NÚMERO 12 | Marzo, 2015

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Humor, juego y creatividad | Daniel Delguy

El Doctor Daniel Delguy es docente titular de la Asociación. Participa del Colectivo teatral, grupo de teatro la Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados (AEAPG) en el que participa como actor. En esta nota nos cuenta como relaciona el humor con la tarea del psicoanalista.

El humor, el juego, y la creatividad son potencialidades ínsitas de los seres humanos cuyas manifestaciones, por presencia o ausencia, denuncian una orientación en relación a la salud o enfermedad. Así podemos compartir axiomas populares: «la risa es salud», «un niño que no juega está enfermo» y otros tantos similares.

La existencia de vidas aburridas y repetitivas, en contraste con otras más gratificantes y creativas, nos interpelan acerca del vivir como creación, y del humor y el juego como aliados de esa posibilidad. Desde el psicoanálisis clásico es sabido que los mecanismos de defensa que utiliza el yo frente a la angustia, cuando quedan rígidamente establecidos, limitan excesivamente y hasta imposibilitan la permeabilidad para concientizar contenidos ideativos, y/o liberar los afectos concomitantes. Interfieren fuertemente la conexión entre instancias y con la realidad.
La experiencia clínica y la vida cotidiana nos revelan que personas con fuertes rasgos melancólicos, muy paranoides o con caracteropatías obsesivas, muestran dificultades para reaccionar con hilaridad ante un chiste, o son tan literales que tienen que explicar una ocurrencia graciosa, o se irritan por la frustración de no poder coparticipar ante el efecto cómico.

Relacionar el humor, el juego y la creatividad desde la perspectiva psicoanalítica es una tarea harto ambiciosa. Mi pretensión es recordar e intentar precisar algunos aportes conceptuales y que estos operen como disparadores de interrogantes que ayuden a ampliar el conocimiento de los mismos.

El Humor

Freud consideraba al humor «un don precioso y raro del que no todos los hombres son capaces».

Se lo ubica en los dominios pertenecientes a la afectividad. Es sinónimo de ánimo y talante. Presenta oscilaciones relacionadas con estados de gratificación y plenitud en los que interviene la posibilidad de sentirse aceptado y amado por uno mismo y por los otros. Las condiciones opuestas son contribuyentes del «mal humor». De su significado original: húmedo, derivado de la teoría de los humores, la palabra humor fue connotando buen humor. Luego derivó en «sentido del humor» que referencia un aspecto o condición estable de alguien, acompañado de cierta conciencia del mismo. Es comparable con el «sentido del honor» o el «sentido de la responsabilidad».

Freud tenía sentido del humor, utilizaba chistes y ocurrencias graciosas en su vida cotidiana y en el tratamiento de sus pacientes. En una carta a Fliees en 1897, muestra su interés por el tema. En 1899 lee Lo cómico y el humor, libro de Theodor Lipps, que lo motiva a investigar psicoanalíticamente. En «El chiste y su relación con el inconciente» y a la luz de la primera tópica, se ocupó de las diferencias y similitudes entre lo cómico, el humor y el chiste. Lo cómico es el producto de una escena con un protagonista y un observador: alguien que pisa un patín y cae. Esto provoca hilaridad en quien lo observa pero es penoso para el protagonista, este afecto a veces interfiere el efecto gracioso.

El chiste, al igual que el sueño, utiliza la condensación y el desplazamiento. Ambos son una realización de deseo. La mayor diferencia es que el sueño es un producto asocial y se expresa en imágenes, en cambio, el chiste, como el chisme, necesita un partenaire y logra placer utilizando las palabras. Se vale del lenguaje transitando el sendero de los significantes y utilizando una modalidad recursiva (oxímoron).

El chiste, como el síntoma, es una formación de compromiso, pero, en el primero, el retorno de lo reprimido es placentero y no angustioso. Presenta un doble rostro, se presta a dos concepciones diversas: una, la del texto, impacta como un disparate. A la otra, siguiendo los caminos del inconciente, se le halla un notable sentido.

En cuanto al humor, Freud dice que es un recurso para ganar placer a pesar de los afectos penosos que lo estorban, se introduce en el lugar del afecto penoso y lo reemplaza. Cumple la misión definitiva de prevenir la génesis de displacer.

