NÚMERO 13 | Marzo, 2016

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Spinoza y Winnicott | Ada Rosmaryn

En este artículo la autora, en un formato original que invita a la lectura, recorre conceptos fundamentales de la obra de Donald Winnicott y Baruch Spinoza situándolos en un diálogo imaginario, un espacio de reflexión acerca del otro, la felicidad, la libertad, la creatividad, el juego, la ética, inaugurando así un espacio lúdico para el pensamiento. (Trabajo libre presentado en la Mesa titulada: «Spinoza y Winnicott» organizada por la Secretaría Científica, perteneciente al Ciclo «Miércoles en la Escuela», julio de 2015).

La puerta de calle se abre. Dos hombres, en silencio, esperan ser recibidos. Han anunciado su presencia golpeando levemente la entrada. Intercambian sonrisas aun antes de saludarse. No han sido presentados todavía. Pero sabe cada uno quién es el otro, y por qué los han elegido para estar allí. «Son ustedes dos contestatarios», les dijeron. «Y luchan por las mismas cosas. Tienen muchos puntos en común. Y a pesar de haber vivido en épocas tan distantes (tres siglos los separan) lo que tienen para decir y ser escuchado es hoy muy importante». Siempre vamos a parar a cosas importantes cuando buscamos aquello que más necesitamos, dijo alguien. Y están pasando cosas importantes en el mundo que habitamos. Estos dos contestatarios tienen mucho para decir.

—¡Ya están ustedes acá! —dice el anfitrión. —Perdón, los presento: Baruj Spinoza, holandés, vive en el Siglo XVII. De oficio pulidor de cristales para lentes; de profesión, vocación y deseo: filósofo. Idea que lo desvela: la libertad de pensamiento. Donald Winnicott: médico pediatra y psicoanalista inglés. Vive en el siglo XX. Su pasión: observar el nacimiento de la subjetividad del ser humano a través del vínculo benéfico con la madre. Idea que lo desvela: la creatividad, la libertad de pensamiento.

Los dos hombres se saludan con un leve movimiento de cabeza y una expresión amable en sus rostros.

—Espero haber logrado acondicionar para ustedes un lugar hospitalario —dice el dueño de casa, mientras los conduce a una sala de estar. El lugar recibe las luces de la tarde que recién comienza a declinar a través de un amplio ventanal. Algunas lámparas de mesa se suman para hacer de él un sitio acogedor.

—He dispuesto aquí, respondiendo a su pedido, doctor Winnicott, algunas mantas suaves y livianas, unos cuantos almohadones mullidos, de tamaños regulares, lo que los hace manuables. Una jarra de agua fresca y otra de leche tibia. Me ha dicho usted que es la manera en que recibe en su consulta.

Ambos hombres se acomodan en sendos sillones. Luego de un instante de silencio, Spinoza comenta, viendo alejarse al anfitrión:

—Mencionó ese joven su deseo de que este sea un lugar hospitalario. Me gusta mucho esa palabra, ¿sabe, doctor Winnicott? Dar hospedaje es intentar hacer sentir al extranjero como en su propia casa, para que pueda disfrutar de libertad, y que entre él y quien lo hospeda surja una mutua benevolencia de las almas. Hospitalidad para la amistad.

Winnicott, de pie, escucha atentamente las palabras del filósofo. Toma un vaso y la jarra de leche tibia y bebe un sorbo mientras dice, despaciosamente, como deleitándose con las ideas que ha escuchado:

—Qué poco se ha hablado de la amistad, ¿no cree, maestro? —pregunta, mientras apoya nuevamente el vaso sobre la mesa y se acomoda a poca distancia de su interlocutor—. Creo que desde Aristóteles, que se ocupó del tema, casi no se volvió a hablar de ese particular vínculo. Recién en mi siglo —¡casi 1600 años más tarde!— se ha vuelto a pensar sobre tan fundamental asunto. La importancia del otro en la producción del sí mismo.

Hace una pequeña pausa, y sigue diciendo: —El amigo es aquel con quien co-construimos nuestra subjetividad. Nos subjetivamos recíprocamente.

