NÚMERO 18 | Octubre 2018

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Lo psíquico es lo social subjetivado. Lazo social, identificación y transferencia | Víctor Korman

El doctor en Psicoanálisis, Víctor Korman, quien próximamente llegará a la Argentina y se presentará en la AEAPG, nos presenta un artículo estructurado en tres partes. En la primera se refiere a los lazos que mantiene el sujeto con la sociedad. En la segunda y tercera parte distingue la identificación de la transferencia como formas específicas de lazos sociales. Según el autor, estas precisiones obedecen al carácter metapsicológico que le otorga a la identificación como parte de la constitución subjetiva. Agudo y profundo, Korman invita a la interrogación y a la profundización de temas centrales para el Psicoanálisis.
  1. Introducción

Este escrito consta de tres partes; en la primera de ellas me referiré a los lazos que mantiene el sujeto con la sociedad; en la segunda y tercera distinguiré netamente la identificación de la transferencia, que serán enfocadas como formas específicas de lazos sociales. Diferenciarlas obedece a que otorgo a la identificación —en especial a sus modalidades estructurantes— un carácter metapsicológico, es decir, altamente teórico, y la sitúo en la comarca de la teoría psicoanalítica que da cuenta de la formación del aparato psíquico o, en términos más contemporáneos, de la estructuración subjetiva. No la considero un operador clínico, a diferencia de la transferencia que es un concepto ligado intrínsecamente —aunque no de forma exclusiva— a la praxis. Tanto el psicoanálisis como las psicoterapias que de él derivan se despliegan siempre bajo transferencia y uno de las cuestiones centrales de los tratamientos consiste en el manejo de la misma. Tras fundamentar esa pertenencia a dos campos distintos intentaré establecer algunos puentes entre ambas.

  1. Lazos sociales

Las relaciones entre los sujetos y lo social son múltiples y variadas, aunque casi nunca son lineales. Lo psíquico y lo social poseen formas de organización y de funcionamiento que responden a legalidades diferentes; coexisten con fronteras muy porosas y, cuando se produce un traspaso desde lo subjetivo a lo social —o de lo social hacia lo subjetivo—, se genera ipso facto la transformación de aquello que hizo ese pasaje. Poseedoras de consistencias distintas, el sujeto y la sociedad mantuvieron siempre relaciones paradójicas: están en cierta continuidad, pero a la vez existe una frontera o hendidura entre ambos que está atravesada por centenares de puentes. Se influyen mutuamente y se interpenetran: lo social está en el sujeto y el sujeto está en lo social. Es un lazo indisoluble, hipercomplejo, entre dos entidades heterogéneas. Suelo decir que están en continuidad möebiana, apelando dentro de la topología a la famosa banda. Las disciplinas que las estudian tienen también objetos y metodologías diferentes. El abordaje de las relaciones entre ambos campos es altamente incitante para un pensamiento crítico que sepa evitar los reduccionismos.

La presencia y la función de lo social en el sujeto ha sido referida en psicoanálisis bajo diferentes denominaciones: la alteridad, los otros, la otredad, el objeto, el entorno objetal, el Otro con mayúscula y con minúscula, etcétera. Esa alteridad es fundante del sujeto. La subjetivación de lo social en la formación del aparato psíquico comienza desde el primer día de vida del recién nacido; lo social se va haciendo carne y psique en el infans con la mediación de la subjetividad parental, vía identificación. Sostener, como lo hago, que lo psíquico es lo social subjetivado implica otorgar una anterioridad lógica a lo socio-familiar. El entorno objetal primario es el determinante principal de la psiquización de todo recién nacido. Con la posterior apertura del niño a lo extra-familiar, lo social incide más directamente sobre él. La contrapartida de este movimiento estructurante —quiero decir: la presencia del sujeto en la sociedad— quedará sucintamente descrita mediante la siguiente caracterización psicoanalítica que propongo de lo social: es el conjunto de transferencias múltiples y recíprocas que se establecen en la sociedad entre la multitud de sujetos que la conforman. Cada sujeto se integra en lo social con su cuerpo y con todas las dimensiones psíquicas que le son propias: pulsional, inconsciente, preconsciente, consciente, narcisista, yoica, superyoica, fantasmática y transferente. Como siempre, el psicoanálisis atenderá especialmente los aspectos inconscientes de cada sujeto y de cada relación social. En la subjetivación de lo social, además de la identificación, juegan roles decisivos los siguientes mecanismos: introyección, incorporación, interiorización, apropiación y los fenómenos de transferencia. Doy por conocidos estos conceptos que intervienen en la conformación temprana y tardía del aparato psíquico y señalo —como al pasar— su importancia para estudiar los efectos de la sociedad actual sobre la conformación de los sujetos contemporáneos. Para entender y sortear los nuevos retos que la clínica actual comporta, me ayudó mucho haber tomado a la sociedad actual como objeto de estudio[1] y apreciar sus repercusiones sobre los consultantes y sobre el ejercicio del oficio de analista en el siglo xxi. Los psicoanalistas poseemos un conjunto de conceptos muy potentes para dar cuenta de los cruces de frontera desde lo social a lo subjetivo y viceversa.[2]

