.” “Sabemos que las formas de acomodo entre lo que anda mal y lo que anda bien constituyen una serie continua. En el análisis tenemos ante nosotros un sistema donde todo se acomoda y que alcanza su propio tipo de satisfacción. Los analistas nos metemos en el asunto en la medida en que creemos que hay otras vías, más cortas, por ejemplo (…) el estado de satisfacción se ha de rectificar a nivel de la pulsión.” (Lacan 1964, pg. 174).

Sabemos desde Freud que la satisfacción es la meta de la pulsión. Esa satisfacción no podría ser completa más que en el límite con la muerte. En su trayecto la pulsión empuja hacia el imposible goce del Otro. Atraviesa así tanto zonas de placer como de displacer.

Para quienes no están tan familiarizados con la enseñanza de Lacan, diremos que el concepto de pulsión reúne la aspiración sexual sin dejar de buscar como Befriedigung, como apaciguamiento, la muerte, fin de todas las tensiones.

Por ello la búsqueda de placer inherente a las pulsiones parciales excede siempre el placer obtenido y pide más. En esa apetencia de estímulos y excitación se desobedece el principio de placer, Lacan afirma que las pulsiones siempre fuerzan ese principio arrastrando al sujeto más allá.

En ese más allá del principio de placer, la vivencia es de displacer o aún de dolor, es decir, hay un sufrimiento. Ese displacer propio de haber avanzado demasiado en la satisfacción de la pulsión en su camino hacia la muerte lo denomina Lacan, goce del Otro.

Transcribo dos citas —de las numerosas que hay— como para avalar esto:

1) “…el goce: lo entiendo como desde hace mucho lo introduje y precisamente en mi seminario sobe la ética. En efecto, es exigible que el término goce sea proferido y propiamente como distinto del placer, como constituyendo un más allá de él.” (Lacan, 1967, clase 31-5-67)

2) Por eso es necesario hacer intervenir ese lugar que llamé el lugar del Otro, en todo lo concerniente al sujeto. (…) Es en ese campo donde se hace la junción con lo que llamé el polo del goce. Pues se valoriza en él lo que introdujo Freud a propósito del principio de placer y que no había nunca sido advertido, a saber, que el placer es una barrera al goce, en lo cual Freud retoma las condiciones a partir de las cuales las viejas escuelas de pensamiento habían hecho su ley. ¿Qué se nos dice del placer? Que es la menor excitación, lo que hace desaparecer la tensión, la tempera más, por lo tanto aquello que nos detiene necesariamente en un punto de alejamiento, de distancia muy respetuosa del goce. Pues lo que yo llamo goce en el sentido en que el cuerpo se experimenta, es siempre del orden de la tensión, del forzamiento, del gasto, incluso de la hazaña. Incontestablemente, hay goce en el nivel donde comienza a aparecer el dolor (…) ¿Qué es el deseo? El deseo es de algún modo el punto de compromiso, la escala de la dimensión del goce, en la medida en que en cierto modo permite llevar más lejos el nivel de la barrera del placer. Pero éste es un punto fantasmático, quiero decir donde interviene el registro imaginario, que hace que el deseo esté suspendido a algo cuya naturaleza no exige verdaderamente su realización.” (Lacan, 1966).

Desde Lacan, entonces, el principio de placer es aquello que protege del goce, en tanto el goce, como concepto, está en el polo opuesto al placer.

Esta noción de goce, está justamente enlazada al sufrimiento, sufrimiento que el psicoanálisis puede aliviar (título de la Mesa).

Al tiempo que la cura analítica opera una mengua de goce, apela a otro tipo de satisfacciones —esas que se mantienen dentro del principio de placer—. Para ello es necesario que el sujeto pueda poner un freno a la pulsión, allí donde la satisfacción empieza a virar desde el placer hacia el displacer.

El analista, estaría digamos, como juez de línea, dando el aviso: ¿se acuerda que cuando avanza por aquí después termina pasándola tan mal?

Quisiera señalar el carácter de urgencia que reviste el impulso pulsional, escribí mi Tesis de Maestría tomando como modelo de desarrollo pulsional hacia el goce, el placer preliminar al orgasmo.

Este recordatorio, para las evocaciones de quienes gusten, intenta hacerles presente lo bienvenida que puede llegar a ser una interrupción para aquellos que se encuentran entregados a un curso de excitación sexual. Sólo que en el caso del goce al final del camino no nos espera un orgasmo sino el dolor, dolor al que el paciente nos ha convocado para ponerle un límite.

Para resumir, el cambio de vía en la satisfacción que podemos esperar de un análisis, haré un brevísimo resumen de un caso que ya presenté en alguno de los Encuentros de esta Asociación.

Se trataba de una paciente cuyo fantasma podría formularse como “Yo soy la que va hacia la muerte para que los demás vivan y disfruten”. Con ese axioma, había organizado su vida en los excesos: de comida, de trabajo, de cigarrillo, de café. No había modo de controlar su obesidad creciente. La voracidad de la pulsión se mostraba en ella con toda su crueldad. A medida que su análisis progresó, sintió deseos de vivir, entre otras cosas inició una dieta con la que bajó decenas de kilos. Privación de satisfacción —para el Ello y para el Superyó— rectificación de la pulsión, en la medida en que pudo empezar a sustituir alrededor del objeto oral. Hizo un curso de cocina, empezó a cocinar exquisiteces para los suyos y a probarlas en pequeña cantidad, armó una huerta en su jardín, disfrutando como un juego el ver crecer sus futuros alimentos. Modesta sublimación que le permitió volver a ingresar a la zona de placer el objeto que la estaba matando. De eso se trata…

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Mabel Fuentes

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Comentarios

  1. Hola que tal soy Gabriel, investigo sobre el placer y el sufrimiento de la trabajadora sexual. solo encuentro sufrimiento y ausencia de placer, como explicarías el paso del placer al sufrimiento de estas mujeres

  2. Hola Gabriel:
    Resulta difícil hablar de estas cuestiones en «la trabajadora sexual», como lo sería hablar «del alcohólico» o «del obeso». El psicoanálisis puede llegar a conclusiones caso por caso, cada caso es único.
    Cada una de estas mujeres tendrán su propia manera de sufrir, ligada no sólo a la actividad que ejercen, sino a sus nexos con quienes son importantes para ellas. Para saber por dónde pasa su sexualidad y su satisfacción pulsional, habría que conocer su fantasma. Imagino que para varias de ellas podría ser un fantasma masoquista. Por ese lado habría que pensar el tipo de satisfacción (displacentera), que obtengan por la posición de objeto en la que se colocan. Ser un objeto para el otro, que sólo cuente el deseo del Otro y no el propio. También está la cuestión del narcisismo y la autoestima. Puede haber sufrimiento proveniente de una imagen yoica poco apreciada. Pero decir ésto implica una gran simplificación y generalización. Me interesaría saber dónde registras en tu investigación la cuestión del placer en estos casos. Mabel Fuentes

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