—¡Ah, doctor Winnicott! —responde inmediatamente el filósofo—. ¡El otro! ¡¿Cuándo no está el otro, digo yo?! Siempre está. Yo digo, en mi Ética, que el hombre siempre está en encuentro con otro. Real o imaginario. Al otro me dirijo, siempre. Después del encuentro con el otro, ninguno de los dos es el mismo; cada uno ha modificado a su semejante y diferente. Goethe, el gran poeta, ha dicho que para él mis ideas han sido sanadoras… ¿Sabe qué creo? Que uno propone, en una ética, una idea acerca de la felicidad y ofrece un camino para alcanzarla. Y eso es sanador. ¿No le parece? El otro, sin coacción; la libertad para hacer de la potencia del ser, acto. Siempre en encuentro. Hoy dicen que mi pensamiento libera…

Winnicott se incorpora levemente de su asiento. Acerca su rostro a Spinoza y le pregunta, asombrado:

—¿Usted habló de eso en el siglo XVII? ¡Y nosotros, los estudiosos de la psicología, estuvimos hasta el siglo XX divagando en las superficialidades del estudio empírico de la atención, la memoria, la asociación del pensamiento por continuidad y contigüidad témporoespacial! ¡Desterrando a la introspección por no avenirse a los métodos empíricos! ¡No se puede creer! Tuvo que nacer Freud, para introducir la importancia de la existencia del objeto, el primer objeto, el que libidiniza al bebé y es libidinizado por él, para hablar luego del carácter estructurante para el psiquismo de los vínculos edípicos. Seamos justos —dice con tono cómplice— mucha libertad de elección y reacción no había en estas teorías, sin embargo, tan fecundas en un sentido. ¿Por qué lo digo? El complejo de Edipo es un destino preescrito. Uno debía atravesar los caminos de la rivalidad edípica, los celos, el asesinato, la culpa, el amor posesivo y letal, y tantas cosas más. Algunas son ineludibles, según la época de la historia en que se viva; otras, contingentes. La familia de los siglos XIX y principios del XX pedía a gritos esta teorización. Hervían, ahogados por el horror y en intensa combustión, los deseos inconscientes incestuosos. Hoy tenemos otras familias, y necesitamos otros desarrollos de pensamiento. Yo tomo algunas cosas de aquel acervo, pero no tanto. Porque no encuentro allí el lugar de la libertad. Es cierto que los intrincados ligámenes con los otros significativos que nos criaron hacen de alguna manera a nuestro nacimiento subjetivo… Influyen, pero no determinan. Hay otras cosas además de las fantasías parricidas y los deseos incestuosos, pecado original. Porque uno con otro se encuentra siempre y, en principio, es el que me auxilia en mi crecimiento por el camino de la existencia. Pero debe ser un auxiliar, tal vez también un modelo; no siempre un rival o un enemigo. En realidad un co-existente. Es mi humilde opinión. Hoy, es ese nuestro problema: el otro es un rival o un enemigo. O está subjetivamente ausente. Lo que se espera es acatamiento o asesinato. Hoy la familia es otra que la que fue en el siglo XIX. Los vínculos son bien diferentes. Y lo que se da y lo que se frustra, también. Tenemos que responder a otro sufrimiento.

Respira profundamente y prosigue.

—Por ejemplo… le voy a transmitir una idea que me importa mucho. Yo he pensado mucho en la actividad del juego, que es un acto creador. Si el otro que acompaña al niño es rival o enemigo, o está sólo consigo mismo, destruye la posibilidad del ejercicio de la libertad creadora del bebé. Y sin libertad creadora, no vale la pena vivir la vida. Si no se puede crear desde la libertad, el ser no siente que su vida sea real. Hoy nos quedamos sin amigos… Aquellos con quienes con-sentir el dulce sentimiento de existir, como decía Aristóteles.

Spinoza dice, complacido:

—Yo digo que la felicidad es la libertad del alma.

Winnicott lo escucha asombrado y enlaza allí su pensamiento.

—Libertad, con un otro, amigo. ¿Sabe quién pienso que ocupa el lugar del primer amigo, la que con-siente con su bebé? La madre. ¿ Y cómo constata el bebé este con-sentimiento? ¡Porque tiene que enterarse! Ya se lo digo… Voy a hacer hablar otra vez a Goethe. Dice el poeta:

«Es el reflejo de tu mirada, la impronta de tu boca, de tu seno. Percibir el sonido de tu voz fue mi primera y última alegría». ¡Grande el poeta! Habla de la madre, por supuesto. Puede entenderse: «mi reflejo en tu mirada, mi eco en el sonido de tu voz». Usted dice algo importante acerca de la alegría, lo sé. Y Goethe dice que la mirada y la voz de la madre producen en él alegría. La alegría, según entiendo en sus escritos, aumenta la potencia de obrar, y luego, entonces, el contento de sí.