  1. La identificación. Propuesta de un nuevo sistema identificatorio estructurante de la psique

Comenzaré señalando las bases de mi proposición y las modalidades de identificaciones que lo componen, que son tres. Por razones de espacio ambos conjuntos quedarán casi huérfanos de explicaciones y desarrollos.[3]

  1. La incidencia significativa del entorno objetal en la psiquización del recién nacido humano. La identificación es impensable fuera del contexto objetal, relacional.
  2. La concepción retroactiva de la temporalidad psicoanalítica, aspecto al que otorgo gran importancia.
  3. La relación indisociable entre el narcisismo y el complejode Todas nuestras entidades nosográficas podrían ser entendidas como formas cuanti y cualitativamente distintas de configuraciones edípico-narcisistas (o narcisístico-edipicas según la prevalencia de uno u otro).

Las variantes de identificaciones estructurantes serían, básicamente, cuatro: las primeras o basales, las narcisistas, las edípicas y las postedípicas.

  1. Nivel basal: las primeras identificacion Tendrían dos modalidades: incorporativas e introyectivas. Conformarían el zócalo del nuevo sujeto psíquico. Ellas introducen las trazas iniciales de la subjetividad en momentos en que el bebé no se diferencia aún de sus objetos primarios. O sea: inscriben las marcas fundacionales del nuevo sujeto. He denominado con el término presubjetividad a esos momentos muy precoces de la vida psíquica y forjé el neologismo yobjeto para referirme a esa especie de ente fusional amalgamado, indiferenciado, que conforma la madre y el bebé. Estas identificaciones inscribirían de manera simultánea los primerísimos rasgos que luego darán sostén a lo narcisístico y edípico del infante. Pero no es sólo la madre quien identifica, también el padre y los otros componentes del entorno objetal. Imposible desarrollar en este contexto las diferencias y las coincidencias de lo recién expuesto con aquello que Freud designó con el nombre de identificación primaria y con sus “equivalentes” en las teorías de Klein y Lacan.
  2. Las identificaciones narcisistas, incorporativas, creadoras del narcisismo primario y del yo. He hecho una reelaboración personal de la freudiana identificación melancólica y de las especulares o imaginarias de Lacan, planteando algunas inflexiones teóricas importantes que luego derivé hacia la clínica. Los efectos de estas identificaciones narcisistas permitirían el pasaje de la presubjetividad a la transubjetividad narcisista.
  3. Las identificaciones secundarias edípicas, que implantan rasgos parciales o detalles de los objetos. Son concomitantes a las relacionesedípicas y también posteriores a la resignación de dichos objetos durante la declinación del complejo. Acontecen una vez establecida la triangularidad edípica, es decir, cuando hay un yo ya constituido y se discrimina entre yo y no yo. Presuponen el pasaje por la castración y resignifican retroactivamente la organización psíquica generada por las primeras identificaciones y las narcisistas. Tiempo de la intersubjetividad. 
  4. Las identificaciones post-edípicas de la pubertad, de la adolescencia y de los adultos jóvenes, a las que también otorgo importancia. Acontecen mayoritariamente en medios extrafamiliares y dejan marcas provenientes de medio social y cultural en el sujeto. Estas modalidades identificatorias ayudan a entender algunos rasgos psíquicos de los sujetos contemporáneos. Somos también hijos de la sociedad y de la época en que vivimos.