El placer del humor surge de un afecto ahorrado (hipótesis económica).
Para Freud, el humor es la más elevada operación defensiva.
Desde el punto de vista tópico, el humor está más cerca de lo cómico que del chiste. Lo cómico y el humor tienen su ubicación precisa en el Preconciente. El chiste es una formación de compromiso entre Conciente y Preconciente–inconciente.

En 1927, en «El humor», Freud amplía lo anteriormente reseñado en relación con la teoría estructural.

Dice que el humor, además del afecto liberador, como el chiste y lo cómico, tiene algo de grandioso y patético. Lo primero se debe al triunfo del narcisismo y del principio del placer. Es la invulnerabilidad del yo triunfalmente aseverada. El yo rehúsa dejarse constreñir por el sufrimiento, es indoblegable por el mundo real, sustenta triunfalmente el principio del placer, pero sin resignar (como sería en la manía) la salud anímica y el reconocimiento de la realidad. El superyó en el humor funciona de una manera protectora con el yo amedrentado. El humor es un mecanismo de defensa diferente de la represión porque, a través de él, no se niegan las representaciones dolorosas.

La expresión del humor es la sonrisa surgida de estados placenteros acompañados de cierta autobservación de un intento de autoconsolarse sin negación maníaca ni exigir perentoriamente la presencia del otro. Es una actitud benevolente de aceptación y reconocimiento del propio rol en relación con los propios límites y valores y a los de los demás significativos. Es un ensayo de individuación e independencia. Se puede constituir en una postura existencial ante el sufrimiento. Se diferencia de la ironía y el humor negro en los cuales predomina el odio y la destructividad, aunque esté enmascarada sutilmente.

El juego

Johan Huizinga en su obra Homo Ludens desarrolla la idea que el quehacer del hombre no es más que un jugar. Sostiene que la cultura humana brota del juego y en él se desarrolla.

Freud, en su conocido ejemplo del fort da, postula que el niño transformaba una realidad dolorosa, la ausencia de la madre, en un juego de desaparición y reaparición de los objetos. El juego es una actitud simbólica que permite al niño renunciar a una satisfacción instintiva haciendo activo lo sufrido pasivamente, cumpliendo una función elaborativa al posibilitar el exceso de excitación potencialmente traumática.

Klein hizo importantes aportes, sobre todo en relación con la función del juego. Lo conceptualiza como lenguaje para expresar fantasías, ansiedades y deseos. Sirve para el dominio de la ansiedad. Relaciona juego y aprendizaje. Y considera al juego espontáneo como significativo por las intenciones de creación que, bien desarrolladas, sitúan al artista, al novelista, al poeta y contribuyen a desarrollar el sentido de la realidad y la actitud científica.

Pero el autor que más ha aportado al juego es Donald W. Winnicott.
Modelizó una teoría que, en consonancia armónica con su clínica, llega a conceptos sobre el juego y la creatividad, que son en sí mismos, una muestra de lo que, para dicho autor, es jugar y crear. Su creación del jugar (playing), alude a un proceso en movimiento. Este proceso se da en un tiempo y un espacio. Crea, así, un área intermediaria donde se dan las experiencias de transición entre el yo-no yo, ausencia y presencia de la madre. No está adentro ni afuera; además afirma que para dominar lo que está afuera y, por ende, refractario al dominio mágico, es necesario hacer. No solo desear o pensar. Jugar es hacer, pero un hacer poietico que se corresponde con la espontaneidad. Lo universal es el juego. Facilita el crecimiento y corresponde a la salud. Afirma que «el psicoanálisis se ha convertido en una forma muy especializada de juego al servicio de la comunicación consigo mismo y con los demás». Se efectúa en la superposición de las zonas de juego del terapeuta y el paciente. En el juego, y solo en él, pueden crear el niño y el adulto. El individuo descubre su persona cuando se muestra creador.

La creatividad

Jorge Saurí plantea que, cuando nos referimos a creación, nos encontramos con un complejo semántico que incluye a creer, criar y crecer. En toda creación hay algo que se hace. Existen dos modos de hacer: uno técnico que es un modo repetitivo y reglado, y un hacer poietico que se inicia con una intención abierta. No tiene una finalidad predeterminada ni intención de lograr un resultado siguiendo un esquema rígido. Se trata de un hacer abierto a lo que pueda surgir en el momento de estar haciendo algo. Lo que va a surgir en este proceso se desconocía de antemano. La referencia a creación remite a algo original y único, aunque no surge de la nada. El hacer poietico es un hacer de búsqueda, no reproductivo, y que nunca termina. Escapa de lo que la cosa es, la configura y, de allí, pasa a un plano trascendente, no solo en orden al espacio y a los valores, sino también en orden al tiempo, dado que no queda encerrado en el presente. No se da en el mundo de lo concreto, de lo definitivo, de lo terminado, sino en lo posible.