—Eso digo. ¡Muy bien! —festeja divertido Spinoza—. También digo que cuando uno está afectado por una idea y percibe que otro está afectado de la misma manera, eso lo confirma, lo fortalece.

—¡Exacto!—dice Winnicott—. Opino que el bebé construye su subjetividad en tanto percibe que él y la madre sienten juntos.

Spinoza lo observa amorosamente. Se detiene un momento, pensando en sus propias palabras.

—Como dijo nuestro joven anfitrión, a usted también lo desvela la libertad. La libertad para crear. Y también la presencia de otro que comparta la alegría o la tristeza. O su ausencia… Perdón,… ¿le sirvo algo para beber? La leche tibia es tan benéfica…

—No, gracias, estoy escuchándolo con vehemencia. Este almohadoncito con el que está usted jugando entre sus manos, tan suave, tan tibio, es lo que lo que yo llamo un objeto transicional. Cuando lo usamos, nos movemos entre la realidad y la ilusión de ser sus creadores. Allí surge el juego. Y el espacio en el que el juego surge es el espacio transicional, espacio de la creación. Para construir ese espacio hace falta una madre que se ofrezca en disponibilidad y garantice la libertad. Hoy estamos aquí los dos en disponibilidad… Espera un momento y sigue: —Estamos jugando con los pensamientos… ¿Me permite que lo llame por su nombre de pila? Baruj…

—¡Por supuesto, Donald! Ya ve, yo hago lo propio. ¿Qué había comenzado a decir acerca del juego?

—¡Ah! —contesta entusiasmado Winnicott—. Ese es mi tema principal. Para jugar, realmente jugar, uno tiene que sentirse libre de acatamientos. El otro no debe injuriar el espacio de la libertad con condicionamientos ni exigencias. Es una presencia confiable. Ahora… me pregunto… en esta cultura en la que vivimos ¿podemos hoy confiar en el otro? ¿Está benévolamente dispuesto? ¿O está mirando hacia otro lado? ¿O tiene escondidas en la manga todas las armas para imponer su poder? ¿Cuáles son las armas para dominar al otro? Pienso que son sobre todo la utilización y producción del miedo, la amenaza de la soledad, del aislamiento. De todos modos quien no nos recibe con disponibilidad benevolente, nos deja solos. Más bien aislados. Nos han convertido en parte de una masa; seres idénticos, inactivos, incapaces de producir lo nuevo. En mi campo, el psicoanálisis, se han conformado las masas de «los freudianos», «los kleinianos», «los lacanianos». La teoría es demasiadas veces resistencia al encuentro. Textos que se veneran, sacralizados, en los que el paciente debe encajar…

—A ver, dígame… ¿usted cree en las Sagradas Escrituras, por ejemplo? He oído decir de usted que es ateo, como terrible anatema…

—¡Yo no creo en el carácter sagrado de nada! —exclama Spinoza—. No existen Escrituras Sagradas, sino productos de la imaginación de los hombres, que no son dueños de la verdad. La sacralización de los textos, su conversión en dogma, destruye el ejercicio de la libertad del pensamiento. ¡Y yo soy la libertad de mi pensamiento; eso es mi vida!

—¡Fantástico! —exclama Winnicott—. ¡Es lo que digo en la Sociedad Psicoanalítica! ¡Lo grito! «No me avengo a recitar textos sagrados. Hagan espacio a mi gesto espontáneo, que es producto de la libertad de mi pensamiento. Mi acto creativo. Fruto de mi verdadero self».

Spinoza se incorpora abrazado al almohadón que ha elegido para estrujar entre sus manos. Y mira a Winnicott, unido a él en el juego. El psicoanalista continúa.

—¡Baruj! ¡La libertad! Ese es el tema. ¡Sabe lo que yo dije? Que los psicoanalistas nos debemos ocupar menos de la satisfacción de las pulsiones y más de lo que nos permite sentir que la vida merece ser vivida, que sea real. Ese es el lugar de nuestro sufrimiento, hoy. Que no nos sentimos libres, ni reales, porque formamos parte de un espectáculo, porque la pulsión de muerte se ha descargado sobre el vínculo con el otro y lo ha destruido, y lo que nos aqueja es el sentimiento de hundimiento de nuestra existencia subjetiva, el vacío, la nada. ¿Con qué respondemos hoy a este sufrimiento?