El sistema identificatorio que apenas he esbozado se enmarca dentro de la que he denominado perspectiva copernicana. Ella considera fundamental la incidencia de la “otredad” en la producción de una nueva subjetividad. La alteridad es identificante en este enfoque. Los otros identifican al sujeto. En cambio, el enfoque ptolomeico es aquel que considera al sujeto psíquico en formación como punto de partida y epicentro de la constitución subjetiva. El infante se identifica con los objetos para crear su propio aparato psíquico. Se trata de teorías infanto-céntricas si me permiten ese neologismo.[4] Si aplicáramos estos raseros a la teoría identificatoria freudiana, podríamos decir que ella es copernicana con fuertes improntas ptolomeicas; en la kleiniana predomina el ptolomeísmo; Lacan fue el primero en invertir la dirección del movimiento identificatorio: desde el Otro (con mayúscula) y el pequeño otro hacia el protosujeto. Dicho esto, podría agregar que el sistema que propongo es copernicano relativizado —o jerarquizado, según se lo mire— por su combinación con la noción de autoorganización y con la concepción del sujeto psíquico como estructura disipativa, nociones a las que me referiré a continuación.

  1. La autoorganización. El sujeto como estructura disipativa

El surgimiento de un nuevo sujeto psíquico supone la creación de una estructura compleja, abierta y activa que se caracteriza por mantener equilibrios alternantes de estabilidad e inestabilidad. Las ideas de autoorganización y de estructuras disipativas fueron incorporadas a mi conceptualización del sujeto psíquico y a la definición misma de identificación estructurante.

Quiero dejar constancia de los aportes significativos que tuvieron las teorías de la complejidad y del caos, especialmente las ideas de Ilya Prigogine, para pensar al sujeto psíquico —incluso aquél que estaba formándose— como un centro integrador y metabolizador de las influencias externas, que reacciona con respuestas originales a las imposiciones del entorno y también a las turbulencias de origen interno. El sujeto psíquico no es sólo efecto de las influencias exteriores, sino que también hace algo creativo con esos influjos que recibe.

A partir de esas reflexiones, comencé a relativizar algunas verdades que hasta entonces me parecían indiscutibles; por ejemplo, pude concebir al candidato a sujeto no sólo como pasivo —a la manera de Lacan—, es decir, como un sujeto que era efecto de los significantes que se le implantaban. También conjeturé otros tipos posibles de actividad por parte del infante además de las que le había adjudicado Freud, basada en lo pulsional, buscadora de rasgos en los objetos de identificación para captarlos, introyectarlos y hacerlos propios. E igualmente distinta a la hiperactividad otorgada por Klein a su niño en los menesteres identificatorios: un pequeño samurai que desde el primer día de vida batallaba con sus identificaciones proyectivas, impulsadas por la energía de los instintos en el seno de una concepción innatista y relacional en la que el niño acababa generando sus propios objetos internos.

Las tesis de Prigogine me permitieron concebir una actividad del infante distinta de las que le habían asignado los tres grandes del psicoanálisis. Considero que la estructuración del aparato psíquico no sólo se debería a factores identificantes externos puesto que el protosujeto llevaría a cabo tareas importantes sobre esas inscripciones trasmitidas, tanto durante su conformación infantil como —más aún— en períodos posteriores. El nuevo sujeto no se comportaría como una tabula rasa en la que se implantarían los rasgos identificatorios provenientes de los otros. Además de esas marcas que le vienen del exterior, habría estímulos y turbulencias internas a los que el sujeto —en tanto sistema disipativo— deberá atender y procesar. Estas ideas alientan a pensar una cierta actividad autopoyética del infans ante fluctuaciones internas y externas significativas.[5] Tampoco se deshecha la participación del azar, dados los ingredientes aleatorios, mutantes y caprichosos de algunas autoorganizaciones que generan imprevistos y sorpresas. Si se aceptaran estas hipótesis, cabrá concederle al infans cierta capacidad creativa; pero, en todo caso, nunca serían creaciones a partir de la nada, sino de la materia psíquica que le arribó del exterior y que él hizo propia. ¿Residirá en estos factores los motivos por los que invariablemente aparecen diferencias entre padres e hijos?


Terminaré esta segunda parte presentando cuatro definiciones de la identificación estructurante, todas ellas muestran un intenso carácter relacional.

PRIMERA DEFINICIÓN

La identificación estructurante es una operación subjetivante de carácter inconsciente que funda al sujeto psíquico.