El hacer poietico es un hacer lúdico, no instrumental. Jugamos con las ideas, con la realidad y, jugando, vamos creando. No hay un sendero de creaciones ni pautas de creatividad. Aventurarse jugando es diferente de buscar algo perdido que, siguiendo pistas, lleve a encontrarlo. La búsqueda creativa esta favorecida por una actitud lúdica abierta que lleva al aventurero a sorprenderse de lo que hizo o de lo que encontró sin premeditación. Es la novela que «escribe al novelista», el proceso psicoanalítico que «psicoanaliza al psicoanalista».

Implica el uso de la «libertad de». A Winnicott le interesa la creatividad como característica de la vida y del vivir en su totalidad. Para él la creatividad surge de los estados no integrados y posibilita que el individuo actúe como una unidad. Le interesa como apercepción creadora, «lo hace sentir que la vida vale la pena vivirla más que ninguna otra cosa».
Para Nasim Yampey el proceso creador avanza en espiral dialéctico abordando y superando las constelaciones conflictivas infantiles. Esto implica desorganización y reorganización de la personalidad durante el proceso creativo. Cuando se logra es «un triunfo de la vida sobre la muerte, de la salud sobre la locura». Es conmocionante el atravesamiento porque puede hacer surgir contenidos siniestros o traumáticos reprimidos. El creativo es capaz de enfrentar sus fantasías, de tolerar la ansiedad de desorganización y de reinsertarse transformando sus objetos y sus vínculos.

El que crea, culmina creando algo nuevo dentro de sí.

El humor, el juego y la creatividad son actividades que dependen de Eros en su lucha con Tanatos. Las tres son expresiones de espontaneidad y libertad interior. Y persisten y, a veces, se incrementan cuando las condiciones de la realidad exterior se vuelven opresivas, sojuzgantes y atentan contra las manifestaciones de la «libertad para». En la enfermedad mental es la «libertad interior» la que se encuentra menoscabada. El gasto de energía que insumen los mecanismos de defensa es mayor cuanto más severa es la patología.

Los psicoanalistas sabemos que con nuestro método podemos lograr transformaciones de las situaciones más adversas. El aparato psíquico es un transformador capaz de simbolizar y de dar sentido a condiciones aberrantes.

Pero nos enfrentamos con patologías que están muy lejos de poder conseguir ese logro. Ante estas el Análisis es una indicación indiscutible. Pero ¿con qué dispositivo, con qué analista? Como todos sabemos, con un dispositivo «standard” y un analista «técnico» al que el paciente se deba adaptar, la conclusión sería que «no hay condiciones de analizabilidad».

Hoy patologías narcisistas, borderlines, psicosomáticas y, hasta psicosis, podrían acceder a un tratamiento psicoanalítico que produzca transformaciones en las relaciones del Yo, con el Ello, el Superyó y la realidad exterior. Es preciso armar un dispositivo singular para cada caso y situación.

Se necesitará del terapeuta una gran capacidad creativa, condiciones de humor y una actitud lúdica que, además de hacer conciente lo inconciente, pueda operar cómo transformador de las vivencias traumáticas enquistadas, suplir los vacíos representacionales, hacer surgir núcleos generativos más sanos que no tuvieron oportunidad de desplegarse por fallas del otro asistente significativo. El «consejo» es dejarse llevar a través de la atención flotante y la contratransferencia que, ayudados por la teorización flotante, darán señal al analista de cómo su inconciente está procesando y metabolizando lo emitido por su paciente. No irá a buscar premeditadamente, sino que está en disposición de encontrar y devolver transformada la significación o el sentido que su paciente con conductas, gestos, juegos le quiso inconscientemente trasmitir, con la esperanza de encontrar una respuesta distinta de la que obtuvo de sus objetos originales. Por ende, una respuesta única y creativa. Donde hay compulsión de repetición, creatividad a de advenir. Podría concluir diciendo que la mayor responsabilidad en cuanto a actitud creativa, lúdica y, por qué no, humorística está del lado del analista que, además, desplegando dicha modalidad, puede servir como modelo identificatorio.

Acerca del autor

Daniel Delguy

Daniel Delguy

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