Hizo un silencio y miró profundamente a Spinoza. Siguió diciendo, entusiasmado:

—¿Sabe lo que dijo Freud? Él habló del malestar en la cultura. Cada cultura tiene su malestar, produce su propia fuente de sufrimiento para el humano. Dijo que cada cultura tiene una herida en carne viva, y que la ética, en cada cultura, surge para responder a esa herida, para proponer una vía de sanación. Por eso, si antes, en la época de Freud, la herida era la asfixia pulsional y el horror al incestoy, por ella gritaban los síntomas de las histéricas, hoy la herida es la soledad, la muerte del otro subjetivo, transformado en una cosa, desubjetivado, lo que nos condena a una soledad que nos impide vivir de verdad. Porque sin el otro que con-sienta y se construya subjetivamente con nosotros, nos sentimos muertos, o en peligro de sucumbir para siempre. Así que, si usted escribió una Ética, esa es su propuesta psicoterapéutica, diría Freud. El encuentro y la libertad son sus propuestas. Usted mismo recordó las palabras de Goethe sobre el carácter sanador de su ética. Yo propongo una psicoterapia contra la parálisis creativa o la muerte subjetiva, productos del acatamiento. Esa es mi ética. Propongo elevar el sentimiento de existencia a través de llegar a la libertad creadora. Pero para eso el otro no puede ser un objeto, sino un ser subjetivo. ¿Qué le parece lo que digo?

Spinoza ha tomado las manos de Winnicott entre las suyas. Las aprieta suave y amorosamente.

—Donald —dice inclinado hacia su amigo, mirándolo profundamente—, yo propongo la libertad como camino de sanación, porque es la única vía por la que se alcanza la alegría. ¿Sabe a qué le llamo yo «alegría»? Al sentimiento de producirse a sí mismo, de poner la potencia en obra, fuera de servidumbres, al aumento de la conciencia del alma de sí misma, al sentimiento de contento de sí…

—Y eso lo dijo usted en el siglo XVII… ¡No se puede creer! —dice como pensando en voz alta el psicoanalista—. Y continúa: —Yo lo llamo aumento del sentimiento de sí. Así lo había denominado Freud. Sentimiento de existencia. Verdadera existencia. Cualquier otra es producto de un falso ser, el que uno ofrece cuando el otro impone condiciones de acatamiento.

Spinoza se queda pensando. Inclina un poco la cabeza hacia Winnicott y pregunta, con profundo interés:

—En mi siglo, los dos grandes poderes, las iglesias y la monarquía, mutuamente solidarios, imponían la obediencia. ¿¡De qué libertad creadora se podía hablar?!

—Y hablando del poder… ¿qué me dice de la culpa, Donald? Fundamental, el tema. Es la vía regia para la consecución del poder divino y terrenal en la ideología judeocristiana que nos ha formado… Para eso los hombres crearon el pecado. Los psicoanalistas, de honda raigambre judeocristiana, desarrollan profusamente la idea del sentimiento de culpa. ¿Me equivoco? Porque la culpa, yo lo llamo remordimiento, impide el acceso a la alegría y no da lugar a que la potencia sea acto. Paraliza. Justamente lo que necesitan quienes desean mantenerse en el poder.

—¡Menudo tema! —exclama Winnicott—. Voy a ir despacio, porque el asunto es crucial. Qué hay de la culpa, me pregunta usted. Le diré lo que pienso.

Camina lentamente por la sala, mientras habla despacio.

—Yo prefiero hablar de la capacidad para la inquietud acerca del objeto. No hay crueldad en el niño. El niño no se siente cruel, aunque mucho tiempo más tarde pueda decir «¡qué cruel fui». En todo caso la crueldad puede ser respuesta a la frustración ocasionada por una madre no suficientemente buena o que eventualmente falla en su función. O también por el deseo de separarse del objeto y hacerlo exterior a sí. Pero… ¿sabe una cosa que pienso? La madre no sólo debe dar. No, señor. También debe desarrollar su capacidad de recibir. Es cuando la madre no recibe lo que el bebé le da, para reparar, para devolver, cuando pueden surgir en este sentimientos de culpabilidad. La incapacidad receptiva materna genera sentimientos de culpa.