Esta caracterización no abarca todos los significados e implicancias de los procesosidentificatorios, pero condensa tres aspectos que me interesan remarcar: a) su carácter engendrante de instancias y sistemas psíquicos estables y vitalicios; b) que las mismas ocurren a espaldas de los involucrados; dicho en otros términos, la identificación estructurante es inconsciente y c) que algunas de ellas acontezcan con la mediación de representaciones psíquicas que el protosujeto forja de los objetos identificantes (sus diversos otros).

SEGUNDA DEFINICIÓN

La identificación es un concepto límite entre lo psíquico y lo social. Lo psíquico es lo social subjetivado 

En la primera parte de esta afirmación, he parafraseado la definición freudiana de pulsión. La identificación sería inconcebible sin la presencia activa de la alteridad. La segunda frase —lo psíquico es lo social subjetivado— añade precisión a la anterior, pero cabe hacer una salvedad: se tendrá que evitar el solapamiento y la confusión entre ambos ámbitos. Como ya fue dicho, los dos están interrelacionados, pero tienen legalidades de funcionamiento diferentes y objetos de estudio específicos. El pasaje de lo social a lo subjetivo no (es) directo y presupone transformaciones importantes. Los otros, la alteridad, habitarían en las entrañas del sujeto psíquico. La traza identificatoria es la mínima expresión del otro en la organización psíquica del infante. Para los humanos no existe la alternativa de la autonomía ni de la autosuficiencia; no tenemos posibilidad de soslayar la dependencia estructural de la alteridad: la intromisión (intrusión, invasión, irrupción) del entorno objetal no puede dejar de ser la regla dada la prematuración del cachorro humano.

TERCERA DEFINICIÓN

El concepto de identificación estructurante debería incluir un significado más entre los que ya  tiene: el trabajo de autoorganización que va realizando el infante durante la conformación de la psique con los rasgos que le fueron trasmitidos por sus objetos identificantes.

CUARTA DEFINICIÓN

La identificación, especialmente su modalidad estructurante, sería un sistema de transporte de materia psíquica cuyo punto de partida estaría en lo inconsciente de los otros y cuyo destino final sería la psique incipiente del infans.

Transportada y depositada esa materia psíquica dentro de las fronteras del incipiente sujeto —es decir: consumada la trasmisión psíquica intergeneracional—, el infans procesa de aquello que le fue acarreado y legado. Esta sería una actividad exclusiva del infante quien laborará para organizarse, autodesorganizarse y volverse a autoorganizar en una tarea que no estaría exenta de posibles autoreparaciones. Por otra parte, el niño selecciona, no todo lo que se le ofrece lo hace propio.

  1. Cuatro conclusiones

Primera: ya conocida suficientemente, pero que convendrá recordar: la identificación no duplica ni replica nada.

Segunda: no encontraremos jamás rasgos psíquicos iguales entre padres e hijos; siempre habrá diferencias entre los rasgos trasmitidos y aquellos que se han hecho propios. El infans recrea lo que se le aporta.

Tercera: si la identificación es causa de lo psíquico, la organización mental será su efecto. La identificación no puede ser causa y efecto a la vez. La causa se agota en la producción de sus efectos. Los efectos serían las marcas inscritas cuya combinatoria formó el aparato psíquico.

Cuarta: derivada de la anterior y tal vez la conclusión más novedosa: en la psique de la nueva sujetividad creada no encontraremos las identificaciones en tanto tales, sino sus efectos o consecuencias, a saber: partículas, pizcas, fragmentos, átomos de subjetividad que están asociados —más o menos lejana o cercanamente según los casos— a los rasgos trasmitidos por los otros y que fueron modificados, mezclados, ligados, hermanados, “immixados” por el candidato a sujeto. Lo que este último haría es crear amalgamas de esas marcas. Esas nuevas mixturas ya no pueden ser descompuestas en sus elementos constitutivos originales dado que son procesos irreversibles. Estas combinaciones únicas están en la base de la singularidad de cada sujeto y de las transferencias que genera. Retomaré este aspecto enseguida.


Lo dicho hasta aquí implicaría considerar la identificación como un concepto metapsicológico que pertenecería de manera exclusiva a la teoría psicoanalítica de la estructuración subjetiva. No sería —como ya dije— un operador clínico. Por lo tanto:

Para la teoría de la estructuración subjetiva >>>>>> el concepto de identificación estructural.

Para la tarea clínica con las identificaciones >>>>>> abordaje indirecto de las mismas, buscando una transformación del conjunto de la organización psíquica del sujeto a través de la experiencia psicoanalítica, que siempre se realiza bajo transferencia. Esa transformación subjetiva implicará un retejido de la trama identificatoria.

  1. Sobre la transferencia

Plantearé de entrada una definición de la misma que he elaborado tomando en cuenta el complejo fenómeno de las identificaciones: la transferencia es, en sentido amplio, la puesta en acto relacional de la estructura psíquica de cada sujeto, es decir, aquella que se constituyó por vía identificatoria.

Generar transferencias es un fenómeno insoslayable para todos los humanos. El sujeto psíquico que surge como efecto de las identificaciones es, por definición, transferente, esté donde esté y con quien esté. Le es imposible no transferir. Suele haber pocas improvisaciones en las transferencias generadas por un sujeto porque sus identificaciones e inscripciones inconscientes singulares son precisas y acotadas. Son justamente estas las que pondrá en juego en sus lazos sociales.

Me interesa privilegiar dos situaciones peculiares de esa puesta en acto relacional, por un lado, la que establecen los padres con su bebé y, por otro, las que genera el analizante con su analista.

Para el primer caso enunciaré —sin entrar en detalles— la siguiente hipótesis: los hijos, desde el mismo momento en que nacen, son objeto de transferencias por parte de sus padres y de los otros miembros que conforman el entorno objetal más cercano de la criatura. Esas transferencias son identificantes. ¡Copernicanismo fuerte! No agrego nada más a lo dicho, salvo que me gustaría debatir esta idea con lectores.

Para el segundo contexto propongo esta definición: la transferencia analítica sería la puesta en acto relacional de la estructura psíquica de cada analizante en el vínculo con su analista. La transferencia en la clínica es el recorte, el aislamiento de algo que se produce siempre —natural y espontáneamente— en cualquier relación humana, desde los más remotos tiempos, desde que la humanidad existe. Cada quien se instala en todos sus vínculos con su propia subjetividad, es decir, con la que adquirida durante su estructuración infanto-juvenil y luego resignificada en diversas ocasiones posteriores, cumpliendo aquello de que la psique está en construcción permanente. Esas resignificaciones no descartan ciertas cristalizaciones que dan pie a los síntomas y a las neurosis. Comento brevemente las repercusiones clínicas de estas ideas.

PRIMERA DERIVACIÓN: analizo la transferencia en cualquier vínculo que el paciente relata: con sus amigos, familiares, esposa/o, compañeros de trabajo, novia/o, jefes, profesores, es decir, no sólo con el analista. Que fuera de la consulta habitualmente no se analice ni interprete esas transferencias (¡por suerte!, digo yo), no es un obstáculo para que se produzcan y generen efectos. Según mi experiencia, las interpretaciones de las transferencias entre los personajes que conviven cotidianamente con nuestros pacientes suelen generar tanta o más productividad analítica que aquellas otras en las que el analista se incluye con frecuencia en el contenido de sus intervenciones.

LA SEGUNDA DERIVACIÓN CLÍNICA requiere una consideración previa: la transferencia es un fenómeno actual, no es una reminiscencia del pasado; la transferencia no es sinónimo de repetición. Es actual, pero lleva el pasado incluido, resignificado. La consecuencia clínica de esta afirmación ha sido abocarme a deshacer nudos sintomáticos actuales; no busco con ahínco descubrir la génesis de los síntomas, sino sus posibles mutaciones o reducciones de intensidad. El pasado se va redefiniendo constantemente a partir de los sucesivos presentes. La concepción de la transferencia como aquí, ahora, conmigo es válida si tomamos en cuenta el aspecto de actualidad que ella implica pero es cuestionable cuando incluye como correlato implícito o explícito el mo allí, entonces, con otro (madre, padre, etcétera). Ya señalé que tomo muy en cuenta el concepto de retroacción en la concepción de la temporalidad psicoanalítica. Para aclarar esta cuestión propondré…

  1. Dos prototipos de transferencia

Las amalgamas de identificaciones van haciendo su aparición en la escena psicoanalítica —irrumpen desde el inicio— y muestran que se está en presencia de sujetos que se han estructurado mediante identificaciones potentes y efectivas. No hay vacío identificatorio; hablar en esos términos es un contrasentido: ¡si hay sujeto…, hubo identificaciones estructurantes! La inversa también es válida.