Hace una pausa y sigue. —A ver si soy más claro aún… Yo comprendo la crueldad como vinculada al proceso creador. Crueldad necesaria para producir lo nuevo. Deshacer para hacer. Esto me aleja claramente de los sentimientos penosos de impotencia reparatoria derivada de un supuesto y constitucional instinto de muerte particularmente intenso, según teorizara Klein.

—La culpa, las quejas y los reproches, el odio contra los que injuriaron nuestro narcisismo trófico, nos encadenan al pasado e impiden nuestra creación de futuro, desde la libertad.

—¡Eso lo digo yo en el Siglo XVII, cuando hablo del remordimiento! —exclama alborozado el filósofo, incorporándose de su asiento y agitando con entusiasmo los brazos, mientras se acerca al psicoanalista inglés.

—¡¿Y sabe qué más digo?! —dice el filósofo—. Propongo la comprensión como camino de desasimiento de los remordimientos o el odio. La culpa es una pasión y, como tal, nos pasiviza, impide nuestra capacidad de acción, la puesta en obra de la potencia del ser. Ustedes, los psicoanalistas, rumian morosamente el pasado. Y además, de manera culposa.

Hace una breve pausa, y continúa.

—Y vamos a ver: ¿por qué nos sentimos culpables? —pregunta Spinoza—. O, en mis palabras, ¿por qué el remordimiento? —pregunta, abriendo los ojos, como para profundizar la comprensión agrandando la mirada—. Porque pensamos que cuando actuamos inadecuadamente, lo hacíamos en el ejercicio de la libertad. Nos imaginamos habiendo decidido desde la libertad. Y nos confundimos fiero, le voy a decir. Pensando que actuamos libremente, caemos en la culpa y los remordimientos. Eso nos convierte en culpables. ¡No! —grita Baruj—. Y elevando el tono enfático de su voz, dice —¡¿Quién es libre cuando obra movido por el miedo, o por el odio?¡¿ El miedo a la pérdida del amor, por ejemplo, o a la soledad?! Movido por el miedo o el rencor no se puede comprender ni decidir la acción desde la libertad de la razón. Ese acto, así elegido, no puede, no debe, entonces, remordernos el alma. Éramos esclavos, estuvimos obedeciendo a otro, real o imaginario, a quien dañamos o nos dañó… Recuperemos la libertad a través del conocimiento de nosotros mismos y mediante el ejercicio de la razón, y eso nos alejará de la tristeza de la culpa que, como siempre, inhabilita para el obrar, para alcanzar el contento de sí, aumentar la conciencia del alma de sí misma.

Winnicott se muestra conmovido. Comienza a hablar lentamente.

—Digo yo… pensando en usted y en la Holanda del siglo XVII… ¿¡Cómo se iban a quedar tranquilos los sacerdotes y profetas, dueños del poder y sus regalías, escuchando estas ideas suyas?! Había que acallar a ese hereje que los ponía en peligro. Sin culpa, ¡¿quién obedece?!

—¡Eso, Donald! ¿Quién obedece si no se siente transgresor y culpable, pecador irredimible?

—Fascinante, fascinante… Le comento, Baruj: muchos analistas se erigieron en únicos redentores y dueños del supuesto poder del conocimiento de las verdades inconscientes, a las que sólo ellos pueden acceder y transmitir… Sacerdotes, bah… Verdades siempre crípticas, inalcanzables para el otro, por otra parte, —ironiza—. ¡Ja! Cuestión de poder, dicen algunos…

—Y dígame, Donald, ¿cómo respondieron los psicoanalistas a estas ideas suyas?