Los efectos de las mismas —es decir, la estructuración y el funcionamiento del aparato psíquico— que se van haciendo presentes en la escena analítica, facilitan su análisis. Las proyecciones realizadas sobre el analista le invisten de imagos; identifican al analista con otro. El analista —ya lo sabemos— funciona en este plano, no como persona ni como individuo sino como un nuevo “objeto”. Es justamente por algunos de sus rasgos o detalles que el analista es investido por el deseo inconsciente y deviene así soporte de la transferencia neurótica. Esta perspectiva de la identificación —radicalmente ligada al inconsciente, desplegada en la transferencia e inductora de trabajo analítico— implica una divisoria de aguas con otras prácticas terapéuticas y con otros mecanismos psíquicos —por ejemplo: mimetismo, empatía, imitación, contagio psíquico— que siendo afines a la identificación presentan diferencias notables con ella.

El sujeto repite, sin duda, pero no sus relaciones primarias sino un modo de ser y funcionar generado durante su estructuración subjetiva y cuyos determinantes y manifestaciones inconscientes ignora, por definición. Lo que diré a continuación intenta subrayar un fenómeno particularmente significativo. Será muy diferente la manera de entender la transferencia si se toma en consideración: a) el trabajo autoorganizativo que el protosujeto realiza; b) si se concibe la identificación como introductora de la semejanza y la diferencia; y c) si se piensa que la temporalidad no es sólo cronológica sino también retroactiva y que, por lo tanto, el infans reorganizó las trazas psíquicas que le fueron trasmitidas. La conjunción de estos tres factores establece una distancia, un corte, una distinción entre lo que ha sido legado y lo que quedará realmente inscripto. Los niños llevan a cabo una apropiación que les diferencia de quienes identificaron. Muy esquemáticamente, si imaginamos la estructura psíquica de un sujeto como habiendo sido determinada en la infancia por los objetos A, B, C, D y no privilegiamos ese momento de corte recién mencionado, seremos llevados a pensar la transferencia como pura repetición con el analista de esos vínculos primarios y como una reedición del pasado. El analista se pensará ocupando en la transferencia —según los momentos— los lugares que antaño ocuparon A, B, C y D; es el modelo 1 de transferencia esquematizado en la siguiente figura.

Si por el contrario, se otorga importancia a los efectos del corte —es decir, a la separación respecto de los objetos de identificación—, se podrá pensar la transferencia según el modelo 2: puesta en juego relacional de una estructura original y relativamente desconectada de aquellos que le dieron origen y que el análisis tendrá que desconectar o diferenciar más aún, por reducción de los aspectos alienantes de algunas identificaciones.

Obsérvese que en el esquema 2, la flecha que se dirige al analista parte del sujeto y no de los objetos introyectados. Este segundo diagrama lleva explícito e implícito los siguientes aspectos: que A, B, C y D no han sido introyectados in toto; que la identificación aconteció con rasgos parciales de esos objetos de identificación; que sobre estos últimos recayeron previamente elementos proyectivos y que la identificación se hizo con representaciones inconscientes de dichos objetos.

Una vez que esos rasgos han sido trasmitidos, se han amalgamado con los previamente inscritos, han sido metabolizados e integrados a la nueva estructura subjetiva, autoorganización mediante. La transferencia no será la repetición lisa y llana de los vínculos con el padre, la madre y los restantes objetos, sino la puesta en acto de la estructura del sujeto —¡original, única!— creada por identificaciones singulares y singularizantes en la relación con un analista también singular.

Haré un inciso clínico para aclarar mejor la disparidad que describí entre los dos prototipos de transferencia aludidos. Es frecuente que escuche en supervisiones algunas intervenciones del analista de este tipo: “Mercedes (llamaremos así a la paciente), tú estás actuando conmigo, como dices que tu madre actuó contigo”. En el caso Mercedes/José (supuesto nombre del analista)[6], el asunto en cuestión era el maltrato de la madre hacia ella. Era evidente que la paciente tenía esa actitud con quienes se vinculaba, analista incluido.