Winnicott, que ha dejado reposar su espalda sobre la mullida alfombra del cuarto, entrelaza sus brazos alrededor de las piernas flexionadas que mece despaciosamente, y dice:

—Le diré, amigo mío. Los analistas de carácter sectario, defensores de un fetiche de ideología que pasa a ser dogma, dominan a sus seguidores castigando la originalidad y la desobediencia a sus textos, considerados «sagrados», intocables. Castigan con la pérdida de la ciudadanía analítica. «No es psicoanalista», dicen, o «no ha comprendido a Freud». “Yo sí que lo entendí. Seré un traductor, sacerdote, indispensable intermediario entre el ser común y la divinidad». ¡Eso no es ciencia, digo yo, es religión! Los textos científicos no pueden ser sagrados. La ciencia ofrece conocimientos que están para ser superados por los que nos sigan. Las verdades absolutas entronizan a sus poseedores en el lugar de la divinidad. Fundamentalismos…

—Vea usted… —responde Spinoza—. ¡Ah, esta conversación me entusiasma! La creación del pecado es un hecho fundamental. Hace falta el pecado, dije yo. Lo inventaron los hombres. Eso dije…

—¡Ya entiendo! ¡Ahí sonó usted, por hereje!

—¡Exactamente! Ateo, desconocedor del origen divino de las escrituras, de la necesidad de los traductores, de la culpa… Me excomulgaron, obvio.

Winnicott se muestra divertido.

—Y entre nosotros, los profetas y sacerdotes del psicoanálisis… Altísimos honorarios, sesiones innumerables o brevísimas, según el capricho del soberano, análisis interminables… —acota, con picardía—. Yo hago sesiones sin medir el tiempo y, también respondiendo al pedido del paciente, cuando éste solicita el encuentro. En mi caso, los que disentimos o tenemos críticas al pensamiento psicoanalítico instituido también somos considerados herejes.

Se hace un breve silencio gozoso.

—Le explico aún más. Escuche, Baruj. Yo no recito las escrituras psicoanalíticas. Por eso soy también, de alguna manera, excomulgado, como usted. Pero no cejo, ¿eh? Soy tenaz. Tengo amigos que brindan benevolencia a las creaciones de mi pensamiento libre.

—Yo tengo amigos, también —contesta el filósofo—. Eso me salvó de la soledad del aislamiento que me impusieron, sin lograrlo del todo, por fortuna.

Por lo que voy viendo en mi paseo por este siglo, el sufrimiento, hoy, es efecto de la obediencia a las leyes del mercado y el consumo, la pérdida del sentimiento de existencia, en tanto los humanos se han transformado en números, meras estadísticas en un sistema de producción en el que se valora la eficacia en la producción de algo irrelevante, en el mínimo de tiempo. De alguna manera una industrialización de la muerte. Como los campos de concentración de los sistemas totalitarios.

—Totalmente de acuerdo —acota enfáticamente Winnicott—. Y agrega:

—Ahora le voy a decir otra cosa, Baruj, que tiene que ver con la pérdida del otro del vínculo, pero llevándolo a los inicios de la vida psíquica. Le voy a decir algo que me importa. Es esto: cuando el rostro de la madre, su mirada, su gesto, confirma a su bebé su sentimiento de existencia subjetiva, ella le muestra que es testigo y protagonista auxiliar de ese nacimiento. ¿Usted habló del vínculo del amante y el amado, ¿no?

—Exactamente. Cada uno se siente fortalecido cuando se encuentra con otro que comparte, que con-siente. Esta, entiendo, es la donación que hace la madre a su bebé. ¿Entendí bien, Donald? Parece que coincidimos, ¿no?

Winnicott se levanta lentamente del piso, donde estaba balanceando dichoso su cuerpo. Se dirige a Baruj, lo toma del tronco y lo lleva hacia sí, mientras exclama gozoso:

—¡Baruj! ¡Entendió más que bien! En verdad ya lo había dicho usted antes. Por algo lo releen, hoy. El otro fortalece la existencia subjetiva, la legaliza, es co-fundante de ella. Y, justamente ahora, que necesitamos de testigos, coprotagonistas con quienes recomponer los encuentros para construirnos mutuamente. Ahora, justamente, para salvarnos del derrumbe, de la muerte del sentimiento de existir subjetivamente. A eso se le ha llamado «donación de genitura». ¿No es bello? ¿No es poesía? Donación de genitura. Colabora para que surja el nacimiento del ser. Lo dijo una psicoanalista francesa. Pero todos somos poetas cuando dejamos salir de nosotros las palabras que revelan aquello que nos acerca a la realización de nuestra verdadera existencia.

Y rubrica sus palabras arrojando suavemente un almohadón hacia los brazos de su amigo. —¡Ataje! —dice, divertido.

—¡Venga! —contesta Baruj, sonriente, abrazado ya al objeto aterciopelado.