La intervención de José se basa en modelo 1 de transferencia: presupone que la paciente introyectó y se identificó con su madre y, por lo tanto, actúa como ella. Desde el modelo 2, me interesa trabajar ese comportamiento, pero centrando la cuestión en que ahora es ella quien maltrata (aunque la madre también lo haga) porque ese rasgo —algo modificado— ¡ya es de Mercedes! Y es ella la que lo pone en juego en todas sus relaciones, también con José. Y me resulta secundario quién ha sido la fuente de ese rasgo porque estamos en el momento de la transformación subjetiva y no en el de la estructuración subjetiva. Además, la actitud maltratante de Mercedes tiene características diferentes a las de su madre; en ella adquirió un carácter más sibilino y refinado. Un mismo rasgo o un síntoma compartido en lo manifiesto entre una madre y su hija —como en este caso— tiene sin duda significados distintos para cada una de ellas.

Por otra parte, no hallaremos en Mercedes —ni en ninguno de nosotros— las identificaciones tan bien diferenciadas unas de otras, ni circunscritas ni aisladas, como si se tratara de piezas yuxtapuestas de un puzzle, por la sencilla razón de que este no es su modo de existencia en la psique. Desde mi perspectiva, es imprescindible tomar en cuenta lo que el protosujeto aporta durante la estructuración subjetiva y cómo entra él en juego en ese entramado de determinaciones múltiples y de transformaciones que ocurren cuando varios sistemas complejos interactúan. Esa tempranísima labor del infans formaría parte de lo que denomino la función del hijo, tema que no desarrollaré aquí, pero que está incluido en el mencionado tomo 10.

Estas ideas expuestas, tanto las teóricas como sus derivaciones clínicas, han devenido claves para mí. Pienso que enunciar a los analizantes que tales o cuales rasgos suyos son productos de identificaciones, ya sea con el padre, ya sea con la madre o con algún tío, abuelo, profesor o con quien fuera, no permite avanzar gran cosa en el análisis. Por más que sea cierto, esos (re)conocimientos no mutan ni transforman nada, más bien suelen servir para alimentar resistencias.

Conviene tener presente también que, respecto de las identificaciones estructurales, no hay desidentificación posible si por ello entendemos la desaparición de una identificación. No creo que sostener la irreversibilidad de las identificaciones estructurantes sea una afirmación pesimista.[7] No habrá desidentificaciones, pero habrá, en cambio, resignificaciones importantes de lo inscrito, se generarán conmociones y reorganizaciones narcisistas, sacudimientos de ciertos enunciados identificantes, desujeción de los mandatos maternos, paternos, desprendimientos de los efectos alienantes que ellas conllevaban, aspectos estos que hablan de una transformación posible de los efectos de las identificaciones estructurales, pero nunca una desidentificación (en sentido estricto). Recuerdo para este contexto mi noción de siniestrar.[8]

En el sistema que propuse, la identificación fue definida como un mecanismo de transporte de materia psíquica desde el objeto identificante al infans quien combinará lo trasmitido. En la cura analítica, no podemos trabajar con las identificaciones de una en una como si esa tarea de combinación no hubiera existido. Esas inscripciones han sido metabolizadas, amalgamadas e integradas en una nueva subjetividad, que devino a partir de entonces una construcción compleja, organizada a partir de las trazas que las identificaciones transportaron y legaron. Los cambios posibles pasan entonces por transformar —¡en su conjunto!— la nueva subjetividad creada. Estaremos incidiendo sobre las identificaciones mientras estamos trabajando, por ejemplo, aspectos narcisistas o edípicos o superyoicos o la culpa del paciente. O sea: las identificaciones estructurantes se transforman de un modo indirecto: trabajando analíticamente sobre el aparato psíquico en su conjunto. Si la identificación es causa de lo psíquico, ellas ejercieron esa función causal en la creación de una nueva organización mental. Ese es el tiempo de la estructuración subjetiva. Aunque es obvio decirlo, la clínica acontece en una posterior a la recién aludida: es el momento de la transformación subjetiva y ella requiere un trabajo sobre el conjunto de la estructura subjetiva de cada quien, para que se produzca un retejido de la trama identificatoria.

Buscamos transformar —con objetivos terapéuticos— aquello que la identificación formó: el aparato psíquico y sus modos de funcionamiento. En otros términos, lograr una metamorfosis de la neurosis, es decir, la máxima modificación posible de la psique singular del analizante organizada por las identificaciones estructurantes. Esos objetivos se logran trabajando analíticamente y bajo transferencia, lo inconsciente, la compulsión repetitiva, la organización pulsional, los fantasmas, el narcisismo, el superyó, el yo, el deseo, la castración, los síntomas, etc. También por la tarea realizada con las nuevas configuraciones producidas por la autoorganización.

  1. Para terminar

Sobre el fondo de la insoslayable dependencia al Otro y de la independencia progresivamente lograda, aunque siempre parcial, tenemos la posibilidad de resubjetivar todo aquello que hemos recibido de nuestros ancestros. La ya mencionada función del hijo incluye hacer algo interesante con la herencia psíquica recibida. No existen, creo yo, sujetos identificados de manera inmutable de una vez y para siempre, iguales a sí mismos a lo largo de la vida. Pese a las repeticiones, la subjetividad está en perpetuo movimiento; la posibilidad de resignificar las identificaciones está continuamente abierta. El concepto de identificación debería alejarse de los determinismos rígidos; ser lo suficientemente dúctil para abrir posibilidades al ser humano de construir parte de su destino. Esto implica otorgar sustento a una clínica renovada, actualizada y siempre transformadora.

Notas al pie

[1] Imposible relatar en este contexto las conclusiones a las que me ha llevado esta extensa e intensa tarea y las implicaciones que ellas han tenido sobre mi práctica clínica actual. Donde sí lo hice, fue en una conferencia dictada en Barcelona el 17/2/2018, en el Nuevo Espacio Abierto de Trabajo en Psicoanálisis.

[2] Entre los autores consultados —sociólogos, filósofos, antropólogos, politólogos, historiadores— que me han interesado especialmente citaré a: Jean Françoise Lyotard, Alain Tourene, Clifford Guertz, Jean Baudrillart, Manuel Castells, Zigmunt Bauman, Slavoj Zizek; Juval N. Harari, Jacques Derrida, Gilles Deleuze, Ullrich Beck, Pierre Bourdieu, Luc Boltanski, Gilles Lipovetsky y otros. También me fueron de gran utilidad los aportes de los teóricos y epistemólogos de la complejidad (Ilya Prigogine, Isabelle Stengers, Edgar Morin, Humberto Maturana, Paul Feyerabend, Frijof Capra, Henri Atlan, René Thom, Jacques Monod y Denise Najmanovich).

[3] Ellos fueron expuestos minuciosamente en una colección de mi autoría recientemente publicada y dedicada al tema de la identificación: Estudios Psicoanalíticos. La Trasmisión psíquica intergeneracional inconsciente (2017); véase especialmente pp. 33 a 72 del Tomo 10, ediciones Triburgo, Barcelona.

[4] He tomado en préstamo los términos copernicanismo y ptolomeísmo de Jean Laplanche —quien los empleó en otro contexto en el capítulo 1 de su libro La prioridad del otro en psicoanálisis (1996)— y los he trasplantado en mi concepción sobre la identificación.

[5] Se entiende por sistema disipativo aquel que mantiene un constante intercambio con su medio, que disipa energía, que adopta nuevas configuraciones por autoorganización y que posee zonas en equilibrio y otras que no lo están.

[6] Menciono ambos nombres porque la fabricación psicoanalítica de los casos que realizamos en nuestra clínica —y que a veces se presenta en las supervisiones o en otros contextos— incluye de manera insoslayable la relación estrictamente singular que se establece entre cada paciente y cada analista. Retomo en este contexto la noción de transferencias cruzadas que propuse hace años.

[7] Suelo explicar esta imposibilidad de “vuelta atrás” mediante la metáfora del vaso con agua en el uso de témpera. Al limpiar el pincel después de utilizarlo con cada color, las nuevas tonalidades terminan dando al agua un coloración singular, distinta a cada uno de los colores originariamente empleados. Y es imposible retrotraer el proceso y volver a los tonos iniciales.

[8] Véase Korman, V. (2013). El oficio de analista (2a ed.). Barcelona, Triburgo,.

Bibliografía

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Korman, V. (1977): Teoría de la identificación y psicosis, Buenos Aires: Nueva Visión.

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Prigogine, I. (1983): ¿Tan sólo una ilusión?. Barcelona: Tusquets editores.

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Víctor Korman

Víctor Korman

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