—¡Ah, mire…! —dice al psicoanalista—. Otra cosa quiero contarle. Se habla ahora de la necesidad de apoderarse de la propia historia. ¿Y sabe qué se piensa? Que hace falta construir un relato de la historia, para hacerla propia. Historizar. Y que ese relato se construye con otro, un coautor. Otro auditivo o visual hace posible la apropiación. Siempre hay otro, ¿vio? Para vivir la historia, para construir su relato. La ausencia del otro, dador y receptivo, tristemente nos condena al no ser de la potencia que se hace obra. Estoy tomando sus palabras, ¿eh?

—Mire, Donald… las ideas, las suyas, las mías, son eternas. Nacen, florecen, pueden volverse latentes y subterráneas, para luego reaparecer cuando responden a la necesidad de perseverar en el ser. Que no es ni más ni menos que insistir en el movimiento hacia la consecución de la alegría y al contento de sí mismo. Bah, lo que parece ser que tenemos que sanar ahora, en estos Siglos XX y XXI. Tiempo de soledad y sensación de inexistencia.

—¿Sabe usted, Baruj? La sanación es la recreación de los espacios de libertad para que surja lo que yo llamo el «gesto espontáneo».

—Sí —asiente, entusiasta, el filósofo—. Reconquistar la libertad de pensamiento, contra la obediencia paralizante y triste, contra la coacción. No temer al aislamiento con que nos amenazan. ¡Si ya estamos aislados, cuando constituimos una masa obediente para consolidar la cultura de mercado! O el mercado del psicoanálisis… Para eso habrá que seguir el camino de nuestra propia naturaleza que, por sí misma, si respetamos su afán de realizarse en obra, nos llevará a la alegría que ahora no tenemos. Con otro. Siempre con otro. Como dijo un filósofo español, hace poco: —El verdadero egoísmo debe ser rabiosamente social».

Baruj toma del brazo a Donald y, señalando el ventanal, le dice, casi en un susurro:

—Mire, Donald. Las luces del atardecer se han ocultado ya. Salgamos a disfrutar de la brisa que trae la noche naciente. El polvo de los cristales que pulo me tiene un poco enfermo. Necesito respirar el aire de afuera. ¡Es tan pródiga la Naturaleza! Hablando de otra cosa… —le dice al oído, como transmitiendo un secreto muy querido, mientras caminan hacia la puerta—: ¿Sabía usted que yo digo que Dios es la naturaleza? Eterna, omnipotente. Nosotros somos modos de ella. Por eso yo digo, en mi Etica, que para todo hombre, el otro hombre debe ser un Dios. Vamos saliendo y le cuento…

Se escucha el sonido de sus pasos dirigiéndose a la salida, mientras las voces, entusiastas, se van apagando lentamente en la distancia.

—¡Vea usted, amigo! ¡No puedo parar de pensar! Usted me fructifica, Donald… En eso de la madre que dona genitura… Digo yo… esa es la potencia de la madre: donar genitura. Y su potencia se hace obra en ese espacio que usted llama transicional, que ella permite crear. Así que los dos se construyen al mismo tiempo, el bebé y la mamá… Eso pensaba…

Suena, de tanto en tanto, la risa divertida de Winnicott. La larga cabellera enrulada del filósofo se mece en el aire de la noche joven.

Se van oscureciendo las voces de los dos amigos. Conversan. Juegan con las palabras y las ideas, como antes con las mantas y los almohadones…

Las siluetas danzan mientras caminan o brincan en la vereda.

Desde el encuentro, una conversación que seguirá por siempre en el transcurso del tiempo… Siguen reverberando las palabras del filósofo y con una sonrisa acompaña el psicoanalista, que piensa en el rostro espejo de la madre.

No muy lejos, una analista, escritora, está empezando a escribir un cuento.

Bibliografía

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Acerca del autor

Ada Rosmaryn

Ada Rosmaryn

Comentarios

  1. Que articulo enriquecedor!!! ,que muestra a una analista con capacidad de juego y trasmisión.Un real logro sublimatorio
    Felicitaciones Ada y al staff de la revista por elegirlo para su publicación.
    Cariños
    Perla Frenkel

  2. Estimada Perla:
    El equipo de la Revista agradece tus cálidas palabras por nuestra tarea, y transmitiremos a las autoras tus comentarios.
    Muchas gracias.
    Equipo de Revista Digital

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